domingo, 19 de febrero de 2017

"La canción de las sombras". El detective Parker enfrenta a los nazis

Composición: Gerardo Morán
“La canción de las sombras” (“A Song of Shadows”), de John Connolly.
Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2017, 442 páginas.
Traducción de Vicente Campos González.
En España: 19,90 euros. En Argentina: 389 pesos.

La saga del detective Charlie Parker despierta una gran adhesión en lectores de buena parte del mundo y eso se debe a la habilidad de su creador, el irlandés John Connolly, quien ha logrado contar historias policiales que al mismo tiempo están vinculadas con un Más Allá donde combaten ángeles y demonios que se contactan con el mundo a través de los muertos.
“La canción de las sombras” es el opus 14º de la serie y muestra a Parker, quien vive siempre episodios extremos, rehabilitándose de una serie de heridas que casi le causan la muerte (sufrió varios paros cardíacos) luego de recibir un ataque despiadado de sus enemigos y que Connolly contó en el episodio inmediatamente anterior, ”El invierno del lobo”.
Así como esta última historia se desarrollaba en un pueblo pequeño del estado norteamericano de Maine, habitado por fanáticos, llamado Prosperous, en la nueva novela el detective busca reponerse en otra población de escasos habitantes, Boreas, también ubicado en el mismo estado norteño donde transcurren las ficciones protagonizadas por Parker. Tratándose del investigador privado, el lector sabe que sus deseos de refugiarse en un lugar tranquilo, sin padecer sobresaltos, quedarán rápidamente de lado.
Y así ocurre, porque a poco llegar a la casa elegida para descansar, aparece un muerto en el agua, cuyo cuerpo al parecer habían arrastrado las mareas. La policía encargada de investigar esa muerte determina que se trata de Bruno Perlman, un hombre de 45 años que, dato más que curioso, residía en Florida, es decir a miles de kilómetros al sur de Maine. Su presencia en el lugar resulta entonces bastante extraña por lo que la policía no logra determinar si se trata de un suicidio o de un asesinato.
También resulta extraña la única vecina de Parker (que alquila una casa en las afueras del pueblo), llamada Ruth Winter y que vive con su pequeña hija. El detective advierte que es una mujer misteriosa, que guarda secretos y que, además, por ellos sufre. Cuando intenta abordarla para ayudarla Ruth lo ahuyenta, para su mal.

Pequeña población en Maine
Los misterios se incrementan. Pero el pueblo de Boreas, como si se abriera en abanico, le presentará mayores misterios a Parker, vinculados a un antiguo campo de concentración nazi denominado Lubsko,  sobre el que se tenían pocos registros, pero del cual, como fantasmas, surgen los nombres de dos ancianos residentes en los Estados Unidos, Engel y Fuhrmann, acusados por un organismo especializado del gobierno norteamericano de haber tenido activa participación en ese sitio de exterminio.
Sin que al principio el detective lo supiera, el referido organismo investiga (a partir de una confesión de Engel para que no se lo extradite a Alemania), a algunos viejos habitantes de Boreas que tienen nombres distintos a los de las  personas que actuaron en el citado campo y aunque Marie Dermes (encargada de la investigación) es incisiva, no termina de “hacer pisar el palito” a uno de los investigados, Marcus Baulman, quien niega ser Reynard Kraus, un joven SS que asesinaba niños en el campo de Lubsko. Dermes está convencida de que es él, pero lo curioso resulta que Isha Winter, la única sobreviviente judía del campo, tampoco lo reconoce. Isha, nos venimos a enterar como lectores, es la madre de Amanda Winter, quien por razones que guarda para sí, decidió tomar distancia de su madre y trasladarse a Boreas con su pequeña hija.
Aunque no corresponda ir contando cada uno de los episodios de la novela, si puede decirse que Parker, debiendo superar los dolores que le causan sus heridas, y también la angustia de no poder deslindarse de su constante conexión con los muertos, se va involucrando en los distintos hechos que ocurren en el pueblo, donde habrá nuevas muertes (entre ellas la de toda una familia, asesinatos quizás producido por uno de sus integrantes, que ha desaparecido), inesperados enfrentamientos y revelaciones sorprendentes.
Como viene ocurriendo en toda la saga de Parker, el doble sufrimiento, del cuerpo y del alma, estarán de nuevo presentes en esta novela que agrega a la galería de horrores leídos en episodios anteriores las reflexiones de Connolly sobre el Holocausto, los campos de concentración, la sevicia de los nazis y la tardía reacción de los Aliados para castigar en tiempo y forma a quienes cometieron tales atrocidades.

El Coleccionista, según
Manuel Cadena Camacho
Personajes conocidos y otras cuestiones. Tangencialmente, aparecen personajes que ya fueron “presentados” en las novelas precedentes, como El Coleccionista, un ser miserable que siente tener “el deber moral de borrar a los malvados de la faz de la Tierra”. También la ex mujer de Parker, Raquel, y la hija de ambos, Samantha, el rabino Epstein y el policía Ross, quien desde lejos, y con mucha desconfianza, trata de controlar los pasos del detective.
Proveniente de un ámbito católico como es el irlandés, Connolly admite que ha tomado elementos de dicha religión, tales como las ideas de la redención, la reparación, el pago de los pecados y la culpa. “La culpa de Parker es la culpa de los sobrevivientes”. En la primera de las novelas, “Todo lo que muere”, el detective, un ex policía, se lanza en la búsqueda del asesino de su mujer y de su primera hija, Jennifer, que terminan siendo fantasmas que lo protegen. En esta novela la hija muerta tendrá una especial incidencia. También reaparecen Louis y Angel, una extraña pareja de matones que a su modo rústico, y sin matices, cuidan a Parker.
Samantha, Sam, la hija viva, debido a ciertas percepciones, abre otras perspectivas para la continuación la saga. También ocurre lo propio con una extraña propuesta que le hace el detective al detective Ross y que da lugar a que éste realice una significativa llamada telefónica a uno de los personajes periféricos de ésta y de otras historias anteriores. En tanto, el autor ha iluminado, en parte, lo que está queriendo decir en la actualidad en relación a la serie: ”Los libros de Parker están llegando a una conclusión y a una resolución. Parker está ahora en el Huerto de Getsemaní…. La próxima entrega se titula El momento del tormento… Parker, en estos dos últimos libros, es muy distinto, recordemos que ha muerto y ha vuelto… Y ha vuelto capaz de pisar un cadáver en la arena…”.
Menos conectada con el Más Allá que en novelas anteriores, “La canción de las sombras” tiene más que ver con la historia contemporánea y sobre todo con un Parker sombrío, como nunca dispuesto a cobrarse venganza. Habrá que ver que es lo que sigue.


