jueves, 27 de agosto de 2015

"Las varonesas", de Carlos Catania. Un gran rescate

“Las varonesas”, de Carlos Catania. Las Cuarenta, Buenos Aires, 2015, 599 páginas. Prólogos de Guillermo Belcore y Néstor González. En Argentina: 350 pesos.
…..
Novela prohibida para lectores indiferentes. Su autor, el escritor argentino Carlos Catania, desdeña a quien no se quiera complicar, a aquél que busque leer “por arriba”, sin asumir riesgo ninguno. Reclama al comprometido, a quien exige como pocos si se decide a sumergirse en las páginas de “Las varonesas”, texto de 1978 hoy rescatado, que recuerda los postulados del joven Mario Vargas Llosa, cuando en sus primeros y ambiciosos trabajos quería acercarse a ese imposible que es la Novela Total.

Porque, en efecto, colocándose en las antípodas del hacedor de bestsellers, Catania alberga la idea de la grandeza, de la gran empresa, (como si fuera una nueva búsqueda de la ballena blanca), en este trabajo ciclópeo, que le demandó cinco años de escritura (más otros veinte, anteriores, de pensarlo y proyectarlo en su mente) y que estuvo injustamente olvidado durante casi cuatro décadas a pesar de que se trata (estoy convencido de ello) de un texto central de la literatura argentina.

Porque ésta es sin duda, una novela infrecuente, que abreva en “El matadero” y en “Amalia”, en “Facundo” y en “Los siete locos” y en “Los lanzallamas”, en “Adán Buenosayres” y en varias de las fundamentales novelas de Bioy Casares (“Plan de evasión”, “El sueño de los héroes”, “Diario de la Guerra del Cerdo”). En “Sobre héroes y tumbas”. En “Respiración artificial”. En “Cicatrices”. Es decir, en los textos argentinos fundamentales en los que las pasiones han cobrado papel protagónico.

“Las varonesas”, es tan extensa como intensa, no da ni permite respiro. Aquí todo parece confluir, desde el crimen al incesto, desde la crueldad extrema al amor más generoso, y en la que el paisaje, los paisajes, cobran papel co-protagónico, correspondiéndose con el estado de ánimo de sus protagonistas.

“Más allá, por sobre las mesas,
pudo ver cómo la luz de la tarde
se extinguía insensiblemente
sobre los árboles ya en sombra
de la Plaza España”.

Alfredo, el ángel caído

Alfredo es el personaje capital de la novela. Un hombre joven y talentoso, atormentado, nihilista en extremo que duda de todo y en realidad no termina creyendo en nada. Es un escritor sin obra, pero que vive obsesionado por la literatura. Escribe en cuadernos su “teoría del error” y –a la vez- su mente parece un libro en constante elaboración, como un work in progress febril en el que resuenan las recurrentes palabras de Shakespeare: ”La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido".

La novela se abre espléndidamente en un famoso y viejo café aún hoy existente en Santa
Fe (nombre actual: “Tokio Norte”; foto), en el que Alfredo juega al billar. También allí zigzaguea una rata, animal que se volverá fáctico, mensajero de lo terrible, casi al final de la novela, muy lejos del lugar donde transcurren las primeras acciones, que en un momento dado se trasladarán, en una jornada de intensa lluvia y de verdadera locura, al cementerio santafesino.

Al respecto, como deteniéndose en el devenir de la novela, el autor introduce en esas primeras páginas un “consejo para escritores” de significación: “Quien desconoce su ciudad no puede escribir una línea ni forjar planes extremos”.

La ciudad que se extiende a los parajes de las islas, concretamente a Arroyo Leyes (próximo a Santa Fe, zona de ríos, riachos, lagunas, que tributan al Paraná), en uno de los cuales se levanta una vieja casona caracterizada por las estatuas que la rodean y constituyen, suerte de útero de lo siniestro que se cocina en su interior, con esas “varonesas” (mujeres varoniles, ha querido decir) que de una u otra manera influirán en las vidas narradas, en las que habrá una madre enferma y un padre extraño y ausente. Y hechos terribles, de los que sólo se puede en esta crónica hacer referencia, porque será el lector el obligado a descubrirlos.

