sábado, 30 de julio de 2016

"El ruido del tiempo", de Julian Barnes. El terror, la humillación, las contradicciones humanas

“El ruido del tiempo” (“The Noise of Time”), de Julian Barnes.
Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 199 páginas.
Traducción de Jaime Zulaika.
En España: 16,90 euros. En Argentina: 275 pesos.

“El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo”.
Noche a noche, un hombre sale de su departamento donde han quedado durmiendo su mujer y su pequeña hija. Lleva consigo una pequeña valija en la que ha guardado una muda de ropa, el cepillo de dientes, el dentífrico y varios paquetes de cigarrillos.
Vive en un edificio, en el tercer o cuarto piso, y en realidad no va a ninguna parte sino que queda esperando, una, dos, tres horas. Espera que llegue alguien para llevárselo detenido a un lugar incierto, del que posiblemente no regrese nunca.
Fuma de manera incansable y no hace nada más. Cuando el ascensor del edificio se pone en marcha él se paraliza. A veces la máquina pasa de lado y sigue su marcha hacia pisos superiores. Cuando ocasionalmente se detiene en el lugar donde se encuentra, el miedo se apodera del hombre de la valija, pero quien desciende del ascensor es un vecino, que se limita a mirarlo, quizás a saludarlo con vago gesto. Nada pregunta. Los dos viven el terror.
Después, cuando se aproxima la madrugada, el hombre de la valija regresa a su departamento y su acuesta vestido al lado de su mujer que simula dormir, pero no lo hace, como no lo ha podido hacer casi nunca en esas noches interminables.
Estamos en Moscú, en 1936 o 1937, cuando José Stalin ha consolidado su reino del terror. Se vive en el país de los murmullos, donde nadie confía en nadie, en el que la gente desaparece sin dejar rastros. Y, muy presumiblemente, detrás de él también lo hagan familiares, parientes cercanos y lejanos, amigos. Y nadie preguntará nada, porque a nadie se puede preguntar.
El hombre de la valija es el afamado músico soviético Dmitri Shostakóvich, quien por ese tiempo ha caído en desgracia luego de que el mismísimo Stalin concurriera a escuchar la versión de su ópera “Lady Macbeth del distrito de Msenk” y le resultara intolerable. Tanto que se retiró, acompañado por sus corifeos de la Nomenclatura, antes de que la ópera concluyera. Dos días después, el diario oficial Pravda publica un editorial, quizás escrito por el propio Stalin o en todo caso ordenado por él, en el que condena la “bulla” de la obra, creación de un artista decadente, burgués sin atenuantes.
Pese a sus temores, y aunque estuvo a punto de ser vinculado con un supuesto complot para asesinar a Stalin, Shostakóvich nunca fue arrestado y de a poco recuperó posiciones de privilegio en el siempre aterrador mundo del autoritarismo soviético. Sobrevivió, pero a cambio de humillaciones y de la propia destrucción de su dignidad humana.
Con una prosa cuidada, cuando no lírica, el británico Julian Barnes nos cuenta, dividiéndola en cuatro partes, la vida y las peripecias del gran músico en su última novela, considerada como excelente por cierto sector de la crítica, pero en cambio excesivamente parcial por quienes han conocido otras versiones sobre lo que ocurrió con Shostakóvich, quien hizo del silencio su manera de mantenerse vivo en un clima opresivo, en el que la sospecha y el espiar-al-otro eran moneda cotidiana.

