jueves, 25 de junio de 2015

"El caos", de Juan Rodolfo Wilcock. Una gran ambición literaria


“El caos”, de Juan Rodolfo Wilcock. La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2015, 256 páginas. Edición al cuidado de Ernesto Montequin. En Argentina: 167 pesos. En España: 19 euros.
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“Hoy o mañana o dentro de diez años, esta irregularidad del cosmos que es mi persona estaba destinada a borrarse, a desaparecer bajo las siempre renovadas avalanchas de fenómenos y manifestaciones que componen la majestuosa, inconmovible indiferencia del universo”.

Juan Rodolfo Wilcock fue una rara avis en el panorama literario argentino. Un verdadero outsider, que se fue muy joven de su país natal buscando otro lugar, una especie de paraíso perdido que por supuesto nunca encontró. Primero eligió a Londres, como la tierra prometida que le resultó inesperadamente hostil, pero luego de un breve regreso a Buenos Aires se afincó en forma definitiva en Italia, donde murió hace casi cuarenta años, en extrema soledad.

Fue autor de una obra tan amplia como muy personal, gran parte de ella escrita en italiano, aunque sus primeros trabajos se publicaron en Buenos Aires a partir de la década de 1940. Sus textos heterodoxos, ligados a la crueldad y al grotesco, así como su lírica poesía, demoraron mucho en ser reconocidos en Argentina. Su manera de ser, arisca, dicen que agresiva, cuando no desagradable, no le granjeó amistades. También generó distanciamientos su actitud altiva, nada concesiva, de entender al arte y a la literatura. Todo eso lo llevó a vivir una vida aislada, escasamente vinculada al país donde había nacido en 1919.

A fines de la década de 1990 hubo un intento de recuperar lo esencial de su trabajo, ya fuere publicando algunos de sus textos primerizos como traduciendo lo central de sus ficciones italianas. El intento del sello Sudamericana de Buenos Aires resultó un tanto efímero. Casi veinte años más tarde, otro sello porteño reedita “El caos”, uno de sus libros más reconocidos, de 1974.

“Provistos de escopetas,
los apasionados de la caza
se pusieron a cazar en
el interior del palacio”

Vasos comunicantes

En contratapa del presente volumen, se afirma que “El caos” es “uno de los referentes más importantes y vivos de la narrativa argentina, como El juguete rabioso, La invención de Morel y Ficciones”. Es un juicio particular y a mi entender excesivo, puesto que implica ubicar a Wilcock entre los más reconocidos autores del relato nacional. Pero, siempre desde mi perspectiva, esto no niega el valor de su originalidad.

La iconoclasia de sus textos parecen ubicarlo más próximo a otros escritores de su época juvenil, tales como Macedonio Fernández, o Santiago Dabove. También, “saltando el charco”, al uruguayo Felisberto Hernández, aunque difícil que se hubieran conocido. Mucho más "feroz", y de posiciones estéticas más radicalizadas, a Wilcock debe vinculárselo a las heterodoxias de su tiempo, con las que mantuvo vasos comunicantes. Como también, y a su modo, las sostuvo con su admirado Jorge Luis Borges (“creo que es el mejor prosista del mundo”, llegó a decir) y, también, con otro escritor singular: el Marcel Schowb de “Vidas imaginarias”.

Al reeditarse “El caos” en 1999, el escritor argentino Ariel Dilon, con mucho acierto expresó; “Como el protagonista del cuento que da título al volumen, Wilcock descubre que el orden aparente de las vidas y de los días es apenas un accidente, una excepción, siempre a punto de ser desbaratada, y borrada, cuando el verdadero amo del mundo repare en ella. Autor y personaje saltan antes del impacto y abordan la piedra de la destrucción, convertidos en sacerdotes dedicados a introducir el caos allí donde su propia indiferencia le había impedido reinar”. (Revista "Tres Puntos", Buenos Aires, 15/7/1999, p.88).

