viernes, 27 de febrero de 2015

"Distancia de rescate", de Samanta Schweblin. El horror

Amigas, amigos: los invito a visitar mi página "Noticias desde el sur" y, entre otras cosas, leer mi cuento "La invitación", base del episodio del mismo nombre, dirigido por Mario Cuello, de la película "Ciudad de sombras". Saludos. Carlos

“Distancia de rescate”, de Samanta Schweblin. Literatura Random House, Buenos Aires-Barcelona, 2014-2015, 124 páginas. En Argentina: 129 pesos. En España: 13,90 euros.
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“Distancia de rescate”, de apenas 124 páginas, es sin embargo el texto de ficción más extenso que ha escrito la argentina Samanta Schweblin (hoy becada en Berlín). Y ello es así porque la narradora eligió el cuento como forma expresiva, resistiendo la presión editorial de “pasarse” a la novela, como si en ésta residiera la auténtica literatura.

Es un lugar común afirmar esto último, con su fuerte tufillo comercial, lugar común que no se sostiene porque escribir cuentos reclama tanto o más que la novela, dadas las fuertes exigencias del género. No puede sorprender entonces que los buenos cuentistas no abunden. Schweblin sabe bien de qué se trata, porque no ha decepcionado con sus dos primeros libros y sabe “manejarse” más que bien en el texto corto.

En cuanto a “Distancia de rescate”, aunque se trata de una nouvelle, desde determinada perspectiva puede ser considerada como un cuento extendido por desarrollarse en un solo escenario, tener pocos protagonistas y no desperdigarse en historias secundarias.

La ficción nos hace saber que a un abúlico lugar de descanso llegan Amanda y su pequeña hija Nina, mientras aguardan al padre. Se hallan de vacaciones en un sitio impreciso del extenso campo argentino, donde se imponen los cultivos de soja, “verdes y brillantes” y en apariencia anodinos. Allí Amanda conoce a Carla, madre del pequeño David, sobre el que cuenta un episodio que vivió y que le obligó a tomar  una decisión extrema, suceso que cambiará el curso y el sentido mismo del relato.

Dos voces

La anécdota central, aquello que ocurrió en el campo, lo cuenta Amanda, en un diálogo permanente y respondiendo a una serie de inquietantes preguntas que le formula David. El niño que pregunta no parece encontrarse en ninguna parte, es como un fantasma que indaga y guía a la mujer, quien a su vez estaría internada, enferma, y que trata de comprender –contando- qué ha ocurrido en el breve tiempo que permaneció en el campo.

El relato contado por esas dos voces y ausencia absoluta del narrador omnisciente, con buenos recursos ahoga al lector desde casi el mismo comienzo y no le da respiro hasta las líneas finales, cuando se toma conciencia de que una nueva clase de peste se ha instalado en forma definitiva. Y que parece a punto de explotar.

Distancia de rescate: “Necesito medir el peligro, sin esta medición es difícil calcular la distancia de rescate”, dice Amanda. Se refiere a la necesidad que siente de saber que, llegado el caso, podrá salvar del peligro a Nina, cualquiera sea ese riesgo. Dicha “distancia” la obsesiona: “Me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería”.

Esa distancia tan particular es que la intenta sostener durante su estada en el campo, en apariencia abúlico, pero en el que sin embargo  “late” el horror, del que toma conocimiento a partir de lo relatado por Carla, vale decir a lo que ocurrió con David no bien éste tomó agua envenenada en una laguna cercana. Y, como se dijo, al recurso extremo que debió tomar (aceptar) para tratar de salvarle la vida.

El verosímil

David se envenena cuando su madre sale en persecución de un caballo padrillo, prestado, al que encuentra en medio de una laguna. Animal y niño toman agua de allí y al día siguiente el caballo muestra signos de envenenamiento. Carla toma conciencia de que a su hijo, que ha comenzado mostrarse enfermo, le quedan “hilos” de vida, de ahí que acepte la esotérica propuesta que le hace una curandera o “manosanta”, oferta  que entronca con el misticismo y la transmigración de almas.