Hannah Arendt
“El terror es la esencia”. Hannah Arendt dejó expresado que “El terror es la esencia de la dominación totalitaria”. Es lo que sintió Shostakóvich y, según refiere Barnes, a él se sometió luego de esa humillación inferida por Stalin al desacreditarlo en público y abriendo una suerte de galería para que se sumaran múltiples voces a la denigración y el escarnio que se abatieron de inmediato sobre el músico soviético.
Le volvió a ocurrir en 1948, cuando un comité anatematizó su música pasada y presente, pero sin embargo al año siguiente Stalin mismo lo puso de nuevo en circulación y lo envió a Estados Unidos, en una misión de buena voluntad con la que se intentó, sin lograrlo, ganarse la simpatía del pueblo norteamericano.
De ahí en más volvieron los reconocimientos y las distinciones aunque, siempre según Barnes, el músico nunca dejó de sentirse indigno. “Me siento un gusano”, le llegó a decir a Nikita Jruschov, famoso primer ministro de la nación soviética, quien inició un proceso de destalinización que en definitiva, y aún hoy, nunca quedó concluido.

Dmitri Shostakóvich
Notas oscuras. Shostakóvich no demostró, en vida y de manera pública, la menor oposición al régimen. Por el contrario, fue aceptando tanto las reconvenciones como los premios y las designaciones que fueron más allá de lo honorífico, como cuando terminó afiliándose tardíamente afiliarse al Partido Comunista al tiempo de aceptar la presidencia de la Unión de Compositores de la Federación Rusa.
No discutió las críticas que le dirigían y hasta aceptó recibir mansamente a un dirigente que lo fue llevando, con comentarios y lecturas, por el camino “correcto” del buen comunista. Aunque hacía pocos meses que hasta su música estaba prohibida en todo su país y su figura era criticada, aceptó ser uno de los principales responsables de la embajada de buena voluntad que visitó Estados Unidos para defender allí las “maravillas” del estado soviético. Oportunidad en la que intentó entrevistar al exiliado Ígor Stravinski, a lo que éste comprensiblemente se negó.
Shostakóvich quizás se sintiera de por vida como “el hombre de la valija”, pero no trepidó en seguir componiendo música (de gran calidad la mayor parte de las veces, pero también la que le era encargada por la autoridad) y no vaciló en firmar documentos condenatorios de Aleksandr Solzhenitsyn y Andrei Sájarov cuando el Poder se lo indicó.
Aparte de que en un país de privaciones, siempre vivió bien. Tuvo automóviles con chofer, departamentos confortables, dachas de descanso y un buen pasar económico. Además, como se dijo, el régimen lo abrumó con distinciones hasta su muerte en 1975, a los 69 años, víctima de un cáncer de pulmón previsible en un fumador empedernido como lo fue toda su vida.

El valor de la novela. Esto en cuanto a lo que se deduce de la existencia de este gran músico. Es también el déficit que se advierte en el anecdotario que recoge Barnes, a quien le ha interesado precisar que se trata de una novela, es decir de una ficción plagada de invenciones y subjetividades a partir de hechos reales.
Creo que los límites que pueden encontrársele devienen de la visión sesgada de una vida oscura que terminó siendo servil y complaciente a pesar de que otros, pese a todo, mostraron en determinados momentos de su vida signos de rebeldía ante el nefasto régimen que se abatió sobre lo que hoy es Rusia durante décadas.
No obstante, Barnes es a mi entender un magnífico narrador que sabe construir sus relatos con sostenido lirismo y hallazgos expresivos que hablan de su alto talento literario. “El ruido del tiempo” es también el rescate de un momento tétrico, patético y absurdo de la historia que tantas veces se ha registrado y se registra en este mundo contemporáneo, y que tanto pone en cuestión la propia condición humana.

“Y así empezaron sus vigilias junto al ascensor. No era el único que las hacía. Otros en la ciudad hacían lo mismo con el propósito de ahorrar a sus seres queridos el espectáculo de su detención. Todas las noches seguía la misma rutina: evacuaba los intestinos, besaba a su hija dormida, besaba a su mujer despierta, tomaba el maletín de sus manos y cerraba la puerta de la casa. Casi como si se marchara para el turno de noche. En cierto modo era así. Y después esperaba, pensando en el pasado, temiendo el futuro, fumando para matar el breve tiempo del presente. Tenía el maletín apoyado en la pantorrilla para tranquilizarse y tranquilizar a otros; una medida práctica. Le daba el aspecto de ser responsable de lo que ocurría en lugar de ser su víctima. Los hombres que salían de su casa con una maleta en las manos normalmente volvían. Los hombres a los que sacaban de la cama a rastras en pijama a menudo no volvían. Poco importaba que esto fuera cierto o no. Lo importante era aparentar que no tenía miedo”.

