domingo, 31 de agosto de 2014

"La ira de los ángeles", de John Connolly. La naturaleza del Mal


“La ira de los ángeles” (“The Wrath of Angels”), de John Connolly. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2014, 428 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler. En España: 19,90 euros. En Argentina: 210 pesos
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A partir de 1999 el escritor irlandés John Connolly comenzó a contar las historias del detective privado Charlie Parker, un hombre muy afectado por las pérdidas personales, especialmente por los crueles asesinatos de su mujer y de su pequeña hija. Parker, lo sabrá el lector, pero no así quienes contratan sus servicios y, en general, la mayoría de quienes se relacionan con él, libra en realidad una intensa batalla contra una cohorte de ángeles caídos. Lucha contra las fuerzas del Mal.

La habilidad de Parker radicó, en los once casos que conocimos con anterioridad, en presentar sus investigaciones como hechos policiales, terribles más de uno, pero –digamos así- verificables, fáciles de interpretar y, al mismo tiempo, pudo ir librando sus batallas metafísicas (que llegan a desesperarlo, porque a cada rato debe dar manotazos en la oscuridad, o en el agua, mientras intentan ahogarlo), de la que tienen información contadas personas.

Ha sido también la habilidad de Connolly. Vale decir por una parte narrar historias propias del policial negro, y al mismo tiempo ortodoxa, y en simultáneo sumergir al lector en el mundo de lo gótico, en el que los seres oscuros, difícilmente humanos, juegan sus juegos de horror y venganza.

Pero, esa forma de narrar ha sido dejada de lado en “La ira de los ángeles”, hasta ahora la última historia del detective Parker, puesto que la búsqueda de un avión perdido de inmediato sumerge al protagonista y a muchos otros personajes en una lucha “cuerpo a cuerpo” contra seres sobrenaturales, demoníacos y terribles.

El Coleccionista

Parker no es una persona normal, o corriente, y bien lo sabe. Está atravesado por la desdicha, por ciertos deseos difusos de venganza (dado que no tiene claro hacia quién dirigirlos) y mucha rabia. Lucha contra las sombras y no sabe bien a qué atenerse, por qué le pasan las cosas que le ocurren.

Alguien alguna vez le dijo: “No me gusta estar cerca de usted. Usted forma parte de un plan del que yo no sé nada. Está condenado a un ajuste de cuentas que le costará la vida, a usted y a unos cuantos que se encuentran a su lado. Tiene los días contados y no deseo estar cerca de usted cuando caiga”. Ese alguien es el Coleccionista, un ser vengativo que asesina a quienes delinquen. Es un personaje significativo, que ha ido cobrando cada vez más relevancia en las historias de Connolly/Parker y que tiene notable incidencia en “La ira de los ángeles”.

En la novela, publicada en inglés dos años atrás, Parker es contratado por Marielle Vetters, la hija de un hombre (Harlan Vetters) que ha fallecido recientemente, para que encuentre un avión que su padre –un día que con amigo cazaba furtivamente- encontró en medio de un bosque frondoso, al norte de Maine (estado en el que transcurren las historias del detective).


De inmediato, Parker comprende que hay un algo más, puesto que junto a los restos del avión (en el que no había cadáveres) se hallaban papeles y una lista de nombres que tendrá alta significación en la historia. A partir de allí se librará una nueva lucha, esta vez entre Parker y sus escasos aliados y una serie de seres demoníacos, para obtener esa lista que supondrá nuevas muertes, nuevos episodios dantescos.

Entre el odio y el amor


En la novela, Parker debe antagonizar con antiguos y horribles enemigos, como Brightwell (a quien Parker mató en  un episodio anterior, pero…) y nuevos, como la tozuda y cruel Darina Flores (y su espantoso pequeño hijo, que es algo más que su hijo), Malfas, habitante accidental del bosque y la propia niña que vive en la espesura aguardando un amigo…

De una u otra manera, todos ellos (y algunos otros) resultan obstáculos para que el detective llegue al avión y a la lista, así como para que logre dilucidar otros enigmas que se plantean en el relato. Aunque el detective tiene también sus defensores, especialmente sus guardaespaldas Louis y Ángel, letales como pocos.

 El rabino Epstein, personaje que también fuera conocido en anteriores historias, reaparece acá, desconfiando como nunca antes de Parker, especialmente en relación a su verdadero origen y a sus reales intenciones. Pero el detective logra desentrañar los diversos interrogantes que plantea la ficción, aunque muchas preguntas, muchas intrigas, quedarán 
flotando y el lector sabe que la historia continuará, y que Parker seguirá sin poder salir de esos umbríos territorios en los que, para su desdicha, suele moverse, porque, como bien se indica, “conoce bien la naturaleza del Mal que intenta imponerse en el mundo”.
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Ilustración lateral, arriba: “El Coleccionista”, creación del artista mexicano Humberto Cadena Camacho. Foto lateral, abajo: bosque de Maine, Estados Unidos.

“No se me acercaron, pero percibí la hostilidad que me tenían y algo más: el sentimiento de sentirse traicionado, como si, de alguna manera, yo fuese uno de ellos y les hubiese dado la espalda”.
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Video: Entrevista colectiva a Connolly a través de Google+, octubre de 2012 (en inglés).

