martes, 29 de diciembre de 2015

Un paréntesis

Por un tiempo no incorporaré nuevas notas al presente blog y tampoco habrá actualizaciones en la página de Noticias desde el Sur ni en Facebook. La circunstancia es propicia para agradecer las atenciones de los lectores de estos espacios, que hago extensible a los lectores de mis notas que los amables amigos de la página española "El placer de la lectura" (www.elplacerdelalectura.com) incorporan habitualmente a dicho espacio, hoy renovado y más que recomendable. A todos, mis deseos de felices fiestas y un mejor año nuevo, más pacífico, con mayor solidaridad y más democracia. Saludos. Carlos.

sábado, 19 de diciembre de 2015

"Francamente, Frank", de Richard Ford. Lo agridulce de la vida. Comentario anterior: "Canadá"

“Francamente, Frank” (“Let Me Be Frank With You”), de Richard Ford
Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2015, 227 páginas
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
En España: 18,90 euros. En Argentina: 275 pesos
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”Quería mostrar que más allá del impacto de una calamidad hay que prestar más atención a lo que ésta deja en las personas, en el cambio súbito a que se ve sometida su cotidianidad”, comentó recientemente el escritor norteamericano Richard Ford al periodista Winston Manrique Sabogal, de “El País” de España, refiriéndose a los cuatro episodios que integran su más recientemente libro, “Francamente, Frank”, en el que regresa con su personaje más conocido, el ex periodista deportivo Frank Bascombe.

Bascombe ha sido protagonista de tres novelas capitales de Ford: “El periodista deportivo” (1986), “El Día de la Independencia” (1995) y “Acción de Gracias” (2006). Nunca quiso escribir una saga, pero Bascombe, su voz, sus puntos de vista, sus costumbres, su historia personal, regresó a él cuando comenzaba a vislumbrar “El Día de la Independencia” y se le terminó “imponiendo” como protagonista. Lo mismo le ocurrió once años más tarde. Ahora, al comentar las consecuencias –más emocionales que materiales- que ha dejado en diversas personas el huracán Sandy (que se abatió sobre las costas de Nueva Jersey en 2012), Bascombe, ya jubilado, vuelve a ser protagonista insoslayable de las historias.

El título original juega con el nombre del personaje, Frank, franco, y de ahí que pueda ser traducido algo así como “Déjame ser franco contigo”. De ahí lo de “Francamente, Frank”, elegido para su versión en nuestro idioma. Y quienes son francos, más de lo que hubiera querido el protagonista, resultan ser los interlocutores de Bascombe, a quien encuentran ya jubilado, viviendo con su segunda esposa, Sally, de regreso en Hammond, población que había abandonado luego de su primer divorcio y de la muerte de su hijo mayor, Ralph, cuando éste era aún un niño.

Ford, lo ha dicho varias veces y lo ha vuelto a reiterar en los recientes días en que visitó Barcelona, no desea que se lo vea a Bascombe como su alter ego porque, afirma, tienen pensamientos distintos, han tenido vidas muy diferentes y no siempre lo que piensa y dice su personaje (lo políticamente incorrecto es su marca) coincide con el ideario de Ford. Aunque sí tiene otras coincidencias: es demócrata, suele apoyar, aunque de manera indirecta, sesgada, a los presidentes demócratas y confronta en cambio con los republicanos. Y tiene una visión cada vez más desencantada de su país y de su gente: “Quiero mucho a mi país, pero cada vez es más difícil quererlo”. Lo ha dicho Ford, pero bien podría haberlo expresado Frank.

En cada una de las “apariciones” de Bascombe, mientras contaba in extenso sus peripecias personales y las de su entorno, Ford reflexionaba, como al pasar, sobre la realidad histórica de los Estados Unidos de cada década. Década de 1980 en “El periodista deportivo”, década de 1990 en “El Día de de la Independencia”, década de comienzos de siglo en “Acción de Gracias”. Ocurre puntualmente en “Francamente, Frank” respecto de estos años últimos que nos tocan vivir. En esos libros Clinton y Obama (foto), pese a sus críticas, “se salvan” en tanto que los Bush son las “bestias negras” de su ideario personal.

Del ideario personal de Bascombe, cada vez más escéptico ante las crisis reiteradas que vive su país y fatigado de ver cómo los ricos se hacen cada vez más ricos e intolerantes y los pobres cada vez más marginados y excluidos.

Sandy dejó una fuerte herida en la vida en general muy llevadera de los habitantes de Nueva Jersey, donde el propio Ford vive con su esposa Kristina (con la que se casó en 1968). Arrasó con pueblos enteros, causó pérdidas multimillonarias y dejó cientos de muertos y heridos. Esas “heridas” sin cicatrizar son las que intenta captar y plasmar en los cuentos o relatos largos que integran “Francamente, Frank”, situados poco después de producido el fenómeno climático que, por otra parte, no afectó a Hammond, el lugar donde vive, pero sí a Sea-Clift, población en la que residió hasta jubilarse como agente inmobiliario.