“Todos los camaradas estaban
allí, en las sierras de Zacapa,
no barbudos, como había imaginado
tontamente, ya que también
cumplían misiones en la ciudad”.

Un gran salto

“Las varonesas” reclama lectura atenta, un ir y venir por sus páginas, porque señales y símbolos, anticipos “indiciarios” (como quería Bioy) de lo que vendrá después, suponen marcas sutiles para el lector atento. Como un rompecabezas que deberá rearmarse, una y otra vez, hasta contar con el dibujo total.

Desde el primer momento (la mención a la rata, el hombre extraño –Julián Brocca- que llega a la casona, las cartas eróticamente inquietantes de la exótica Ciomara Triollet que recibe Alfredo) se anticipa que habrá, como finalmente, un cambio de clima, de escenario, de situaciones. Hecho que se produce cuando la novela “salta” al corazón de Guatemala, donde la vida “no vale nada”, como bien dice la canción.

El gran salto de la novela deposita al lector (y más tarde al propio Alfredo) en el corazón de las sierras donde un mítico –mitificado- guerrillero llamado El Castor libra su batalla contra un poder corrompido. Escenas que cobran un sesgo cinematográfico y que también se vuelven atroces cuando Catania habla de la cárcel, las torturas y los crímenes. Un sitio infernal, en el que la justicia está ausente y sólo parece haber lugar para la ignominia.

Intensa y terrible, con gran dominio de la “temperatura” literaria que la informa a lo largo de sus nutridas 600 páginas, la reedición de las “Las varonesas” es un acto de reparación y justicia. Debido, en primera instancia, a que Roberto Bolaño dejó escritas unas líneas ponderándola, a que el periodista argentino Guillermo Belcore las leyó y a partir de ellas (y de la entusiasta lectura que hizo de la novela) bregó para su publicación y a que el editor Néstor González “se animara” a publicarla. Conjunción de voluntades que corresponde destacar. Y agradecer.
....
“Las varonesas” tuvo un primer lanzamiento por parte de Seix Barral de España en 1978, pero aquí no fue nunca distribuida por resultar censurada, junto con “La tía Julia y el escribidor”, de Mario Vargas Llosa, por la dictadura de la época. Un hecho obviamente injusto, tan propio de esos años terribles, que ha postergado por demasiado tiempo el conocimiento de este libro entre los lectores argentinos.

“Rolando sintió el campanazo junto al oído. La tierra tembló. Hubo como una pausa en el universo. Apenas. El pesado badajo retumbó nuevamente, esta vez en el oído opuesto, dispersando infinidad de puntos luminosos y punzantes, ensordeciéndolo. Se llevó las manos a la cabeza y trató de decir algo, pero las palabras resonaron en su interior y no salieron de allí, reproduciéndose dolorosamente en un eco confinado por su cráneo. Cayó de costado y pensó me caigo, e inmediatamente otro golpe de badajo crepitó a lo largo de su cuello, y luego otro y otro, y su padre lo miró un instante indicándole algo con los ojos, algo que no llegó a comprender porque enseguida todo se oscureció con la precisa lentitud de un reóstato arrastrando vagas imágenes, multitud de colores girando en las cuencas”.

Enlaces
….
Perfil



Carlos Catania, autor, director y actor, nació en Santa Fe (Argentina) en 1931. Es autor de las novelas “Las varonesas”, “El pintadedos” y “Diario de Bonka”, de los libros de cuentos “La ciudad desaparece”, “La mutiladora” y “Como duermen las palomas" y de una veintena de obras teatrales. Con sus trabajos ha participado en diversas antologías publicadas tanto en Argentina como en el exterior. “Entre la letra y la sangre”, diálogos con Ernesto Sabato, ha sido traducido a múltiples idiomas. Ha dirigido e interpretado diversas obras en puestas teatrales realizadas en distintos países. También actuó en televisión y en diversas películas.

martes, 11 de agosto de 2015

"El nombre del juego es muerte", de Dan J. Marlowe. Sin aliento


“El nombre del juego es muerte” (“The Name of the Game is Death”), de Dan J. Marlowe. La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2015, 220 páginas. Traducción de Carlos Gardini. En Argentina: 187 pesos.
….
Roy Martin podría repetir las palabras del famoso delincuente Dillinger: “Vivo para el crimen”, porque él es un asaltante de bancos, un verdadero profesional en esa especialidad, que tiene una puntería infalible y no vacila a la hora de matar. Menos, cuando tiene que cobrarse alguna venganza.