En consecuencia, es el propio verosímil de la historia el que peligra, pero la autora lo conjura porque si bien lo fantástico se hace presente logra que la trama se mantenga en una ponderable zona de ambigüedad, avalando así su posición sobre el tema. En efecto, Schweblin oportunamente manifestó: “Para mí el verosímil es fundamental. Me importa mucho partir de una historia casi totalmente realista, pero que lo que suceda en el medio puede ser un poco sobrenatural. La idea es que eso se produzca por un corrimiento pequeño de la realidad, como un detalle. El resultado es monstruoso, pero en realidad la anomalía es mínima”.

En cuanto a la estructura de la nouvelle, ya se dijo que la escritora optó por un diálogo constante entre dos personajes: uno de ellos, que se limita a tener breves intervenciones, es David, y la que va contando la historia es Amanda. Fantasmal, o recordando la voz propia de un psicoanalista, David va “guiando” a la mujer, haciendo que se detenga en lo que él considera importante, mientras ella reconstruye lo que le ha ocurrido en el campo, situación que no cabe explicar pero que le ha hecho soportar situaciones extremas, vinculándola con la muerte.

La soja, la soja

En la novela es la soja, la que tiene un sesgado protagonismo. Schweblin ha manifestado que no ha querido escribir un texto de denuncia, o panfletario, pero es ese grano el que esconde al “monstruo” en sus entrañas, aunque las plantaciones de dicho poroto no presenten en apariencia peligro alguno.

Pero bien se sabe, al menos donde se lo cultiva de manera intensiva, como ocurre en la Argentina, que es una planta muy agresiva dañando el humus y que resulta particularmente sensible a las plagas, de ahí que para combatirlas haya que acudir al glifosato y otros agroquímicos, buenos para el grano pero no las personas, que suelen contraer enfermedades.

Ha habido muchas presentaciones en el ámbito judicial respecto de este perjuicio, mucho “ruido” político, pero como la soja sigue generando altos producidos económicos, mientras las controversias se mantienen en pie no deja de ser sembrada en amplios predios de la extensa geografía argentina. Tal el “fantasma”, nunca totalmente explícito, pero muy presente, en esta novela febril, escrita con fuerza y habilidad y que logra transmitir al lector todo el dolor de sus personajes. Y todo el horror que en ella se impone.
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Perfil

Samanta Schweblin nació en Buenos Aires en 1978. Su primer libro, “El núcleo del disturbio” (2002), obtuvo los premios Haroldo Conti y Fondo Nacional de las Artes. El segundo, “Pájaros en la boca” (2009), fue distinguido con el premio Casa de las Américas y traducido a trece idiomas. Becada por distintas instituciones, vivió temporalmente en México, Italia, China y Alemania (Berlín), donde reside desde hace dos años. Fue seleccionada por la prestigiosa revista Granta como uno de los "mejores jóvenes narradores en español" y ha obtenido en 2012 el Premio de Cuento “Juan Rulfo” de Francia. Con el cuento premiado, “Un hombre sin suerte”, como texto central, prepara un nuevo libro de relatos que se conocería este año.

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Video: Declaraciones de la autora a la revista “Leemás”, de la librería Gandhi, de México, subida a Youtube con fecha 15/10/2014 (duración: 6 minutos)

domingo, 15 de febrero de 2015

"Los peligros de Paulina y otros cuentos selectos", de Salvador Garmendia. Un valioso rescate



“Los peligros de Paulina y otros cuentos selectos”, de Salvador Garmendia. Salto de Página, Madrid, 2014. Edición y prólogo de Viviana Paletta. En España: 21 euros.
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El escritor venezolano Salvador Garmendia (1928-2001) tuvo su “cuarto de hora” en los ’70 y ’80 del año pasado, especialmente en el tiempo en que vivió en Barcelona, publicó su novela “Memorias de Altagracia” y recibió el Premio Nacional de Literatura de su país. Sin embargo, de a poco fue ingresando en un inmerecido  olvido que se acentuó en sus últimos años de vida, cuando enfermó gravemente, primero de diabetes y por fin afectado por un terminal cáncer de garganta.