Datos para una biografía. Julian Barnes (Leicester, 1946) se educó en Londres y en Oxford. Está considerado una de las mayores revelaciones de la narrativa inglesa de las últimas décadas. Es autor de doce novelas: Metrolandia (Premio Somerset Maugham 1981), Antes de conocernosEl loro de Flaubert (Premio Geoffrey Faber Memorial y, en Francia, Premio Médicis), Mirando al solUna historia del mundo en diez capítulos y medioHablando del asunto (Premio Fémina a la mejor novela extranjera publicada en Francia), El puercoespínInglaterra, InglaterraAmor, etcéteraArthur & GeorgeEl sentido de un final, Niveles de vida y El ruido del tiempo, de los libros de relatos Al otro lado del CanalLa mesa limón y Pulso, del libro El perfeccionista en la cocina y de sus memorias Nada que temer. Ha recibido entre otros galardones, el Premio E. M. Forster de la American Academy of Arts and Letters, el William Shakespeare de la Fundación FvS de Hamburgo y el Man Booker, y es Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres acordado en Francia.

En Internet:

Video: entrevista de la BBC realizada el 29 de enero de 2016. Duración: 7,39 minutos (en inglés)

lunes, 18 de julio de 2016

"Helada negra", de Patricia Severín. El dolor de vivir

“Helada negra”, de Patricia Severín.
Ediciones Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2016, 90 páginas.
En Argentina: 140 pesos.

Definen a la helada negra como “el terror de los agricultores porque no hay cultivo que la sobreviva”, incluyendo a los más resistentes. En estas circunstancias, se añade, no hay formación de escarcha por lo que el frío lento y persistente ataca directamente a las estructuras internas.
Lo concreto, que apunta a lo simbólico, se hace aún más específico, y terrible, cuando la información precisa que “a nivel celular aparecen cristalitos en forma de cuchillos que desgarran la maquinaria interna de las células y las membranas internas se desecan a causa del mismo proceso de congelación”.
Resultado: la necrosis de los tejidos dañados que se ennegrecen de golpe como consecuencia de la podredumbre y si los daños afectan a partes vitales, como el tronco y las hojas, la planta muere.
De estos daños, profundos, íntimos, irreversibles, de la “helada (el hada) negra” que no hace milagros salvíficos en la vida, nos habla la decena de cuentos bien macerados de Patricia Severín, quien a mi juicio encuentra su mejor voz cuando incursiona en el género.
La selección de este libro compacto, que exige lectura atenta, se abre con un cuento cuyo título, “El hombre que más amó a mi hermana”, puede llamar a un engaño del que lector saldrá de inmediato puesto que se trata de un relato en el que el amor y la muerte se encuentran profundamente entrelazados.
La habilidad narrativa de Severín presenta acá sus momentos más logrados, en un cuento plagado de saltos cronológicos, de fuerte contenido autobiográfico que, amén de ser una elegía por una pérdida muy próxima, es también una reflexión sobre la complejidad del amor.
En estos relatos en general los amores no suelen ser correspondidos. En ellos lo femenino se impone, aunque no en sus versiones edulcoradas o de romanticismo trasnochado, sino que hablan de la vida “vista” desde lo profundo de la mujer. Esto no es juicio de valor, desde ya, sino que Severín cuenta con sus emociones a flor de piel, y aunque invente situaciones y personajes, aún los masculinos, es la mujer la que se instala en estas páginas. Y se expresa con toda su singularidad.
“Helada negra”, el relato que da título al libro y con el que cierra el volumen, es donde más esa mujer se manifiesta, donde estalla, como si se tratara de un grito último, agónico, diciendo su íntima verdad. Imposible hablar de su contenido, aunque sí puede aludirse a la relación única y definitiva de una madre con su hijo recién nacido.
Así como el amor es el que “informa” al primer cuento, las emociones, los afectos correspondidos o no, hablan de distinta forma en otros cuentos, como en “Mano izquierda”, en el que un accidente circunstancial que sufre un hombre que hacha leña, esconde en realidad determinados infiernos personales. Que es lo que también ocurre en “Corazón de erizo”, en el que una gran familia, el dinero y la soledad profunda se esconden detrás de una constante hipocresía.