Dieciocho relatos (cuatro de ellos rescatados para la última reedición) componen este muestrario de seres y situaciones extremas, en los que conviven una cierta forma de piedad (o, al menos, de comprensión de la soledad humana) con situaciones de horror. Hay náufragos, personajes que se pierden en pueblos fronterizos, mujeres que a su vez se extravían en parques de diversiones en los que la Verdad está escondida entre ratas, porque las historias de Wilcock son confusas como confusa es la vida que sólo un Demiurgo impreciso, inconstante, indescriptible, parece conocer. Descifrar.

Admiraba a Borges,
a Bioy y a Silvina, con
quien mejor se llevaba

El trío irrepetible

Mientras vivió en Argentina a los pocos que respetaba era a los integrantes del inefable trío integrado por Borges, Bioy y Silvina Ocampo. Un contertulio de la época, Marcelo Abadi, expresó que a esta última “la adoraba”. Con ella escribió una obra teatral, “Los traidores”. Eran escasos sus afectos literarios y en general la Argentina peronista lo asfixiaba, como le ocurría por el mismo tiempo a Julio Cortázar. El autor de “Rayuela” optaría por París, Juan Rodolfo por Londres

Volvió brevemente a Buenos Aires y luego decidió radicarse en Italia, de la que nunca más regresó y en la que adoptó la lengua de ese país donde, como expresé, murió en 1978. La revalorización de su obra ya había comenzado por voces fundamentales de la Península, como lo fueron Alberto Moravia, Elsa Morante, Pier Paolo Pasolini e Italo Calvino, por nombrar a los más significativos. Con cierta lentitud también ha comenzado a ser reconsiderada en su país natal.


Más allá de afectos y desafectos, de antipatías y simpatías, la obra de Wilcock se caracteriza por su originalidad, sus propuestas rupturistas, la decisión de ser un “extraterritorial”, al decir de George Steiner, “viviendo” en su lengua, en su auténtico territorio personal, allí donde sólo pueden habitar los grandes, como ocurriera con Nabokov o Gombrowicz, con Beckett o Joyce. Aunque empobrecido en múltiple sentido, la ambición literaria nunca lo abandonó y ese fue su gran legado.

“Y en ese momento, delante del mar del mercurio que la luna y la espuma adornaban con superior distracción, vigilado por un águila, suspendido entre el cielo y los escollos en una gruta, me pareció entrever una especie de verdad, un pliegue por así decir de la túnica transparente de la Verdad que hasta entonces me había eludido. Y esa verdad era el absoluto imperio del caos, la omnipresencia de la nada, la suprema inexistencia de nuestra existencia”.

Perfil

Juan Rodolfo Wilcock nació en Buenos Aires en 1919. Se recibió de ingeniero civil en 1943. Vivió un tiempo en Mendoza trabajando en la construcción del ferrocarril trasandino, pero abandonó su profesión para dedicarse a la literatura. A partir de 1957 se estableció en Italia, donde permaneció hasta su muerte, ocurrida en 1978. Incursionó en todos los géneros literarios: poesía, relatos, novelas, teatro. También se desempeñó como traductor. Obra publicada: “Libro de poemas y canciones” (1940), “Ensayos de poesía lírica”, “Persecución de las musas menores” (ambos de 1945), “Paseo sentimental”, “Los hermosos días” (ambos de 1946), “El caos”, “Hechos inquietantes” (ambos de 1960), “El estereoscopio de los solitarios” (1972), “El templo etrusco”, "Los dos indios alegres” (ambos de 1973) y “Sexto” (1999). En colaboración con Silvina Ocampo escribió “Los traidores” (1956). Ediciones póstumas: “El libro de los monstruos” (1978), “Poemas” (1980), “La sinagoga de los iconoclastas” (1981), “El ingeniero” (1996) y “La boda de Hitler y María Antonieta en el infierno” (2003). “El caos” fue reelaborado por Wilcock en su totalidad y apareció por primera vez en castellano en 1974. Participó como actor de reparto en “El Evangelio según Mateo” de Pier Paolo Pasolini y su relato “Los amantes” fue base del cortometraje del mismo nombre dirigido por el argentino Nahuel de la Calle.
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Algunos enlaces:
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Video: Semblanza de J.R. Wilcock, de MandragoraBCN (traducida del italiano, subida a YouTube en 2009. Duración: 9,27 minutos).

