domingo, 29 de noviembre de 2015

"La violencia está entre nosotros", de James Dickey. Viaje al horror

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“La violencia está en nosotros” (“Deliverance”), de James Dickey
La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2015, 276 páginas
Traducción de Rafael Vázquez Zamora
En Argentina: 198 pesos.
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Quizás se sentían afectados por “la pena de vivir”, de la que hablaba Pirandello o, más prosaicamente, como dirá a la policía uno de ellos: “Queríamos airearnos un poco, nosotros trabajamos en la ciudad y es muy cansador estar sentados tanto tiempo en una oficina”. Como fuese, ya se tratase de cuestiones existenciales o de “estirar las piernas” por ahí, cuatro conocidos –porque no todos son amigos y, menos, íntimos- aceptan la invitación de uno de ellos para recorrer en canoa un río desconocido, agreste, ubicado en una zona de Georgia que en poco tiempo más sería inundada para transformarla en un lago. Y hacía allí parten, confiados e ingenuos.

Lo hacen porque, de verdad, están hartos de la rutina pero porque sobre todo confían en un líder natural, Lewis, seguro de sí, de gran físico, adepto a lo hoy llamaríamos el turismo de riesgo, afecto a la aventura de conocer lo ignoto. De manera que a esa suerte de terra incognita parten detrás del líder, Bobby, un pusilánime, Drew, una suerte de iluso que sólo sabe llevarse bien con su guitarra, y Ed, quien narra la experiencia.

La novela fue publicada en 1970, pero podía haberse escrito hoy mismo, porque la división entre el país liberal y urbano y la nación conservadora, ultramontana y racista que es los Estados Unidos no se ha modificado. Basta con ver los resultados electorales que se registran cada cuatro años; en los extremos del extenso territorio triunfan los demócratas, pero los Estados Unidos “profundos” (ese “Sur profundo” que como nadie pintó Faulkner) se imponen los republicanos (con matices, claro está). Esa división nítida y hasta ahora nunca superada (piénsese sólo en la cantidad de prejuicios insólitos, y peligrosos, que despierta el color de la piel de Barack Obama) fue la que llevó a decir a Paul Auster que los Estados Unidos viven “una guerra civil de baja intensidad” y que en lo personal él poco y nada tiene para decirle a los que siente que están “del otro lado”. “¿Qué tengo que ver yo con esa gente?”, fue su pregunta.

Esa sería la pregunta exacta que podrían hacerse estos personajes cuando llegan al lugar donde se encuentra el Cahulawasee, el río que proyectan conocer. “¿Quiénes son estos?, podrían interrogarse respecto de los hoscos campesinos del lugar, que los reciben como lo que son: seres ajenos a sus usos y costumbres, ignorantes del medio, ufanos hasta la pedantería, tontos, de cierta manera. Pregunta que, por supuesto, desde una perspectiva diametralmente diferente también se podrían formular (de hecho, se la formulan) los pocos hombres –las mujeres no parecen contar- con los que toman contacto y que, expertos respecto del mundo hostil en el que se encuentran, por supuesto que les recomiendan no emprender la aventura que se proponen concretar, propia de imberbes principiantes. Advertencia que -por supuesto también- los visitantes no toman para nada en consideración.

“Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones”, les podría haber advertido Borges. Pero, ciegos se lanzan a la aventura con mínimas experiencias y mucho de improvisación infantil. Y, se podría decir también, como máxima de abuela sabia: y así les va.

Dickey desarrolló la mayor parte de su carrera literaria como poeta. Según expresa la crítica, fue uno de los grandes vates norteamericanos del siglo anterior y sólo como excepción mostró su fibra de narrador, en apenas tres novelas. La más importante se sostiene que es la presente (no he tenido oportunidad de leerlo previamente, sus libros prácticamente no circulan en nuestro idioma). De “Deliverance” se ha dicho en “Esquire” que estamos ante “una de las mejores novelas de la historia de la literatura”. El ditirambo parece excederse en generosidad. Pero no es novela desdeñable. Por el contrario: el poeta Dickey sabe narrar. Lo hace con rigurosidad, con temple, logra manejar con sapiencia el suspense o suspenso, asesta golpes efectivos e inesperados que en cualquier momento reactivan la trama y llevar la acción hasta la exasperación o el ahogo del lector, mientras estos cuatro desventurados luchan tanto contra la hostilidad de una naturaleza que no da tregua. Y contra la hostilidad humana, que se hace presente en medio de esa “nada” que es el río (con sus rápidos, sus rocas traicioneras, sus trampas mortales y sus sorpresas que irrumpen a cada rato y sin aviso previo), hostilidad humana reducida a escasas personas, letales, de extrema crueldad.

