viernes, 28 de abril de 2017

"Dios lo bendiga, señor Rosewater", de Kurt Vonnegut. Brillante, eterna ironía

Composición: Gerardo Morán
“Dios lo bendiga, señor Rosewater o Margaritas a los cerdos” (“God Bless You, Mister Rosewater, o Pearls Before Swine”), de Kurt Vonnegut.
La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2017, 198 páginas.
Traducción de Carlos Gardini.
En Argentina: 270 pesos.

Estamos ante el sexto rescate que La Bestia Equilátera hace de novelas del mejor tiempo, como escritor, del norteamericano Kurt Vonnegut. “Dios lo bendiga, señor Rosewater”, tal el rescate al que aludo, es también el último trabajo que entregó el gran escritor y traductor argentino Carlos Gardini antes de su fallecimiento. Leyendo el texto, otra vez podemos comprobar su especial talento en estos menesteres.
A “Dios lo bendiga, señor Rosewater”, se la califica como “una sátira magistral sobre los placeres y catástrofes que el dinero puede causar tanto en una familia como en una nación” y asimismo de qué forma la bondad puede llevarnos por caminos insondables, resultar ineficiente, provocar desastres.
Eliot Goldwater ha recibido una fortuna que cree inmerecida. La reparte entre los menos favorecidos de la vida y la naturaleza, también lo hace con los bomberos voluntarios y pierde el sentido de las cosas, además del sentido común, debido a su afición a la bebida. Su padre se desespera e intenta recuperarlo, sin suerte, mientras Eliot, separado de su mujer, vive su vida solitaria en el condado que lleva su nombre, en el Estado de Indiana. Para él, conectado a una estación de bomberos voluntarios, es su Nirvana. Allí se ha instalado, allí existe la Fundación Rosewater atendida por su dueño, por así decir, para dar aliento a los desahuciados.
Nada es límpido y transparente en la acumulación de dinero y poder que hicieron los antepasados de Eliot y él, de alguna manera, intenta compensar el estropicio, pero no alienta a los ganadores y vencedores del “American Dream”, sino a los perdedores, a los que nada esperan de la vida. Los insta a seguir, a creer, a tener una cierta fe en la condición humana.
Cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial, el heredero era un verdadero héroe de la contienda y por eso se le cedió dinero y Fundación, confiando todos en que seguiría los pasos de sus mayores, es decir, acumulando aún más fortuna y poder y evitando, fundación mediante, que ni el menor centavo cayera en manos del Tesoro norteamericano.
Su padre, un senador casi vitalicio, se desespera porque no puede “enderezar” al hijo, mientras que la mujer de Eliot, Silvia, intenta guardar distancia porque vive con él una relación ambigua, que le provoca adhesión y rechazo de manera simultánea.

pequeño pueblo de USA
Un abogado llamado Mushari. La fortuna en manos de Eliot tienta a cualquiera. Son millones de dólares –de la década de 1960, es decir cifras mucho más contundentes en cuanto a su poder adquisitivo que las actuales- y entre los tentados se encuentra el abogado Norman Mushari, de ascendencia libanesa, quien luego de recibirse como letrado logra ingresar a uno de los poderosos estudios jurídicos que cuidan que la fortuna de los Rosewater se acreciente sin solución de continuidad (la Fundación, como ejemplo, atesora más de 80 millones de dólares de la época). Mushari tiene la intención, nada santa (¿pero qué o quién, aparte de Eliot, es santo en esta historia?), pase a sus manos.
Tiene en sus manos la información fidedigna del que muy tímido e infeliz de Fred Rosewater, un poco afortunado vendedor de seguros, es primo segundo de Eliot y por consiguiente presunto heredero de la fortuna de la familia, siempre y cuando pueda demostrar que su pariente está loco.
Fred ignora parentesco y potenciales probabilidades. Por el contrario, se limita a languidecer en el pequeño y perdido pueblo de Piscontuit. Pero no lo ignora Mushari, quien está dispuesto a todo con tal de probar dicha locura y así poder apoderarse de toda, o  gran parte, de la fortuna de los Rosewater.
El abogado tiene su propia lógica, expresada de la siguiente manera: “En toda gran transacción hay un momento mágico en  que un hombre ha entregado un tesoro, y durante el cual el hombre que debe recibirlo aún no lo ha recibido. Un abogado alerta debe aprovechar ese momento, adueñarse del tesoro por un mágico microsegundo, embolsar una parte y dejar que siga su curso. Si el hombre que está por recibir el tesoro no está habituado a la riqueza, y tiene un complejo de inferioridad y difusos sentimientos de culpa, como ocurre con la mayor parte de la gente, el abogado puede llevarse hasta la mitad del botín, y aún así contar con el balbuceante agradecimiento del receptor”.
Lo que sigue… es lo que sigue. Y eso tendrá que descubrirlo el lector que lea o relea este libro que tiene más de cincuenta años pero que conserva toda su frescura.
El humor, el absurdo de Vonnegut, marcas indelegables de este gran autor, “salpican” las páginas de “Dios lo bendiga”, del principio al fin. También la otra “marca de fábrica” del norteamericana fueron sus pinceladas surrealistas, porque nada de lo que cuenta puede inscribirse en el territorio de lo “real”, aunque todo –como ocurre con el resto de su amplia obra- es una gran boutade sobre el estado de las cosas en sus no siempre fragantes United States of America.
Una obra que en su amplitud de casi veinte títulos resultó una prolongada reflexión sobre un sistema que tantas veces se muestra oprobioso, cruel,  pocas veces compasivo. Precisamente, por serlo, Eliot es un incomprendido, como también lo es su primo, una suerte de débil réplica del pariente rico quien sin embargo siembra el bien asegurando a los pobres quienes también, llegado el caso, le dicen “dios lo bendiga, señor Rosewater”.
Juegos de ingenio, miradas piadosas sobre los seres humanos, ironías, humor punzante, textos satíricos de primer orden que se copiaban de una aparente escritura “primitivista” o naíf que desesperaba a los académicos pero que lograba establecer un difícil equilibrio entre la alta literatura y la popular. Heredero directo, máximo y quizás único de Mark Twain, hay que celebrar siempre esta clase de rescate, esta “resurrección” tan apropiada de Vonnegut.
Al margen: ¿imaginan lo que hoy diría de Donald Trump?