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Perfil

John Connolly nació en Dublín, Irlanda, en 1968. Estudió filología inglesa en el Trinity College de Dublín y periodismo en la Dublin City University. Desempeñó diversos oficios antes de colaborar con el Irish Times, para el que sigue escribiendo. Vive en Dublín, pero pasa parte del año en Estados Unidos, donde se desarrollan 
sus novelas, especialmente en el Estado de Maine. Es autor de la serie policiaca gótica protagonizada por Charlie Parker, que consta hasta el momento de los siguientes títulos: Todo lo que muere” (Shamus Award 1999 a la mejor primera novela), “El poder de las tinieblas”, Perfil asesino”, “El camino blanco” (Barry Award 2001), “Más allá del espejo”, “El ángel negro”, “Los atormentados”, “Los hombres de la guadaña”,“Más allá del espejo” y “La ira de los ángeles”. En octubre aparecerá, en inglés, el hasta ahora último título de la serie, “The Wolf in Winter”. Entre sus múltiples actividades como autor de ficciones, al margen de Parker, ha escrito relatos de terror, tales como “Malvados” y “Nocturnos”, así como la serie de literatura fantástica destinada al público juvenil interpretada por el pequeño Samuel Johnson.
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Algunos enlaces:
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Agradecimiento
Humberto Cadena Camacho es un artista plástico mexicano, que me ha autorizado la publicación de su interpretación de El Coleccionista. Admirador de la saga de Charlie Parker, ha dibujado también a Mr.Pudd (derecha; personaje de “Perfil asesino”, novela de 2001, publicada en castellano cuatro años más tarde). Cadena Camacho ha dado a conocer también su versión de Brightwell, otro de los personajes “malditos” recurrente en la saga del detective (ver abajo).
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Comentario sobre “Más allá del espejo” (ed. orig. 2004; ed. esp. 2012)
El detective Charlie Parker en la senda del Misterio
“Más allá del espejo” (“The Reflecting Eye: A Charlie Parker Novella”), de John Connolly. Tusquets Editores, Barcelona-Buenos Aires, 2012, 167 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler

“Más allá del espejo” es una novela breve de 2004, traducida dos años atrás a nuestro idioma.  Resulta un texto significativo, porque arroja nuevos aportes a la saga de Parker. En realidad, había ausencias, por así llamarlas, en la serie conocida hasta ahora en castellano, porque en ese sentido este texto comparativamente corto faltaba para completar el dibujo. Los editores indican que al texto hay que ubicarlo, respecto de las historias de Parker, entre las novelas “El camino blanco” (2002) y “El ángel negro” (2005).
En esta nueva historia que también transcurre en Maine, aparece por primera vez el Coleccionista, el ser que cobra “justicia” por su propia mano y que colecciona piezas que han tenido algún tipo de vínculos con crímenes. En este caso se empecina en conseguir un espejo que de los muchos que se encuentran en una casona abandonada, la Casa Grady, en la que un ser nefasto, John Grady, ha asesinado a varios niños.
Un hombre, que ha perdido a su hija en manos de Grady, busca a Parker porque en el destartalado buzón de la casona alguien ha dejado la foto de otra criatura y el padre teme que algún desequilibrado quiera continuar con la serie de asesinatos, aunque Grady haya muerto muchos años atrás.
El detective al principio no quiere asumir el compromiso, porque rehúsa vincularse con hechos que entrañan oscuridad y, más aún, porque su actual mujer, Rachel, está embarazada y teme por lo que le pudiera pasar, dado que su primera mujer y su hija de tres años murieron asesinadas y él las sigue sintiendo a su lado, como elusivos fantasmas.

Dos ángeles caídos

Parker convoca a sus colaboradores habituales, Louis y Ángel, dos personajes tan cómicos como siniestros, que suelen acompañarlo en sus correrías sin formular demasiadas preguntas y haciendo sentir sus pesadas presencias cuando es necesario. Y sin eludir el asesinato, lo cual los vuelve criaturas peligrosas e impredecibles.
Con estos verdaderos “ángeles caídos”, Parker controla la abandonada mansión que es terrorífica al estilo de las casas malditas que suele describir Stephen King en sus historias de horror. Aquí también hay una maldición porque, el lector se enterará en su oportunidad, Grady mataba no por voluntad propia, sino por una suerte de “mandato” en el que también incurrirá otro personaje (el que ha dejado la fotografía en el buzón de la casa abandonada).
Connolly tiene habilidad suficiente como para que las historias que narra sean interpretadas de una doble manera. En efecto, en la “superficie” están los criminales, los actos delictivos que producen y el correspondiente esclarecimiento, con condenas o sin ellas. Pero subyacentemente hay otra historia, nunca del todo aclarada, que refiere a esas fuerzas del Averno con las que, lo quiera o no, Parker siempre se encuentra conectado.
“Conmigo siempre hay niños de por medio, y hay una lógica, si decido buscarla con atención. Hay una lógica, y yo formo parte de ella”, reflexiona el detective al término de esta historia en la que casi se le va la vida (como en tantas otras oportunidades). Esa lógica es la que de a poco, libro nuevo a libro nuevo, va explicitando el escritor irlandés. La cuestión es seguir el derrotero de sus ficciones y adentrarse con él en el Misterio. Siempre y cuando dejemos de lado nuestro escepticismo, nuestra comprensible incredulidad.
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Comentario sobre “Los amantes” (ed.orig. 2010; ed. esp. 2011)
La muerte del padre
“Los amantes” (“The Lovers”), de John Connolly. Tusquets Editores, Barcelona-Buenos Aires, 2010, 329 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler

En “Los amantes” el trastornado detective Charlie Parker recorre Maine, Nueva York y otros sitios en la búsqueda incesante de su verdadera identidad. En este caso, lo hace mientras trata de descifrar los motivos que llevaron a su padre, el policía William Parker, “Will para los amigos”, a suicidarse luego de haber matado a dos adolescentes desarmados.
A quienes siguen las peripecias del detective, el tenebroso mundo que recorre Parker no les resultará extraño ni mucho menos, aunque esta vez las fuerzas del “más allá” (habría que decir las oscuras fuerzas del Más Allá), se hacen presentes con más intensidad que nunca.
Tanto en el Estado de Maine, como fuera de esa estricta geografía, especialmente en Pearl River, cercana a Nueva York, Parker procura dilucidar las causas que provocaron el comportamiento inesperado, e impensable de su parte, quien toda su vida adulta fue un juicioso y ponderado policía.
El detective percibe que han sido pocas las cosas que han “cerrado” en relación a la  actitud de William, quien antes del episodio de los adolescentes nunca había matado en su carrera, pese a haberse enfrentado a delincuentes de toda laya.
Por consiguiente, y mientras confía en que alguna vez se le restituya su licencia de investigador privado que le ha sido quitada, vuelve después de muchos años a su casa natal y conversa con los viejos amigos de su padre, policías retirados que, aunque de manera reticente, de a poco van a irle develando la verdad.

