sábado, 18 de julio de 2015

"Termina el desfile", seguido de "Adiós a mamá", de Reinaldo Arenas. Una vida sin sosiego, una escritura inolvidable


“Termina el desfile”, seguido por “Adiós a mamá”, de Reinaldo Arenas. Tusquets, Buenos Aires, 2015, 289 páginas. Reedición en colección Maxi. En Argentina: 249 pesos.
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La reedición argentina de los cuentos completos del cubano Reinaldo Arenas, permite el reencuentro con la obra breve de un enorme, complejo y contradictorio escritor. “Con los ojos cerrados”, reunió, por primera vez en 1972 y en Montevideo, los primeros ocho cuentos que en la década de 1960 había escrito Arenas en su isla natal, cuando era un joven entusiasta y desconocido que, procedente de Holguín –en el interior rural del país- se había radicado en La Habana y sostenía una adhesión militante a la Revolución que terminaba de triunfar.

Eran cuentos potentes, inaugurales, de alta creatividad y fluida escritura que deben haber llamado mucho la atención, porque resulta siempre infrecuente que una persona joven y desconocida logre sorprender con aportes renovadores. Por comparación, podrían recordar (en forma parcial) una cierta forma de escritura de la que se “apoderaría” Gabriel García Márquez a partir de “Cien años de soledad”, pero sus cuentos que abrevaban tanto en el surrealismo como en la realidad de su país, así como en sus costumbres y leyendas, no se escribieron bajo el influjo del colombiano, porque se trató de una escritura independiente y en muchos casos anterior a la de Gabo. Simplemente, ellos no llegaron a tener contactos, dado que casi al mismo tiempo y en geografías diferentes buscaban sus propios caminos.

En cuanto a Arenas, como es conocido, a poco “andar” en términos creativos y personales, sus actitudes rebeldes y provocativas le cerraron muchas puertas haciéndolo enfrentarse con el régimen castrista, a punto tal que fue con presteza apartado de la “nomenclatura”, castigado con dureza (dos años de prisión efectiva, confinamiento en un “campo de reeducación”), hasta que dejó de ser publicado y se intentó que su nombre quedara sepultado en el olvido. Eso, a pesar de la gran calidad de sus textos y a que su novela “Celestino antes del alba” (1967), resultó ser uno de los textos más renovadores que dio Cuba (y que dio nuestro idioma) por aquellos años.

Marginal por definición, Arenas llegó a vivir en un parque público, vio prácticamente toda su obra destruida y por fin fue expulsado desde el puerto de Mariel en 1980, radicándose primero en Miami y luego en Nueva York, donde contrajo sida y terminó suicidándose en 1990, no sin dejar su testimonio/testamento literario, “Antes que anochezca”, un texto desgarrador.

“En manadas, entre las pedradas,
el polvo y el tiroteo, van entrando,
 vamos entrando” (toma de la
embajada de Perù, La Habana, 1980)

Así termina el desfile

En el primer cuento de esta antología, “Comienza el desfile” (1965), se expresa la celebración por el fin del batistato y el ascenso al poder de los guerrilleros barbudos que habían peleado en la Sierra Maestra liderados por Fidel Castro. Pero esa visión ya es sesgada, puesto que quien habla es un pequeño traidor, quien no hubiera merecido celebrar porque, a la hora de “jugarse” por la revolución no lo hizo. Como suerte de contrapartida, en el último relato de la serie, ya escrito en el exilio, “Termina el desfile”, el protagonista-narrador cuenta lo que fue el asalto a la embajada de Perú, en 1980, de la que participó el propio Arenas, una toma masiva, con mucha represión, que implicó la expulsión de miles de cubanos desde el Puerto de Mariel, entre abril y octubre de ese mismo año. Es decir, el protagonista –que puede ser el mismo del primer relato- cuenta su desilusión, su ruptura definitiva con el propio proceso revolucionario.

Escrita en un corto plazo (entre 1964 y 1968), o sea entre los 21 y los 25 años del autor, la serie de ocho relatos admite múltiples vasos comunicantes: son textos desmesurados, transcurren en el ámbito rural, el paisaje se muestra tan feraz como feroz y resulta notoria la dificultad del protagonista para comunicarse con los otros (en general, con las otras, porque hay pocos hombres-personajes en estos cuentos en gran parte esperpénticos, poblados de monstruos –aunque tengan rostros y actitudes humanas).