“El nombre del juego es muerte” también podría haberse titulado “Sin aliento”, porque no hay pausas ni respiros en la alocada carrera de Roy, que en la novela comienza cuando con su compañero Bunny roba un banco en Phoenix, Arizona, donde ambos matan a dos guardias y se quedan con una bolsa cercana a los 200 mil dólares, una fortuna en los años ’60 del siglo pasado, cuando transcurre la historia.

A partir de allí será una fuga hacia delante que se saldará con nuevas muertes y que, por otra parte, llevará a Roy a un punto muy distante, Hudson, en el estado de Florida, donde ha ido a buscar refugio Bunny, porque algo grave le ha pasado a éste y Roy se ve obligado a llegarse a ese lugar para averiguar qué ha ocurrido con su compañero.

Los dos saben lo que es la lealtad en un mundo que no concede tregua y que obliga a vivir al máximo, en los límites. Otro título posible sería el remanido de “rápido y furioso”, aunque el pistolero sabe tascar el freno, pensar y actuar en consecuencia, por ser muy consciente de que cualquier paso en falso le puede significar la muerte.

“Giró hacia el Ford. Abrió la
parte trasera y oí que revisaba
el asiento. Yo le había pagado
con billetes de cien. El botín
tenía que estar en el coche”.


Un amoral

“-Usted es un amoral –me dijo el psiquiatra de la prisión-. No respeta la autoridad. Sus valores no son civilizados”, cuenta Roy (la historia está narrada en primera persona). Un amoral, que nunca justifica sus acciones, aunque cuando rememora su pasado tiene mucho para explicar, especialmente lo conflictivo que le resultó vivir con su familia, de la que escapó cuando era un adolescente para nunca más volver.

Roy es vengativo. Se vengó de un compañero de escuela que adrede soltó a su bóxer durante una exhibición y que de un solo mordiscón mató a su gata preferida. Después hizo lo propio con tres policías que le amargaron su vida cuando aún vivía con su familia. Y luego, cuando advirtió que su padre no daba pelea y que se dejaba vencer por las circunstancias, dejó su casa sin vacilación ninguna, confiando sólo en sus fuerzas.

En el “presente” de la novela, el protagonista recibe un balazo al asaltar el banco y pese a esa herida no trepida en recorrer caminos interminables, incursionando en pueblos desagradables y con habitantes más desagradables aún. Y metiéndose en problemas, de los que suele salir bien parado, pero acumulando crímenes. Él, como le dijeran en prisión, es un caso perdido y lo sabe. Sólo le queda la alternativa de sobrevivir.

Hasta que, por fin, llega al pueblo de Florida donde se ha perdido su socio y amigo. Pero debe disimular las razones de su presencia y es por eso que toma contacto con algunos poderosos a quienes les arregla sus jardines, porque entre los múltiples oficios que ha aprendido a lo largo de su vida figura el de jardinero.

“Subí al bote y puse el motor
en marcha. Lo aceleré varias
veces. Luego reduje la marcha.
No tenía la menor intención de
perderme en el pantano”.

A sangre y fuego

Así como la novela comienza a sangre y fuego, de esa forma también concluye. O, en todo caso, termina su penúltimo capítulo. El último plantea interrogantes sobre el futuro de este hombre joven que puede perderlo todo, menos su decisión de pelear hasta el último instante, aunque las posibilidades de “triunfar” en el camino emprendido vayan reduciéndosele momento a momento.

Por supuesto, poco se puede contar tratándose de una novela policial que cumple con todos los requisitos del género, en el sentido de que hay reiteradas intrigas que se le plantean al personaje central y que las resuelve. Claro está que a su modo, vale decir con extrema violencia y ningún sentimiento de culpa.