Edición inglesa
de la novela
“-Supongo que debería decir adiós –dijo Silvia culposamente. Le corrían lágrimas por las mejillas.
-Eso debe decidirlo tu médico.
-Saluda… saluda a todos de tu parte.
-Lo haré, lo haré.
-Diles que sueño con ellos todo el tiempo.
-Eso los enorgullecerá.
-Felicita a Mary Moody por los mellizos.
-Lo haré. Los bautizaré mañana.
-¿Bautizarlos? –Esto era algo nuevo.
Mushari revolvió los ojos.
-No… no sabía que…  que hacías esas cosas –dijo Silvia con cautela. Mushari se alegró al reparar en su ansiedad. Para él significaba que la locura de Eliot no estaba estabilizada, sino que estaba por dar el gran salto hacia la religión.
-No pude liberarme del compromiso –dijo Eliot-. Ella insistió, y nadie más quería hacerlo.
-Ah –dijo Silvia con alivio.
Mushari no se sintió decepcionado. En un tribunal el bautismo probaría que Eliot se consideraba un mesías.
-Le dije que yo no era una persona religiosa ni mucho menos –dijo Eliot, y la porfiada mente de Mushari se negó a aceptar esta prueba-. Le dije que nada de lo que yo hiciera tendría valor en el cielo, pero ella igual insistió.
-¿Qué dirás? ¿Qué harás?
-Oh… no sé.- La pena y el agotamiento de Eliot se disiparon por un instante y se quedó fascinado por el problema. Una sonrisa aleteó sobre sus labios-. Supongo que iré a su choza. Rociaré a los bebés con agua y diré: ‘Hola, bebés. Bienvenidos a la Tierra. Es calurosa en verano y fría en invierno. Es redonda y húmeda y está superpoblada. A lo sumo, bebés, vivirán cien años aquí. Bebés, hay una sola regla que conozco… Qué diablos, tienen que ser bondadosos’.”

En el blog

martes, 11 de abril de 2017

"Ese mundo desaparecido", de Dennis Lehane. Obra maestra

Composición: Gerardo Morán

“Ese mundo desaparecido” (“Word Gone By”), de Dennis Lehane.
Salamandra, Barcelona, 2017, 350 páginas.
Traducción de Enrique de Hériz.
En España: 19 euros. En Argentina: 345 pesos.