En un territorio reconocible

“Tiendo a usar negocios y calles verdaderas de Maine, ubico mis novelas en un mundo muy concreto y detallado para que, cuando irrumpa lo sobrenatural, el lector crea en el mundo del libro”, le dijo Connolly a Silvina Freira de “Página 12” en una visita a Buenos Aires.
El escritor irlandés admite que el sentimiento de culpa lo acompaña por su condición de católico: “La culpa, el sentimiento de culpa, es como la salsa picante. Sabes que has disfrutado de las cosas y luego te sientes culpable”, le dijo a Rosa Mora en una entrevista efectuada por “El País” en Barcelona.
Y también: “El mal más humano es el que viene de la lujuria, de la avaricia, y hay otro mal más amplio, que en mi caso procede del catolicismo. Los protestantes no tienen ninguna concepción de pecado”.
Es entonces que en calles reales, con personas concretas, Parker inicia su investigación que lo llevará casi de inmediato a encontrarse con seres oscuros, como el Coleccionista, o con otros más terribles aún, como esos “amantes” que lo buscan para destruirlo.
A diferencia de sus historias anteriores, Connolly transgrede las normas autoimpuestas, es decir las de la ambigüedad, y cuenta con mayor claridad qué ocurre en ese mundo de las sombras, por qué causa a Parker todo se le dan tan mal. Explicaciones coherentes, que no es del caso revelar acá.

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Comentario sobre “Voces que susurran” (ed.o. 2010; ed. e. 2011)
El Mal y la guerra de Irak
"Voces que susurran" ("The Whisperers"), de John Connolly. Tusquets Editores, Barcelona-Buenos Aires, 2011, 368 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler.

De nuevo, en esa zona de intenso frío, de bosques cerrados, de poblaciones aisladas, de seres solitarios, transcurre “Voces que susurran”, la novena historia de Parker y con la que Connolly expone algunas de las muchas lacras que ha supuesto la guerra de Irak.
En efecto, aunque en ella hay obvio espacio para los seres malignos y los mensajes de ultratumba (el otro costado de estos peculiares thrillers), el narrador se ha documentado en forma suficiente como para hablar con conocimiento de causa sobre los mutilados que arroja cualquier conflicto bélico. Mutilados físicos, pero más aún mentales, y sobre las múltiples “tranzas” que se han permitido los que han hecho su negocio particular en el campo bélico.
Al comienzo de la historia, Parker es abordado por Bennett Patchett, padre del joven soldado Damien, quien se ha quitado la vida al parecer víctima del estrés postraumático producido por la guerra. Bennett quiere saber qué llevó a su hijo al suicidio y también qué clase de persona es Joel Tobías, un ex suboficial que ha sido jefe de Damien en Bagdad y con quien volvió a tener alguna clase de relación en Maine.
Patchett busca al detective cuando se termina de producir la muerte de un policía, Foster Jeandreau, atacado en un lugar abandonado y donde se alzaba un bar que terminó incendiado. De manera que la muerte se hace presente de múltiples maneras desde el mismo inicio de “Voces que susurran”, anticipando el tono sombrío que de ahí en más tendrá el relato.

Ambicioso proyecto

Connolly viene escribiendo una verdadera saga sobre un tema de orden metafísico que obviamente excede a la narrativa estrictamente policial. Nos referimos a la lucha entre el Bien y el Mal y a la presencia en la Tierra de los representantes del Averno.
Es cierto, se trata de una ficción y sus intenciones de venta masiva son evidentes. Pero el escritor irlandés tiene sus ambiciones creativas que exceden los parámetros habituales de los relatos crasamente comerciales. Le importa que su estilo tenga cierta calidad (“mi estilo es más lírico –que los de Chandler y Hammett- porque me gusta la poesía”) y al mismo tiempo reflexionar en cuanto refiere a la Culpa y al Pecado porque es un autor muy marcado por la concepción católica de la vida. “Parker es una conciencia atormentada”, ha dicho Connolly. 
Pero hay más, porque Parker oculta otra dimensión sobre la que Connolly ha venido dando pistas pero no en forma absolutamente clara, reservándose algunas cartas marcadas. Así, en la novela anterior, “Los amantes”, los protagonistas eran una pareja de “ángeles caídos” que buscaban destruir al detective, enviados por una entidad a la que llamó Goodkind (bueno y generoso) que vuelve a aparecer más explícitamente en este libro, a veces con el nombre de El Capitán.
En un plano “comprensivo”, verista diríamos, “Voces que susurran” habla del comportamiento ilícito de un grupo de veteranos encabezados por el citado Tobías, que roba del Museo de Bagdad tesoros antiquísimos para comercializarlos como contrabando en Canadá.
El estrés postraumático explicará, “racionalmente”, el suicidio de Patchett y de algunos otros veteranos también comprometidos en el contrabando para “salvarse” económicamente después de haber servido a un ejército que, señala Connolly, no suele ser leal con sus promesas prebélicas. Otros episodios de violencia, entre ellos la muerte del policía Jeandreau, también tendrán su explicación en términos de crónica, puesto que un determinado personaje se vuelve muy expeditivo con los tipos que molestan o hablan de más.