Hoy, cuando los libros de Garmendia casi han desaparecido de los estantes de las librerías, debe recibirse con beneplácito la antología de sus cuentos preparada por Viviana Paletta, porque viene a reparar un injusto y prolongado silencio.

De joven vinculado a la izquierda, los primeros libros de Garmendia afincaron en el realismo, pero a medida que fue creciendo como escritor elaboró una literatura más compleja, incorporándole la veta fantástica o abrevando hasta en el surrealismo.

Considerado el maestro por excelencia de la novela urbana, cuando en 1972 publicó “Memorias de Altagracia”, cambió de perspectivas al sumergirse en el mundo de los recuerdos personales y de ese modo potenció su narrativa.

En la periferia del “boom”

Garmendia fue uno de esos nombres que, como los de Reinaldo Arenas, José Agustín, Antonio Skármeta o José Donoso, se ubicaron en la periferia del “boom” latinoamericano de los ’70, y aunque nunca fue colocado a la par de Vargas Llosa o Cortázar, contribuyó con una obra vasta y variada a renovar la literatura en nuestro idioma. Y, especialmente, la de su país.

El venezolano publicó una veintena de títulos, entre novelas y libros de cuentos, destinados al público adulto, varios de literatura infantil, escribió guiones radiofónicos y televisivos, fue locutor profesional, periodista, profesor universitario y autor también de varios libros de ensayos, así como de sus columnas periodísticas reunidas en libros. En los ’80 se desempeñó como consejero cultural de la Embajada de Venezuela en España.

La producción literaria del autor venezolano es vasta, y la compiladora/editora Viviana Paletta debe haber tenido considerable trabajo para su selección, porque el autor publicó un total de 14 libros de cuentos. No obstante, la antología es amplia y muy representativa del mundo “garmendiano”.

La antología no guarda un orden cronológico, sino que termina siendo una “muestra” de la amplitud de miras y búsquedas del autor y su propósito –como bien señala Palettta- es ser ·puerta de entrada al universo narrativo del escritor, “una inmersión en un mundo donde conviven la lucidez y el sueño, y que también adquieren la forma de alucinaciones y pesadillas domésticas y del mundo del trabajo”.

La imaginación al poder

Resumir en pocas palabras ese “mundo” es imposible, porque Garmendia era muy imaginativo y la forma que elegía para presentar sus relatos variaba de ficción en ficción. En los últimos años de su vida creativa optó por el cuento breve, y también en la antología hay una amplia muestra de ese “subgénero”. En el autor venezolano el humor fue la constante, como la “falta de respeto” a cuanto fuera institución.

Paletta, al hablar de los personajes que se presentan en esta extensa galería, dice con propiedad que son “excéntricos, anómalos, maniáticos, perversos, incluso cómicos” y que “a través de ellos se exploran los límites entre la vigilia y la ensoñación, la pesadilla, en medio del alienante tráfago de las ciudades”.
Se hace difícil no sólo la síntesis, sino detenerse en cada uno de estos cuentos, porque suman unos 60 los elegidos y muchos merecen particular atención y análisis. Digamos, aparte, que no pocos de los relatos generan un considerable desasosiego.

Tomemos como ejemplo el texto que da título a la antología: Paulina es una niña que no bien deja su casa se transforma en una muñeca humana, de partes que se sacan y sustituyen con facilidad (los ojos, las manos), de intensa y amplia sexualidad pero sin la menor emoción. O el desasosiego que experimenta quien lee el cuento del hombre al que, para aliviarle una jaqueca que lo lleva loco, le extirpan la cabeza (y debe convivir con ella). O el que produce un hombre que asegura que ha hablado con una persona que, al parecer, está muerta, la que a su vez lo ha hecho con otra, que –al parecer- también murió…

Garmendia resultó ser una nueva voz en el por entonces átono mundo literario venezolano. De inmediato se lo consideró, junto a otros jóvenes escritores de la época, como el “anti” Rómulo Gallegos y otros autores de la época, marcados por el costumbrismo. Se podría decir que con él llegaron la modernidad y el relato urbano. La urbe, la enorme Caracas (hoy de más de 3 millones de habitantes, el 10% de la totalidad de la población venezolana), se volvió protagonista de sus historias y sus personajes resultaron hijos directos de ese entramado complejo, que reclamaba si no su cronista, si a quien supiera contar y pintar sus luces, sus sombras, sus realidades. Y sus delirios.