Todos quieren hablar “francamente” con Bascombe en las cuatro historias que constituyen el libro, pero a esta altura de su vida, cuando se ha colocado definitivamente al margen de todo y cuando poco espera porque ha ingresado a la vejez y ha dejado de lado cualquier tipo de lucha o de acción, es el protagonista quien no siente el interés de la reciprocidad. Más bien no quiere escuchar eso que está ahí, omnipresente: el mismo “latido” de la vida.

Sin embargo, pese a sus remilgos, debe escuchar, ver, volver a sentir, conmoverse. Y terminar muy descolocado. En “Aquí estoy yo” se siente en la obligación de retornar a la devastada Sea-Clift, donde se alzaba la casa que vendió antes de volver a Hammond para encontrarse, precisamente, con quien compró esa misma vivienda arrebatada por Sandy. Hace el viaje a regañadientes y hasta con temor, porque no sabe cuál será la reacción de Andy Urquhart, el comprador, que lo convoca. La historia no derivará sin embargo en enfrentamientos, sino en cuestiones más sutiles, que tienen que ver con las emociones, las mismas que Bascombe habitualmente trata de esconder.

Pero, pese a todas sus reticencias, Frank volverá ser reclamado en ese campo para él minado, en las tres historias que le siguen. Así, en “Todo podría ser peor” conoce a Charlotte Pines, una mujer negra, profesora de historia, alcanzada también por Sandy –que le obligó a dejar su lugar de residencia para buscar en Hammond un lugar provisorio para vivir. Ella pide visitar y recorrer su casa de Hammond porque vivió allí con su familia cuando era joven, y los motivos por las cuales debió abandonar esa casa refieren a un hecho personal, conmovedor y terrible.

En “La nueva normalidad”, Frank se traslada a pocos kilómetros bajo la lluvia y el frío pues tiene que llevar una almohada ortopédica a quien fuera su primera mujer, Ann, refugiada en un geriátrico de primer nivel pues comienza a estar afectada por los primeros síntomas de Parkinson. Las tensiones que siempre han surgido cada vez que se encuentran Bascombe y su ex esposa (con el fantasma del hijo muerto rondando en forma permanente), se reiteran en este relato que se corresponde con la hostilidad del clima reinante.

Por fin, en “Muertes de otros”, visita a Eddy Medley, más que amigo, un conocido que está muy enfermo y que pide reunirse con él para conversar. De nuevo, a regañadientes, acepta visitarlo con el saldo de tener de Eddy una confesión tardía, que lo afecta, pero que no puede remediarse.

Cada uno de los personajes ha sido “franco” con Frank y éste soporta las embestidas aunque, claro, al precio de haberse encontrado con reflejos especulares que lo devuelven a su actual realidad. “Especie de elegía del luminoso mundo de Frank Bascombe que en la actualidad se desploma”, define Matías Néspolo, de “El Mundo” de Madrid. Noticias sobre la vida, podría decir Ford, lo agridulce del vivir.

Notables relatos.
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“Sea-Clift, cuando voy hacia el sur por Central Avenue, ofrece al mundo el triste aspecto de haber recibido un puñetazo casi mortal en la nariz. Los postes de electricidad siguen en pie en su mayoría, pero les faltan los cables. La arena se ha arremolinado sobre todo lo que se encuentra a baja altura. Las casas –incluso las que surgen sanas y salvas de vez en cuando- parecen atónitas, reducidas al silencio. Tejados, ventanas, escalones de entrada, muros exteriores, garajes, embarcaciones envueltas en polipropileno azul: es como si un gigante hubiera salido a grandes zancadas del grisáceo mar y se hubiera liado con todo. En todas esas casas vivía gente”.
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Datos para una biografía:
Richard Ford (1944, Jackson, Mississippi, Estados Unidos) ha publicado siete novelas: “Un trozo de mi corazón” (1976), “La última oportunidad” (1981), “Incendios” (1990), “Canadá” (2012) y la trilogía protagonizada por el personaje Frank Bascombe: “El periodista deportivo” (1986), “El Día de la Independencia” (1995; premios Pulitzer y PEN/Faulkner) y “Acción de Gracias” (2006), cuatro libro de relatos: “Rock Springs” (1987), “De mujeres con hombres” (1997), “Pecados sin cuento” (2002) y “Francamente, Frank” (2014), el libro de memorias “Mi madre” (1998) y “Flores en las grietas”, selección de ensayos (2012). Está casado desde 1968 con Kristina Hensey. Es autor del guión de “El despertar de un ángel” (“Bright Angel”) película de 1990 dirigida por Michael Fields. Ha sido responsable de varias antologías, especialmente las editadas por la revista Granta. Colabora con diversos periódicos de su país. Es profesor de Escritura en la Escuela de Artes de la Universidad de Columbia y fue galardonado varias veces con los principales premios literarios de Estados Unidos. Tiene planes de volver con otra novela de Bascombe, a quien imagina viajando en una casa rodante o caravana, con su hijo Paul, el Día de San Valentín. Pero se propone escribir antes otra novela con un profesor como protagonista.
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Entrevistas recientes en Barcelona:
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Nota anterior: “Aprendizaje del dolor”. Comentario sobre “Canadá”, novela de Richard Ford (2014)
“Canadá” (“Canada”), de Richard Ford. Anagrama, Barcelona, 2013 – Buenos Aires, 2014, 510 páginas. Traducción de Jesús Zulaika.
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“Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no contase esto antes que nada”.