La naturaleza, los detalles. Dos de los cuentos de este libro merecerían un análisis minucioso que una reseña no lo permite, puesto que debería incursionar y exponer todos sus secretos. Me refiero a las ya citados “El hombre que más amó a mi hermana” y “Corazón de erizo”, en los que las descripciones minuciosas y la fuerte presencia de la naturaleza –también pintada de manera minuciosa- se vuelven coprotagonistas de las historias centrales.
Notable la habilidad de Severín para fragmentar las historias, jugar con el presente y el pasado y, particularmente, aportar esos detalles mínimos, no nimios, que Nabokov le reclamaba a la mejor literatura.
Qué fuerza tienen en estos cuentos la descripción de flores, de árboles, de ropas, de determinados ambientes, que van constituyéndose la materia viva, decisiva, de los relatos, que tanto refuerzan las situaciones-límite que viven las dos protagonistas, ambas marcadas por la tragedia.
Tragedia: he aquí otra palabra decisiva en estos textos de la autora. Tragedia de la hermana, tragedia de la prima, tragedia de la mujer engañada, tragedia de esa otra mujer que busca sus ancestros en Italia (y el misterio que encierra el pasado de su abuelo), tragedia de quien corta leña, tragedia de la mujer que en la soledad más profunda (más íntima) describe una historia amorosa en tiempos de la computadora (los tiempos pasan, las costumbres mutan, pero las emociones y el dolor son permanentes, persistentes). La pequeña/grande tragedia de la familia que espera la llegada del hombre a la luna. O la tragedia de la mujer con su hijo recién nacido durante un viaje bajo la trágica helada negra.
Tragedia, al fin, del hombre que más amó a su hermana, obsesionado, obsesivo, incontenible, incapaz de aceptar la realidad (y, de paso, excelente decisión de Severín al hacerlo portador de algo inefable, tremendo, que escapa a cualquier definición, porque eso es un universo que está vedado descifrar).
Breve pero contundente libro, a mi entender el más sólido de sus títulos, estos textos de Severín merecen la lectura y la promoción, ser difundidos, conocidos dentro y fuera de nuestras “fronteras” regionales. Por supuesto, se trata de una casi una mera expresión de deseos dado que vivimos en un territorio llamado Argentina, tan centralista, tan ignorante de lo que ocurre en la totalidad del país. Tan injustamente ciego.

“Ella levantaba las manos y sus brazos se desplegaban como banderas claras delante de los limpiatubos, que estallaban en rojo sobre el fondo de los plátanos. Yo quería disimular mi soledad ese atardecer, cuando el sol se ponía tenso y naranja entre los árboles del parque, buscando cualquier cosa, un pretexto en la cartera, diciéndome mil veces para qué viniste, para qué te pusiste el vestido de falda transparente que molesta (o yo pensaba que traslucía y molestaba tanto). Traté de colocarme de costado y alejarme de los grupos para que mis piernas no se vieran cuando la luz daba sobre la falda. Me protegía en la penumbra, haciendo como si buscara algo, o corría a observar detenidamente la flor del limpiatubos, alargada como una boquilla gruesa o un cepillo tupido y cilíndrico, de esos que se usan en los bares para limpiar el fondo de los vasos. ¿Por qué se llamaría así? ¿Y no rosa ígnea o carmesí de flecha o dedos de fuego? Ese arbusto me estaba poniendo poeta y eso era malo. Siempre que me ponía poeta algo incontrolable sucedía, como si al abrirse los poros del corazón se derramase por esos ínfimos agujeros toda la sangre”.