Dan J. Marlowe escribió una veintena de libros policiales, los que en su gran mayoría no se conocen en nuestro idioma. Creó a un detective, Johnny Killian, y en su tiempo (y en los Estados Unidos) despertó interés con sus historias, de las que se destaca esta afiebrada “carrera hacia la nada”, narración alejada de la moral y de las buenas costumbres, donde nadie parece recordar que vivir en la legalidad es, o debería ser, lo propio del ser humano. En cambio, en estas páginas sólo hay lugar para los juegos letales, mientras la ley desaparece y las lealtades se deslíen.

En un artículo dedicado al autor, Joseph Hoffmann indica que Marlowe se veía a si mismo como “un contador de historias” que buscaba narrar ficciones que compitieran nada menos que contra la televisión y que resultaran más apasionantes que lo que pudiera mostrar la pequeña pantalla (“Mistery File”, noviembre 2004). Era un propósito ciclópeo pero que a él le dio resultado, porque fue en los ’60 un escritor muy exitoso. Sin duda debe haber contribuido su estilo, de breves frases, como tableteo de ametralladora, que Carlos Gardini –con su reconocido buen oficio de traductor- ha sabido trasladar con habilidad a nuestro idioma. Todo un logro.
….
La presente novela impresionó hasta a quien era el ladrón de bancos más famoso de los Estados Unidos en la época, Al (Albert) Nussbaum (foto). Desde su prisión en Nueva York, utilizando el nombre de “Carl Fisher”, Al envió cartas al escritor, alabando el libro, porque le asombraba la destreza en el manejo de la trama; creía que la historia estaba parcialmente inspirada en Bobby “One-Eye” Wilcoxson, portador de una ametralladora letal para custodios de cualquier tesoro. Terminaron siendo amigos. Nussbaum, en materia literaria, era un buen alumno. Marlowe visitó tantas veces la cárcel que hasta despertó las sospechas del FBI: le interesaba conocer algunos secretos del mundo criminal para nutrir sus futuras novelas, historias que terminó volcando en dos de sus historias.
.... 
“-¡Caimán!- grité, y señalé a la derecha.
-¿Dónde?- gritaron al unísono. Dientudo se volvió hacia donde yo señalaba, Manny se levantó para mirar. Aceleré a fondo y apunté a la izquierda. El bote se ladeó a babor mientras corría entre los árboles. La rama baja le pegó a Manny en el pecho. Cayó de la plataforma como un cubo de hierro saltando de un trago derramado. Salió despedido hacia el árbol de la derecha. A pesar del rugido del motor, oí el chapoteo que hizo al estrellarse en el fango”.
....
Perfil

Dan J. (James) Marlowe nació en Lowell, Massachusetts, en 1914, hijo de un mecánico de imprenta, se recibió de contador en una escuela de finanzas de Boston en 1934 y vivió alternativamente como jugador profesional (póquer, caballos) y gerente de oficina hasta 1956, cuando, después de la muerte de su esposa, decidió probar suerte con la literatura. A finales de 1958 ya había publicado sus dos primeros libros, “Doorway to Death” y “Killer with a Key”, donde presentaba al detective Johnny Killain. En 1962 produjo “El nombre del juego es muerte”, considerado su mejor trabajo por críticos y lectores. En el momento más exitoso de su carrera, cuando había ganado el premio Edgar Allan Poe, en 1977, Marlowe sufrió un ataque de amnesia y perdió todas las habilidades para escribir. Se mudó a Los Ángeles con Al Nussbaum, quien pacientemente lo acompañó en su recuperación. “Guerilla Games”, la última novela de Marlowe, fue completada con la ayuda del ex ladrón. Marlowe murió de un infarto en un pequeño departamento de Tarzana, California, en agosto de 1986.
….
Enlace:


martes, 4 de agosto de 2015

"Todos éramos hijos", de María Rosa Lojo. Las esquirlas dispersas


“Todos éramos hijos”, de María Rosa Lojo. Sudamericana, Buenos Aires, 2014-2015, 247 páginas. En Argentina: 179 pesos.
….
El Concilio Vaticano II fue un parteaguas en la historia de la Iglesia Católica e incidió notablemente en los cambios, de actitudes, hasta de vida y de entender la relación entre religión y sociedad, registrados en diversas comunidades cristianas. En América Latina el Concilio resultó un acontecimiento de tal magnitud que repercute hasta nuestros días. La argentina María Rosa Lojo vivió hondamente, tanto en términos personales como generacionales, esas sustanciales modificaciones cuando era adolescente y lo refleja en “Todos éramos hijos”, libro en el que confluyen memoria personal y ficción.