El “misterio” de la novela la enriquece considerablemente y supone una deriva que parece actuar especularmente con las derivas impensadas y terribles del río y que vuelven a “La violencia está en nosotros” una formidable experiencia de lectura. Lectura que angustia y que deja sedimento. Mucho sedimento para reflexionar sobre este terrible viaje al horror.
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“”Eran cerca de las cuatro de la tarde y me causaba una tremenda impresión pensar que íbamos a pasar entre los bosques, o en ellos, otra noche. Los problemas y el esfuerzo físico de haber hecho la fosa habían apartado mi mente de nuestra situación, pero ahora, al pensar en lo que podría sucedernos, era como si alguien me metiera a martillazos ese pánico en la cabeza. Pero también había algo diferente que se apoderaba de mí. Las hojas brillaban como puntos misteriosos y el río y su luz eran energía pura. Nunca había vivido con los nervios tan en punta y una entereza gigantesca”.
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Datos para una biografía
James Dickey nació en 1923 en Buckhead, un suburbio de Atlanta, Georgia, Estados Unidos. Es considerado uno de los grandes poetas norteamericanos del siglo XX. Crítico y novelista, luchó como piloto en la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de su vida, enseñó en las universidades de Florida, Wisconsin y Carolina del Sur y también trabajó como creativo publicitario. En 1966, recibió el prestigioso National Book Award de poesía por su obra "Buckdancer’s Choice". En 1977 fue invitado a escribir el poema inaugural de la presidencia de James Carter. En 1970 alcanzó un éxito total en los Estados Unidos con “Deliverance” o “La violencia está en nosotros”, su primera novela, de la que luego escribiría el guión para el director de cine John Boorman. El mismo Dickey actuó en la película, desempeñando un pequeño papel (el del sheriff Bullard). Un curso juvenil sobre lírica inglesa del siglo XVII y otro sobre carpintería le procuraron, según Dickey, los instrumentos y herramientas para aprender a narrar. Autor de una prolífica obra poética, publicó otras dos novelas: “Alnilam”, en 1987, y “To the White Sea”, en 1993, novela editada dos años más tarde en castellano con el título de “Hacia el mar blanco” y de manera conjunta por Grijalbo-Mondadori y BCN. “La violencia está en nosotros” fue publicada por primera vez en nuestro idioma por Destino en 1973 con el título de “Liberación”. El título que se le asignó ahora en la reedición argentina se debe a que así se llamó en este país la versión filmica de Boorman, hoy considerada película de culto, interpretada por Jon Voight y Burt Reynolds y con los grandes secundarios Ronny Cox y Ned Beatty. También el autor escribió el guión de “Call of the Wild”, película para la televisión dirigida por Jerry Jameson (1976). Dickey murió en enero de 1997, en Carolina del Sur.
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Video: Trailer de “Deliverance” o “La violencia está en nosotros”, en la que aparece James Dickey como actor secundario. Película de John Boorman, Estados Unidos, 1972:

domingo, 15 de noviembre de 2015

"Pureza", de Jonathan Franzen. En un mundo paranoico y conspirativo

“Pureza” (“Purity”), de Jonathan Franzen
Salamandra, Barcelona-Buenos Aires, 2015, 697 páginas.
Traducción de Enrique de Hériz
En España: 24 euros. En Argentina: 385 pesos
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Jonathan Franzen es el autor de extensas novelas, uno de esos escritores que venden millones de ejemplares de sus ficciones que siempre son esperadas con gran expectativa. Después de “Las correcciones” (2001) y de “Libertad” (2010), llega “Pureza”, a la que el autor define como “una historia contra las ilusiones de libertad que nos venden desde las grandes corporaciones de Internet”. Y que, como ocurriera con sus anteriores trabajos, ha despertado críticas, controversias y fuertes ventas en el mundo.

La presente novela gira en Torno a “Pip” Tyler, una joven que en sus acciones e inacciones, en sus búsquedas obsesivas, en sus constantes errores y conflictos, resulta una persona necesitada de huir de sí misma, aunque sin encontrar lugar ni sosiego alguno, acosada por problemas y hasta conspiraciones que no termina de entender ni dominar. Una reiteración del personaje kafkiano por excelencia, también acosado por entes siniestros, tribunales que anticipan condenas antes de cualquier juicio. “Pip”, de cierta manera, resulta la imagen de la desolación y el desconcierto del ser contemporáneo.