Datos para una biografía
Patricia Severín nació en Rafaela, Santa Fe, y luego de residir en Reconquista se radicó en la ciudad de Santa Fe. Ha publicado la novela “Salir de cacería”, los libros de cuentos “Las líneas de la mano” y “Sólo de amor”, así como los poemarios “La loca de ausencia”, “Amor en mano y cien hombres volando” (con Graciela Geller y Adriana Díaz Costra), “Poemas con bichos”, “Libros de las certezas”, “El universo de la mentira” y “Abuela y la niña”. Sus textos han aparecido en diversas antologías, nacionales e internacionales. Ha recibido los premios  Fondo Nacional de las Artes, Municipalidad de Buenos Aires y Faja de Honor de la Sade Santa Fe. Junto con Alicia Barberis y Graciela Prieto Rey dirige en Santa Fe la Editorial Palabrava.
 Enlaces:

jueves, 7 de julio de 2016

"Manual para mujeres de la limpieza", de Lucia Berlin: El nervio desnudo de la vida.

“Manual para mujeres de la limpieza” (“A Manual for Cleaning Women.  Selected Stories”), de Lucía Berlin.
Alfaguara, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 429 páginas.
Edición e introducción de Stephen Emerson. Prólogo de Lydia Davis.
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino.
En España: 20,90 euros. En Argentina: 269 pesos.

Es tan infrecuente encontrarse con la excelencia, con la extrema calidad y originalidad en una obra artística, que cuando eso ocurre corresponde destacarlo, celebrarlo. Eso nos ha pasado con estos más de cuarenta cuentos de la casi desconocida Lucía Berlin.
Sólo en el último tiempo en los Estados Unidos ha tomado impulso rescatar su obra narrativa, que únicamente la integran setenta y seis cuentos que se encontraban en el olvido. Rescatarlos, recuperarlos, darlos a conocer a los lectores de nuestros días, supone un fundamental acto de justicia y una reparación necesaria para quien fue una escritora de excepción que llevó una vida azarosa, poco feliz, cargada de hijos, cuentas y extenuantes problemas físicos y sociales (fue alcohólica durante gran parte de su vida) y que sin embargo tuvo la entereza de afrontarlos, mientras luchaba por sobrevivir, llevando adelante penosos trabajos de subsistencia.
Sorprenden varias cosas: el humor que supo extraer de esas experiencias y volcarlas en relatos que aunque no son estrictamente autobiográficos, en muchas ocasiones evidencian que se basan en un amplio anecdotario personal, la fuerza de voluntad que puso para hacerse cargo de cuatro hijos (mientras sus distintas parejas la abandonaban o ella optaba por el alejamiento), soportar trabajos mal remunerados a pesar de sus conocimientos académicos y su dominio de varios idiomas, superar el alcoholismo y sobrellevar una escoliosis progresiva que le obligó en determinado momento a cargar con un corsé metálico, mientras la enfermedad avanzó al punto de perforarle un pulmón y obligarla a vivir sus últimos años con máscara de oxígeno.
No debe haber sido nada menor, cuando joven, poseer un rostro de gran belleza, tanto que asombra porque recuerda a esas caras infrecuentes del Hollywood de la Edad de Oro, como la de Elizabeth Taylor.
Más allá de esa circunstancia, la realidad fue que aunque haya tenido algún tipo de reconocimiento en su país natal o en otros donde vivió (residió en lugares como México y Chile, hablaba fluidamente el castellano), su obra no tuvo la repercusión merecida. Esta compilación viene, por suerte, a reparar esa falta.