El hacedor

“Hacedor” de múltiples proyectos culturales, el narrador integró grupos literarios (“Sardo” y “El Techo de la Ballena”), llevó a la radio guiones basados en grandes obras literarias, fundó revistas, escribió columnas periodísticas y adoptó en forma permanente posiciones políticas que, generalmente, se ubicaban a contrapelo del poder de turno.

 En el último de los relatos seleccionados por Paletta, Garmendia elabora una teoría sobre el cuento que vale la pena repetir:

“El cuento es tenido como una disciplina menor. No genera teoría. Cada quien escribe el cuento que quiere y como quiere, sin que nadie se meta. La escritura del cuento posee la limpidez cerrada del acto poético. La oración sin fisuras, cuyos empalmes se producen por un impulso espontáneo del propio material. La palabra que brota en el cuento es un germen predispuesto para la madurez, en cuyo centro crece y se independiza el calor del poema”.

Está claro que sabía de qué hablaba. Y que aquello que más sabía, y  cómo, era de qué múltiple manera podía ser ejecutado el género, milenario, exigente. Inclaudicable.
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Perfiles


Salvador Garmendia (Barquisimeto, 1928-Caracas, 2001), creador de una de las obras más ricas y originales del continente, fue también el narrador más importante de Venezuela en la época del “boom” de la literatura latinoamericana. Escritor, guionista y diplomático —ejerció como consejero cultural en la embajada de Venezuela en Madrid y en Barcelona—, fue una de las figuras señeras de la intelectualidad americana. Autor de importantes novelas como La mala vida, Día de ceniza, Los pies de barro y Memorias de Altagracia, destaca ante todo como absoluto maestro en la narrativa breve. Entre sus libros de relatos se encuentran: Doble fondo (1966), Difuntos, extraños y volátiles (1970), Los escondites (1972), El único lugar posible (1980), Hace mal tiempo afuera (1986) y La media espada de Amadís (1981), así hasta alcanzar catorce títulos. Fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura en 1973, el Juan Rulfo de Cuento en 1989 y el Dos Océanos en 1992.
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Viviana Paletta es una poeta, antóloga y editora argentina residente en España. Recibió el primer premio de Poesía en el Primer Certamen Literario para la Mujer Argentina y, en 1989, fue seleccionada en cuento y poesía en la Primera Bienal de Arte Joven. Ha publicado los libros de poemas “El patrimonio del aire” (2003) y “Las naciones hechizadas” (2010). Está incluida en las antologías “Estruendomundo” (2003), “Los poetas interiores. Una muestra de la nueva poesía argentina” (2005) y “Poetas y poemas argentinos” (2013). Ha editado y prologado los “Cuentos completos” de Rodolfo Walsh (2010) así como la antología de Salvador Garmendia “Los peligros de Paulina y otros cuentos selectos” (2014).
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Video: Entrevista de Antonio López Ortega a Salvador Garmendia. Programa “Entrelíneas”, año 1991, duración 28 minutos.

lunes, 9 de febrero de 2015

"Vampiros y limones", de Karen Russell. Una autora inquietante, un cuento de excepción


Vampiros y limones” (Vampires in the Lemon Grove”), de Karen Russell. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires2014, 276 páginas. Traducción de Victoria Alonso Blanco. En España: 19 euros. En Argentina: 205 pesos.
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La norteamericana Karen Russell sorprende con los ocho cuentos, en su mayoría casi novelas cortas, que integran su segundo libro, “Vampiros y limones”, una selección conocida dos años atrás en su país y que de inmediato (de manera merecida) recibió ponderados comentarios y diversos premios.