domingo, 14 de junio de 2015

Premian en España al cubano Leonardo Padura y al argentino Ricardo Piglia

Con escasos días de diferencias, dos connotados escritores latinoamericanos han recibido los más importantes premios que se otorgan en España. En efecto, el cubano Leonardo Padura fue distinguido con el Princesa de Asturias de las Letras en tanto el argentino Ricardo Piglia obtuvo el Premio Formentor, recuperado hace cinco años luego de cuatro décadas.

En cuanto a Padura, al recibir el galardón expresó que “lo tomaba como un triunfo de la literatura cubana”. Agregó que lo consideraba “un gran honor", asumiéndolo como reconocimiento ”a tantos años de soledad en el estudio, lleno de dudas y de los temores de la creación”, según le dijo a Martín Rodríguez Yebra, corresponsal en Madrid de "La Nación" de Buenos Aires.

Padura, creador del detective Mario Conde (cuyas historias lleva plasmadas en siete novelas, mientras prepara la octava y concluye un guión para una película basada en sus primeras cuatro historias), ha publicado recientemente un excelente libro de cuentos, “Aquello estaba deseando ocurrir”, que debe haber interesado al jurado, aunque también es de alta significación su novela “El hombre que amaba a los perros”, en el que repasa la vida de Trotski (y la de su asesino, Ramón Mercader) en el exilio mexicano.

En cuanto a “Aquello estaba deseando ocurrir”, puede decirse que si bien no se evidencian en esos textos definiciones políticas taxativas, es dable afirmar que en gran parte de tales sólidos cuentos se impone la crítica al sistema de vida en Cuba. Sus personajes son en su mayoría seres patéticos, ganados por la tristeza y la impotencia. Su autor los ha definido de otra manera: “Mis personajes son trágicos como (lo es) la realidad cubana”.

“Pero ahora, mientras
escucho un bolero
cantado por Bola de Nieve”

La vida de todos los días

Estos relatos fincados en el realismo abarcan un amplio período, dado que el primer cuento data de 1985 y el último fue escrito en 2009. De manera que la “realidad” modificada de Cuba a lo largo de ese tiempo se filtra en los relatos s que Padura ha modelado con elementos nobles, vale decir en ellos no hay caídas en los lugares comunes, eluden el panfleto o la “denuncia” y dejan de lado la estridencia.  El autor nos cuenta lo que les ocurre a sus personajes (muchos de ellos evidentes alter-egos) y –especialmente- cuanto no les ocurre.

Por cierto, hay “resonancias” de la narrativa norteamericana (como al pasar, el autor  nombra a Hemingway), pero Padura busca y logra tener un decir que le es propio. Y la historia cubana, con sus períodos particulares, su marcada ideología, los cambios de timón dispuestos por el gobierno (dispuesto por los Castro, a los que no se nombra, como apenas si se menciona al Partido Comunista o a las directivas diversas que reciben los habitantes de la isla), incide de manera significativa en las vidas de estos protagonistas y las anécdotas que Padura narra.

A los 30 años (en 1985), el creador del detective Mario Conde participó de la guerra en Angola en la que Cuba se vio involucrada durante una década (1978-1988) y llegó a enviar hasta 80 mil efectivos. Esa guerra, que tanto debe haber repercutido en su vida personal, es un disparador de dos de los mejores cuentos de la serie: “Los límites del amor” y, especialmente, “La puerta de Alcalá”.

En dichas ficciones, y en la mayoría de los relatos que conforman el libro, prevalece la espera, la sensación casi metafísica de la espera, como si esperar fuese un rasgo existencial e insoslayable. “Algo” va a ocurrir, debería pasar, pero ello nunca se concreta. Por extensión, por deducción de detective al paso, se podría decir que se trata de la espera de más de cincuenta largos años del cubano medio. Y como ese “algo” no pasa, entonces son muchos los que toman el desgarrador camino del exilio, rumbo a lo desconocido.