“Esto era el presente y la muerte se le acababa de plantar más cerca que Joe. Se le había sentado en el hombro y le estaba acariciando el cabello con los dedos”. Es muy probable que quien haya leído alguna vez al norteamericano Dennis Lehane reconozca en estas líneas su estilo único, quizás inimitable. Ese estilo, esa forma de narrar, que le hace decir a Laura Fernández, de “El Cultural”, de Madrid, que no es un estilo magnético, sino hipnótico, “hasta el punto de hacerte desear que el mundo se detenga para que no hacer otra cosa que leer” la historia que uno tiene en sus manos.
¡Qué narrador es Lehane, qué maestro! No ya del género negro (que lo es, y de manera evidente) sino un autor literario de esos que hoy no sobran en ningún lugar. De esos inolvidables.
“Ese mundo desaparecido” transcurre a un año del ataque a Pearl Harbor, es decir cuando ya los Estados Unidos está involucrado al máximo en la Segunda Guerra Mundial, en un ambiente muy pesado, marginal, de gánsteres, en zonas de Tampa, Florida, donde Joe Coughlin intenta llevar una vida adusta, peligrosa pero controlada, hasta que recibe un curioso mensaje: alguien lo ha sentenciado para que ser liquidado un Miércoles de Ceniza.
La historia girará en torno a ese hecho y Coughlin se irá sintiendo progresivamente acosado y cada vez más sólo. Su obsesión será cuidar no únicamente su vida sino, y de manera especial, la de su hijo Tomás, de diez años. Coughlin ha quedado viudo, luego de que su mujer cubana fuera muerta por alguna venganza que nunca terminó de dilucidar.
La novela forma parte de una trilogía. En efecto, “Ese mundo desaparecido” ha sido precedido por “Cualquier otro día” (2008) y “Vivir de noche” (2012), en tanto que la más reciente fue publicada en su idioma original dos años atrás. En la primera, Joe era un niño, en la segunda los hechos transcurren en 1926 pero Coughlin, aunque ya se perfila como un ser singular, no termina de transformarse en el protagonista casi absoluto, central, como lo es en la tercera novela, en la que lo muestra como consegliere de una “familia” mafiosa italiana. Su apellido irlandés lo inhibe para ocupar el puesto principal, pero su posición de operador, por el solo hecho de ser un intermediador eficaz que hace ganar mucho dinero al resto, reduce al máximo el número de quienes quisieran desplazarlo, por eso no termina de entender bien por qué alguien lo tiene en la mira y ha decidido su asesinato.
La habilidad de la escritura de Lehane  se hace presente desde el primer momento, cuando recuerda la fiesta que se realizó en Tampa, en diciembre de 1942, con la intención de recaudar dinero para las tropas desplegadas en el escenario bélico europeo. Seis meses más tarde, un periodista del lugar se encuentra con fotografías tomadas en esa fiesta y, dice el autor, “se llevó una sorpresa al ver la cantidad de asistentes a esa cena de recaudación de fondos que habían acabado saliendo en las noticias locales, ya fuera para asesinar a alguien o por morir asesinados”.

Hálito de tragedia. Lo que va a ocurrir en la novela se encuentra anticipado en esas líneas y un poco más adelante, cuando en el relato el autor ubica a Joe en la fiesta referida haciéndole ver, a la distancia, a un niño de rasgos indefinidos y que usa un ropaje que “atrasa”, como si en realidad estuviese vestido a la moda de unos treinta años atrás.
¿Es un ser real o un fantasma? ”Lo incorporé después de haber acabado el primer borrador. No entendía por qué la novela no acababa de funcionar, hasta que comprendí que en realidad estaba escribiendo sobre la muerte”, le cuenta Lehane a Eduardo Lago, en Babelia de “El País”. Un fantasma entonces, la presencia de la muerte que había tocado de cerca al propio autor, después del fallecimiento de sus padres, y de un hermano con quien, confiesa, se encontraba muy unido.
Lenguaje seco, directo, escenas de extrema violencia (tensión máxima cuando Joe visita al mítico Lucius, una suerte de rey del hampa que vive en un barco extraño, rodeado de seres fieles y drogados; enfrentamientos armados en torno a una pastelería que dejan casi sin aliento a quien lee esas páginas, como si cobraran vida y relieve), brutalidad constante, diálogos filosos, trabajados de una manera minuciosa y magistral, franqueza sexual y, como suma y balance, un hálito de tragedia que irá aumentando hasta volverse abrumador, cuando Joe se encuentra con su más profunda y rotunda realidad.
Lehane ha escrito una de sus mejores obras. Ya se sabe que siempre lo ha acompañado el acierto y que también “Río místico” tenía un insuperable/insoportable hálito de tragedia nacida de la insidia, la mentira, el inexorable error.
Todo eso vuelve acá multiplicado, en estas páginas escritas con dosis justas de intriga, dolor, traiciones por doquier, odios y amores (como el que Joe siente por su hijo y por su esposa muerta). Lehane sabe llevar la historia hasta los mismos límites de la verosimilitud y conoce cómo tensar la cuerda al máximo, logrando en el último momento, cuando el lector espera el error, dar el salto inesperado del gran equilibrista que también es. Obra maestra.

Tapa  de la edición en inglés
“Las balas surcaron el aire como enjambres de abejas. De nuevo, Tomás entendió que tenía que echarse al suelo, entre los asientos, agacharse tanto como pudiera, pero lo que estaba viendo superaba en tal medida su experiencia y su capacidad de comprensión que sólo podía estar seguro de que nunca volvería a ver algo así. Todo se desarrollaba a estallidos irregulares. Nada parecía conectado, pero todo lo estaba.
Después de atropellar a esos dos hombres, el coche se había estampado contra el lateral de un camión y un hombre con un traje claro de seda había comenzado a dispararle con una metralleta.
En la acera, el hombre que había fingido atarse un zapato disparó con su pistola hacia el interior de la pastelería.
El cartero estaba desplomado sobre su bicicleta, tirada en el suelo, y el brillo de su sangre se derramaba sobre el correo.
El hombre que había fingido atarse el zapato gritó. Fue un grito de horror y negación, un grito agudo, como de niña. Hincó las rodillas y se le cayó la pistola. Se tapó los ojos con los dedos y la cruz de ceniza de su frente empezó a gotear por el calor. El tío Dion salió tambaleándose de la pastelería, con la mitad inferior de la camisa azul llena de sangre. Sostenía la caja del pastel en una mano y el arma en la otra. Apuntó al hombre arrodillado, le disparó una bala en la cruz de la frente y el hombre cayó hacia atrás”.