Tal el comienzo, movilizador e inquietante, de la última novela del norteamericano Richard Ford, uno de los grandes narradores contemporáneos. Esta novela de iniciación se muestra macerada, pensada hasta los últimos detalles, como son esas líneas inaugurales, infrecuentes por su originalidad y por su capacidad de cautivar al lector desde el primer momento.

 “Canadá” es narrada en primera persona por Dell Parsons, un chico de 15 años que vive la experiencia límite de tener que dejar su país y trasladarse de súbito a la nación que da título a la novela, un territorio tan vasto como desconocido para el adolescente que es sacado de la noche a la mañana de un mundo previsible para sumergirlo en (lo que para él resulta) un verdadero caos.

Con todo, la vida familiar de Dell no se presenta como un paraíso, porque sus padres son muy conflictuados y no tienen claro cómo vivir, cómo proyectar el futuro. Tampoco le es fácil la convivencia con su hermana gemela Berner, pero pese a todo cada uno de ellos le brindan amor y aunque los padres parecen estar en huida permanente, el adolescente protagonista se siente contenido, comprendido en el hogar. Por eso, el brusco cambio de vida le resultará tan traumático.

Tres partes diferenciadas

La novela está dividida en tres partes muy diferenciadas. En la primera, la más extensa, Dell recuerda la vida vivida con sus padres y su hermana en los comienzos de la década de 1960, en Great Falls, Montana, estado lindante con Canadá. La segunda parte refiere a su breve pero fundamental estancia en el territorio canadiense de Saskatchewan y la tercera y última lo muestra ya anciano recordando esos acontecimientos que marcaron su vida.

El autor ha aclarado que en este relato hay escasísimos aportes autobiográficos, aunque ha hecho que Dell tenga aproximadamente su misma edad, quizás para que los recuerdos del adolescente sean los correctos, más allá de que la vida de autor y la del personaje protagónico discurrieran por senderos muy diferentes.

Ford ha vivido también en Montana, donde se inicia el relato, pero nunca residió en Great Falls, una población relativamente pequeña en los ’60 del siglo pasado, en la que también transcurre otra de sus novelas, “Incendios”. El narrador ha aclarado que “su” Great Falls poco y nada tiene que ver con el real pero que éste, aunque mitificado, sigue siendo para él “un territorio provocador”.

Resultan fascinantes los personajes de los progenitores de Dell, especialmente Bev, el padre, veterano de la Segunda Guerra Mundial quien, alejado de las Fuerzas Armadas, ignora cómo hacer pie en la vida civil y por consiguiente comete una serie de errores que lo llevan a idear el mencionado asalto al banco para salir de la encerrona. Su mujer, Neeva, con la que se lleva muy mal, se suma al proyecto con la intención de que Bev no haga disparates. Por supuesto, ella, absolutamente ajena al mundo del delito, sólo acentúa los problemas.

El escritor disléxico

Ford padece una ligera dislexia, por lo que siempre ha tenido dificultades para leer y escribir, sin afectar su inteligencia. Él sostiene que de dicho trastorno ha sacado ventajas: “A consecuencia de mi lentitud en la escritura y la lectura, mis libros son más pacientes y profundos que acelerados y superficiales”, aseguró Ford a Alex Vicente, periodista de “El País” de España.

Es lenta, pero profunda, la comprensión de Dell respecto del “nuevo mundo” que lo espera allende la frontera. Al lugar llega conducido por Mildred, una amiga de su madre, que lo traslada para evitar que el chico sea recluido en un reformatorio. Lo pone en manos de su hermano, Arthur Remlinger, personaje complejo, contradictorio, un norteamericano que ha buscado refugio en Canadá por cuestiones criminales que el adolescente tardará mucho en conocer. Cuando las conozca se verá involucrado en episodios violentos que nunca podrá olvidar.

La vida marginal propia de esa zona fronteriza, casi salvaje, confunde a Dell y más lo confunde el mestizo Charley Quarters, un hombre de difícil trato, sucio y ambiguo, con el que tendrá que convivir y al que siempre temerá. Le cuesta mucho al protagonista comprender y aprehender su entorno, tan distinto a lo que dejó en Montana. Pero más le cuesta asumir su absoluta soledad, puesto que su hermana Berner se había escapado poco antes de que llegara Mildred para buscarlos, y perderá de vista a sus padres.