El campo de concentración de Lubsko nunca existió, es una invención de Connolly. Aparte, destaco el acertado diseño de tapa de la edición española de “La canción de las sombras”.

Edición inglesa
de la novela
“Parker cerró los ojos y en su interior se vio una vez más sentado a la orilla de un lago, pero esta vez no lo acompañaba su hija, y desde las remotas colinas lo acompañaba un lobo, que reconocía así su presencia una vez más en aquel lugar. Sentado en la iglesia de San Juan su mente recreó un mundo más allá de éste e intentó conectar ambos espacios. No estaba loco, y sus recuerdos no eran fruto de un trauma, de la anestesia ni de la medicación posoperatoria. Sin embargo, creía que, fugazmente y mientras estaba muerto o agonizante, se había quedado atascado entre dos mundos. Lo sabía por el objeto que guardaba en un bolsillo de su chaqueta. Lo buscó ahora, con los ojos todavía cerrados y lo palpó entre los dedos. Lo sacó y lo sostuvo en la palma de la mano derecha, mientras que con el pulgar reseguía sus texturas y estrías.
“Era una piedra negra, con un desperfecto en un lado. Sólo había sostenido una piedra así cuando se sentó en el banco junto al lago en ese mundo intermedio, intentando elegir entre asumir la disolución física definitiva o volver al dolor de la existencia y, cuando finalmente había arrojado la piedra, ese mundo frágil se había hecho añicos (…) Cuando recuperó la conciencia en el hospital de Portland, aferraba la piedra en un puño”.

Enlaces:
En el blog:
Entrevistas recientes a Connolly, a propósito de la presente novela:

sábado, 11 de febrero de 2017

"Relatos escalofriantes", de Roald Dahl. Lo inquietante

Composición: Gerardo Morán
“Relatos escalofriantes” (“Skind and other stories”), de Roald Dahl.
Loqueleo (Santillana), Buenos Aires, 2017, 260 páginas.
Traducciones de, entre otros, Flora Casas y Frank Schepler, revisadas para la presente edición.
En Argentina: 195 pesos. En España: 10 euros.

Pocos, como el británico Roald Dahl para inquietar con sus historias. Pocos como él para contarnos historias en los que humor y crueldad se dieran cita en cantidades equivalentes y para que el desasosiego calase hondo en sus millones de lectores que lo han seguido durante décadas en el mundo entero. Lectores de todas las edades, aunque especialmente los más jóvenes, niños incluidos.
Tuvo la sabiduría de no tratar a los niños, sus lectores preferidos, con indulgencia, aunque supo contenerse a tiempo como para que sus historias no se transformaran en terroríficas. En ellas muchas veces los relatos se volvían tensos y arduos, pero terminaba encontrándose una “salida” para las situaciones planteadas.
También escribió muchas historias para adultos. Lo fuerte en él fueron sus cuentos, aunque hubo lugar para algunas novelas, obras teatrales y textos autobiográficos. Los cuentos de “Historias escalofriantes”, están destinados a los lectores mayores de 14 años, pero darán satisfacción también al lector adulto. Porque si algo sabía Dahl era narrar.
El primero de ellos, “Tatuaje” resulta premonitorio. En realidad su título original es “Skind” o “La piel” y data de 1952. En el relato cuenta como un viejo que se ha empobrecido deambula perdido por las calles de París hasta que por casualidad pasa frente a una galería de arte donde exhiben cuadros de alguien que, termina dándose cuenta, conoció en su juventud. La curiosidad lo lleva a ingresar a la galería de donde, por su aspecto, lo quieren expulsar. Pero él tiene una poderosa razón para estar ahí: no sólo conoció al artista homenajeado–que presumiblemente ha muerto- sino que lleva en su espalda un enorme tatuaje con el rostro de su mujer, que el pintor había estampado en su juventud. El viejo despierta en el público súbito interés y de pronto aparecen interesados en comprar el trabajo. El relato deriva en un final “inquietante”, propio de Dahl, pero lo curioso es que una historia similar tiene notable actualidad, puesto que ha aparecido una persona llamada Tim Steiner, de origen suizo, a quien le han pintado su espalda un cuadro comprado en 150 mil euros y  con el que se quedará el marchand que lo adquirió cuando Steiner fallezca. Increíblemente. Casi un calco del cuento de Dahl.