Cómo para no. Russell, escritora joven (nació en Miami, en 1981), no sólo demuestra ser poseedora de una fértil imaginación sino de un sólido dominio de la escritura. Los ocho cuentos  son muy disímiles entre sí y el lector se encuentra en definitiva ante otras tantas propuestas de lecturas. Mundos y personajes diferentes, escenarios disímiles y situaciones “independientes” que dan riqueza al libro. Uno de ellos, "La Ventana de Hox River", nos ha resultado excepcional.

Se sabe, literatura es antes que nada lenguaje, la forma de narrar. Continente/contenido respecto de los cuales Russell se exime con notas infrecuentes. “Vampiros y limones”, el texto que da título al libro, habla de un viejo vampiro que se encuentra con su pareja (obvio, una vampira), la que le enseña que el mundo ha cambiado y que no todo debe ser sangre, oscuridad y horror, sino que también existen el sol, los limones cargados de jugo. Y el concreto amor.

El “salto” que da Russell (arriesgando, claro está) al pasar al segundo cuento sorprende al lector. Porque en él ya no hay vampiros ni escenarios europeos, sino que quien le habla en “Devanando para el Imperio“, en la “Era Ilustrada de los Meiji”, (es decir durante la segunda mitad del Siglo XIX y principios de los años 20, cuando el imperio nipón avanzó en pleno hacia la industrialización y su consolidación como potencia mundial), es Kitsune, una mujer pobre que, como tantas, ha sido capturada para devanar la seda de los gusanos, pero que de a poco van transformándose en seres monstruosos hasta que generan ellas mismas la seda que el imperio tanto reclama. El terror “preside” el texto y la rebelión de las mujeres es lo que va labrándose, como un segundo tejido clandestino, en este relato de nítida atmósfera kafkiana.

Territorio de gaviotas

El tercer episodio obliga de nuevo al lector a situarse en otro tiempo y en distinto espacio, porque en “La legión de gaviotas desciende sobre Strong Beach, 1979”, Russell nos cuenta, en principio, una historia de amor y deseos de un adolescente y de inmediato la extraña conexión que se plantea entre el adolescente Nal, protagonista, 14 años, y las gaviotas que arman un nido con elementos, objetos, que extrañamente conectan con su vida y también con el derrumbe familiar. Vanessa, la joven deseada, es la contrapartida, la que lo conecta con la vida, quien con su sexualidad lo proyecta al futuro, abriendo una hendija a la esperanza.

Dos relatos resultan prescindibles, quizás porque son ingeniosos pero no mucho más: “El Establo al final de nuestro mandato”, en el que ex presidentes estadounidenses muertos reencarnan en caballos, y “Reglas para hinchas en la Antártida, según Dougbert  Shackleton” (la lucha entre ballenas y el krill vista como competencia deportiva). El último de la serie ("El monigote insepulto de Eric Mutis"), con ser importante (un grupo de adolescentes que ha hostigado a otro se enfrenta al misterio ante la aparición de un espantapájaros que recuerda demasiado a la víctima) se ubica en un segundo plano si se lo compara con el relato de la Ventana y también con el octavo, “Los nuevos veteranos”.


Acertó la crítica al vincular a este último, la historia de una masajista envejecida (más en espíritu que en cuerpo) con un joven veterano de guerra con la “magia” que a veces logra transmitir –y rozar- Stephen King en sus mejores momentos. En este caso, Russell con habilidad muestra a la hastiada mujer enfrentada a un hombre joven al que debe tratar y quien tiene un extraño, increíble, tatuaje que le cubre toda la espalda. En él se reproduce una escena de guerra en la que mataron a un compañero.

El joven, Derek, sufre por ese recuerdo y Beck, la masajista, sin saber cómo, con sus masajes le va cambiando sus recuerdos hasta extirpar dolores y sentimientos de culpa. Aunque las pesadillas de Derek terminen invadiéndola. Es la habilidad de Russell la que vuelve creíble un cuento de naturaleza fantástica muy bien narrado.