“Rosa”, el texto más largo de esta parte del libro es, por comparación, el más “concesivo”, puesto que muestra a través de una propietaria rural los cambios profundos que ha producido la revolución y que ella no termina de interpretar, comprender ni, menos, compartir. En cambio, el resto es desmesura constante, muestras reiteradas de disfuncionalidad familiar, incomprensión, magia, personajes brujeriles (especialmente unas tías que parecen estar en permanente aquelarre) y un lenguaje exuberante, riquísimo, que se corresponde con los “excesos” de estos textos, tan ligados a las novelas fundamentales de Arenas, que transitan por senderos similares: “Celestino” y “El mundo alucinante”, escritas en la misma época.

La desmesura continuará acompañando en el exilio a Arenas, quien se volcará a las novelas (en los Estados Unidos escribirá ocho en total, en tanto reorganizará los textos desperdigados que en su enorme mayoría había perdido –o se los habían destruido- durante su vida en la Isla). También escribió poesía, apuntes de tipo político, ensayos, teatro, memorias y algunos cuentos. Estos últimos, en forma póstuma y con el título de “Adiós a mamá”, se publicaron en libro en 1995.

“¿Cómo se llamaba esa
película? ¿y sobre todo
ella, la actriz, tan hermosa?
¡Ingrid Bergman!”

La madre terrible

Los cuentos que integran esta segunda parte no guardan entonces unidad, ni han tenido esa intención. En su errante vida de una década en los Estados Unidos, durante la cual –apátrida, homosexual- vivió de manera muy irregular (en el video incorporado a esta nota pueden escucharse las propias declaraciones de Arenas que ilustran al respecto), escribió también “a los saltos”, resultando su intención central enfrentar en obra al gobierno y a la política encarnados por Fidel Castro (de quien ofrece la peor imagen en su esperpéntica novela “El color del verano”, publicada de manera póstuma en 1999).



Los relatos son dispares, pero de todos ellos corresponde hablar de “Final de un cuento”, en el que el protagonista lleva con él las cenizas de un amigo que no ha podido soportar el exilio y ha terminado suicidándose. Y las lleva a Cayo Hueso, a la máxima cercanía posible, desde los Estados Unidos, a Cuba, para que simbólicamente su amigo se reencuentre con el mar, con todo lo perdido. Cuento melancólico, bellamente escrito, es también el mensaje crepuscular de Arenas, la despedida conmovedora de alguien que sólo en la muerte debe haber encontrado el sosiego que nunca tuvo en vida.

“Y yo en la sala, ya sin poder oír a Miguel Aceves Mejía. Y yo en la sala, dándome sillón, sin saber qué hacer. Y abuelo regando el flit noche tras noche; sin nada que comer y con esta casa llena de mosquitos, de cucarachas y ratones. ¡Ratones!, cualquier día vendrán silbando hasta mi cama, me tomarán por los pies y me llevarán hacia no sé qué sitio, a sus cuevas oscuras; allá, donde termina el mundo…”.

Perfil

Reinaldo Arenas nació en Holguín (Cuba), en 1943 y, enfermo de sida, se suicidó en Nueva York, donde estaba exiliado, en 1990. Hijo de una familia de campesinos, adhirió al principio a la revolución castrista, pero su rebeldía contra todo dogmatismo no tardó en convertirlo en un «peligro social». Tras unas penosas vicisitudes, que narró en su autobiografía “Antes que anochezca” (publicada en forma póstuma en 1992), Arenas fue expulsado de Cuba en 1980 y luego de pasar un tiempo en Miami se instaló en Nueva York. Durante su exilio, reelaboró gran parte de su obra, que estaba prohibida en Cuba y había sido varias veces destruida, como parte del hostigamiento que sufrió por su condición de opositor y homosexual. Su obra comprende las novelas “Celestino antes del alba” (1967, el único trabajo que vio publicado en su isla natal), “El mundo alucinante” (1969; texto enviado clandestinamente a Francia, donde apareció antes en ese idioma que en castellano), “El palacio de las blanquísimas mofetas” (1980, publicado por primera vez en Venezuela), “La vieja Rosa” (1980; con ese mismo título publicó un relato largo junto a otros cuentos en 1972 en Uruguay), “Otra vez el mar” (1982, debió reelaborarlo en el exilio, luego de que dos versiones anteriores fueran destruidas en Cuba), “Arturo, la estrella más brillante” (1984), “La loma del ángel” (1987), “El asalto” (1988), “El portero” (1989) y “El color del verano o Nuevo Jardín de las Delicias” (1999, póstumo). Cuentos y relatos: “Con los ojos cerrados” (1972), “Termina el desfile” (1981), “Viaje a La Habana” (1990, integrada por tres relatos) y “Adiós a mamá” (1995, póstumo, con prólogo de Mario Vargas Llosa). Antologías poéticas: “El central” (1981), “Voluntad de vivir manifestándose” (1989) e “Inferno” (2001, póstumo, poesía completa con prólogo de Juan Abreu). Ensayo: “Necesidad de libertad” (1986). Teatro: “”Persecución” (1986, cinco obras teatrales). Arenas denominó “Pentagonía” a las novelas “Celestino antes del alba”, “El palacio de las blanquísimas mofetas”, “Otra vez el mar”, “El color del verano” y “El asalto”. En el año 2000 Julián Schnabel filmó “Antes que anochezca”, con Javier Bardem interpretando a Reinaldo Arenas y una década más tarde Jorge Martín dirigió una ópera basada en el mismo libro. Basado en su vida, Manuel Zayas presentó en 2004 “Seres extravagantes”, filmado clandestinamente el año anterior en Cuba.
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Algunos enlaces;
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Video: homenaje a Reinaldo Arenas en París (subido a Youtube en 2009, duración 10.37 minutos)