El poder volver a empezar, el “intentarlo” siempre, como propone Ford, los lazos complejos entre padres e hijos, el amor, el desamor, constantes en la obra del norteamericano, se reiteran acá narrados, como expresó Rodrigo Fresán, con “esa prosa áspera, propia de Montana”. La novela cerrará con los recuerdos de Dell ya anciano y que incluye el último y melancólico encuentro de los hermanos. “Mi madre me dijo –reflexiona el Dell anciano- que tendría miles de mañanas para despertar y pensar en todo esto cuando ya no hubiera nadie para decirme cómo sentirme. He tenido ya varios miles”. Por lo tanto, es la hora de hacer balance. La hora de contar su difícil pero fascinante historia. 


lunes, 14 de diciembre de 2015

"Hasta que te conocí", de Luis Gusmán. Inquietante desasiego. Notas anteriores sobre "La casa del Dios oculto" y "El frasquito"

 “Hasta que te conocí”, de Luis Gusmán
Edhasa, Buenos Aires, 2015, 280 páginas
En Argentina: 285 pesos
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Walensky, ex pesista vencido por el paso de los años, es cuidador de un gimnasio al que llega Lucero, joven y recién embarazada, buscando al presunto padre de su hijo, un stripper de nombre Silvio. Walensky, “defensor” de los débiles, se involucra con la chica, sin conocerla y sin saber por qué actúa de esa manera. Tal el comienzo de la última novela del argentino Luis Gusmán, quien en “Hasta que te conocí” regresa a personajes, ambientes y situaciones ya tratados en su novela “Tennessee”, de 1997. El mundo de los gimnasios, de un desvencijado club, el Regatas (pegado al contaminado Riachuelo), el de los pesistas y luchadores, es también el mundo de los marginales y los vencidos, al que Gusmán sabe abordar y retratar con incisiva mirada.

El “decir” seco y espartano de su prosa, con el que intenta arribar a un estadio “mítico”, es decir atemporal, ajeno a la coyuntura y a lo excesivamente referencial, resulta fundamental en su nuevo trabajo, aunque por los hechos puede colegirse la contemporaneidad de los sucesos así como el deterioro de las relaciones interpersonales, lo propio de nuestros días en las grandes urbes que marginan y suelen promover y producir el fracaso.

Porque Walensky es un fracasado casi se diría por definición, como lo es el inspector Bersani, quien aparece en escena para investigar un asesinato y por sus incursiones termina ligando a los distintos personajes: el pesista, Lucero,  Silvio y su perro, un pitbul de pelea, Clara, de profesión veterinaria, y a otras figuras menores. Y también lleva a las peleas clandestinas de perros pitbuls, allí donde dinero y mafias, crímenes y corrupción definen no sólo un territorio sino hasta una manera de vivir y de morir.

En la novela hay varias historias de amor entrecruzadas: la de Lucero y Silvio, la de Walensky con Claudia, la de ésta con otros hombres, la que mantiene el propio Bersani con su antigua amante Cecilia. No son amores propios de los relatos románticos, sino producto del deseo, de las relaciones maduras y poco sensibles. Son relaciones intermitentes en algunos casos, duraderas en otras, pero de escasos sentimientos y, en otros momentos, con confusas sensaciones de culpa.

Al respecto, en los epígrafes que ha elegido para su libro, Gusmán repite las palabras de Elliot Chaze, el gran narrador norteamericano recientemente redescubierto entre nosotros: “Tu amor está donde es fácil de conseguir y fácil de perder”. Asimismo las palabras de Friedrich Nietzche: “El hecho no es que me hayas mentido sino que ya no te puedo creer, eso es lo que me hace estremecer”. “¡Parece un tango!”, dice Gusmán, con mucha razón.

Y, sí, hay algo “tanguero” en estos personajes que parecen arrastrarse detrás de imposibles, en territorios en los que no existe el menor lugar para la piedad, en los que todo es desencanto. “Hasta que te conocí” tiene mucho de novela negra, con intrigas incluidas, aunque hace recordar especialmente a ese tipo de narrativa de la que el belga Georges Simenon (foto) fue uno de sus máximos exponentes. Hablo de novelas de atmósferas opresivas, en las que no necesariamente había que investigar crímenes, delitos, sino que prevalecían sus personajes dolidos, como marcados por una exasperada visión existencialista, negativo, sin conciencia ni interés por el futuro.

Porque un “sin mañana”, parece extenderse en el cielo gris, encapotado, en ese terreno pringoso en el que se mueven los seres opacos que ocupan las páginas de la novela de Gusmán. El único que parece salir de esa opacidad es Walensky, personaje sin duda quijotesco, aunque con su propio sentido de la justicia, si es que esta palabra puede ser aplicable en el submundo en el que debe moverse.

Walensky extraña a Smith, un pesista de costumbres poco claras, que murió de cáncer en Tennessee, donde cuando joven fue consagrado campeón olímpico. El protagonista lo extraña y de una manera particular Smith lo acompaña (“yo estoy muerto, pero de alguna manera vas a tener noticias mías”, cree que le dice, como mensaje de ultratumba, en determinado momento).