Más observadora que participante, Lojo se ve reflejada en Frik, protagonista de la historia, una adolescente (al comienzo de la novela) que va observando esas mutaciones que irán acentuándose con el correr del tiempo, de manera especial a fines de los ’60 y comienzos de los ’70 de la centuria pasada, cuando gran parte de la Iglesia Católica proclama su opción por los pobres y un considerable sector del orbe católico argentino revaloriza y termina adhiriendo al peronismo.

Son los años de fuerte discusión política, autoritarismo cuando no dictadura militar, regreso del exilio de Perón, violencia extrema (que incluyó atentados, ataques a cuarteles, asesinatos y secuestros, entre tantos otros hechos siniestros) y radicalización de diversos sectores sociales que alcanzó de lleno al catolicismo. En esos años nació la llamada Teología de la Liberación, hubo curas que abandonaron los hábitos y se empezaron a registrar las primeras acciones guerrilleras, principalmente las del grupo denominado Montoneros, la mayoría de sus integrantes de extracción católica.

Esos extremos son los que observa Frik, vale decir los notables cambios de conducta que va registrando en la comunidad religiosa a cuyo colegio asiste, pero también los que se verificaron entre muchachos y hasta sacerdotes y monjas que ella conoce. Un “disparador” de esta historia refiere a la puesta en escena de “Todos eran mis hijos”, la obra de Arthur Miller.

“Entonces Miller no hubiera
tenido el disparador y el tema
para su drama. Como vimos,
es un texto lleno de matices”.

Lo que la obra denuncia

Al analizar la obra de Miller, una profesora –Elena- les hace ver a sus alumnos que dicho drama expone en primer plano complacencias y complicidades con el status quo por parte de la gente mayor. “Eso es lo que la obra denuncia –reflexiona la docente-. Lo tremendo es que no son delincuentes o, por lo menos, no lo parecen. Pueden ser los buenos vecinos de cualquiera, en un barrio tranquilo de los suburbios, como este donde ustedes viven”.

Aquello que intentó reflejar el autor norteamericano en esa obra que habla del “después” de la Segunda Guerra Mundial, es decir, de una gran tragedia, se vuelve símbolo en la novela/memorias de Lojo. “Mi novela –escribió- los sigue (a sus personajes) hasta ese umbral”, es decir los cambios de compleja significación que se dieron en el período indicado en la Argentina, desde el asesinato del ex presidente militar Aramburu hasta el regreso de Perón al poder y en los que reinaron la confusión, los errores históricos y las ignominias que aún hoy continúan pagándose en nuestro país. La autora nos habla de las opciones que cada uno de esos personajes elige: “Desde la vocación artística e intelectual solitaria hasta el trabajo social y religioso, o la incorporación de alguno en organizaciones armadas”.

Lo valioso del libro es que aborda una temática infrecuente en la narrativa argentina, porque no suele ponerse en texto la vida interna de la feligresía católica, que en esos años experimentó mutaciones profundas, aunque no en todos los casos, dado que un sector importante (y con mucho peso propio) permaneció inmune. Y no sólo eso, sino que contribuyó en grado sumo al poder militar que iba a sembrar de noche y horror al país a partir de 1976.

“La tragedia colectiva –ha reflexionado la autora hablando sobre su libro- es el registro desde el cual se lee la Historia en este relato también coral, todos salen heridos, de una u otra manera”. Todos éramos hijos, todos pagamos las consecuencias de haberlo sido, parece ser su reflexión.

“O el cuerpo cubierto con el
plumaje multicolor de Papageno,
cuando Frik cerraba los ojos para
escucharlo tocar La flauta mágica

Una conciencia creciente

Frik, que en el comienzo de la historia termina de ingresar a la adolescencia, va adquiriendo rápida conciencia de su entorno a medida que crece –y no sólo en términos biológicos- y los acontecimientos se precipitan. Porque la autora va vinculando de manera constante aquello que ocurre a los distintos personajes de su libro con la historia general del país, más que agitados en aquellos tumultuosos años.