Datos para una biografía
Dennis Lehane nació en 1965 en Dorchester, Estados Unidos. Descubrió su vocación de escritor en el Eckerd College y más tarde realizó un curso de escritura creativa en la Universidad Internacional de Florida. Debutó en 1994 con Un trago antes de la guerra, donde presentó a la pareja de detectives privados compuesta por Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Con estos mismos personajes publicó cinco novelas más Abrázame, oscuridad (1996), Lo que es sagrado (1997), Desapareció una noche (1998), Plegarias en la noche (1999) y La última causa perdida (2010).Otras novelas han sido Mystic River o Río místico (2001), Shutter Island o La isla siniestra (2003), Coronado (2006), La entrega (cuento transformado en novela, 2014), así como la trilogía que tiene a Joe Coughlin como protagonista: Cualquier otro día (2010), Vivir de noche (2012) y Ese mundo desaparecido (2015). Se encuentra inédita en español Since We Fell, publicada este año en inglés. Lehane se hizo famoso como guionista de las populares series The Wire y Boardwalk Empire. Clint Eastwood dirigió su versión de Mystic River en 2003, Martin Scorsese hizo lo propio con Shutter Island en 2010 y Ben Affleck dirigió sendas versiones de Desapareció una noche (2003) y Vivir de noche (2016). A su vez La entrega fue dirigida por Michael Roskam en 2014. Por “Ese mundo desaparecido” obtuvo el Premio Pepe Carvalho este año y su obra ha sido traducida a veintidós idiomas.

 

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martes, 28 de marzo de 2017

"Cáscara de nuez", de Ian McEwan. La comedia, la ironía, la rabia

Composición: Gerardo Morán

“Cáscara de nuez” (“Nutshell”), de Ian McEwan.
Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2017, 217 páginas.
Traducción de Jaime Zulaika.
En España: 18,90 euros. En Argentina: 265 pesos.

“Oh Dios –se lee en ‘Hamlet’- podría estar encerrado en la cáscara de una nuez y sentirme rey del infinito espacio… de no ser porque tengo malos sueños”. Con ese epígrafe “se abre” la última novela del británico Ian McEwan, quien a partir de dicha cáscara de nuez, y de la historia del heredero enloquecido que escucha y conoce lo que no debe saber, escribe, más bien reescribe, su propia versión de la tragedia del Príncipe de Dinamarca. La curiosidad, la audacia, el juego literario que propone, es que la historia la narre un nonato, un feto próximo a nacer (“así que aquí estoy, cabeza abajo dentro de una mujer”), que por milagro de la naturaleza comprende cuanto ocurre. Y lo que ocurre de manera central es que madre y amante conspiran, en un Londres contemporáneo, próximo al Brexit, temeroso del atentado terrorista, sumergido en el hipercapitalismo de nuestros días, para matar al padre y heredar el Reino…
Un Reino, eso sí, inserto en la trivialidad del mundo líquido de Bauman y que se desarrolla en los no lugares de Augé, vale decir un mundo descentrado, escéptico, que se ha “bajado” de cualquier concepción ética, al que sólo le interesa el placer inmediato y apoderarse del dinero ajeno, cuanto más mejor, aunque en este caso el rey, también devaluado, sea apenas un editor de poesía que quiere reconquistar a su mujer embarazada y el “reino” una casona que tiene el delirante precio de siete millones de libras en un Londres de precios alocados, tanto que casi resultan increíbles.
Gertrudis ha devenido en Trudy y Claudio es Claude, un primitivo, erótico e indiferente agente inmobiliario, hermano del “rey”, que no vacila en cometer fraticidio para heredar y vender y cuyas miras no van más allá de satisfacer sus deseos de macho en forma inmediata y sin tomar en demasiada consideración el hecho de que Trudy se encuentra muy próxima al parto.
Tampoco Gertrudis-Trudy es presentada como un personaje delicado. Por el contrario, bebe, fornica a pesar de su estado, planifica la muerte de su esposo y al parecer, es lo que teme el feto, no tiene como proyecto hacerse cargo del niño cuando nazca. Quizás lo entregue a alguien, quizás termine matándolo, ¿por qué no?
Ya se habló de la vulgaridad de Claudio-Claude. Quien más “se salva”, si así puede decirse es el rey-poeta, un hombre que no es bueno en lo suyo pero que quiere ayudar a otros poetas en un mundo de tanta indiferencia, de tanta crueldad cotidiana.
La novela fue escrita desde la doble perspectiva de la rabia y la impotencia que al autor le produce cuanto ocurre: “La sensación generalizada es de impotencia porque no podemos influir en los acontecimientos que observamos”. Es lo que le pasa al feto-narrador, que ve los avances de los asesinos in potentia ante los cuales nada puede hacer. Al menos, en teoría.