“En El Vedado la gente se
olvida un poco del frío y
sube y baja la Rampa”

Quedarse en La Habana

Se sabe que Padura, pese a tener nacionalidad española, decidió quedarse en Cuba y no sólo eso, sino seguir residiendo en el barrio natal de Mantilla, en las afueras de La Habana. Y en la misma casa donde nacieron su padre y su abuelo… Esa fidelidad es la que le permite saber de qué habla cuando sus personajes se expresan. Y, de manera especial, cuando callan, cuando es el lector el invitado a deducir (como ocurre con los personajes de otro norteamericano: Raymond Carver). “Me quedé en Cuba para escribir”, comentó en un viaje a España realizado para presentar este libro.

Volviendo a él: sí, callan lo suyo los personajes de Padura. Le ocurre al borracho de “Nochebuena con nieve”, porque a nadie puede contar cuanto le ocurrió con su ex cuñada en una erótica e increíble, y única, noche de Navidad y cómo extraña aquello, extrañeza imposible de superar porque al día siguiente de aquel encuentro la mujer buscó refugio en Miami…

Le ocurre también a Alcides en “La puerta de Alcalá”, quien necesita, subrayado, ver en Madrid una muestra única que se exhibe en El Prado del genio de Velázquez para lo cual consigue una autorización especial, de escasas horas, mientras quien le autoriza el viaje (debe trasladarse de Angola  a Cuba), teme que lo traicione y deserte no bien pise tierra española. Pero en Madrid le ocurre otra cosa, un encuentro que resulta al mismo tiempo esclarecedor, liberador aunque también desgarrador. La historia, con situaciones y escenarios cambiantes, extensa, resulta para mí lo más atractivo del libro.

Sin detenerme en cada uno de los trece textos que integran el libro, concluyo hablando de  “Mirando al sol”, en el que Padura despliega su sabiduría de escritor. Durante varias páginas cuenta la historia de unos marginales que sólo piensan en y viven para el sexo, el alcohol, la droga y las trapacerías. Son vagos y pusilánimes y como tales se comportan. Sólo les importa el ahora, el placer inmediato, obtenido a como dé lugar, pero no tardarán en meterse en problemas, de los que salen (como es de esperar) de la peor manera. Y “resolverán” la situación cavando más en el pozo de sus equívocos. Será en esas páginas finales, brillantes y desoladoras, donde el cuento encontrará su explicación. Y Padura nos habrá dado otra “lección” de inolvidable escritura.
Merecido, el Princesa de Asturias.
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“Aquello estaba deseando ocurrir”, de Leonardo Padura. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2015, 260 páginas. En España: 18 euros. En Argentina: 219 pesos.

“El rostro de la Virgen era definitivamente hermoso y algo en él la emparentaba con Valeria, que ahora se había despojado de sus espejuelos para contemplar aquellas obras de Giotto que aseguraba conocer milímetro a milímetro y el calor de la mano breve de la muchacha, envolviendo la mano de Miguel, fue una sorpresa que se transformó en reveladora certidumbre de que todo podía ser distinto”.


Video: Fallo sobre el otorgamiento del premio Princesa de Asturias a Leonardo Padura (duración; 1,38 minutos)



En el territorio de Ricardo Piglia


El jurado presidido por Basilio Baltasar y formado por Darío Villanueva (director de la Real Academia Española) y los escritores Félix de Azúa, José Ángel González y Marta Sanz acordó entregarle al argentino Ricardo Piglia el Premio Formentor 2015, por considerarlo “autor de una obra narrativa que se desenvuelve armónicamente entre la originalidad y la cultura popular, y la tradición más exigente”.

En su fallo, el jurado agregó que la obra de Piglia “se sitúa por encima del proceso de desliteraturización que padece la novelística actual y vuelca en el poso de un ferviente lector la mirada de un crítico literario perspicaz y el conocimiento de un teórico de la literatura”.