jueves, 9 de julio de 2015

"Gran Cabaret", de David Grossman. Una gran historia, un gran autor


“Gran Cabaret” (“Sus ejad nijnas lebar”), de David Grossman. Lumen, Barcelona-Buenos Aires, 2015, 236 páginas. Traducción de Ana María Bejarano. En España: 17,90 euros – En Argentina: 179 pesos.
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Escritor versátil si lo hay, el israelí David Grossman es uno de los autores contemporáneos más interesantes porque sabe contar historias humanistas, emocionales sin convenciones ni gratuidades, alguien que conoce cómo hundir el escalpelo y “narrarnos” el desconcierto de lo humano, que incluye el amor y la soledad, el desamparo, las alegrías y las tristezas del existir.

Escribe, en cantidad y calidad, pasa de temas (en apariencia) sencillos a otros, complejos, con imaginación y reiterado talento, y en todos los casos no podrá decir el lector, luego de recorrer sus libros, “aquí no ha pasado nada”. Puede “pasar” la vida (la extensa “La vida entera”, en la que habla nada menos que de la muerte de su hijo, alcanzado por un misil cuando era sargento de tanques en el ejército issraelí; él, un pacifista convencido y militante, que no ha arreado la bandera), puede hablar del amor y el deseo físico en “Deseo”, o puede, como acontece en esta ejemplar “Gran Cabaret”, referirse a un viejo actor quien se desnuda hasta lo último en un ínfimo bar de un pueblo perdido, en un acto de stand up que llega a ser desgarrador.

Es cierto que de su extensa producción –que por suerte puede conseguirse con bastante facilidad en castellano (e incluso en Argentina, adonde lamentablemente llega sólo parte de lo que se produce en nuestro idioma fronteras afuera; “Gran Cabaret” se vendió tres o cuatro meses después de su primera aparición en España)- seguimos impactados por su gran libro “Véase: amor”, en el que intentó entender el Holocausto en la voz de quien fuera niño entonces, sin olvidar las propias voces de los nazis. Por suerte Grossman ha tenido y tiene mucho más para dar. Y “Gran Cabaret” lo certifica.

Dóvaleh es el viejo actor (más bien envejecido, no llega a los sesenta años), quien encara el monólogo y un juez, Avishai Lazar, ya jubilado y que fuera amigo en la niñez de ambos, el convocado para que lo vea actuar y, como mejor se le ocurra, deje constancia de lo que pase en el escenario.

“(Mi padre) era un barbero
fuera de serie, y a mí nunca
me cobró, aunque eso fuera
en contra de sus principios”.

En el centro, el amor


Sí, porque esa palabra grave (y tantas veces gravosa, es decir pesada, cuando no intolerable), da sustento a esta historia en la que el cómico pasa del chiste fácil a la reflexión más profunda, a lo largo de un monólogo sólo “interrumpido” por las meditaciones y los recuerdos del juez-testigo.

Dóvaleh no vacila en jugarles con sus mejores recursos a los espectadores, se exhibe sin pudibundez ninguna, se muestra a veces comprensivo de los otros o –de inmediato, como quien muta todo el tiempo, a un ritmo de vigorosos, arriesgados e imprudentes saltos mortales- agrede y hasta lastima, porque su propósito es (como ya expresé) desgarrarse, mostrarse al desnudo, al hueso, sin afeites ni hipocresías.

Él se presenta como el desclasado por excelencia, aquél que, llegado el caso, si se detuviera a atarse el cordón de los zapatos nadie se quedaría a esperarlo, porque los otros “ni siquiera” se darían cuenta de que se ha detenido.