Alí Khan
Mujeres en acción. Un total de seis libros mínimos que vendieron escasos ejemplares, fue todo lo que se conoció de ella como autora en vida (murió en 2004) y aunque empezó publicando en revistas de prestigio, optó antes que nada por una existencia errante, cargada de sobresaltos. Tuvo una madre terrible, familiares alcohólicos, un padre ingeniero que la llevó a vivir a pueblos mineros de los Estados Unidos. Luego se trasladó al exterior, primero a México y más tarde a Chile, en cuya capital, Santiago, vivió como una “princesa”, rodeada de un confort y con un nivel que ni antes ni después volvería a ser lo “propio” de su historia personal (el príncipe Alí Khan le dio fuego para su primer cigarrillo). Luego, ya de regreso en su país, mientras luchaba contra el alcoholismo y la escoliosis, tuvo trabajos muchas veces miserables, materia prima de la mayoría de sus cuentos.
En ellos, a través de ellos, se “ven” las mujeres pobres en acción. Son mujeres, en general, sin hombres (o porque han muerto o las han dejado o porque ellas tomaron la decisión de abandonarlos) que afrontan sus historias pequeñas, o grandes, con paciencia, tenacidad y un innato sentido de la dignidad. Esas mujeres, a través de la fecunda capacidad narrativa de Berlin, tienen humor y sus muchas penas, sus trabajos extenuantes, sus “luchas” contra patrones considerablemente insensibles (“las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos”), sus dificultades económicas persistentes son sobrellevadas como mejor pueden (y saben) en un ámbito pudiente que sin embargo no las contempla.
Sus mundos tienen que ver con vetustos buses o colectivos, lavanderías, hospitales o clínicas, enfermedades, barrios marginales, sexualidad omnipresente aunque no siempre feliz o correspondida, miseria de todo orden, aunque Berlin se cuida de caer en la autoconmiseración, en la pintura propia del realismo socialista. Es su personal “realismo sucio” y veraz y por eso, porque tiene que ver con la verdad de quien carece no sólo de dinero sino también de planes, del sentido de la felicidad, se la ha vinculado con el Raymond Carver que –como ella- supo luchar contra el alcohol, las carencias, el nervio desnudo de la vida.

Lydia Davis
Allí, donde quiso estar. Ajena a la fama (quienes la conocieron dicen que, de haberla tenido o conocido,  no habría sabido lidiar con ella), próxima a los perdedores, dueña de una prosa de alta originalidad, con textos que son impecables pese a que parecen faltos de pulimento, que no dejan mensajes, que son chejovianos pasajes de vida (y que suelen concluir sin vueltas de tuerca inesperados, sin sorpresas, que simplemente se desvanecen) su voz recuerda a las mejores y al mismo tiempo se yergue con su propia singularidad.
Admiradora incondicional, en un prólogo sugerente, iluminador, Lydia Davis, gran escritora, expresa, al referirse a la calidad de su obra: “¿Cómo lo consigue ella? Quizás porque nunca sabemos muy bien qué viene a continuación. Nada es previsible. Y aun así a la vez todo es sumamente natural, verosímil, fiel a nuestras expectativas psicológicas y emocionales”.
A su amigo Stephen Emerson le señaló en una carta, de las tantas que escribió, que admiraba a Chéjov, con quien se sentía identificada, por “ese desapego técnico (para narrar), combinado con la compasión, y consideraba fundamental “no escribir palabras de más”.
En estos relatos no las hay, cada historia que narra –son demasiado variadas como para resumirlas acá- resultan exactas. No es tanto así, porque no buscaba lo “perfecto” sino el secreto profundo del existir, pero el lector percibe al final de cada texto que difícilmente hubiese lugar para algo más.
La mujer que traba relación amistosa con un viejo indio en un lavadero, la otra que cuenta las peripecias sufridas en una clínica clandestina de abortos, la que narra sus experiencias como “mujer de la limpieza”, la enfermera de hospital, la asistente en una clínica, la docente que “no puede” con el adolescente indócil que es casi un delincuente juvenil, la que cuenta una suerte de historia amorosa con un jockey herido, la que acompaña a su hermana que padece una enfermedad terminal, la que recuerda el pasado, no siempre agradable, pero en general matizado, enriquecido, por una mirada irónica que es también de amplia comprensión del comportamiento humano.
Una vez que se empieza a leer este libro es difícil dejarlo, conformarse con uno o dos cuentos, porque Lucía sabía cómo “envolver” a los lectores con estas historias de mujeres que, aquí copiamos de la contratapa, “están desorientadas, pero al mismo tiempo son fuertes, inteligentes y, sobre todo, extraordinariamente reales. Ríen, lloran, aman, beben: sobreviven”.
De todo eso se trata.