En el mundo de Lovecraft

Pero no todo será tan racional. Así, un personaje estrambótico, fumador empedernido y ser detestable, El Coleccionista, ser vinculado con las sombras, también tiene su espacio en esta novela compleja, que se mueve tanto en el ámbito de lo criminal como en el segundo plano de la Maldad y los Seres Diabólicos, que hace recordar más que a Stephen King a otro autor, anterior y más fascinante: H. P. Lovecraft y sus mitos aterradores.
Goodkin moverá su pieza, Herodes, un ser salvado de la muerte para que cumpla el objetivo de conseguir una caja determinada transportada de Bagdad a Maine y que guarda en un seno misterios milenarios que no corresponde develar, pero que refiere a los mitos y leyendas mesopotámicos, antiquísimos y letales.
En el Plan sobre el que Connolly está dando ligeras pistas, Parker se va tornando un personaje central. Ha atravesado el infierno de la muerte en un incendio de su primera mujer y de su hija, luego del alejamiento de su segunda mujer y la pérdida, porque no puede estar con ella, de su segunda hija, ha sufrido también por el impensado suicidio de su padre.
Son cargas, expiaciones, que lo marcan espiritualmente pero que al mismo tiempo resultan acicates para enfrentar a delincuentes y asesinos mientras se prepara para lo que va a venir. Que Connolly hace saber (a Parker, pero fundamentalmente al lector), y a través de El Coleccionista que serán terribles.
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Comentario sobre “Cuervos” (ed. or. 2011; ed. esp. 2012)
Entre la ley la justicia
“Cuervos” (“The Bourning Soul”), de John Connolly. Tusquets, Barcelona-2012, Buenos Aires-2013, 380 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler

Tanto por ser el detective Charlie Parker una suerte de continuidad de Phillip Marlowe, otro Quijote (“Él es el paladín, es el caballero blanco”, dice un personaje hablando de Parker), como por su estilo, levemente irónico, siempre mordaz, a Connolly se lo ha comparado con Raymond Chandler.
Y, precisamente, mucha de esa comparación queda justificada en “Cuervos” (o “El alma ardiente”, de acuerdo a su título original), undécima “expedición” al mundo de Parker, en el que la felicidad está ausente.
Connolly tiene claros sus objetivos y también con claridad se los transmite a sus lectores: "Una y otra vez escribo sobre niños que se enfrentan a los problemas del mundo adulto, de adultos que se ven obligados a proteger a los niños del carácter depredador de los mayores, o adultos que se enfrentan a entidades empeñadas en hacerles daño".
Ocurre en “Cuervos”, en el que se habla de una niña desaparecida en un pequeño pueblo de Maine, Pastor’s Bay, un sitio pegado a un mar muy hostil, por su geografía y su clima, como por los escasos habitantes que lo pueblan. Uno de sus habitantes, Randall Haight, teme quedar involucrado en el hecho porque cuando era un adolescente mató a una niña. Además, ha comenzado a recibir fotografías comprometedoras…

Palabras del maestro Gaddis

La observación cínica (o realista) del autor de “Ágape se paga”, le sirve a Connolly como justificativo de esa doble incursión, es decir la que hace en el mundo cotidiano y, en simultáneo, el contarnos las “noticias” del Más Allá.
Sin embargo, en comparación con la casi totalidad de sus relatos anteriores, en “Cuervos” hay poca presencia del mundo alternativo. Más bien, casi todo se desarrolla en el aquí y ahora. Un aquí y ahora en el que los niños vuelven a ser usados por los adultos para sus deseos, sus ambiciones y sus perversidades.
La historia, como se dijo, parte del secuestro de la adolescente Anna Kore y se va enrareciendo a medida que avanza la narración, porque además del pedido de auxilio que formula Haight, se sumarán una pelea entre bandas mafiosas y las escondidas perversiones de algunos habitantes del pueblo, por citar lo más relevante.
En la ficción, Parker acepta trasladarse a Pastor’s Bay, convocado por una abogada para que investigue el chantaje que le están haciendo a Haight, pero a poco andar no podrá dejar de involucrarse en el secuestro de Anna y en los múltiples hechos de violencia que se producirán tanto en esa pequeña población como en otros lugares, que se encuentran vinculados.

El segundo maestro, Chandler

Antes hablé de Raymond Chandler (foto) en relación con el estilo de Connolly. En efecto, la mordacidad, la habilidad para los diálogos, el mismo perfil de Parker y de los muy diversos personajes que desfilan en las novelas del escritor irlandés, hacen recordar considerablemente al autor de “El largo adiós”, aunque las propuestas narrativas de ambos difieran de manera sustancial.
Por otra parte, al haberle dado preferencia en “Cuervos” a los hechos criminales (y dejar en un segundo plano sus aspectos fantásticos), esa afinidad resulta más notoria. Como también lo es que la novela sea un auténtico rompecabezas que sólo se resolverá al final, un esquema similar al que usó el norteamericano en sus obras más famosas.
“He intentado que cada libro de Parker fuera diferente del anterior”, le confirmó Connolly a Galindo en la citada entrevista. Ocurre en “Cuervos”, aunque en este caso no ha tenido continuidad el lento desvelar de lo que le pasa “de verdad” a Parker en sus constantes enfrentamientos con las fuerzas del Mal, por qué le suceden las cosas terribles que debe soportar, cuál es la última finalidad de tanto ataque misterioso, de tanto dolor con el que tiene que convivir.
Acá, sí, hay un “pequeño” fantasma, pero que no tiene la incidencia de otros, terribles, como lo es el Coleccionista, pero quédese tranquilo el lector adicto a la saga: en “Cuervos” reaparece la extraña pareja integrada por Ángel y Louis,  aparte de que hay páginas de excelente escritura, ambientes opresivos, personajes muy bien delineados y una historia que, más allá de su complejidad, termina resultando satisfactoria. Nada para quejarse.





martes, 26 de agosto de 2014

Un amigo llamado Julio Cortázar


Julio era nuestro amigo. Lo esperábamos todo el tiempo y, cada tanto, nos daba el gusto de hacerse presente con sus historias que eran como cartas personales dirigidas no a la multitud, no a los lectores de libros, sino a cada uno de nosotros. Para que se entienda mejor: eso que Julio enviaba estaba dirigido sólo a mi persona. Se trataba de una comunicación directa, privada, que mucho no debía repetirse porque Julio se nos franqueaba, con su amabilidad de siempre, con su humor, con su notable originalidad. Nos permitía conocer lo más íntimo de él. Un secreto, sólo a mí revelado.

Por supuesto, no era así, pero en aquel tiempo de despertares de todo orden (en los revulsivos años ’60 del siglo pasado) con Julio Cortázar la gente joven de la época mantuvo desde el primer momento una relación especial. Es cierto que hubo una determinada demora para conocer masivamente sus relatos, porque el escritor había dejado Argentina en 1949 y, salvo algunos breves viajes particulares, muy esporádicos, se mantenía distante del país en el que había vivido sus primeros 35 años. Cortázar había nacido en Bélgica en 1914 pero sus padres lo llevaron a Buenos Aires cuando era un bebé y siempre tuvo nacionalidad argentina.

Por eso no puede sorprender que sus primeros libros –su poemario “Presencia”, firmado con el seudónimo de Julio Denis, la obra teatral “Los reyes”, los cuentos de “Bestiario”, “Final del juego” y “Las armas secretas”, y la novela “Los premios”- pasaran bastante inadvertidos. Pero a partir de sus originales “Historias de cronopios y de famas” (1962) y, especialmente, de su novela “Rayuela”, publicada un año después, otro fue el cantar. Definitivamente.

Primera Plana, la publicación que semanalmente aparecía en la época, con enorme gravitación en las capas medias argentinas (en sus mejores momentos llegó a vender más de 100 mil ejemplares en un país que apenas superaba los 20 millones de habitantes), contribuyó en forma considerable para imponer el nombre y la obra de Cortázar, como también lo haría con varios de los escritores fundamentales del “boom” literario latinoamericano, especialmente los de Mario Vargas Llosa y, por sobre todo, Gabriel García Márquez.

Aparte de que el gran escritor era publicado por Sudamericana, una de las mos importantes sellos de esos años (no sólo de la Argentina), en el que revistaba como editor Francisco Porrúa, “descubridor” de talentos a lo largo del tiempo, sensible traductor, quien rápidamente comprendió el valor que tenía Cortázar como renovador del relato literario, especialmente del cuento.


Todo lo cual permitió que conociéramos/reconociéramos sus libros iniciales que incluían cuentos imperecederos, como lo han sido y son “Casa tomada” “Continuidad de los parques”, “Torito”, “El perseguidor”, “Circe” y “Final de juego”, por nombrar sólo a algunos de los más notables de ese primer período.

Después, 1966, llegaría “Todos los fuegos el fuego”, una de las más felices selecciones de relatos cortazarianos que, entre otros, nos permitió conocer cuentos de la talla de “La autopista del sur”, “La salud de los enfermos” o “Reunión” (el encuentro de Fidel y el Che, la primera aproximación de Cortázar a la revolución cubana).

De a poco, Cortázar se volvió militante político y aunque siguió escribiendo casi sin solución de continuidad, lo que vino después me ha resultado comparativamente más débil, aunque su despedida literaria, con los grandes cuentos que integran “Deshoras”, hizo que regresara íntegro cuando la democracia empezaba a volverse realidad en la Argentina.

Me importa decir que Cortázar ha estado siempre allí. Que a cada rato, una situación determinada, un hecho cualquiera, me lleva a pasajes, a momentos de su relato. “Dialoga” con todos, claro está, con quienes coinciden o discrepan con sus opiniones, con gente de diversa edad, del mundo entero. Pero hoy, cuando se cumple el centenario de su nacimiento, cada uno de sus lectores puede decir, como nos decíamos cuando éramos jóvenes, Cortázar está hablando conmigo, haciéndome conocer otra faceta de su increíble mundo. Porque Julio es mi amigo.
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Fotografía lateral: tapa de la edición de la revista “Primera Plana” del 27 de octubre de 1964

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jueves, 21 de agosto de 2014

"Los bienes de este mundo", de Irène Némirovsky. El desasosiego, el amor


“Los bienes de este mundo” (“Les Biens de ce monde”), de Irène Némirovsky. Salamandra, Barcelona-Buenos Aires, 2014, 220 páginas. Traducción de José Antonio Soriano Marco. En España: 15 euros – En Argentina: 145 pesos.
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Sin duda, Irène Némirovsky fue una gran narradora y supo auscultar como pocos el comportamiento de los burgueses de la Francia de entreguerras, especialmente en la década de 1930 que fue el momento en que circularon sus excepcionales novelas (“El baile”, “Nieve en otoño”, “El caso Kurilov”, “El vino de la soledad”, “El maestro de almas”). “Los bienes de este mundo” forma parte de esta serie, aunque haya sido escrita un poco más adelante, en los comienzos de la década de 1940. Es, por otra parte, uno de los pocos textos de la novelista nacida en Ucrania que aún permanecía sin traducir al castellano.

En rigor, la novela nació como folletín publicado por el semanario “Gringoire”, entre abril y junio de 1941, sin firma, por la condición judía de la autora, a pesar de que ella había abjurado de la religión hebrea convirtiéndose al catolicismo.

Un dato que aporta la Wikipedia en inglés: el semanario “se animó” a publicarla a pesar de tener una posición favorable a los alemanes y al gobierno colaboracionista de Pétain. La novela fue presentada como la “obra inédita de una mujer joven” y al parecer se la publicó para ayudar a Némirovsky, que atravesaba graves problemas económicos.

Los censores de la época deben haber sido bastante obtusos (por suerte), porque basta con leer las primeras líneas de la novela para advertir la sutileza, la delicadeza, las finas ironías de Némirovsky, quien narra en treinta capítulos (que resultan relatos interrelacionados), la historia de la familia Hardelot, poderosa propietaria de una gran imprenta en el pequeño pueblo de Saint-Elme.

Las historias privadas, la Historia general

 En el comienzo de la novela, que se ubica en los inicios del siglo XX, Agnês es una joven enamorada de Pierre. Sabe que es correspondida por el descendiente de la familia Hardelot, pero también es consciente de que Pierre está comprometido con Simone Renaudin, heredera de una gran fortuna, y que todo está preparado para que los Hardelot y los Renaudin fundan sus patrimonios casamiento mediante y consoliden a la imprenta, la más importante de la región.

No está vedado contar acá que Agnês y Pierre vencerán las dificultades y, para disgusto del todopoderoso abuelo de Pierre y de sus padres, el joven dejará a Simone para vivir con Agnês, que será de ahí en más su consecuente compañera.

Esas historias privadas se desarrollarán en el primer plano de la ficción, mientras que como “telón de fondo” aparecerá, con mayor o menor nitidez, la propia historia de Francia, especialmente en los capítulos referidos a la Primera Guerra Mundial, en tanto que en la parte final Némirovsky hablará a sus contemporáneos en presente, puesto que las acciones se vinculan con la  ocupación de Francia por las tropas de Hitler, es decir situación que estaba ocurriendo cuando la novela fue publicada.

“No se debería pasar por esto”, dice Agnès en algún momento. “Esto” es la guerra, pero también es cuanto ocurre, les ocurre, en el período de paz, cuando los amores y los odios, la ambición y el desprendimiento, esos actos contradictorios propios de los seres humanos, se hacen presentes para ir cambiando las vidas intensas de los distintos personajes retratados. No debería pasar, pero acontece, y Némirovsky sabe contar con mucha convicción tales mutuaciones, el advenimiento de los nuevos tiempos, los cambios constantes de la vida.

Cuando despertó…


Por analogía, se podría remedar el cuento de Monterroso y decir que cuando ella despertó, el Dragón todavía estaba allí. De eso no quiso o (más probablemente) no pudo “darse cuenta” al escribir “Los bienes de este mundo”, dado que se trataba de sobrevivir en un medio hostil, pero sí tuvo total conciencia de lo que estaba ocurriendo cuando redactaba el largo e inacabado manuscrito que terminaría siendo “Suite francesa”, mientras corría una carrera contra el tiempo y la muerte.

Pero me parece pertinente precisar que aunque la observación de Zanón es válida, la novela tiene excelentes páginas, personajes y situaciones de alto voltaje. Es notable la capacidad de Némirovsky para repasar la vida de los franceses (sobre todo de las familias provincianas y burguesas) y para narrar esos momentos especiales (y, al mismo tiempo, cotidianos) que se experimentan cuando hay guerras.

En la Primera Guerra Mundial el convocado es Pierre, en la segunda, el hijo de Pierre y Agnès, Guy. Y entre ellos hay un gran desfile de personajes secundarios que tienen, en algún momento, algo para decir. La gran familia burguesa de los Hardelot, con sus luces y sus sombras, será en todo momento el eje del relato. Más sombras que luces en esta ficción marcada por el desasosiego, puesto que casi nadie encuentra el sitio adecuado en el cual apoyarse. Nadie, salvo Agnès y Pierre, quienes logran que prevalezca el amor, pese a cualquier adversidad.

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Fotografías. Arriba, Némirovsky con su hija mayor, Denise Epstein, fallecida el año pasado a los 84 años. Denise fue quien guardó, durante décadas, la valija en cuyo interior se encontraban los originales de “Suite francesa”, la novela inédita manuscrita en 1942 y publicada en 2004, que permitió recuperar el nombre y la obra de la gran novelista. Laterales: cubiertas de las ediciones francesa (arriba) y estadounidense (abajo) de la novela.
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 “Se le acercó más, lo atrajo hacia sí y lo acunó como a un niño. Para ella seguía siendo joven. En su mente, el hijo ausente y el soldado de otros tiempos casi se confundían. Pero abrazada a él en la oscuridad, acariciándole la cicatriz de la cadera, recordó que tenía cincuenta y cuatro años, que era mayor y frágil. Una pena indefinible, una mezcla de lástima, miedo y amor se unió a las penas de aquellas últimas semanas”.

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Perfil
Irène Némirovsky nació en Kiev, Ucrania, en 1903 y fue asesinada en el campo de concentración de Auschwitz en 1942. Sus biógrafos señalan que recibió una educación exquisita, aunque tuvo una infancia infeliz y solitaria. Tras huir de la revolución bolchevique, la familia de la novelista se estableció en París en 1919, donde Irène obtuvo la licenciatura de Letras en la Sorbona. Aunque había publicado antes, su carrera literaria comenzó en 1929 cuando envió la novela “David Golder” a la editorial Grasset. Tanto esa ficción como las que le siguieron consagrarían a Némirovsky como a una de las escritoras de mayor prestigio de Francia. Entre 1929 y 1940 publicó una decena de novelas, siempre con sostenido éxito, pero la Segunda Guerra Mundial marcaría trágicamente su destino. Deportada a Auschwitz, donde sería asesinada igual que su marido, Michel Epstein, dejó a sus dos hijas una maleta que éstas conservaron durante decenios. En ella se encontraba el manuscrito de “Suite francesa” que pudo conocerse en 2004 y que desencadenó un fenómeno editorial y cultural sin precedentes: la novela se tradujo a treinta y nueve idiomas, obtuvo numerosos premios —entre ellos el Premio Renaudot, otorgado por primera vez a un autor fallecido— y fue uno de los libros más leídos en todos los países donde se publicó, con más de un millón de ejemplares vendidos en todo el mundo. En castellano se han publicado sus novelas “Un niño prodigio” (1927; editada la primera vez con el título de “Un niño genial”), “David Golder” (1929), “El baile” (1930), “Nieve en otoño” (1931), “El caso Kurílov” (1933), “El vino de la soledad” (1935), “Jezabel” (1936), “El maestro de almas” (1939) y “Los perros y los lobos” (1940). Póstumamente se conocieron ocho títulos de la autora, de los cuales se han traducido tres a nuestro idioma: “Fogatas” (1957), “Suite francesa” (2004) y “El ardor de la sangre” (2007).

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Algunos enlaces:
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Comentario sobre “Jezabel”
“Jezabel” (“Jézabel”), de Irène Némirovksy. Salamandra, Madrid, 2012 – Buenos Aires, 2013, 190 páginas. Traducción de José Antonio Soriano Marco.

Irène Némirovsky ha sido el gran “redescubrimiento” literario de los últimos años, similar al registrado con la personalidad y la obra del húngaro Sándor Márai. Ambos fueron brillantes y populares escritores europeos de los años de entreguerras del siglo pasado, pero luego ingresaron en un cono de sombras que se extendió por décadas.
A Márai se lo rescató poco después de su suicidio, ocurrido en 1989. A Némirovsky a partir de 2004, año en que se publicó su inconclusa novela “Suite francesa” que, manuscrita, sus hijas preservaron durante años, aunque incapaces de hacerla pública por cuestiones afectivas. Cuando se la conoció, la obra de la fallecida escritora francesa volvió a tener una gran circulación, despertando un genuino interés que por suerte no ha cesado.
“Jezabel” es una novela que Némirovsky publicó en 1936, cuando tenía treinta y tres años, ya poseedora de un registro narrativo, de una “voz” particular, muy interesante. En la novela, la bella y rica Gladys Eysenach es acusada de haber matado a su joven amante, Bernard Martin, a quien por lo menos duplicaba en edad.
La historia arranca cuando Gladys es juzgada, para de inmediato remitir al pasado de la hermosa mujer nacida en Uruguay y luego trasladada a Europa, acostumbrada desde sus primeros años a ser celebrada y agasajada por su belleza, la que ha aprovechado para hacerse un lugar en el mundo. Y nunca descender de ese pedestal.
La madre, una obsesión
Fanny Némirovsky, madre de la novelista, también fue una mujer bella y poderosa, y extremadamente mezquina. Hizo sufrir mucho a su hija, a la que nunca quiso porque se vio obligada a tenerla para complacer a su esposo. De manera que fueron distintas niñeras las encargadas de criar a la pequeña Irène. (En la foto, madre e hija en Biarritz, en 1912 o 1913).
Además, siempre necesitada de admiradores, a Fanny le era imprescindible disimular el paso de los años, por lo que Irène sufrió la condena adicional de ser vestida con ropas de niña aún cuando era una preadolescente. En el prólogo a “Suite francesa”, Myriam Anissimov sostiene que Irène “jamás recibió de ella (en alusión a Fanny) el menor gesto de amor”.
Cuando la familia se radicó definitivamente en París y el padre afianzó nuevamente su fortuna, Irène fue alejándose de su madre e independizándose con sus lecturas y sus estudios. También llevó una vida un tanto frívola, propia de una familia burguesa acomodada. Sin embargo, nunca tuvo un acercamiento afectivo con su madre. Distinto fue con su padre, pero éste apenas estaba en la casa, ocupado en sus múltiples negocios.
Némirovsky sorprendió, verdaderamente, cuando presentó “David Golder” al editor Bernard Grasset, quien no terminaba de convencerse de que una mujer tan joven hubiera escrito un libro de ese nivel, porque a su entender “era la clase de obra que un escritor logra en su madurez”.
Tomándose el desquite
Ya en 1928, en un texto breve titulado significativamente “El enemigo”, Némirovsky “trazaba un cuadro vitriólico de la relación de una madre con sus hijos, cuyas acciones tienen un efecto devastador”, como señalaba la crítica. Con “Jezabel” continuó con su personal desquite contra su madre, como ya había ocurrido un año antes en la historia narrada en “El vino de la soledad”.
Porque está claro que Gladys, esa mujer que quería tener en forma constante “la intensa sensación, el placer, casi sacrílego, de ser amada, la deliciosa paz del orgullo satisfecho”, no era otra que Fanny, suerte de quintaesencia del egoísmo. Razones tenía Irène. Y de cierta manera a través de su obra se cobraba una suerte de reparación anticipatoria: cuando las hijas de la novelista fueron a buscar a su abuela (habían sobrevivido a duras penas durante la Segunda Guerra Mundial) ella no las recibió, gritando que si eran huérfanas debían ir a un orfanato. Aparte de afirmar que nunca había conocido a esa tal Irène Némirovsky…
En “Jezabel”, además, es la propia Irène la que puede verse reflejada en Marie-Thérèse, la hija de Gladys, a la que ésta también la deja en manos de nodrizas obligándola además a perpetuarse en una edad indefinida e infantil, vistiéndola con ropas inapropiadas para su edad, aparte de desatenderla y mostrarse absolutamente ajena a sus sentimientos. Será ella, en definitiva, la que provocará el desastre, al oponerse a que su hija mantenga una determinada relación. Veinte años después esa extrema y mezquina resolución -de una manera sesgada- su actitud de entonces terminará cobrándole un alto precio.
Novela concisa, estructurada en breves pero significativos capítulos, “Jezabel” remite alegóricamente al personaje bíblico que utilizara sus encantos para manipular a quienes la rodeaban. Y el texto es también la mirada incisiva, nada condescendiente, de Némirovsky sobre la ociosa clase burguesa a la que pertenecía, pero a la que nunca pareció perdonar.




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Comentario sobre “El malentendido”
“El malentendido” (“Le Malentendu”), de Irène Némirovksy.  Salamandra, Barcelona, 2013 – Buenos Aires, 2014, 158 páginas.  Traducción de José Antonio Soriano Marco

Escrita en 1926, cuando su autora tenía escasos 23 años, y publicada en una revista francesa, “El malentendido” se demoró varios años en llegar al libro y eso se produjo  una vez que Némirovsky fue famosa en Francia. “El malentendido” es una primera novela y por consiguiente muestra a la escritora primeriza que, como tal, no puede eludir algunos defectos, pero al mismo tiempo ya se la ve “asistida” por la extrema sensibilidad que caracterizaría a su obra, definida –entre tantas bondades- por una refinada sutileza.
“El malentendido” es una historia de amor. Pero, también, se trata de un relato que ahonda en la vida y las costumbres, los valores de clase y las carencias de la alta burguesía francesa. Némirovsky se muestra muy aguda para captar las bondades y las increíbles (o no tanto) mezquindades de los integrantes de una pareja amorosa en proceso de desintegración.
Yves Harteloup, joven veterano de la Primera Guerra Mundial, pasa sus vacaciones en Hendaya, en la región vasca francesa, y allí conoce a Denise, una joven casada. Si bien ambos pertenecen a la alta burguesía parisina, lo cierto es que Yves aunque descendiente de una familia poderosa lo ha perdido todo y por lo tanto debe trabajar para malvivir, mientras que Denise lleva una existencia ociosa, propia de quien posee en abundancia.
Así, lo que fue idílico en la playa frente al mar, en las vacaciones de verano, se volverá complejo cuando ambos regresen a París. Porque los jóvenes que se han conocido sólo de casualidad, de inmediato se enamoran y viven una relación clandestina, que intentan mantener en la capital. Lo logran, pero con múltiples dificultades, puesto que Ives sufre la rutina del trabajo y los agravios de sus limitaciones económicas, en tanto que la mujer se aburrirá en su mansión atormentándose gratuitamente por no sentirse correspondida.
Egoísmos e hipocresías
La novela es un tanto breve y antes que una historia de hechos, estamos ante un texto que se detiene en la complejidad de los sentimientos. A Yves le cuesta mucho el vivir cotidiano, porque ha perdido las referencias propias de la clase a la que perteneció y debe luchar en el día a día por la subsistencia. A su vez, Denise no termina de interpretarlo, porque no logra comprender lo que son las carencias de la gente común.
La virtud central de Némirovsky reside en la profunda comprensión que tiene de y hacia los personajes que ha creado, criaturas de ficción que parecen tomadas de la muy concreta, muy carnal, vida real y que quizás lo hayan sido. La autora de “Suite francesa” supo penetrar en la contradictoria condición humana y contarla con todos sus matices.
Si bien el título de la novela se refiere al episodio final de la historia, puede tomarse como símbolo de todo el relato, puesto que es el malentendido el que se “instala” en la pareja, aquello que impide el diálogo franco de Yves y Denise, quienes callan más de la cuenta, no se expresan como deberían y por lo tanto a cada instante caen en la mala interpretación de los actos y las palabras del otro.
La novela es lineal y cronológica, se detiene una y otra vez en los pensamientos y las obsesiones de ambos protagonistas, mientras que los restantes personajes apenas si aparecen como “esfumaturas”, incluido el marido de Denise, quien sospecha el adulterio de su mujer, pero se niega a indagar.
La condición judía
Irène Némirovsky nació en Ucrania, pero vivió en Francia casi toda su vida. Tuvo una pésima relación con su madre, quien siempre la desatendió y sólo se dedicó a sí misma y a su vida hedonista. Por consiguiente, Iréne vivió distanciada de su madre y a los 23 años, ya residiendo en París, se separó aún más al casarse con el banquero Michel Epstein.
Esa mala relación, más el hecho de buscar una mayor conexión con la burguesía francesa, la llevó a la conversión al catolicismo y a alejarse de todo lo que fuere la “condición” judía. Ella nunca admitió esto último, pero lo cierto es que en sus libros los personajes judíos aparecen como caricaturas, seres desagradables, ávidos de dinero. Se sabe, tristemente, que todos esos esfuerzos resultaron vanos y que la autora, así como su esposo, fueron asesinados en el campo de concentración de Auschwitz.
Aunque en su vida Irène intentó ser aceptada por los burgueses de la época, no les concedió favor algún en las exitosas novelas que escribió y publicó en la década de 1930. Tampoco lo hizo en “Suite francesa”, la novela que intentó escribir en el “exilio” vivido en el interior de Francia cuando las tropas alemanas ocupaban París. Es sabido que el texto quedó inacabado, que sus hijas demoraron décadas en transformarlo en libro y que cuando eso ocurrió, en 2004, la novelista y su obra recuperaron una vigencia que nunca debieron haber perdido.
Y, la verdad sea dicha, Yves y Denise, representantes de dicha burguesía,  no quedan bien parados en esta primeriza historia. Él, porque nunca termina de asumirse como un ser empobrecido. Ella, porque nadando en la abundancia no comprende a quienes no poseen, entre ellos su amante. Y ambos, porque ahogados por el amor, no logran salir de la autorreferencialidad y entender en profundidad al que dicen amar. Historia sobre los sentimientos que queda resonando en el lector luego de cerrar el libro. Bienvenido el rescate.

En el video, Conversación con Denise  (2009, en francés):