Frick por freak, es decir anormal o diferente según se lo quiera interpretar, la llamó una estudiante norteamericana que sólo por breve tiempo estudió en el colegio, pero que la comprendió más que el resto de las restantes compañeras. Y así le quedó el apodo, relegando el Rosa con la que la bautizaron sus padres, españoles republicanos, expatriados que de cierta manera nunca terminaron de hacer pie en el país que les dio cobijo.

Esa “extranjeridad” incide en el comportamiento de esta mujer que no termina involucrándose con nadie, más testigo que ninguna otra cosa, mientras observa cómo otros modifican sus conductas, entre ellos un cura, el padre Juan, que terminará dejando sotana y celibato para vivir de otra manera su compromiso con los pobres. Elena seguirá su camino.

Al comienzo de la novela, treinta serán en total las discípulas de Frik. Al término, sus caminos habrán sido distintos: una quedará embarazada, otras se casarán, dos serán “desaparecidas” de la dictadura y no faltará quien tomará los hábitos. Ellos, y muchos más, terminarán “encontrándose” en una suerte de teatro imaginario, en el que también se harán presente los muertos, género (¿remedo del teatro de Miller?) con el que, sorprendiendo al lector, la autora cerrará el libro: ”Creo que esa pieza de teatro era imprescindible, es el symbolon que sólo se constituye cuando logran reunirse las esquirlas dispersas de la unidad. No podemos evitar el desamparo, la intemperie, la agonía de enfrentarnos a lo incomprensible, a la disolución del sentido. Esa dimensión simbólica es el único espacio donde se puede producir el encuentro entre los vivos y los muertos”.


“El gozo del nacimiento cubría el duelo, pero no lo sanaba. Antonio no se recobraría jamás de la muerte de Ana y, en algún sentido, Frik tampoco. Un agujero negro, fino como una aguja pero insondable como un abismo le traspasaba el esternón por el resto de su vida. Un orificio cavado en el hueso impar del centro de su pecho”.

Perfil
María Rosa Lojo nació en Buenos Aires en 1954, hija de españoles, Es escritora e investigadora. Publicó cuatro libros de microficciones y poema en prosa (“Visiones”, “Forma oculta del mundo”, “Esperan la mañana verde”  y “Bosque de Ojos”, que recoge los tres anteriores más “Historias del Cielo”, inédito), cuatro de cuento (“Marginales”, “Historias ocultas en la Recoleta”, “Amores insólitos” y “Cuerpos resplandecientes”) y ocho novelas (“Canción perdida en Buenos Aires al Oeste”, “La pasión de los nómades”, “La princesa federal”, “Una mujer de fin de siglo”, “Las libres del Sur”, “Finisterre”, “Árbol de familia” y “Todos éramos hijos”). Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, es investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede en la Universidad de Buenos Aires. Se ha consagrado al estudio de la literatura argentina y como investigadora y crítica literaria publicó cinco obras de ensayo (“La ‘barbarie’ en la narrativa argentina (siglo XIX)”, “Sabato: en busca del original perdido”, “El símbolo: poéticas, teorías, metatextos”, “Cuentistas argentinos de fin de siglo”,  y “Los ‘gallegos’ en el imaginario argentino. Literatura, sainete, prensa”; como coautora, editora y directora de investigación “Identidad y narración en carne viva” y dos ediciones críticas: “Lucía Miranda (1860) de Eduarda Mansilla” y “Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato”. Ha escrito diversos trabajos de su especialidad, dictado conferencias y ha recibido numerosos premios, nacionales e internacionales, entre ellos el Nacional “Esteban Echeverría” 2004, por toda su obra narrativa. Varios de sus libros de ficción han sido traducidos al inglés, italiano, francés, gallego y tailandés.
….
Algunos enlaces:
….
Video: Presentación de “Todos éramos hijos” en la librería Gandhi de Buenos Aires (20/4/2015) (1 hora, 26 minutos)