Franzen opta esta vez por grandes escenarios y tiempos históricos disímiles. Aparte de “poner en circulación” a diversos personajes que, de una u otra manera se vinculan con “Pip”. En primer término, su madre, una obsesiva de la que la joven trata de alejarse (sin lograrlo nunca del todo) para vivir su libertad. Luego, el alemán (oriundo de la desaparecida Alemania Oriental) Andreas Wolf, quien afincado en el corazón de Bolivia mantiene un grupo de “conversos” que captan ilegalmente y filtran información calificada, que distribuyen al mundo para que se sepa “la verdad”, un tanto al estilo del Julian Assange de Wikileaks o del Edward Snowden hoy refugiado en Rusia luego de dar a conocer documentos que comprometieron al gobierno de Barak Obama. Asimismo, en la novela se conocerán la vida y las nada fáciles relaciones del periodista Tom Averant y su amante Leila Helou, ambos “almas” de un servicio independiente de noticias, “Denver Independent” (que no mantiene vínculos con The Sunlight Proyect, de Wolf), así como a otros personajes menores, como la bella alemana Annagret, el baldado esposo de Leila, Charles, un escritor fracasado, y quien fuera la primera esposa de Tom, la millonaria y excéntrica Anabel Laird, sobre quien durante la mayor parte de la novela no se tienen noticias, como si estuviera muerta o desaparecida.

“Pureza” es un rompecabezas a armar, las “piezas” que lo componen están sólidamente ligadas, pero Franzen cobra el precio de mucha lectura y paciencia, considerable paciencia, dado que ese “todo” se irá articulando de a poco y de a poco también adquirirá sentido. Sentido que, claro está, terminará cobrando entidad sólo al final de las extensas casi 700 páginas de su nueva ficción.

El narrador desarrolla su historia en varios escenarios, siendo los principales de ellos un sitio excesivamente idealizado –para mi gusto- donde Wolf tiene su refugio en Bolivia (¡protegido por Evo Morales!), Denver (foto), donde se encuentran las oficinas centrales del emprendimiento de Tom, Oakland, también en los Estados Unidos, porque allí “Pip” vive como una okupa en una casa en constante riesgo de desalojo, y la Alemania del Este, cuando era la comunista República Democrática Alemana, en la que Andreas vivió una vida de privilegios por ser su padre un funcionario importante del régimen y su madre una mujer independiente, académica reconocida y progenitora más que absorbente.

En el comienzo de la novela, “Pip” se encuentra alterada porque a causa de sus estudios universitarios ha contraído una deuda económica para ella desmedida y que ignora cómo cancelar. También desea saber quién fue su padre, dato que su madre le niega, así como la verdadera filiación de ambas. En la casa en la que vive conoce a la alemana Annagret quien, de manera insistente y un tanto inexplicable, la insta a ponerse en contacto con Andreas y no sólo eso, sino a irse a vivir con él en Bolivia, para que se integre al Sunlight Proyect o Proyecto Luz Solar del alemán, que es lo que termina ocurriendo. Luego de aceptar –a regañadientes- el traslado, se la verá en otro escenario muy distinto: en Denver, mezclada en las andanzas de Tom y Leila y en la búsqueda de, presuntos, misiles desaparecidos de una base militar.

Hay dos “desprendimientos” de lo que podría llamarse el “presente” de la novela. Uno, quizás lo más conseguido, refiere a la vida que llevó Andreas en la Alemania comunista (foto de época), primero como jovencito privilegiado y más tarde como un “rebelde” del sistema que apoya a personas (también jóvenes) desasosegadas y sin rumbo. Una de ellas, casi una niña, lo llevará a tomar una decisión que resultará clave para explicar el derrotero que irá tomando su vida ulterior. Todo el largo episodio que transcurre en la Alemania donde el proclamado socialismo se presenta en realidad una enorme cárcel de vigilancia constante, constituye quizás la mejor parte de “Pureza”.

El segundo de esos “desprendimientos” tendrá que ver con la relación enfermiza entre Tom y su primera mujer, caracterizada por una serie interminable de malentendidos, los que derivarán en una separación a la que, veinticinco años más tarde, el periodista seguirá sujeto desde el punto de vista anímico.