En el muy lejano y salvaje Oeste

Donde la esperanza vacila y también el espíritu, es en el terrible “La Ventana de Hox River”, texto gótico, diferente, un relato que casi no se parece a ningún otro. Transcurre en Nebraska, en la década de 1870, en un verdadero y crudelísimo Lejano (y tan lejano…) Oeste, donde los pioneros que ocupan tierras fiscales soportan las mil y una para volverse propietarios. Pero para que así ocurra deben pasar dos cosas:  que los pioneros se encuentren en el lugar cuando los visite el Inspector y que éste pueda comprobar que, como gran contrasentido, en las covachas inmundas que habitan exista una Ventana de Cristal. Mayúsculas.

Incoherencia casi o totalmente absoluta pero que, al parecer, era una norma legal con la que debía cumplirse a rajatablas. Russell escribe un cuento de dolor y soledad, con fuerte incidencia de clima y ambiente geográfico, protagonizado por un niño de apenas 11 años que debe llevar (a caballo, corriendo contrarreloj) a un “vecino” que vive a unos 30 kilómetros de distancia, la única ventana con la que cuentan en la zona para que la exhiba ante el Inspector esperado que, como Godot, nunca llega.  El relato es sencillamente demoledor y por supuesto, su final no se puede explicitar, aunque sí debe destacarse el lenguaje de Russell, rico en detalles, las atmósferas que crea y recrea, las sutilezas descriptivas y los monólogos enfermizos de Miles, el niño de once años a quien confían el traslado de la Ventana, casi un invento de Poe.

Quizás la narradora falle en la “voz” que impone en el texto, porque pone en boca del pequeño Miles palabras y conceptos que a su edad no sabría cómo expresarlos. El narrador omnisciente hubiera quedado más justificado. Pecatta minuta respecto de uno de esos grandes cuentos que sólo de tanto en tanto aparecen en la literatura contemporánea, aunque no tan sorprendente en un país como los Estados Unidos que sigue teniendo potentes cultores del género.

Russell, que sorprendió con su novela de familia disfuncional “Tierra de caimanes”, regresa con renovada fuerza en este libro en el que tanta incidencia tiene el realismo mágico. No puede sorprender en quien se confiesa admiradora de Cortázar, García Márquez, Borges, Rulfo... Un libro para tomar muy en cuenta. Una serie de gratas lecturas.
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Perfil


Karen Russell (Miami, 1981) está considerada una de las mejores escritoras jóvenes norteamericanas por numerosas publicaciones, entre ellas la revista Granta. Es autora del volumen de relatos “ Lucy’s Home for Girls Raised by Wolves”, merecedor del Bard Fiction Prize 2011 y que en 2009 obtuvo el Premio «5 de menos de 35» de la National Book Foundation. Tres de sus relatos están incluidos en los volúmenes de Best American Short Stories, y el titulado «The Hox River Window» ha ganado en 2012 el National Magazine Award en la categoría de ficción. Finalista del Premio Pulitzer 2012, elegida una de las diez mejores novelas de 2011 por The New York Times Book Review, y Premio Young Lions Literary Fiction 2012, En “Tierra de caimanes”, su debut novelístico, narró un desgarrador a la vez que hermoso tránsito de la infancia y la inocencia hacia la madurez.
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Video: Diálogo de la autora con Laura Person en The Chicago Humanities Festival, febrero 2014 (48 minutos, en inglés):





martes, 3 de febrero de 2015

"La mujer de un solo hombre", de A.S.A. Harrison. La pasión, el amor, el crimen


“La mujer de un solo hombre” (“The Silent Wife”), de A.S.A. Harrison. Salamandra, Barcelona-Buenos Aires, 2014, 316 páginas. Traducción de Gemma Rovira Ortega. En España: 18 euros. En Argentina: 195 pesos.
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“Lo importante es la fachada, la ilusión de que todo va bien”. Se ha destacado ya este párrafo de “La mujer de un solo hombre”, la única novela que escribió la canadiense A.S.A. (Susan) Harrison, pero me permito la reiteración porque resulta una perfecta síntesis de que se ha propuesto contarnos su autora: el juego de las apariencias, la hipocresía de la normalidad.