La versión de "Cordero asado" dirigida por Hitchcock
Una famosa pierna de cordero. Conocí el relato de Dahl “Cordero asado” (“Lamb to the Slaugther”, “Cordero al matadero”, es su título original, 1953) con antelación a su lectura, a través de la magnífica versión que dirigió el mismísimo Alfred Hitchcock para su famosa serie de televisión “Alfred Hitchcock presenta”, interpretada por Barbara Bel Geddes. Notablemente fiel al relato original y, en simultáneo, de gran calidad visual.
La historia, muy famosa, se inicia cuando Mary Maloney, esposa de un policía, es sorprendida cuando éste le comunica su decisión de separarse. Ella, quizás sin pensarlo, toma una drástica actitud y como el detalle no se puede contar porque destruiría el “misterio” del relato, cabe decir que a partir de allí el texto se desenvuelve en términos de comedia reidera, aunque no existan demasiados motivos para reír.
Y la pierna de cordero congelada tendría mucho para contar. Si pudiera hablar. Y la dejaran entera… Gran relato, quizás el mejor de la antología por su absoluta redondez, sostenido por un sarcástico humor.

De todo un poco. Las restantes ficciones resultan de variada factura. La más fallida, que es también la más extensa, es “El cirujano” (“The Surgeon”, 1988) referida al regalo de un diamante que un príncipe agradecido le entrega a un cirujano que le salvó la vida, el robo que se produce de la joya referida y situaciones derivadas del hecho, que Dahl quiere volver comedia de enredos y que termina diluyéndose. Como contrapartida diría absoluta, se encuentra “El deseo” (“The Wish”, 1953), breve historia sobre un niño que juega a cruzar una alfombra que se encuentra en la sala de su casa. Lo que comienza como un juego va enrareciéndose hasta derivar en un estremecedor, pero también ambiguo, final, en el que Dahl despliega toda su fascinante maestría.
“Un cuento africano” (“An African Story”, 1946) es uno de esos relatos que se encuentra dentro de otro, o narración enmarcada, y que rescata una historia que conoció un soldado inglés, muerto en tierra africana, historia que ha dejado plasmada en un escrito y que refiere a una sórdida venganza tomada por un viejo aldeano, con el añadido de la turbadora presencia de una letal serpiente mamba negra que noche a noche “roba” la leche de una vaca, sin dañarla…
“La máquina de sonido” (“The Sound Machine”, 1949) habla del inventor de una máquina que le permite escuchar sonidos que no perciben los humanos. Y las perturbaciones que le traen tal posibilidad. “Galloping Foxley” (id., 1953) tiene como protagonista a un conservador vendedor de seguros quien en un viaje en tren parece reconocer a quien convirtió su pase por un internado en un infierno, y todos los tristes recuerdos que ese encuentro le produce. “Mi querida esposa” (“My Lady Love, My Dove”, 1953) muestra a un rico matrimonio que recibe a una pareja de desconocidos para jugar al bridge. Una instalación de micrófonos ocultos revela las verdades intenciones de los visitantes y la inesperada decisión que toma la dueña de casa, sorprendiendo de nuevo a su marido. Es otro pase de comedia, muy extenso, a medias logrado.
“Cuidado con el perro” (“Beware of the dog”, 1944), es una historia situada en plena guerra mundial y lo que le ocurre cuando un aviador inglés cae abatido y se despierta en un determinado hospital. Y cómo, por un simple cartel leído a la distancia, descubre cuál es la verdadera situación en la que se encuentra. “El campeón del mundo” (“The Champion of the Word”, 1959) habla de dos cazadores furtivos de faisanes y lo que les ocurre cuando adoptan una nueva táctica para capturar a esos animales. Queda por fin “Apuestas” (“Dip in the Pool”, 1952) cuyo protagonista, que viaja en un crucero, participa en una apuesta y pierde. Y como quiere recuperar el dinero adopta una decisión extrema para el que necesita un testigo, eligiendo al menos recomendable. Un gran cuento, con estremecedor final inesperado y dosis de humor negro incluidas. Dahl, a pesar de algunos tropiezos, no defrauda.

"Skin", la edición en inglés de
"Relatos escalofriantes"
“Siguió avanzando paso a paso, bordeando las manchas, deteniéndose entre una y otra para decidir el lugar exacto en el que debía poner el pie. En una ocasión pudo elegir entre continuar por la izquierda o por la derecha. Se decidió por la primera posibilidad porque, aunque parecía la más difícil, no había tanto negro. Era este color lo que lo ponía nervioso. Lanzó una rápida ojeada por encima del hombro para ver lo que había avanzado. Había recorrido casi medio camino, y ya no podía volverse atrás. Había llegado a la mitad y no podía ni retroceder ni saltar a un lado porque se encontraba demasiado lejos; y al contemplar la gran mancha roja y negra que se extendía ante él experimentó una antigua sensación de miedo y mareo en el pecho, como aquella vez que se perdió en la parte más oscura del bosque de Piper, una tarde de la Pascua pasada”.

Datos para una biografía
Roald Dahl nació en Gran Bretaña en 1916 y falleció en 1990. Empezó a escribir cuentos en 1942, después de pasar sus años de juventud trabajando en África para la empresa Shell y siendo piloto en la Segunda Guerra Mundial. Su peculiar mundo, lleno de imaginación, fantasía y grandes dosis de humor y crueldad, lo convirtió pronto en un autor de culto. La consagración definitiva le llegó en 1964, con la publicación de su novela más recordada: “Charlie y la fábrica de chocolate”. Escribió cerca de treinta libros y una decena de guiones de cine. Cerca de sesenta de sus textos han sido llevados al cine o a la TV, entre otros por directores de la talla de Alfred Hitchcock, Tim Burton, Steven Spielberg y Wes Anderson. Tanto se involucró con el cine que uno de sus guiones fue la base para un episodio de la serie de James Bond (“Sólo se vive dos veces”). Dahl creó personajes tan populares como los gremlins. Estuvo casado durante treinta años con la famosa actriz norteamericana Patricia Neal, con la que tuvo cinco hijos. Se divorció en 1983 y ese mismo año se casó con quien había sido la mejor amiga de Neal.