La novela avanza por distintos escenarios: en un momento dado tiene que ver con el mundo de los gimnasios, con el club Regatas y el agua, en otro momento refiere a la búsqueda de Lucero del presunto padre de su hijo, luego aparecerá Bersani a raíz de un crimen y la historia adquirirá un claro sesgo policial, de ahí “saltará” a la espantosa pelea de los perros, es decir, al dinero, la sangre, la corrupción de los seres y las cosas. El magma que generan esas partes nos terminará hablando de la malignidad del mundo o, al menos, de una parte del mundo. Y de una sesgada redención a través del amor, mientras el final será una de las tantas incógnitas, que aquí se omite, y que el lector deberá resolver.

Tal, la nueva propuesta de Gusmán, quien libro a libro se propone, y consigue, producir en el lector un inquietante desasosiego.
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“Un rasgo en Walensky le atraía: su lealtad con las cosas y las personas que quería. Incluso, cómo había protegido a la chica. Pero no le perdonaba que se hubiera enredado con Clara. Eso lo volvía débil y, por lo tanto, poco confiable. Sabía que era inocente pero había buscado un pretexto para seguir viéndolo. Quizás porque le recordaba cosas que, en otros años, él también había defendido. Cuando era joven, cuando todavía creía en algo. Ahora era un burócrata. Hacía mucho tiempo que había perdido la pasión de ser policía”.
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Datos para una biografía:
Luis Gusmán nació en Buenos Aires en 1944. De profesión psicoanalista, es novelista y cuentista, ha publicado “El frasquito” (1973), “Brillos” (1975), “Cuerpo velado” (1978), “En el corazón de junio” (1983, Premio Boris Vian) “La muerte prometida “(1986), “Lo más oscuro del río” (1990), “La música de Frankie” (1993), “Villa” (1996), “Tennessee” (1997), “Hotel Edén” (1999) “Ni muerto has perdido tu nombre” (2002), “El peletero” (2007), “Los muertos no mienten” (2009), “La casa del Dios oculto” (2012) y “Hasta que te conocí” (2015). También es autor de una autobiografía: “ La rueda de Virgilio” (1988), así como de seis ensayos: “La ficción calculada” (1998), “Epitafios. El derecho a la muerte escrita” (2005), “La pregunta freudiana” (2011), “Kafkas” (2014), “La ficción calculada II” y “Un sujeto incierto” (ambos de 2015). Varios de sus libros se han traducido al portugués. Con un discurso, tuvo a su cargo la inauguración de la edición 2012 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En 2014 recibió el Premio Konex de Oro de Literatura. “Tennessee” fue llevada al cine por Mario Levín con el título de “Sotto voce”.
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Entrevistas recientes:
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NOTAS ANTERIORES
El misterio de las preguntas sin respuestas. “La casa del Dios oculto”, nota de 2012
“La casa del Dios oculto”, de Luis Gusmán. Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2012, 175 páginas.
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En forma reiterada el narrador argentino Luis Gusmán se ha referido a la muerte. A los muertos, a los espíritus y también a la religión, a los que observa como fenómenos que deben ser analizados en profundidad, dado que “acompañan” desde siempre al ser humano.

Vuelve a hacerlo en su un tanto indefinible nuevo libro, “La casa del Dios oculto”, en el que reitera esos temas ya abordados en anteriores trabajos alejados de la ficción, como ocurriera en su sesgada autobiografía “La rueda de Virgilio”, de 1988.

El calificativo de indefinible refiere a la dificultad de determinar si los materiales incluidos son cuentos, relatos o reflexiones. En realidad terminan siendo un híbrido de tales “géneros”, todos escritos con mucha solvencia y con un lenguaje personal, muy sobrio, y diría también muy argentino, porteño en todo caso, heredero de otras escrituras, como las de Borges y las hermanas Silvina y Victoria Ocampo.

Tal como ocurriera en “La rueda de Virgilio” y en otro libro inmediatamente anterior al presente, “Los muertos no mienten”, el autor se involucra en los textos, aporta datos o constancias autobiográficas en las que mucho tiene que ver su madre (ya fallecida) que pasó por tres religiones –la católica, la evangelista y la espiritista- y quien tuvo marcada gravitación en su vida.

Los textos de “Desierta”

A lo anterior se suma el hecho de que Gusmán inicia el libro con “partes” de lo que se ha propuesto llamar “Desierta”, una posible novela que se vincula con el pasado argentino, con el desierto del país, y con la obsesión en torno a una mano de madera: “En ‘Desierta’, por ser una historia argentina, hay una concepción del espacio y del movimiento relacionada con la intemperie. Por eso la titulé ‘Desierta’ y no ‘Desierto’”, precisa el autor.

La historia del polaco con la que abre el libro, la del hermano del autor, pastor evangelista, la de la mano de madera del capitán Danjou, la vida del pintor Baucé, participan del “magma” de “Desierta”, la novela empezada por Gusmán en 1990 y que sigue escribiendo de manera incesante: “Tuvo el destino de una novela inédita, inconclusa y espiritista”, señala Gusmán. También inquietante, corresponde agregar.