La comedia, la ironía. Por supuesto, lo que narra McEwan es un drama, pero rebajando sus intenciones, o más bien ubicándose desde una diversa perspectiva, en vez de acentuar los tonos oscuros de la historia opta por el tono si no totalmente cómico al menos sí irónico. Se niega, en cambio, a suavizar los perfiles sombríos de los asesinos y así Trudy es mostrada como una joven (de 28 años) apática, frívola, adicta al alcohol (que tanto perturba al feto) predispuesta al sexo y también predispuesta al crimen: “Lo quiero muerto. Y tiene que ser mañana”.
De Claude, hombre práctico de negocios, no se puede extraer nada bueno. El feto ama a su madre pero siente un rechazo frontal por su tío, nada menos que el amante de su progenitora a quien más detesta cuando penetra en ella y parece siempre a punto de rozarlo: “Cierro los ojos, aprieto las encías, me agarro a las paredes uterinas. Estas turbulencias arrancarían las alas de un Boeing”.
En cuanto a por qué el nonato “sabe”, el narrador nos aclara que eso se debe a que absorbe todo el tiempo las noticias que la madre escucha por la BBC radial y por lo que lee en voz alta de los diarios. Es, pues, un ser informado, así como al escuchar las conversaciones francas, promiscuas y potencialmente criminales de madre y amante, comprende que preparan el asesinato del padre, a quien también ama, a pesar de tener un comportamiento distante y en verdad no preocuparse por el niño que está por nacer.
“El aire está muy cargado en el Reino Unido y da mal olor”, dice hoy el casi septuagenario McEwan. ¿Habrá que tomar entonces esta historia que nos narra, cargada de un horror moderado por la ironía, como alegoría de un instante histórico en el que parece que la vida es, en efecto, el sonido y la furia producido por un idiota?
Este libro ambiguo, simbólico, escrito con verdadera maestría (y que tiene un gran final, imposible de explicitar acá) suscita esa clase de preguntas y estará en cada lector encontrar su respuesta.

El epígrafe elegido por McEwan, tomado del Hamlet, dice en su idioma original: “O God, I could be bounded in a nutshell (o nut shell) and count myself a king of infinite space, were it not that have bad dreams”.

Edición inglesa de "Cáscara
de nuez" ("Nutshell")
“-Bueno –dice mi padre, y lo que dice significa más de lo que cree-. Me voy.
Claude y Trudy se levantan. Es la temeraria emoción del arte del envenenador. La sustancia ingerida, el acto aún incompleto. En tres kilómetros a la redonda desde aquí hay muchos hospitales, muchas bombas para hacer lavados de estómago. Pero la línea de la criminalidad ha sido traspasada. El acto no tiene enmienda. Lo único que pueden hacer es apartarse y aguardar la antítesis, a que el anticongelante le deje frío.
Claude dice:
-¿Este sombrero es tuyo?
-¡Oh, sí!, me lo llevo.
¿Es la última vez que oigo la voz de mi padre?
Nos dirigimos hacia la escalera, luego la subimos, con el poeta a la cabeza. Tengo los pulmones pero no aire para gritar una advertencia o llorar de vergüenza por mi impotencia. Soy todavía una criatura del mar, no un ser humano como los demás. Ahora estamos cruzando el caos del recibidor. Se abre la puerta de entrada. Mi padre se vuelve para darle a mi madre un beso en la mejilla y asestar a su hermano un puñetazo afectuoso en el hombro. Quizás por primera vez en su vida.
Cuando sale grita por encima del hombro:
-Esperemos que el maldito coche arranque.”

Datos para una biografía

Ian (Russell) McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) se licen­ció en literatura inglesa en la Universidad de Sussex y es uno de los miembros más destacados de su muy brillante generación. En nuestro idioma se han publicado sus dos libros de relatos, Primer amor, últimos ritos (Premio Somerset Maugham) y Entre las sábanasasí como las novelas El placer del viajero, Niños en el tiempo (Premio Whitbread y Premio Fémina), El ino­cente, Los perros negros, En las nubes, Amor perdu­rable, Amsterdam (Premio Booker), Expiación (que obtuvo, entre otros premios, el WH Smith Literary Award, el People’s Booker y el Commonwealth Eura­sia), Sábado (Premio James Tait Black), Chesil Beach (National Book Award), Solar (Premio Wodehouse), Operación Dulce, La ley del menor y Cáscara de nuezMcEwan fue también galardonado con el Premio Shakespeare. Varias de sus novelas fueron llevadas al cine y a la televisión, entre ellas Expiación, El placer del viajero, El inocente y Amor verdadero, mientras se encuentran en proceso de producción las versiones de Chesil Beach y La ley del menor.