Los cincuenta mil euros que el autor de “Respiración artificial” recibirá en septiembre próximo le serán entregados a su editor, Jorge Herralde, y a la nieta de su mujer, Marta Eguía, dado que Piglia está afectado por una dura enfermedad que le impide viajar.

No obstante padecer ELA (esclerosis lateral amiotrófica), el escritor argentino se encuentra en plena producción. En efecto, luego de haber publicado su “Antología personal” (Fondo de Cultura Económica 2014/Anagrama 2015), termina de aparecer en Buenos Aires su miscelánico ensayo “La forma inicial” (Eterna Cadencia), en tanto Anagrama confirmó que finalmente, y luego de una extensa espera y negociación, editará sus diarios literarios, que el autor viene escribiendo desde su juventud. El primer tomo de “Los diarios de Emilio Renzi” (su alter ego por antonomasia; Emilio es su segundo nombre y Renzi su segundo apellido), se conocerá en septiembre con aparición simultánea en Barcelona y Buenos Aires con el título de “Los años de formación”. Habrá dos títulos más, a aparecer el primero el año próximo (“Los años felices”) y el tercero y último en 2017 (“Un día en la vida”).


Nacido en Adrogué, provincia de Buenos Aires, en noviembre de 1941, Piglia ha hecho de la heterodoxia narrativa y de una amplia ensayística la base de su obra, De manera directa o sesgada la realidad política y la historia argentina "informaron" a libros fundamentales de su narrativa, como "Respiración artificial" (su obra capital), mientras que con otros, como ocurriera con su libro/homenaje a Macedonio Fernández "La ciudad ausente" se atreve a la experimentación extrema, como también va a ocurrir años más adelante con su penúltima novela, "Blanco nocturno". 

Policial, thriller puro (y reflexión político-social) es "Plata quemada" y remedo de policial, o policial sesgado, resulta su más reciente ficción, "El camino de Ida", en tanto que aún conmueve su exacto "Homenaje a Roberto Arlt" y su apéndice "Luba" (en el libro de cuentos "Nombre falso"). También, aparte de Arlt, han resultado muy importantes sus contribuciones sobre las obras de Borges, Gombrowicz y Saer, entre otros. Sus trabajos comprenden cinco novelas, seis libros de cuentos, otros tantos de ensayos, guiones de cine y uno de ópera, así como múltiples artículos periodísticos. Ha recibido más de una decena de premios, nacionales e internacionales, y diversas distinciones. Dictó cátedra en universidades de Estados Unidos y de Argentina. Interpreto que una obra tan rica, diversa y hasta controversial, pero nunca menor, también merece la distinción recibida.
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En su origen, el Premio Formentor fue una iniciativa de la entonces independiente editorial Seix Barral dirigida por Carlos Barral. Fue otorgado entre 1961 y 1967 por varios sellos internacionales y los propietarios del hotel del mismo nombre de Mallorca. Dividido en dos partes, el Premio Internacional –destinado a autores de resonancia mundial- fue recibido por Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Uwe Johnson, Carlo Emilio Gadda, Nathalie Sarraute, Saul Bellow y Witold Gombrowicz. A su vez el propio Premio Formentor, que reconocía a la considerada “novela del año” presentada por una editorial y luego de premiada publicada por las restantes, en esos años recayó en Juan García Hortelano, Dacia Maraini, Jorge Semprún, Gisela Elsner y Stephen Scheneck. Recuperado en 2011, se entrega ahora en el hotel Barceló Formentor y ha sido recibido por Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Javier Marías, Enrique Vila-Matas y este año por Ricardo Piglia.

“El secreto es en verdad un sentido sustraído por alguien, Entonces, el texto gira en el vacío de eso que no está dicho, (…) tiene la particularidad de remitirnos a algo que está guardado, por lo que genera inmediatamente una serie bien conocida, se asimila con las distintas versiones que circulan de una misma historia, quién sabe qué, quién no lo sabe”. (De “La forma inicial”).


Video: Conferencia de Ricardo Piglia en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre “Los libros de mi vida” (con el director de la entidad, Juan Barja. Duración 52 minutos)