Gusmán es un narrador nato y así se vuelve un pequeño –y sustancial- cuento lo que fue su visita al “santuario” del cantante popular Rodrigo, fallecido en un accidente en ruta. Rodrigo era un exitoso cantante “bailantero” (cantaba variantes de la cumbia colombiana) muerto en un accidente de autos cuando corría de una presentación a otra en una de sus tantas noches febriles. El autor de “El frasquito” centra su crónica en Yoli, una mujer que es devota custodia del “santuario” desde poco después de la muerte de Rodrigo Bueno (su nombre completo) hace ya más de una década. Escribe Gusmán: “Cada 24 de mayo –día del cumpleaños del cantante- la chica prepara una torta, pone una mesa de fiesta en la que una efigie de Rodrigo es el principal comensal, el invitado de honor”. Ignora el escritor si Yoli es médium, pero de lo que sí está convencido es de que “habla con el espíritu de Rodrigo”.

Sus propias mudanzas son motivo de reflexión, así como sus viajes, que incluye una historia que genera inquietud al ser contada: En una librería un vendedor le comentó que por uno de sus libros salvó su vida. Viajaba en un colectivo y, por leer, en vez de apoyarse en el asiento se inclinó y fue así que una bala perdida proveniente del exterior del vehículo no lo alcanzó de pleno. “Podría haber sido mi último viaje”, le dijo el vendedor.

En el orbe de lo inefable

Gusmán parece decirnos que a cada rato ha tropezado con la inefabilidad, con aquello que no es materia propia de la vida cotidiana sino que aparenta expresarse en sus márgenes.

Así en un apartado sobre la resurrección sostiene haberse encontrado con un resucitado Lezama Lima a quien vio “reencarnado” en el hijo de la dueña de un hotel italiano: “Hablaba con una voz dulce como siempre imaginé la voz de Lezama. Era quien servía la comida. Describía los manjares de manera lezamezca. Cada plato era un festín barroco”.

En “El cuarto de la señora Christie”, reconstruye sus pasos por el hotel Pera Palas de Estambul, en Turquía, en una de cuyas habitaciones se alojó Agata Christie en 1926 y del que desapareció durante once días, lo que dio motivo a miles de conjeturas (y hasta la realización de una película) aunque nunca se dilucidó ese enigma.  El desasosiego, la ausencia de certezas, se hacen presentes en este relato también inquietante, uno de los más extensos del libro.

Al referirse a este libro, Gusmán le dijo al periodista Ezequiel Alemian: "Para mí es una manera de abordar el misterio. Acá el asunto es el enigma vivo" (en revista "Ñ", suplemento de "Clarín", de Buenos Aires). 

“Si solo se pudiera elegir una palabra para definir ‘La casa del Dios oculto’ esa palabra sería misterio”, se precisa en la contratapa del libro. Misterio es una definición acertada, porque permite alumbrar un poco más al presente volumen, plagado de esa clase de preguntas que no suelen tener claras respuestas.
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La escritura “incorregible" de “El frasquito”, de Luis Gusmán, a cuarenta años de su publicación (nota escrita en 2013)


En 1973 Ricardo Piglia escribía: “Habría que decir de ‘El frasquito’ que es una novela policial donde el asesino, la víctima, el detective y el narrador son la misma persona (…), su relato va y viene, articulado entre la repetición y el suspenso de un sentido siempre desplazado”.

En “El frasquito”, en efecto, no hay un núcleo, sino voces diversas y un constante desplazamiento de lo narrado. "Es la presencia de la palabra la que permite la conformación del texto y no la existencia de una historia la que hace posible la narración", expresaba Gisela García en un trabajo sobre esta ficción, la primera de Luis Gusmán y uno de sus trabajos capitales.

La breve novela fue una revelación y una revulsión en los conflictivos años ’70. No llegó para sumarse a la “denuncia” social ni a la discusión política y en cambio se ubicó en los márgenes, como en el mismo tiempo lo hicieron “Sebregondi retrocede”, de Osvaldo Lamborghini y “Nanina”, de Germán García. Eran textos que hablaban de sexo, de disconformidad, de cierta –o total- marginalidad. No por nada a los pocos años, con la dictadura militar, fueron prohibidos, retirados de circulación.

Ha pasado el tiempo, cuarenta años exactos desde la primera edición de “El frasquito”. Se trató de una edición minúscula, de casi nula riqueza gráfica, también disruptiva como el texto lo es, de Alberto Noé, responsable además de la publicación de “Sebregondi retrocede”. Pero felizmente el libro no pasó desapercibido debido, entre otros hechos, a que Osvaldo Soriano escribió un artículo ponderativo en “La Opinión”, de Jacobo Timerman (cronista y diario muy leídos en la época). Los mil ejemplares de la primera edición desaparecieron de las librerías prácticamente en un santiamén.

Desde entonces a hoy las costumbres han mutado significativamente y “El frasquito” puede ser leído, y considerado, sin anteojeras, ni condicionantes ideológicos. Así, se pueden advertir su “fiereza” (que sigue intacta), su riqueza expresiva, la audacia del joven Gusmán de la época (Respecto de Gusmán: una mala anotación en el Registro Civil trocó la z habitual del apellido por una s y, en la primera época del escritor, su apellido se escribía con acento).