En Internet:

martes, 31 de enero de 2017

"Portáti", de David Foster Wallace. Para un retrato del artista. Comentario anterior: "El rey pálido"

Composición: Gerardo Morán
“Portátil”. Relatos, ensayos y materiales inéditos (basado en “The David Foster Wallace Reader”), de David Foster Wallace.
Literatura Random House, Barcelona, 2016, 668 páginas.
Traducciones de Javier Calvo.
En España, libro en papel: 24,90 euros. En Argentina se lo consigue en versión para ebook, a 209 pesos, aproximadamente.

David Foster Wallace se suicidó en 2008, a los 46 años, a causa de una depresión que lo acompañó durante la mayor parte de su vida (que fue intensa, compleja, y muchas veces inmersa en la confusión) y que en algún momento terminó destruyéndolo. Fue una gran pérdida, porque escribió libros únicos, textos de notable calidad, audaces, que reclamaban al lector una atención especial. En él todo resultaba desmedido, como lo fue su libro capital, “La broma infinita”, de 1.200 páginas, con doscientas de ellas ocupadas por notas, no pocas de ellas muy extensas.
Aunque la angustia fue una constante en su obra, incluyendo sus notables textos de no ficción, supo compensarlo con su forma de narrar, abigarrada pero al mismo tiempo muy atractiva, aderezada por un humor socarrón que en ningún momento soslayó la ironía, cuando no el sarcasmo. Pero con la salvedad que sabía mantener el interés permanente de sus lectores, a los que trató siempre con cordialidad.
A veinte años de su opera magna, que ha sido reeditada en España pero no en la Argentina (donde su obra no recibe la atención que merece; resulta arduo encontrar sus textos en librerías), también en el país peninsular se ha publicado “Portátil”, una antología en la que se han seleccionado partes de sus libros más representativos, pero que es apenas la mitad del volumen original de más de 1.200 páginas en el que, además de fragmentos de novelas, se publicaron diversos artículos de autores anglosajones. En la presente edición se han anulado dichos fragmentos y a los referidos artículos se los ha sustituido con comentarios, más bien breves, de escritoras y escritores españoles y latinoamericanos.
Wallace se acercó a la genialidad. A los 25 años presentó en simultáneo como sendas tesis una novela (“La escoba del sistema”) y un tratado sobre filosofía griega. De esa forma empezó una carrera que decidió fuera literaria y que incluyó relatos de alta calidad, como los incluidos en “La niña del pelo raro”, “Entrevistas breves con hombres repulsivos” y “Extinción”, las ya referidas novelas a las que hay que agregar la inconclusa “El rey pálido” (rehecha hasta donde se pudo y publicada póstumamente) y sus también excepcionales textos de no ficción, que le hacen decir en este volumen a la argentina Leila Guerreiro que alguna vez el autor será considerado como “uno de los más grandes, talentosos y originales periodistas contemporáneos”.
En "Portátil" se incluye su inacabado primer trabajo de ficción, “El planeta Trilafon y su ubicación respecto a lo Malo”, en el que un joven de veintiún años, neurótico, afectado de depresión, nos sumerge en un mundo alienado, un laberinto del que le resulta imposible salir. Este texto inconcluso, que había permanecido inédito, lleva a decir a Javier Calvo que estamos ante “un inicio que se sale de órbita, la crónica de un destierro, (una) literatura como des-concentración”. Los rasgos autobiográficos de DFW, marcado por los fármacos, las drogas y el alcohol –del que se alejó durante gran parte de su vida adulta- son inexcusables.

"Me embarqué en un crucero de siete noches"
Trabajos conocidos, aunque… Esta amplia selección, incluye trabajos ya publicados en libros que han circulado profusamente, tales como relatos de “La niña del pelo raro”, “Entrevistas breves con hombres repulsivos” y “Extinción”, así como crónicas extraídas de “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, “Hablemos de langostas” y “En cuerpo y en lo otro”. De todos ellos, la que a mi juicio más se destaca (sin desdeñar al resto), es la excelente crónica de “Algo supuestamente divertido”, de 1995, sobre la que vale la pena detenerse.
Se trata de un extensísimo reportaje que originalmente le fue encargado por la revista “Harper’s”, consistente en un viaje de una semana en un crucero de lujo (por no decir de superlujo) por islas del Caribe. El texto apareció “resumido” en unas cincuenta páginas en la revista, pero cuando pasó al libro se extendió a más de cien (y casi al doble, si se toman en cuenta sus casi 140 notas al pie). Guerreiro acierta cuando dice que en la crónica, cómica, amplísima, recargada de detalles, Wallace descubre lo que subyace tras la aparente perfección que confluyen en el barco, el nivel de limpieza, la calidad de los servicios, la atención permanente: un sistema rígido, casi esclavizante, que busca que sus pasajeros se sumerjan en una gran “nada” para “no pensar en la insoslayable máquina de aniquilación que es la vida empujando hacia la muerte”.
Crónica extensa, más que cómica tragicómica, contiene el “aderezo” de la sospecha del capitán, y por ende de toda la tripulación que, debido a sus preguntas incisivas, el autor era en realidad un espía, quizás de alguna otra compañía rival, quizás un periodista de investigación, de manera que cada una de sus preguntas despertaba sospechas y el todo resultó ser una especie de novela de suspenso y misterio. Con muchas carcajadas incluidas.