“Una noche Jesse entró en el cuarto de baño cuando yo estaba leyendo una carta de Nathan. Decía que tenían que volver a casa. Nos peleamos toda la noche. Pelea de verdad, con puñetazos y patadas y arañazos hasta que terminamos llorando tirados en el suelo. Acabamos emborrachándonos a lo bestia durante varios días, pasados como nunca. Al final estaba tan envenenada por el alcohol que una copa no me hacía nada, no me calmaba los temblores. Me asusté, me entró el pánico. No me veía capaz de dejarlo, creía que nunca podría cuidar de mí misma, mucho menos de mis hijos.
Estábamos desquiciados y juntos nos desquiciábamos aún más. Decidimos que ninguno de los dos merecía vivir. Jesse nunca llegaría a ser músico, ya lo había echado por la borda. Yo había fracasado como madre. Éramos alcohólicos empedernidos. No podíamos vivir juntos. Ninguno de los dos encajaba en este mundo. Así que lo mejor era morir. Resulta violento escribir esto. Suena tan egoísta y melodramático. Cuando lo dijimos, era una verdad funesta y terrible”.

Datos para una biografía:
Lucia Berlin (Lucía Brown) nació en 1936. Publicó sus primeros relatos a los 24 años en The Atlantic Monthly y en la revista de Saul Bellow y Keith Botsford, The Noble Savage. Escribió de manera esporádica hasta los años ochenta y, tras la insistencia del poeta Ed Dorn, decidió publicar su primer volumen de relatos, Angels Laundromat. Sus historias se inspiran en sus propios recuerdos: su infancia en distintas poblaciones mineras de Idaho, Kentucky y Montana, su adolescencia glamorosa en Santiago de Chile, sus estancias en El Paso, Nueva York, México o California, sus tres matrimonios fallidos, su alcoholismo, o los distintos puestos de trabajo que desempeñó para poder mantener a sus cuatro hijos: enfermera, telefonista, empleada doméstica, profesora de escritura en distintas universidades y en una cárcel. En 1955 se matriculó en la Universidad de México, donde fue alumna del escritor español Ramón J. Sender. En 1994 ingresó como escritora residente a la Universidad de Colorado, donde también se desempeñó como docente. Berlin publicó seis libros de cuentos, pero casi toda su obra se puede encontrar en los volúmenes Homesick: New and Selected Stories (1990, galardonado con el American Book Award), So Long: Stories 1987-1992 (1993) y Where I Live Now: Stories 1993-1998 (1999). Su relato de cinco párrafos "Mi jockey" ganó el Jack London Short Prize de 1985. En sus últimos años vivió en el garaje de la casa de su hijo. Falleció en 2004, el día de su cumpleaños, de cáncer de pulmón.

Enlaces:

Video: Lucía Berlín, ya anciana, lee “Mi jockey”, con subtitulado en catalán. L’Altra Editorial, subido hace cuatro meses. Duración: 2,30 minutos.