Violenta, despiadadamente autobiográfica (aunque nunca terminan de aclararse los hechos), la edípica relación de un hijo con su madre, las obsesiones sexuales, la presencia de los cuerpos y del deseo, la ausencia de dinero, la religión (o, para mejor decir, las religiones), la muerte –especialmente la de un mellizo fallecido-, las teorías psicoanalíticas, todo expresado como si fueran obsesiones, como si fueran patologías, confluyen en “El frasquito”.

Edhasa ha vuelto a publicar la novela de Gusmán, en una edición homenaje, incorporando un prólogo de Luis Chitarroni y un texto del autor, de 1984, en el que recuerda un episodio que vivió en 1977, cuando trabajaba en una librería. En esa ocasión intentó regalar “El frasquito” a una conocida, pero una empleada municipal se lo impidió, reteniendo el ejemplar (que luego fue prohibido por decreto, a pesar de que estaba agotado) y calificando a su autor de “degenerado”.

Ezequiel Alemián, en Ñ, de Clarín de Buenos Aires, en un reportaje que le hizo a Gusmán con motivo de la reedición de la novela, expresaba que era "un texto de vanguardia que quebraba la legibilidad tradicional de la literatura, apelando a una sintaxis en descomposición, a un vocabulario que se nutría de términos marginales, a un referente sexualizado y opaco". Todo lo cual es cierto, como también que, como afirmaba el mismo periodista, "El frasquito" es "incorregible".
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 Video: diálogo de la periodista Cristina Mucci con Luis Gusmán en el programa “Los siete locos”, 18/10/14. Duración: 11,35

viernes, 4 de diciembre de 2015

"Patria o muerte", de Alberto Barrera Tyszka. Para un retrato de la actual Venezuela

“Patria o muerte”, de Alberto Barrera Tyszka
Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2015, 246 páginas
XI Premio Tusquets Editores de Novela
En España: 18 euros. En Argentina: 289 pesos
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“Me interesa la fragilidad del ser humano, trato de conectar con el lector a través del dolor”, expresó el venezolano Alberto Barrera Tyszka, autor de “Patria o muerte”, libro polifónico que transcurre durante el último año de vida del presidente Hugo Chávez, es decir entre principios de 2012 y marzo de 2013, cuya agonía y deceso implicaron un hecho político de tal magnitud que en Venezuela a nadie dejó indiferente.

Muchas sociedades latinoamericanas se encuentran en procesos de cambio que, de una u otra manera, las ha terminado dividiendo. Venezuela, sin duda, vive esa experiencia de una forma tan marcada como dramática. Barrera Tyszka ha logrado en este libro captar dicho estado de ánimo, esas divisiones, hasta los enfrentamientos, plasmados a través de los diversos personajes que animan su ficción.

Son personajes anónimos que viven en una ciudad violenta, tanto por la situación política como por la cotidiana (Venezuela registra uno de los más altos índices de criminalidad del continente, incluyendo asaltos, secuestros y asesinatos), se encuentran en general muy impactados por la enfermedad de Chávez y al mismo tiempo deben enfrentarse con los problemas cotidianos propios de la gente común.

No obstante, prevalece lo político. Barrera Tyszka nunca ocultó su oposición al chavismo, pero en la novela procura mantenerse ecuánime. Nadie es totalmente inocente, nadie es del todo culpable. Ocurre que las “marcas” de la política son intensas y es difícil evitarlas.

Quien más la evita es la madre de María, una niña de nueve años, quien vive encerrada en su departamento, temerosa de todo (“¿Qué quieres, que salga y la maten?”, le pregunta a una amiga que le reprocha el aislamiento al que somete a su hija). La niña, en tanto, terminará "refugiándose" en una computadora, regalada por su madrina, como única manera de espiar al mundo.

El que vive un conflicto más complejo es el anciano oncólogo Miguel Sanabria, quien persigue el imposible de mostrarse equidistante en la lucha política, aunque cada día que pasa se inclina más por la crítica que por sus acuerdos con el gobierno chavista. Otros integrantes de la “galería” son el sobrino de Miguel, Vladimir, y su padre, hermano del oncólogo, Antonio, ambos cuadros gubernativos, aunque de escasa relación entre ellos. Es por eso que Vladimir le confía al tío unos teléfonos móviles o celulares para que los guarde, porque allí reside todo un secreto de estado. 

Sanabria se siente contradictoriamente comprometido ante el pedido: no puede negarse a su sobrino y, al mismo tiempo, rechaza la idea de verse involucrado en una cuestión política. Máxime porque su mujer, Beatriz, es una antichavista fanática, a la que debe ocultar el verdadero presente griego que le deja su sobrino en custodia. 