Algunos enlaces:

miércoles, 8 de marzo de 2017

Caleidoscopio: libros homenaje a Guillermo Cabrera Infante.Los títulos póstumos de Ricardo Piglia. John Le Carré "resucita" a George Smiley. El extraño cuadro de Haruki Murakami

Cabrera Infante por dos. O por tres. En efecto, de manera prácticamente simultánea fueron reeditadas en España dos novelas capitales del cubano Guillermo Cabrera Infante (1929-2005): “Tres tristes tigres” y “La Habana para un infante difunto”. En el primero de los casos hablo de una edición conmemorativa del 50º aniversario de la primera publicación de esta novela que obtuviera el por entonces famoso premio Biblioteca Breve en 1964 con el título de “Vista del amanecer en el Trópico” y de la que el autor entregara una ficción totalmente distinta cuatro años más tarde, con el título definitivo de “Tres tristes tigres”. Esta visión de La Habana precastrista, con una presencia “activa” de una escritura heterodoxa y chispeante, en la que además se copiaban los estilos de otros autores famosos de la época, fue censurada. La edición conmemorativa que ha publicado Seix Barral incluye las partes que censurara en su ocasión la dictadura franquista.
En tanto, prosiguiendo con la publicación de las Obras Completas del autor a cargo del sello Galaxia Gutenberg, el compilador Antoni Munné ha presentado el tomo III de la serie, titulado "Habanidades" e integrado por “Tres tristes tigres” y “La Habana para un infante difunto”. Esta última novela, en la que Cabrera revisa la vida erótica que llevó en la capital cubana antes de partir del exilio, fue publicada originalmente en 1979 y se trató de una experiencia de escritura afrontada por el escritor luego de haber superado una penosa situación siquiátrica, a causa de las persecuciones y presiones que recibía, y de la que temió no poder salir. Y por ende, no volver a escribir. Gran doble homenaje a un escritor fundamental.

Piglia, póstumo. Se ha confirmado que hasta los últimos momentos de su vida, lamentablemente extinguida el pasado 6 de enero, a los 76 años, el argentino Ricardo Piglia estuvo trabajando –con un equipo de colaboradores, dado que se encontraba muy enfermo, limitado al máximo en sus posibilidades físicas- en lo que serán sus libros póstumos. Así, su viuda Beba Eguía y la agencia Schavelzon Graham confirmaron que en septiembre venidero aparecerá el tomo III de “Los diarios de Emilio Renzi”, que llevará como subtítulo “Un día en la vida”. Luego se conocerán “Por un relato futuro”, conversaciones con Juan José Saer, el libro de cuentos “Los casos del comisario Croce”, “Escenas de la novela argentina”, clases que el autor dictara por televisión en 2012, y una edición definitiva de sus “Cuentos completos”.
Se añadirían “Teoría de la prosa”, charlas dictadas por Piglia en 1995, “China, 1973, fragmento de un diario”, “La Argentina en pedazos, prólogos” y “Ensayos completos”, que el autor no habría podido terminar de revisar. Queda mucho material que deberá ser analizado a posteriori y que Piglia donara a la Universidad de Princeton, así como ·Un día en la vida”, tomado de “Los cuadernos de Emilio Renzi”, texto que habla sobre el 16 de junio, día que vive Leopoldo Bloom, según el “Ulises” de Joyce.

Le Carré vuelve con George Smiley. Después de más de un cuarto siglo de silencio (“El peregrino secreto”, 1990) el británico John Le Carré (David Cornwell, 1931) ha sorprendido a su legión de seguidores al confirmar que en septiembre aparecerá en inglés “Un legado de espías” protagonizado por el personaje más memorable creado por su fértil imaginación: el apabullado espía George Smiley, protagonista central o periférico de sus mejores novelas, entre ellas “Llamada para el muerto”, “El topo” y “El honorable colegial”.
Será sumergirse en el mundo de la extinta Guerra Fría que, sin embargo, parece haber revivido en este último tiempo, para mal del mundo entero. Le Carré la escribió en poco tiempo y mantuvo el suspenso hasta hace escasos días. Veremos qué tiene para contar de ese agente que, entre tantos otros buenos actores, inmortalizaran en la pantalla Alec Guinness y Gary Oldman.
En nuestro idioma, el nuevo de Le Carré será publicado por Planeta.

La novela secreta de Murakami. Como suele ocurrir, el “secretismo” acompaña al japonés Haruki Murakami cuando se trata de una nueva novela. Lo mantuvo así hasta el momento mismo en que su país salió a la venta a finales de febrero, con un tiraje de un millón trescientos mil ejemplares. Está presentada en dos tomos en idioma nipón, su título aproximado en castellano sería “Matar al comendador” y gira en torno a un cuadro del comendador de “Don Giovanni”. El primer tomo se titula “Ideas emergentes” y el segundo “Metáfora móvil”.
La primera parte de la obra narra la historia de Yo, de quien se dice es un desconocido pintor de retratos, de 36 años, que se ve obligado a mudarse a una vieja casa de montaña después de separarse de su mujer. En ese lugar descubre el cuadro “Matar al comendador”, pintado por el anterior inquilino de la casa, en tanto aparece un misterioso vecino, de nombre Menshiki, y todo eso hará que se desencadenen misteriosos eventos.
En la segunda parte, Murakami se centra en la vida del autor del cuadro y devela la conexión entre el cuadro y el extraño Menshiki. Hay presencia nítida del realismo mágico, al que el autor es adicto, y menciones a la ópera “Don Giovanni”, de Mozart. Es de presumir que Tusquets se hará cargo de la edición en nuestro idioma, en fecha que desconozco. 

