jueves, 15 de diciembre de 2016

Un gran rescate: "Cronomoto", de Kurt Vonnegut. La búsqueda de la felicidad

“Cronomoto” (“Timequake”), de Kurt Vonnegut.
Malpaso, Barcelona, 2015, 225 páginas.
Traducción de Carlos Gardini.
En España: 19 euros. En Argentina: 380 pesos.

Con la tardanza de un año respecto de su aparición en España, se ha distribuido finalmente en la Argentina “Cronomoto”, el último libro que quedaba sin traducir del norteamericano Kurt Vonnegut (1922-2007). A favor de esta edición se da el hecho de que la versión le fue confiada a Carlos Gardini, especialista en este escritor extemporáneo, quien logró diseccionar a los Estados Unidos a través de sus textos, cómicos, hasta caricaturescos, pero también vitriólicos.
“Cronomoto”, palabra que debe interpretarse como “terremoto del tiempo” (traducción que respeta el sentido del título original) suele ser situado entre las “novelas” del autor, porque así siempre la consideró el propio Vonnegut, aunque en realidad se trata de una serie de disquisiciones, ficciones entrecortadas, confesos fragmentos autobiográficos y “noticias” de Kilgore Trout, uno de los personajes centrales del narrador, supuesto autor de ciencia ficción a quien ha utilizado reiteradas veces como su alter ego.
Resulta por lo tanto difícil encontrar un hilo conductor a esta madeja de textos dispares (muchos resueltos con franco humor) que nunca termina de despejarse, quizás porque su autor se encontró ante laberintos temáticos que no logró desbrozar en su totalidad.
No obstante, Vonnegut plantea un relato central que refiere al “terremoto del tiempo” antes aludido, que refiere a una suerte de condena a lo Sísifo que vive de súbito la humanidad entera, porque debido a una “broma” del Universo mujeres y hombres (y animales, y vegetales, y…) registran un salto hacia atrás de una década y, una vez suprimido el libre albedrío, todos se verán obligados a revivir sus experiencias de esos diez años que deben recuperar, día a día, momento a momento, sin escapatorias ni escamoteos, teniendo que repetir lo que se ha hecho, sin poder eludir faltas o errores. A través de ese juego, Vonnegut nos dice que desconfía del propio libre albedrío, que es decir de la libertad humana.
La presente “antinovela” acusa notorios desniveles porque muestra a un Vonnegut como rodeado por sus fantasmas temáticos que al parecer le impidieron ir más allá de esa propuesta narrativa, puesto que en vez de enriquecer y/o complejizar su ficción, se inclina por derivar hacia otros planos y hablarnos de cuestiones personales, que llegan a incluir la enfermedad terminal de su hermano o anécdotas sobre sus antepasados.
Los biógrafos ubican la redacción del libro en una época -1997- en la que el autor estaba pasando por un proceso de divorcio de su segundo matrimonio que quedó sin efecto, aunque al respecto Rodrigo Fresán sostiene que la relación que mantuvo con la fotógrafa Jill Krementz, con quien se casó en 1979 y siguió con ella hasta su muerte, fue un constante “matrimonio en llamas”.

El pesimista. “Cronomoto” registra un trasfondo pesimista innegable. Su fragmentación interna, las reflexiones sobre la vida cotidiana (que incluyen hasta propuestas de reformas a la misma Constitución estadounidense) muestra a un creador que parece haber arribado a los límites de su fertilidad narrativa, tal como si exhibiera cómo los pozos de creatividad se habían secado. Lo que le quedaba entonces fue volver a sus reflexiones, retornar a Kilgore y a una serie de pequeños relatos, a acontecimientos inventados los unos, reales los otros, que se yuxtaponen y complementan, pero que en suma nos hacen sentir que Vonnegut comenzó entonces, avant-la-lettre, a despedirse de los lectores y de la propia vida.
En parte tuvo razón, porque aunque vivió diez años más después de publicado este trabajo, lo único que de él se conoció posteriormente fue “Un hombre sin patria”, libro integrado por una serie de artículos, de 2005. En forma póstuma aparecerían cuentos de su primera época y textos sueltos que no habían sido recopilados en libro.


El encuentro con Kilgore. En un futuro venidero (venidero en relación a la publicación del libro; ese futuro es situado en 2001) el narrador encuentra a Kilgore Trout en la suite Ernest Hemingway de Xanadú, un lujoso lugar de retiro para escritores, donde supuestamente el gran creador de cuentos de ciencia ficción que pocos conocen presuntamente morirá.
Allí se concentran los mejores amigos de Vonnegut, sus más allegados y allí el narrador al fin le podrá hacer preguntas fundamentales a Kilgore, a las que éste contestará con vaguedades, aunque todas apuntarán al hecho de que la humanidad está enterrándose, agotándose, debido a la frivolidad intrínseca que entraña la televisión. Y a todo lo que llegó de arrastre con y a través de ella.
“Cronomoto” está resuelto en breves capítulos, que alguien quiso ver con remedos de guiones de cómics. El hilo conductor de la historia central aparece y se pierde y vuelve a reaparecer más tarde. En el medio Vonnegut introduce presuntos cuentos cortos de Kilgore, quien gran parte de su vida vivió como un vagabundo, así como la extraña relación que se establece entre éste y un guardia de seguridad negro, Dudley Prince, de la bastante esotérica Academia de Artes y Letras, quien interpreta que los cuentos de Trout (que recoge de la basura) son como mensajes divinos. O algo similar.
Collage, boutades, reflexiones cómicas, historias inconclusas, chistes a granel, pero también una suerte de constante desazón, terminan siendo el todo de “Cronomoto”, libro en el que Vonnegut vuelve a apelar a la conciencia humana, al Sermón de la Montaña, al “amaos los unos con los otros” y, pese a su pesimismo, casi contradictoriamente, a celebrar la felicidad allí donde se encuentre y por pequeña que fue: “Si esto no es agradable, ¿qué lo es?”, repetía un pariente de Vonnegut.
“El espectáculo debe continuar”, nos dice. Y en tanto nuestra misión es seguir buscando los espacios de felicidad donde los hubiera:

“En mis conferencias –escribe Vonnegut- suelo decir que una plausible misión del artista es lograr que la gente se sienta contenta de estar viva. Entonces me preguntan si sé de algún artista que lo haya conseguido:
-Los Beatles- respondo”.

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