La compleja trama, que debe ser entendida como una red que se amplía de manera constante, no concluye allí, sino que se extiende a otros personajes, entre ellos el periodista Fredy Lecuna, su mujer y su hijo, que alquilan un departamento en el mismo inmueble que habita Sanabria y que no pueden dejar porque carecen de dinero. El alejamiento aludido refiere a la exigencia de la dueña del inmueble, Andreína Mijares, quien luego de haber fracasado en sus intentos de radicarse en Miami desea volver allí porque no tiene otro lugar donde vivir.

Lecuna, que está sin trabajo, entiende que su “salvación”· estribaría en la redacción de un libro de actualidad. Su sorpresa será la de recibir el encargo de escribir sobre la situación de Chávez, su enfermedad, los viajes periódicos a Cuba y los tratamientos secretos que allí recibe. Y lo que le ocurrirá después supondrá su infierno personal. En tanto, Rodrigo, hijo del periodista, Internet mediante se relacionará con María, ambos niños perdidos en un mundo manejado por adultos, que no los termina de integrar y, menos, de  comprender.

Mientras ocurren estos encuentros y desencuentros, en una Caracas plena de actividad y contradicciones, el “telón de fondo” refiere, claro está, a los que fueron los últimos meses de vida de Chávez, recargada de secretos, de comunicaciones confusas, de verdaderos pasos de comedia (disparatada y trágica en forma simultánea) emitidas desde un poder que no puede o no sabe asimilar la enfermedad terminal que afectaba al “comandante”.

“Toda la sociedad se transformó en una verdadera sala de espera”, expresó el autor al referirse a aquel período que, además de secreto, llegó a ser demencial, como cuando el actual presidente Maduro sostuvo haber mantenido una reunión de trabajo con Chávez de cinco horas de duración, cuando éste se encontraba agonizando en Cuba, siempre en sitio desconocido.

La habilidad del autor consiste en ir “mechando” los episodios individuales con los de la historia oficial, tan plagada de misterios y de contradicciones, de extraños y prolongados silencios oficiales. “A mí me pareció importante contar la historia humana de gente común y corriente en ese momento tan difícil de nuestra historia, como lo fue la agonía y muerte de Chávez”, señaló Barrera Tyszka a Ewald Scharfenberg, de “El País”. Acertó, como también lo hizo al afirmar que intentó “meterse en los zapatos” de los distintos personajes, incluyendo algunos de filiación chavistas a los que trata de comprender, a pesar de ser, como se dijo, confeso opositor al régimen.

En este último sentido, destaco la sensibilidad del escritor al “meterse” en la piel de tres mujeres extraídas del mundo marginal de Caracas, en el que viven de manera miserable, pero que se han sentido reivindicadas con la presencia de Chávez en el poder: Ese acto de honestidad, sensibiliza la novela y de cierta manera la equilibra y termina “salvándola” en términos morales, en el sentido de que Barrera Tyszka no se cierra ni se encierra en sus juicios y prejuicios.

 “Patria o muerte”, se difunde en momentos de máxima tensión y esta nota se escribe días antes de las elecciones del próximo domingo, que acentúan, si eso es posible, los interrogantes sobre el presente y el futuro de un país que, lamentablemente, mientras se afectan los derechos humanos ve diluirse su democracia momento a momento mientras vive al borde mismo de una guerra civil. El libro, que aunque ficción no deja de lado su costado documental, se vuelve un verdadero documento de época, al tiempo que como novela se evidencia equilibrada y amena, merecedora del premio recibido.
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Fotografías laterales: Arriba: manifestación chavista. Abajo: manifestación opositora.
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“A todos los que estábamos ahí nos decían así –cuenta una de ellas a una opositora-. Éramos los tierrúos. Porque ahí no había ni calles, ni escalera, ni tuberías, ni nada. Estábamos jodidos. A veces ni comíamos. No teníamos un coño. Todo era pura tierra. La tierra y nosotros. Éramos los pobres de los pobres. ¿Entiendes?”.
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Datos para una biografía
Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960) es autor de las novelas “También el corazón es un descuido” (2001), “La enfermedad” (Premio Herralde, 2006), “Rating” (2011) y “Patria o muerte” (2015), de los libros de cuentos “Edición de lujo” (1990), “Perros” (2006) y “Crímenes” (2009), de los poemarios “Amor que por demás” (1985), “Coyote de ventanas” (1993), “Tal vez el frío” (2000) y “La inquietud. Poesía reunida (1985-2012)” (2013) y de las colecciones de crónicas “Alta Traición” (2008) y “Un país a la semana” (2013). En colaboración con la periodista Cristina Marcano publicó la primera biografía documentada del presidente de Venezuela: “Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal” (2005). Es licenciado por la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, donde imparte clases en la cátedra de Crónicas. Durante años también ha ejercido de guionista para telenovelas. En China, en 2007, recibió el premio a la mejor novela en lengua extranjera de la Casa Editorial del Pueblo. Colabora habitualmente con medios como El País, El Nacional, Letras Libres, Etiqueta Negra y Gatopardo.
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Video: entrevista a Alberto Barrera Tyszka en el programa televisivo venezolano “Aló, buenas noches”, del 1/10/2015. Duración: 8 minutos.