Un humor constante –muy evidente en el episodio dedicado a la pareja de Tom y Anabel- caracteriza al libro, así como una franqueza sexual reiterada que no siempre tiene justificativos. Como tampoco lo tiene la extensión de una novela que en partes se vuelve innecesariamente reiterativa, dando la sensación de que Franzen siente la “obligación” de ser didáctico y explícito en grado sumo ante el lector, lo que lleva a pensar (otra vez) en la fascinación que a él le despierta la novela decimonónica, que con su estilo parece querer devolverla a la vida.

“Pureza” (el verdadero nombre de “Pip”, Purity) en su título es un explícito homenaje a Charles Dickens (foto), ya que un Pip hombre es el protagonista de su novela “Grandes esperanzas”. Título que quizás deberíamos tomar en cuenta porque son las grandes esperanzas las que animan tanto a “Pip” como a Andreas y a Tom, a Leila y a la madre de Pip, también a la madre de Andreas, grandes sueños al término irrealizables en un mundo ganado por un poder oscuro y subyacente, sobre el que tanto nos habla Thomas Pynchon y al que también refiere, de otra manera, este otro novelista norteamericano, que coincide en sospechar de cuanto acontece en el mundo paranoico en el que estamos sumergidos.
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“Empezó a creer que era la mujer que llevaba toda la vida aguardando. La esperanza que le brindaba era más dulce que la que en otro tiempo le había brindado Annagret, porque Andreas ya había mostrado a Pip más de su verdadera identidad de lo que había mostrado nunca a Annagret y porque, veinticinco años antes, en el período de su vida en que había alimentado la esperanza de que Annagret lo salvara, ni siquiera había sido consciente de que debía salvarlo del Asesino. Ahora sabía qué se jugaba”.
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Datos para una biografía

Jonathan Franzen nació en Estados Unidos en 1959. Fue elegido en 1996 entre los Mejores Jóvenes Novelistas Norteamericanos en la prestigiosa revista británica Granta. Es autor de las novelas “Ciudad veintisiete” (1988), “Movimiento fuerte” (1992), “Las correcciones” (2001), “Libertad” ( 2010) y “Pureza” (2015). Es autor además de “Cómo estar solo” (ensayos, de 2002) y sus memorias incluidas en “Zona templada” (2002) y “Zona fría” (2004), así como de “Más afuera” (2012, en el que escribe sobre el suicidio de quien fuera su gran amigo el narrador David Foster Wallace). Franzen habitualmente colabora con distintos medios, especialmente The New Yorker. Con “Las correcciones” obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial, fue finalista de los premios Pulitzer y Pen/Faulkner y “descubierto” por millones de lectores en todo el mundo. Se hizo famoso por negarse a participar en el programa de Oprah Winfrey (al que años más tarde concurriría para hablar de “Libertad”) En la actualidad vive entre Nueva York y Santa Cruz, California. En 2012 se filmó una producción para la televisión norteamericana de “Las correcciones”, con Ewan McGregor y Maggie Gyllenhaal. En su edición del 10 de agosto de 2010 la revista Time consagró a Franzen como el Gran Novelista Americano, llevándolo a su tapa (comentario de Time en inglés).
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Video: Kerry Miller entrevista a Jonathan Franzen con motivo del lanzamiento de “Purity” (15 de septiembre de 2015; duración una hora; en inglés)
Video: Kerry Miller entrevista a Jonathan Franzen con motivo del lanzamiento de “Purity” (15 de septiembre de 2015; duración una hora; en inglés)


jueves, 5 de noviembre de 2015

"Escucha la canción del viento" y "Pinball 1973". Los válidos comienzos de Haruki Murakami. La soledad

“Escucha la canción del viento” y “Pinball 1973”,
de Haruki Murakami.
Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2015, 283 páginas.
Traducción de Lourdes Porta.
En España: 18,05 euros. En Argentina: 229 pesos
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Haruki Murakami se resistió durante años a difundir internacionalmente sus primeras novelas: “Escucha la canción del viento” (1979) y “Pinball 1973” (1980), que fueron sólo conocidas en japonés e inglés hasta este año, y por eso sólo ahora se las ha traducido a nuestro idioma.

Son dos textos de “prueba”, propios de quien comienza un camino creativo que le es desconocido. Murakami cuenta que, absolutamente ajeno a la literatura, se dedicaba a atender un bar y a escuchar jazz norteamericano; también era adicto a los partidos de béisbol. Fue un día en que, espectador de una de esas contiendas, un pensamiento lo asaltó de pronto. Pensamiento repentino, que no pudo asociar con nada, pero que lo llevó a decirse: “Sí, quizá yo también pudiera convertirme en novelista”.