Una valiosa antología. “Portátil” tiene una gran virtud: como incluye excelentes trabajos del autor que son, al mismo tiempo, muy representativos de su obra, se transforma en un buen vehículo para adentrarse en la compleja obra de Wallace. Además de “Trifalon”, que resulta en sí mismo un valioso rescate, los cuentos y los textos de no ficción que componen el volumen están seleccionados con acierto. Mención especial entre ellos al tremendo cuento “La niña del pelo raro” y la nota dedicada a una exposición agrícola en Illinois.
También resultan muy válidos los comparativamente breves ensayos sobre Kafka y su humor y Borges, sobre quien el autor demuestra tener un conocimiento exhaustivo de vida y obra, tanto que se permite rebatir las diversas inexactitudes en que las que incurrió el biógrafo Edwin Williamson (“Borges. Una vida”).
Los trabajos cuentan, como se dijo, con breves aportes de diversos críticos, destacándose –como ya señalé- el de Guerreiro así como el del español Javier Calvo. Los restantes textos pertenecen a Luna Miguel, Antonio J. Rodríguez, Rodrigo Fresán, Alberto Fuguet e Inés Martín Rodrigo, Andrés Calamaro aporta dos de sus canciones, dedicadas a DFW, y, en el prólogo, el editor Claudio López de Lamadrid cuenta cómo, desde la década del ’90, trabajó, arriesgándose, para que los textos del norteamericano fueran conociéndose en nuestro idioma, aunque el mercado al comienzo se mostró reacio a aceptarlo. Bien por él.
Siempre acompaña la nostalgia y la sensación de pena y pérdida cuando se habla de este autor, un suicida al que desde muy joven acompañó el cuadro de aguda depresión. Cuando suspendió la ingesta de un determinado fármaco, por los efectos secundarios que le producían, aceleró su autodestrucción. Pudo haber dado mucho más, aunque es una suposición, porque su vida fue un conflicto permanente, un cuestionarse de manera constante, cuestionamientos que alcanzaron a sus trabajos y que mucho se advierte en los restos que dejó de “El rey pálido”.
Pero, dejando esa sensación, quedan por suerte sus sólidos trabajos, sus grandes cuentos, sus excelentes crónicas. Y sus novelas, que tanto piden al lector y que, pese a ello, terminan siendo satisfactorias. Digresión: en uno de los reportajes, Foster Wallace admite que mucho le debe a la lectura de Manuel Puig en el armado de “La escoba del sistema”, novela en la que prevalecen los diálogos y las descripciones se reducen a lo mínimo. Es un dato que llama la atención y que me interesa remarcar al lector. Quien, reitero, tiene en este “Portátil” el mejor retrato del inolvidable escritor.

La edición en inglés
“Tengo treinta y tres años y la impresión de que ha pasado mucho tiempo y que cada vez pasa más de prisa. Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno, importante o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las demás opciones que esas elecciones descartan. Y empiezo a entender cómo, a medida que el tiempo se acelera, mis opciones disminuyen y las descartadas se multiplican exponencialmente hasta que llego a un punto en la enorme complejidad de las ramificaciones de la vida en que me veo finalmente encerrado y atrapado en un camino y el tiempo me empuja a toda velocidad por fases de pasividad, atrofia y decadencia hasta que me hundo por tercera vez, sin que la lucha haya servido de nada ahogado por el tiempo. Es terrorífico. Pero como son mis propias decisiones las que me encierran, me parece inevitable: si quiero ser adulto, tengo que elegir, lamentar los descartes e intentar vivir con ello”.

Datos para una biografía
David Foster Wallace fue una de las voces más singulares de la actual narrativa de los Estados Unidos. Un editor le agregó el apellido materno Foster para diferenciarlo de otro autor, de nombre parecido. Nació en Nueva York en 1962 y se suicidó en California en 2008, a causa de una fuerte y duradera depresión. Como escritor publicó en 1987 su primera novela, “La escoba del sistema”, a la que siguieron los libros de cuentos “La niña del pelo raro” (1989), “Entrevistas breves con hombres repulsivos” (1999) y “Extinción” (2004). Publicó varios libros de crónicas, entre ellos “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” (1997), “Todo y más” (2003), “Hablemos de langostas” (2005) y “En cuerpo y lo otro” (2012, póstumo; un capítulo de ese libro fue publicado el año pasado en nuestro idioma con el título de “El tenis como experiencia religiosa”). “La broma infinita”, su novela experimental de 1996, de 1.200 páginas, lo puso en una senda de excepción, casi “heredero” de Thomas Pynchon (con quien no sentía afinidades) y Don DeLillo, y “Time” la consideró como una de las cien mejores novelas norteamericanas del Siglo XX. Estaba escribiendo “El rey pálido” cuando se suicidó, ahorcándose, el 12 de septiembre de 2008. La novela, inconclusa, fue publicada póstumamente. Recibió numerosas distinciones, dirigió talleres literarios y fue profesor universitario. John Krasinski dirigió en 2009 una versión fílmica de “Entrevistas breves” y a su vez James Ponsoldt en 2015 dirigió “El último viaje” o “El último tour”, dedicado a recrear en clave de ficción entrevistas al autor. En 2012 apareció “Conversaciones con David Foster Wallace”, libro editado por Stephen J. Burn y el mismo año se conoció en inglés “Todas las historias de amor son historias de fantasmas”, la primera biografía de DFW, escrita por D.T. Max, publicada al año siguiente en nuestro idioma. Ambos libros, editados en España, son muy difíciles de conseguir en Argentina.

Algunos enlaces:

Comentario anterior: ·”El rey pálido” (publicado en el blog cuando éste aparecía en La Comunidad de El País, sección hoy inhallable en Internet)

“El rey pálido” (“The Pale King”), de David Foster Wallace. Literatura Mondadori, Barcelona, 2011-Buenos Aires, 2012, 551 páginas. Traducción de Javier Calvo.