Novela de gran éxito y de muy escasos personajes, Harrison la hace transcurrir en Chicago, Estados Unidos, en un lapso de veinte años, que son los que han vivido en pareja la psicoterapeuta Jodi Brett y el constructor Todd Gilbert, a quienes el lector “sorprende” en los momentos en que la relación sufre un quiebre y ambos, especialmente la mujer, deben rever sus vidas de punta a punta, porque de pronto todo ha mutado y las cosas, casi repentinamente, han dejado de ser.

Todd es quien provoca el cambio abrupto de paradigma, porque se enamora de la hija de su mejor amigo y decide (más bien lo deciden los hechos y, de manera especial, su nueva y joven pareja), abandonar a Jodi luego de veinte años de convivencia. Léase bien, convivencia y no matrimonio. Y es el hecho de no estar casados aquello que mueve el piso de Jodi, algo que no termina de asimilar y que la lleva a adoptar  medidas desaconsejables, que no es el caso ventilar en esta nota.

Ella y Él

Harrison va desarrollando la novela en las que alternativamente “Ella” y “Él” son los protagonistas, aunque no narra en primera persona sino que apela a la tercera persona del singular, como una manera de tomar distancia y poder contar con mayor objetividad las luces  y las sombras de Todd.

Éste, hijo de católicos y de padre alcohólico (muchas veces brutal), contrapone su figura a la de psicoterapeuta, quien formara parte de un hogar en el que prevaleció el fingimiento, lo aparencial, algo que ha heredado férrea, profundamente. Una forma de entender la existencia que la perturba, y cómo, a la hora de asimilar sus nuevas realidades.

Con el adicional de que Jodi demora en aceptarlas y, más aún, en encararlas, todo lo cual enrarece una situación de por sí compleja, en la que las emociones cobran un papel determinante.

Porque todos aman, y aman mal, de una manera mezquina, autorreferenciada, es decir atenta a las emociones personales, pero no a la comprensión del otro, en toda su hondura, en toda su complejidad. Le ocurre a Todd, que se empecina con la joven Natasha (a la que dobla en edad, en experiencia, pero no en sabiduría), a pesar de la serie de “signos” ominosos que se niega a ver y asimilar. Le ocurre a Natasha, que se empecina en la relación, contra el viento, la marea y la sensatez.

El padre de la muchacha

Le pasa también a Dean Kovacs, el padre de la muchacha, dispuesto de manera obsesiva  a deshacer la nueva relación de pareja. Y le ocurre centralmente a Jodi quien, por no aceptar la realidad en toda su amplitud y actuar en consecuencia de una forma práctica y madura, comete múltiples errores.

Más psicológica que “novela negra”, atenta (de manera sutil, muy elaborada), antes que nada a los estados de ánimo que a otra cosa, con escasa acción,  “La mujer de un solo hombre” aparece como “colada” en una colección dedicada al thriller que, además, se ha iniciado con dos buenas muestras de literatura noir: “Galveston”, de Nick Pizzolatto, y “La entrega”, de Denis Lehane. Pero más allá de que no se ajuste estrictamente al canon, la novela de Harrison también habla de hechos criminales, de acciones límites, de que algo oscuro e inquebrantable se impone en el corazón de los humanos.

Harrison había publicado previamente unos ensayos ajenos a la ficción. Su primera novela tuvo una edición limitada pero de inmediato el boca-a-boca hizo que despertara el interés de los grandes sellos por ese texto. Ella, lamentablemente, enfermó y aunque supo del impacto que “La mujer de un solo hombre” estaba provocando, no pudo disfrutar del éxito porque falleció antes de que se produjera el lanzamiento internacional de la novela. Una verdadera pena.
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Fotografías laterales: Imágenes de Chicago.
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Perfil


La canadiense A. S. A. Harrison (Susan era su nombre verdadero) fue autora de cuatro obras de no ficción, debutó en el género de la novela con “La mujer de un solo hombre”, que se convirtió en un gran éxito internacional. Considerada como uno de los mejores thrillers psicológicos de los últimos años, se traducirá a veintinueve idiomas. Harrison falleció en 2013, a los 65 años, víctima de cáncer, y sin haber podido disfrutar del éxito. Vivía en Toronto con su marido, el artista plástico John Massey.