“Andar con las manos tenía otra
gran ventaja: que no se fijaban en
ella. Ella podía seguir caminando
como si nada”

El humor que libera

Aunque se confiesa un hombre serio, poco amigo de bromas fáciles, Grossman admite que ”el humor es una forma de ser libres, aun en una situación que es como una cárcel”, según le señaló a la periodista Patricia Kolesnicov, de “Clarín” de Buenos Aires, en una reciente entrevista. En esta, su nueva búsqueda expresiva, el autor de “El chico zigzag” empieza su historia apelando a chistes sencillos, propios o tomados de la calle, para ir adensándola de a poco, como quien pasa de la comedia a la tragedia en ritmo lento, pero constante y muy calculado.

El centro neurálgico de este striptease existencial lo constituye lo que le ocurrió a Dóvaleh cuando, siendo aún niño, se encontraba participando de un campamento de verano. Y lo que le pasó fue que debió interrumpir sus tareas y viajar de urgencia de regreso a Jerusalén porque ha ocurrido una desgracia familiar.

El viaje de regreso, en un tiempo remoto que en la memoria del cómico se vuelve cruel presente, con un chofer que a su vez va contándole chistes para animarlo, resulta ser una verdadera “novela de iniciación”, un pasaje –abrupto, en este caso- de la niñez a la adultez, aprendizaje de la vida que le exige todo al pequeño infeliz (porque lo es, cabalmente). Y no ha dejado de serlo el hombre grande que de manera tan descarnada cuenta su historia. Su vida entera.

Dóvaleh no ha dejado de recordar a su madre y no ha podido olvidar lo que fue la soledad en su vida familiar, los esfuerzos que hacía para sostener espiritualmente a su progenitora, quien había sufrido las peores experiencias en su huida por Europa, durante el nazismo, y al mismo tiempo tratar de establecer algún lazo de afinidad con su padre, sin lograrlo. Historia pues de una incomunicación raigal, profunda, que Grossman expone de manera cruda, sin anestesia. Dice bien la argentina Laura Galarza en “Página 12”, de Buenos Aires: “Después de leer a David Grossman el lector necesitaría algún tipo de retiro espiritual”. Gran autor, excelente libro.
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La traducción del título original en hebreo es “Un caballo entra a un bar", porque en Israel con esas palabras comienza una serie de chistes. Grossman ha aclarado que las bromas seleccionadas no han sido hechas al azar, sino que guardan intencionalidad literaria.

“Un día, así, sin más, puse las manos en el suelo, levanté las piernas y me caí. Una vez, dos veces. Mi madre me aplaudía porque creía que lo hacía para hacerla reír y puede que fuera verdad (…) Me di cuenta de que a mi madre le entusiasmaba, así que volví a lanzar las piernas al aire, perdí el equilibrio, lo intenté de nuevo, y ella se reía con ganas. Lo seguí intentando hasta que encontré el punto de equilibrio. Entonces me sentí muy bien (…) Supe que había encontrado un sitio en el mundo en el que no había nadie más, excepto yo”.

Perfil

David Grossman nació en 1954 en Jerusalén. Empezó a trabajar en la radio israelí, pero desde 1988 se dedica exclusivamente a la escritura de novelas y ensayos, que compagina con la actividad de articulista para los periódicos más prestigiosos del mundo. Es autor de diversas obras de ficción para adultos, numerosas novelas para niños, y textos sobre temas políticos y medioambientales. Obra narrativa: “Duelo” (novela infantil, 1982), “La sonrisa del cordero” (1983), “Véase: Amor” (1986), “El libro de la gramática interna” (1991), “El chico zigzag” (1994), “Tú serás mi cuchillo (1998), “Llévame contigo” (2000), “La memoria de la piel” (dos novelas cortas: “Delirio” y la que da título al volumen; 2003), “La vida entera” (2008), “Más allá del tiempo” (2011), “El abrazo” (2013) y “Gran Cabaret” (2014). Ensayos: “El viento amarillo” (1987), “Presencias ausentes” (1994), “La muerte como forma de vida”, “Los tres mundos· (ambos de 2003), “La miel del león. El mito de Sansón” (2005), “Escribir en la oscuridad” (2010) y “Conocer al otro por dentro o el deseo de ser Gisela” (2013). Cuatro de sus novelas han sido llevadas al cine y ha recibido una veintena de premios, tanto en su país como en el exterior. Se lo ha considerado en varias ocasiones como fuerte postulante al Premio Nobel de Literatura. Vive en las afueras de Jerusalén con su esposa Michal, psicóloga infantil, con la que tuvo tres hijos. Uno de ellos, Uri, murió en El Líbano, alcanzado por un misil, en 2006. Es un férreo defensor del diálogo israelí-palestino y activo pacifista, lo que le ha acarreado no pocos problemas en su vida cotidiana.
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Algunos enlaces:
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Video: Entrevista a David Grossman en el programa “Página Dos” de Televisión Española (12/4/2015, duración 10.11 minutos)