“Aquello era un aburrimiento más allá de cualquier aburrimiento que hubiera sentido nunca”, expresa uno de los personajes de “El rey pálido”, la novela que dejara inconclusa el norteamericano David Foster Wallace cuando se suicidó en 2008 y que sólo se conociera tres años después, luego de una ardua tarea de reordenamiento que cumpliera el editor Michael Pietsch.
 La voz de Wallace fue comparada con la de los más grandes narradores del siglo pasado de su país, tales como Thomas Pynchon (en primerísimo lugar) o Don DeLillo, luego que a los 32 años de edad diera a conocer su novela más ambiciosa y, según se considera, más lograda: “La broma infinita”, texto torrencial con el que pareció haber buscado ese imposible que es la novela total.
 Quizás lo haya intentado también con “El rey pálido”, ficción con apoyos autobiográficos (él mismo aparece con su nombre propio en diversos momentos del relato), en la que estuvo trabajando durante una década y que, como se señalara, nunca concluyó. Presumiblemente a causa de la fuerte depresión que lo llevó al suicidio o –también es posible- porque el tema lo desbordaba y no encontraba la manera de ponerle fin.
 ¿De qué trata “El rey pálido”? De ese aburrimiento de corte existencial, se podría decir metafísico, que Wallace pudo encontrar sintetizado en una Agencia Tributaria en la que trabajó cuando tenía veinte años, en los 80. Y es sobre esa Agencia que habla en la novela compuesta por 50 capítulos de variada extensión e intención. El capítulo capital, el más logrado e intenso, el 22 -un monólogo-  tiene casi cien páginas. A otros, este autor tan peculiar como arbitrario, los liquidó en apenas unas pocas líneas.
 Pero, no está de mal insistir, “El rey pálido” es un texto inconcluso. El editor aclara explícitamente en una nota prologal que lo que ha llegado al libro es una recopilación de un trabajo que no se encontraba para nada concluido, desperdigado en “discos duros, carpetas de archivador, carpetas de anillas, cuadernos de espiral y disquetes”. Un texto en proceso –work in progress- al que tenemos (debemos) considerar como tal.

En el mundo de Josep K. Sin embargo, conviene recordar que Wallace fue un escritor de excepción. Excesivo, “tumultuoso”, la contracara de Raymond Carver, atacaba varios frentes simultáneos en sus textos. Y en este caso “atacó” a la  Agencia Tributaria como una suerte de mal metafísico, esa Oficina que fuera descubierta y expuesta por Franz Kafka, al decir de Milan Kundera: “Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy día es una burocracia” (p.444).
 Se trata de un mundo, dice el autor, en el que para operar con eficiencia hay que saber superar el aburrimiento que “descarta todo lo que es vital y humano” y de esa manera poder “respirar, por así decirlo, sin aire”.
 Es casi ocioso indicar, hablando de este narrador, que también a “El rey pálido” lo marca su irónico, cuando no sarcástico, humor y que cada capítulo está abordado desde ópticas diferentes, con voces y estilos que buscan ser también distintos. Y con sus infaltables notas al pie.
 La intención de DFW ha sido la de trabajar en las historias de distintos personajes, hombres y mujeres, sobre los que habla en distintos capítulos y aborda en diversos momentos de su vida.
 Entre otras, “revisa” la vida de Leonard (también llamado Ned) Stecyck desde cuando era un niño enfermizamente obsequioso hacia los demás hasta el momento en que se lo ve actuando como subdirector de Personal en la Agencia. El capítulo que le dedica a ese niño abrumador es particularmente eficaz.

El proyecto inconcluso. “El rey pálido” es un enorme proyecto narrativo, tan ambicioso, tan abarcativo como lo fue "Moby Dick", o, más contemporáneamente, como “El arco iris de la gravedad”. Pero es eso, un proyecto, algo a lo que Wallace no le dio una puntada final. Estamos pues ante partes de lo que pudo ser, aunque no un trabajo acabado. Hablemos entonces de las ideas que tenía el autor y que pueden rastrearse en las notas que quedaron póstumas, guías internas para el desarrollo de la novela a la que veía, cuenta el editor, “como un tornado” o que producía la sensación de tal: “Lo cual sugería la idea de lanzar partes de la historia hacia el lector como un torbellino a alta velocidad”.
 Otra develación: comenta Pietsch que muchos de los capítulos “revelaban una narración central” que seguía una cronología lineal. De ese modo el autor de “Extinción” hizo que varios personajes concurran a un centro de examen de la Agencia (en Peoria, Illinois, Estados Unidos) en 1985, pasen por una clase de orientación, empiecen a trabajar allí y finalmente se sumerjan en ese mar de tedio sobre el que quería contarnos.
 Hay capítulos totalmente concluidos, como el monólogo de Chris Fogle del capítulo 22 antes aludido, que es casi un relato autónomo en el que se centra en la relación del joven con su padre (muerto en espantoso accidente) y que resulta también, tangencialmente, una crítica al propio sistema tributario norteamericano. No es ocioso señalar que DFW estudió contabilidad concienzudamente en algunos de los años de redacción de “El rey pálido”. También que en muchos momentos la novela se vuelve excesivamente árida debido a las recurrentes informaciones que aporta al autor sobre cuestiones contables.
 El título alude a un nom-de-guerre de uno de los jefes de la agencia (aunque no queda claro si conlleva algún otro tipo de alusión). Que la novela no estaba concluida lo revelan las notas finales del libro, que el editor ha agregado como una especie de guía. En esas notas todas son preguntas que Wallace se formula a sí mismo, sin darse respuestas. En una de ellas no descarta avanzar en una segunda parte de la historia que, claro está, nunca existió.
 Es muy probable que el narrador hubiese terminado entregando una historia así, “inacabada” pero, exigente consigo mismo como lo era, también perfeccionista al extremo, sin duda la hubiera elaborado más y no hubiese dejado el exceso de cabos sueltos que presenta el libro. Brillante en determinados tramos, complicado sin necesidad en los momentos en que explica en detalle las operaciones de la Agencia, nos habla de un autor inteligente pero también arbitrario. Recibamos entonces a esta novela como lo que pudo ser, es decir con sus sombras, pero también con sus notables destellos de luz. 

viernes, 20 de enero de 2017

"Historias de proezas y derrotas", de Ángel Balzarino. Las ambigüedades de la historia. Entrevista al autor

Composición: Gerardo Morán

“Historias de proezas y derrotas”, de Ángel Balzarino.
Ediciones al Margen, La Plata, 2016, 101 páginas.
En Argentina: 150 pesos.

En los “arrabales últimos”, como diría Borges, donde se disputaron batallas, escaramuzas, asaltos, asesinatos y –también- actos de verdadera entereza, surgieron personajes que la propia Historia fue destacando a lo largo de los años. Ya se debiese a su heroicidad o su cobardía, su entrega a la gesta y su traición a los suyos. En la Viña del Señor, donde suele haber de todo, hay lugar para los fracasos y los triunfos, para la lealtad o la maldad. Porque es de esa forma cómo los seres humanos han aportado a su propia historia. Y sobre proezas y derrotas nos habla largamente el argentino Ángel Balzarino en su más reciente libro de cuentos.

Acerca de la Historia misma, en contratapa se recuerdan palabras del siempre vigente Marco Denevi: “Si nosotros supiéramos del ser humano a través de lo que recoge la historia, e incluso las ciencias, sabríamos muy poco. La literatura colma el vacío porque se ubica en el plano individual, en el del hombre concreto de carne y hueso”.

Pero el libro tiene un segundo añadido en las palabras medulares de otro inolvidable autor, José Saramago: “Lo malo de las victorias es que no son definitivas. Lo bueno de las derrotas es que tampoco son definitivas”. Sobre ambos andariveles, es decir la historia que “verdaderamente” puede contarse a través y por medio de la literatura y las ambigüedades de los triunfos y las capitulaciones, se desarrollan los relatos de Balzarino.

Las ficciones (en la mayoría de los casos basadas en hechos reales) que nos cuenta el escritor rafaelino ubican a los distintos personajes en situaciones límites, luego de haber participado del fragor de la batalla, de haber gozado de los triunfos teñidos por la sangre y, ya en el momento último de sus existencias, cuando deben esperar las sentencias inapelables de la vida, las derrotas que suelen ser las verdaderas y concluyentes compañeras de sus triunfos.

Excepcionalmente, dos personajes históricos “se cuelan” entre los argentinos rescatados por Balzarino: Cristóbal Colón y Túpac Amaru, ambos viviendo sus horas más oscuras. Pero en la “galería” los hay más próximos a la realidad argentina: como el catamarqueño Felipe Varela, llamado “el quijote” por sus ideales que chocaban contra la hostil realidad, los caciques Calfucurá y Catriel,  Santos Pérez, quien encontrará la muerte por haber asesinado al caudillo Facundo Quiroga, los generales Rivas y Anacleto Medina, personajes secundarios en la historia nacional y, por fin, más acá en el tiempo, algunos episodios tomados de la Guerra de las Malvinas, un suceso bélico que dejó profundas huellas en la Argentina contemporánea, dado lo extemporáneo de su realización, las vilezas de la mayoría de los jefes militares y los notables actos de heroicidad de una guerra que me sigue pareciendo tan cruel y gratuita como inverosímil.

Sobre su libro, las intenciones de sus relatos y la propia historia, dialogamos con Balzarino:

Felipe Varela
-Usted ha incursionado con el cuento en distintas vertientes, incluyendo el humor. ¿Por qué motivo presenta ahora un libro íntegramente dedicado a narrar hechos históricos?

-El pasado mes de octubre me llamó Raúl Ordenavía, director de Ediciones Al Margen, de La Plata, para solicitarme material para editar un libro, el tercero por su parte, ya que anteriormente me había publicado El hombre acechado en 2009 y La sangre para  ellos son medallas, en 2011. Dado que deseaba presentar el nuevo libro antes de que terminara el año -2016-, debí revisar con bastante premura los cuentos que tenía disponibles. Advertí entonces que la mayoría eran textos históricos y, por lo tanto, guardaban la coherencia que siempre me propuse al armar un libro de cuentos. De manera que este  libro tiene similar unidad de recreación histórica que otros tres anteriores: La visita del general  (1981), La casa y el exilio (1994) y Hombres y hazañas (1996).          
  
-¿La Historia como tal, es un pretexto narrativo o se encuentra usted muy interesado en estudiarla y comunicarla? 
 
-Entre la lectura intensa y apasionada de novelas, cuentos, ensayos, biografías, ocuparon un destacado lugar los libros de historia. Creo que durante varios años lo hice simplemente por gusto e interés, hasta el momento en que me atrajo poderosamente un detalle relacionado con la visita que el general Juan Lavalle efectuó al campamento de Juan Manuel de Rosas en la Estancia El Pino con el fin de llegar a un acuerdo de paz. Como Rosas no se encontraba allí, Lavalle pidió una habitación para pasar la noche y esperarlo. Por la mañana, al enterarse de la presencia de Lavalle, Rosas envió a un soldado para que lo despertara con un mate. De inmediato este dato me pareció excelente como desenlace para un cuento. La idea me persiguió mucho tiempo, seis o siete años. Hasta que, de improviso, cuando la revista Bibliograma, de Buenos Aires, a la que estaba suscripto y recibía mensualmente, organizó en 1977 un concurso de cuentos destinado a temas argentinos, comprendí que había llegado el momento de escribirlo. Urgido por el tiempo, ya que en menos de dos meses vencía el plazo para presentar los trabajos, investigué sobre todo lo que había ocurrido antes de que Lavalle fuera despertado con un mate y escribí el cuento “La visita del general”. Fue premiado e integró el libro Cuentos del Concurso Gaspar L. Benavento. Alentado por tan buen resultado, desde entonces la vertiente de carácter histórico me ha nutrido de material para elaborar numerosos relatos.       

¿Puntos de partida?
 
-En los cuentos de su nuevo libro, aparecen personajes fácilmente identificables para el lector argentino, como por ejemplo Felipe Varela, pero hay otros que el tiempo ha desdibujado en la memoria colectiva, como ocurre con el general Anacleto Medina. ¿Considera que con los datos que aporta en estas ficciones el lector tiene elementos suficientes para interpretar los textos o los ofrece como puntos de partida para motivar a que se indague más sobre la misma Historia?

-No tengo el propósito de ofrecer datos fidedignos ni impulsar el interés por conocer más a fondo sobre hechos y personajes que tuvieron cierta relevancia en la Historia. La reacción dependerá de cada lector. Por mi parte, al experimentar un especial atractivo por algún episodio o personaje, trato de efectuar la recreación literaria a través de un cuento que tenga, por sí mismo, la intensidad, el efecto, la más perfecta estructura. Aspiro a crear una obra con entidad propia y, en la medida de lo posible, completamente personal. Al evocar vivencias de hombres y mujeres de otros tiempos, procuro indagar en el interior de cada uno de ellos para descifrar lo que pensaban y sentían ante los temas fundamentales de la vida: el amor, el miedo, la soledad, el odio, la muerte. Reflejar, sobre todo, los problemas derivados del corazón humano en conflicto consigo mismo que, según la óptica del escritor William Faulkner, “son los únicos de donde puede surgir una buena literatura, por ser de ellos de los únicos que vale la pena escribir, con todas las angustias y sudores que el abordarlos supone”.

Túpac Amaru
-¿Para elaborar sus cuentos debió investigar mucho? ¿De todos ellos, cuál fue el que le dio más trabajo y por qué?
 
-Todos los cuentos con una génesis histórica me obligan a una profunda investigación sobre el personaje o el episodio que voy a recrear para determinar el mejor modo de plasmarlo en un cuento. Siempre me ha preocupado lograr el punto de vista adecuado para desarrollar una historia. En este sentido creo que el último relato del libro, “De cuerpo presente”, fue el que me demandó más trabajo y esfuerzo por las diversas voces que intervienen para narrar el momento de la ejecución de Túpac Amaru -la del propio jefe incaico, la del visitador general de los conquistadores, la de un matrimonio que se encuentra entre las personas reunidas en la plaza para ver la ceremonia-, en un texto compacto, sin punto y aparte.     

-Los caudillos en la Argentina o gozan de mucha fama y adhesiones o son motivo de fuertes críticas. Como en uno de los cuentos llama “quijote” a Felipe Varela quería saber qué lo llevó a un calificativo de ese tipo, que resulta tan categórico. 

-Al recopilar datos sobre Felipe Varela me pareció que muchas características de su vida -cierto tinte aventurero en sus acciones, el permanente afán de luchar por sus ideales, el deseo de defender causas que consideraba justas, desinteresado de sus bienes personales en aras de ayudar a su pueblo-, lo asimilaban bastante a la conducta del Caballero de la triste figura. De manera que decidí utilizar ese calificativo para designar a Felipe Varela.

Las contradicciones de la historia

-En los relatos, hay una constante correlación entre triunfos y derrotas. El que ha triunfado a poco andar debe asistir a su caída y a la inversa, tal como si nos dijera que la vida presenta dos caras contradictorias, antagónicas, que están en constante movimiento. ¿Comparte esa interpretación? Y si es así, ¿sería ese el sentido último que guardan sus cuentos?

-Los momentos de triunfos y derrotas aparecen en casi todos los relatos. Esas caras antagónicas resultaban bastante comunes en los personajes evocados en el libro, debido a las constantes bregas en que se jugaban la vida. Pero creo que también se encuentran muy vigentes en cualquiera de nosotros cada vez que nos debatimos entre el anhelo de triunfar y el miedo de sufrir una cruel derrota cuando llevamos a cabo un trabajo, soñamos con concretar un proyecto o estamos pendientes de alguna importante noticia. Pese a quedar plasmados con mucha fuerza tales rasgos, no me propuse que fuera el sentido último de esos relatos. Ya se trate de textos de carácter histórico, surgidos de alguna vivencia personal o por impulso de una noticia periodística, siempre trabajo con el mayor ahínco y dedicación para realizar una obra lo más lograda posible, sin especular sobre las interpretaciones que pueda generar.  

Marco Denevi
-En la contratapa, se cita a Marco Denevi. A propósito de autores, ¿al elaborar estos cuentos históricos, se ha sentido "acompañado" por algún escritor, o algunos escritores, en particular?
 
-Considero muy adecuadas las palabras de Marco Denevi en cuanto a lo que pretendo cada vez que incursiono en la recreación de aconteceres históricos. Pero no podría citar sólo a un  escritor determinado como acompañante de esos momentos. Me parece más justo y correcto mencionar a varios escritores que siento muy cercanos, al elaborar esos relatos o cualquier otro, los cuales ya están consustanciados con mi vida y que, a través de las permanentes relecturas, siempre me enriquecen y revelan algo nuevo: Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, William Faulkner, Julio Cortázar.   

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