viernes, 3 de marzo de 2017

La muerte de Carlos Gardini

El pasado miércoles falleció en Buenos Aires a los 68 años el escritor Carlos Gardini, quien debutó muy joven en el terreno de la ciencia ficción con “Mi cerebro animal”, de 1982, año en que había obtenido el primer premio en un concurso del Círculo de Lectores con el cuento Primera línea acordado por un prestigioso jurado presidido por Jorge Luis Borges e integrado entre otros por José Donoso.
Su obra literaria, de injusta escasa difusión, fue amplia, puesto que publicó doce libros de ficción, los últimos de los cuales fueron “La Ciudad de los Césares” (cuentos, 2013) y “Belcebú en llamas” (novela editada el año pasado).
Se destacó como un sensible traductor, quizás uno de los mejores que he podido leer en los últimos tiempos. En este blog he comentado libros publicados por la editorial La Bestia Equilátera, que publicó gran parte de las últimas traducciones realizadas por Gardini, en los que quedaron evidenciadas sus innegables condiciones en ese siempre difícil terreno.
Así, ponderé textos tales como ”Zona caliente”, de Charles Williams”El nombre del juego es muerte”, de Dan J. Marlowe”Pajaro de celda””Madre noche” y  ”Cronomoto”, estas tres últimas novelas de Kurt Vonnegut, todas publicadas por La Bestia Equilátera, salvo la última que apareció en España bajo el sello de Malpaso Ediciones. En estos libros el “sello” de Gardini es evidente y definitorio. Lamento mucho esta gran pérdida para la literatura de Argentina.

domingo, 19 de febrero de 2017

"La canción de las sombras". El detective Parker enfrenta a los nazis

Composición: Gerardo Morán
“La canción de las sombras” (“A Song of Shadows”), de John Connolly.
Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2017, 442 páginas.
Traducción de Vicente Campos González.
En España: 19,90 euros. En Argentina: 389 pesos.

La saga del detective Charlie Parker despierta una gran adhesión en lectores de buena parte del mundo y eso se debe a la habilidad de su creador, el irlandés John Connolly, quien ha logrado contar historias policiales que al mismo tiempo están vinculadas con un Más Allá donde combaten ángeles y demonios que se contactan con el mundo a través de los muertos.
“La canción de las sombras” es el opus 14º de la serie y muestra a Parker, quien vive siempre episodios extremos, rehabilitándose de una serie de heridas que casi le causan la muerte (sufrió varios paros cardíacos) luego de recibir un ataque despiadado de sus enemigos y que Connolly contó en el episodio inmediatamente anterior, ”El invierno del lobo”.
Así como esta última historia se desarrollaba en un pueblo pequeño del estado norteamericano de Maine, habitado por fanáticos, llamado Prosperous, en la nueva novela el detective busca reponerse en otra población de escasos habitantes, Boreas, también ubicado en el mismo estado norteño donde transcurren las ficciones protagonizadas por Parker. Tratándose del investigador privado, el lector sabe que sus deseos de refugiarse en un lugar tranquilo, sin padecer sobresaltos, quedarán rápidamente de lado.
Y así ocurre, porque a poco llegar a la casa elegida para descansar, aparece un muerto en el agua, cuyo cuerpo al parecer habían arrastrado las mareas. La policía encargada de investigar esa muerte determina que se trata de Bruno Perlman, un hombre de 45 años que, dato más que curioso, residía en Florida, es decir a miles de kilómetros al sur de Maine. Su presencia en el lugar resulta entonces bastante extraña por lo que la policía no logra determinar si se trata de un suicidio o de un asesinato.
También resulta extraña la única vecina de Parker (que alquila una casa en las afueras del pueblo), llamada Ruth Winter y que vive con su pequeña hija. El detective advierte que es una mujer misteriosa, que guarda secretos y que, además, por ellos sufre. Cuando intenta abordarla para ayudarla Ruth lo ahuyenta, para su mal.