“Fue –comenta- como si algo descendiera despacio, revoloteando, del cielo, y yo pudiese tomarlo limpiamente con ambas manos”. Y así como lo pensó de manera sorpresiva, poco tiempo lo llevó a la práctica escribiendo dos novelas casi en simultáneo, con muchos puntos de contacto entre sí. Luego llegaría el turno de “La caza del carnero salvaje” (1982), novela con la que afianzaría su obra dotándola de un perfil más reconocible, y de mayor identificación con el Murakami más actual.

No obstante, ambas novelas iniciáticas no son desdeñables. Por el contrario, anticipan lo que a mi juicio es lo mejor que ha aportado el japonés como escritor de ficciones. En efecto, en ellas aparece en primer término la desolación de lo humano, una suerte de sinsentido existencial, que se ha hecho presente en los mejores textos del japonés, tales como “Tokio blues”, “Los años de peregrinación del chico sin color” y “Hombres sin mujeres”. Está omnipresente el jazz y ese espacio que representa el no-lugar en Murakami: el bar, al que concurren escasos parroquianos y en los que suelen registrarse conversaciones que apuntan a definir un imposible: qué es el-ser-en-el-mundo.

El otro tópico recurrente/concurrente es el de la soledad. Si se observa, en la casi totalidad de sus novelas y cuentos los protagonistas, quienes los secundan, son personajes casi sin contacto con los otros. Viven ensimismados, les cuesta conectarse y aunque tienen “noticias” de esos mundos alternativos al que Murakami es tan afecto (y expone con irregular fortuna), el mundo real les resulta árido, como quien marcha por la Luna o por algún cuerpo astral silente, sin alma. El desierto de la pasión y de las emociones.

Le pasa al personaje central de las dos novelas, un traductor que sólo tiene un amigo, El Rata, y que se dedica a tomar cerveza, escuchar jazz, concurrir a un bar y mantener relaciones con diversas mujeres (incluyendo un par de gemelas) que no parecen dejar en él huella ninguna.

Tiempo y espacio, como zonas neutras, son fundamentales para el joven protagonista (para el joven narrador): “Yo avanzaba a través de un silencio que se extendía hasta el infinito”; “Con el transcurrir del tiempo todo había ido quedando atrás a una velocidad casi increíble. Sentimientos que en cierto momento jadearon con violencia en su interior fueron perdiendo rápidamente sus colores, adoptando la forma de viejos sueños sin sentido”.

Y la soledad se extiende a la ciudad. Aunque el narrador dice que en la ciudad vive toda clase de gente distinta, en realidad parece que hablara del páramo, del desierto, porque esa “gente”, que debería ser multitud, no aparece en sus páginas. Siempre se trata de seres sueltos, muy alejados de lo normal. Nada tienen que ver con medios públicos de transporte, aglomeraciones de personas, centros de compras, peatonales, fábricas u oficinas abigarradas. No es de extrañar, la multitud es la gran ausente en toda la narrativa de Murakami. Aun en el caso de que nos llegara a hablar de la propia, inmensa, Tokio en plena jornada laboral (foto), al lector le es imposible ver a la que es una de las ciudades más pobladas del mundo. Murakami sitúa sus historias en Japón, un país de escaso territorio, abigarrado como pocos, pero ese Japón es el “gran ausente”. Lo es, podemos comprobarlo ahora, desde el primer momento en que Murakami comenzó a escribir ficciones.

En “Escucha la canción del viento”, el autor introduce a un escritor norteamericano suicida (e inexistente en la vida real): Derek Heartfield, de quien toma breves cuentos y algunas sentencias. Más interesante es cuanto gira al juego de pinball, que se vuelve obsesión del protagonista en la segunda mitad de “Pinball 1973”, especialmente con una máquina específica que, ubicada durante un tiempo en un negocio, pierde de vista hasta que, intermediador mediante, termina ubicándola en un extraño y tétrico lugar donde un coleccionista desconocido guarda setenta y ocho de esas máquinas presuntamente para su solaz individual.

Ese lugar ha sido un depósito de pollos y el mal olor de las aves persiste, como una suerte de sustrato, un hedor que remite a la descomposición y que cuesta no equiparar con la propia muerte. El protagonista mantiene un “diálogo” con la máquina que tanto ha buscado, aunque al encontrarla y “dialogar” con ella comprende que no hay sustancia, como si se dijera que no hay nada a lo cual asirse:
“Todo esto es muy extraño. Parece que nada de esto haya ocurrido en realidad”.
“Sí, ha ocurrido todo. Sólo que ya ha pasado”.
“¿Es duro?”.
“No”. Sacudí la cabeza. “Las cosas que han nacido de la nada han vuelto a su lugar de origen. Sólo eso”.
Y el protagonista concluye sosteniendo que lo único que tenían en común la máquina y él mismo “era un fragmento de tiempo que había muerto en el pasado”.

Como puede advertirse, estamos otra vez ante la fugacidad del tiempo, la conciencia de la finitud y de la nada. Esos aportes, más las secuencias en el Jay’s Bar regenteado por un chino, los diálogos casi inverosímiles entre el protagonista y su amigo El Rata y con algunas mujeres, terminan dando considerable sustancia a estos textos que si bien se advierten primerizos, no son para nada desdeñables.
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“Para El Rata, el flujo del tiempo parecía haberse interrumpido en algún punto. Él no sabía por qué había pasado. Ni siquiera podía localizar en qué momento se había producido. Asido a una cuerda sin vida erraba por las pálidas tinieblas del otoño. Cruzaba los prados, atravesaba las montañas, empujaba varias puertas. Sin embargo, la cuerda no lo conducía a ninguna parte. Como una mosca de invierno a la que han arrancado las alas, como la corriente de un río encarada al mar, El Rata se encontraba sumido en la impotencia, en la soledad. En algún lugar se habían levantado malos vientos y había barrido hasta la faz opuesta de la Tierra el aire íntimo que, hasta entonces, lo había envuelto por completo”.
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En el blog:


martes, 3 de noviembre de 2015

La muerte de Antonio Dal Masetto

“A la fuerza” Antonio Dal Masetto debió aprender a hablar en castellano (en realidad, en “argentino”) cuando tenía doce años porque tiempo atrás su padre se había radicado en Salto, al norte de la provincia de Buenos Aires, procedente de Intra, población cercana a Milán. Dos años después logró reunir a su familia y “el Tano”, como se lo iba a llamar la mayor parte de su vida, se vio obligado a concurrir a la biblioteca del pueblo para dominar la nueva lengua.

Lo logró con esfuerzos. Y logró algo más: transformarse en un potente, cálido y por suerte pródigo escritor quien sorprendió ya con su primera obra, “Siete de oro”, escrita a los 25 años. Su realidad inmediata, las bondades y las miserias del amor, de la vida misma, y su siempre inconclusa relación con Italia caracterizaron a su obra, de extrema sensibilidad, destacándose entre tantos textos de valor “Oscuramente fuerte es la vida” y su doble continuación: “La tierra incomparable” y “Cita en el lago Maggiore”, en los que cuenta la vida de Agata, una italiana que, como él y su familia, se radica en la Argentina, y las de sus descendientes.

No era condescendiente con sus historias, intentaba (y lograba) contar con gran belleza y premeditada economía de recursos. Fue un tipo que la peleó, diríamos en este lado del mundo. A los 18 años se marchó de su casa para radicarse en Buenos Aires, donde sobrevivió a base de múltiples oficios. Cuando chico, en el campo italiano, mientras cuidaba las ovejas de sus padres entonces campesinos le auguraron un destino de pintor, que al final de cuentas no tuvo, pero ya era advertible esa extrema sensibilidad que lo llevaría a volverse un escritor de títulos que a veces llegaban a sorprender, tales como “Siempre es difícil volver a casa” o “Demasiado cerca desaparece”.

La historia de unos pobres tipos que van a un pueblo, intentan asaltar un banco y terminan de la peor manera está contada en “Siempre es difícil volver a casa” (llevada al cine). Allí “nació” el pueblo de Bosque, al que “regresó” en otras novelas, una que tiene como título el nombre del pueblo y la siguiente, “Sacrificios en días santos”. También la dictadura militar que asoló Argentina entre 1976 y 1983, le hizo escribir, con impronta kafkiana, “Hay unos tipos abajo” (que como “Siempre” tuvo versión cinematográfica).

En su escritorio tenía un cartel que rezaba: “Justificá el día”. Con sus textos en el que tanto habló de la inmigración y de esos seres que no terminaban de encontrarse en ninguna parte, lo justificó largamente. De él ha quedado una novela inédita, "Crónica de un caminante", que se conocerá el mes venidero y también habría otros textos, presumiblemente inconclusos, sobre los que deberán decidir sus herederos. Falleció ayer, en Buenos Aires, a los 77 años. Lo vamos a extrañar.