Pequeña población en Maine
Los misterios se incrementan. Pero el pueblo de Boreas, como si se abriera en abanico, le presentará mayores misterios a Parker, vinculados a un antiguo campo de concentración nazi denominado Lubsko,  sobre el que se tenían pocos registros, pero del cual, como fantasmas, surgen los nombres de dos ancianos residentes en los Estados Unidos, Engel y Fuhrmann, acusados por un organismo especializado del gobierno norteamericano de haber tenido activa participación en ese sitio de exterminio.
Sin que al principio el detective lo supiera, el referido organismo investiga (a partir de una confesión de Engel para que no se lo extradite a Alemania), a algunos viejos habitantes de Boreas que tienen nombres distintos a los de las  personas que actuaron en el citado campo y aunque Marie Dermes (encargada de la investigación) es incisiva, no termina de “hacer pisar el palito” a uno de los investigados, Marcus Baulman, quien niega ser Reynard Kraus, un joven SS que asesinaba niños en el campo de Lubsko. Dermes está convencida de que es él, pero lo curioso resulta que Isha Winter, la única sobreviviente judía del campo, tampoco lo reconoce. Isha, nos venimos a enterar como lectores, es la madre de Amanda Winter, quien por razones que guarda para sí, decidió tomar distancia de su madre y trasladarse a Boreas con su pequeña hija.
Aunque no corresponda ir contando cada uno de los episodios de la novela, si puede decirse que Parker, debiendo superar los dolores que le causan sus heridas, y también la angustia de no poder deslindarse de su constante conexión con los muertos, se va involucrando en los distintos hechos que ocurren en el pueblo, donde habrá nuevas muertes (entre ellas la de toda una familia, asesinatos quizás producido por uno de sus integrantes, que ha desaparecido), inesperados enfrentamientos y revelaciones sorprendentes.
Como viene ocurriendo en toda la saga de Parker, el doble sufrimiento, del cuerpo y del alma, estarán de nuevo presentes en esta novela que agrega a la galería de horrores leídos en episodios anteriores las reflexiones de Connolly sobre el Holocausto, los campos de concentración, la sevicia de los nazis y la tardía reacción de los Aliados para castigar en tiempo y forma a quienes cometieron tales atrocidades.

El Coleccionista, según
Manuel Cadena Camacho
Personajes conocidos y otras cuestiones. Tangencialmente, aparecen personajes que ya fueron “presentados” en las novelas precedentes, como El Coleccionista, un ser miserable que siente tener “el deber moral de borrar a los malvados de la faz de la Tierra”. También la ex mujer de Parker, Raquel, y la hija de ambos, Samantha, el rabino Epstein y el policía Ross, quien desde lejos, y con mucha desconfianza, trata de controlar los pasos del detective.
Proveniente de un ámbito católico como es el irlandés, Connolly admite que ha tomado elementos de dicha religión, tales como las ideas de la redención, la reparación, el pago de los pecados y la culpa. “La culpa de Parker es la culpa de los sobrevivientes”. En la primera de las novelas, “Todo lo que muere”, el detective, un ex policía, se lanza en la búsqueda del asesino de su mujer y de su primera hija, Jennifer, que terminan siendo fantasmas que lo protegen. En esta novela la hija muerta tendrá una especial incidencia. También reaparecen Louis y Angel, una extraña pareja de matones que a su modo rústico, y sin matices, cuidan a Parker.
Samantha, Sam, la hija viva, debido a ciertas percepciones, abre otras perspectivas para la continuación la saga. También ocurre lo propio con una extraña propuesta que le hace el detective al detective Ross y que da lugar a que éste realice una significativa llamada telefónica a uno de los personajes periféricos de ésta y de otras historias anteriores. En tanto, el autor ha iluminado, en parte, lo que está queriendo decir en la actualidad en relación a la serie: ”Los libros de Parker están llegando a una conclusión y a una resolución. Parker está ahora en el Huerto de Getsemaní…. La próxima entrega se titula El momento del tormento… Parker, en estos dos últimos libros, es muy distinto, recordemos que ha muerto y ha vuelto… Y ha vuelto capaz de pisar un cadáver en la arena…”.
Menos conectada con el Más Allá que en novelas anteriores, “La canción de las sombras” tiene más que ver con la historia contemporánea y sobre todo con un Parker sombrío, como nunca dispuesto a cobrarse venganza. Habrá que ver que es lo que sigue.


El campo de concentración de Lubsko nunca existió, es una invención de Connolly. Aparte, destaco el acertado diseño de tapa de la edición española de “La canción de las sombras”.

Edición inglesa
de la novela
“Parker cerró los ojos y en su interior se vio una vez más sentado a la orilla de un lago, pero esta vez no lo acompañaba su hija, y desde las remotas colinas lo acompañaba un lobo, que reconocía así su presencia una vez más en aquel lugar. Sentado en la iglesia de San Juan su mente recreó un mundo más allá de éste e intentó conectar ambos espacios. No estaba loco, y sus recuerdos no eran fruto de un trauma, de la anestesia ni de la medicación posoperatoria. Sin embargo, creía que, fugazmente y mientras estaba muerto o agonizante, se había quedado atascado entre dos mundos. Lo sabía por el objeto que guardaba en un bolsillo de su chaqueta. Lo buscó ahora, con los ojos todavía cerrados y lo palpó entre los dedos. Lo sacó y lo sostuvo en la palma de la mano derecha, mientras que con el pulgar reseguía sus texturas y estrías.
“Era una piedra negra, con un desperfecto en un lado. Sólo había sostenido una piedra así cuando se sentó en el banco junto al lago en ese mundo intermedio, intentando elegir entre asumir la disolución física definitiva o volver al dolor de la existencia y, cuando finalmente había arrojado la piedra, ese mundo frágil se había hecho añicos (…) Cuando recuperó la conciencia en el hospital de Portland, aferraba la piedra en un puño”.

Enlaces:
En el blog:
Entrevistas recientes a Connolly, a propósito de la presente novela: