viernes, 30 de septiembre de 2016

"Stoner", de John Williams. Una obra inolvidable

“Stoner”, de John Williams.
Fiordo, Buenos Aires, 2016, 302 páginas.
Traducción de Carlos Gardini, revisada por Julia Ariza.
En Argentina: 290 pesos.

¿Con “Stoner” estamos ante una obra maestra, uno de esos textos excelsos que sólo de tanto en tanto aparecen en el mundo o se trata de una novela densa y profunda que sin embargo no alcanza las cotas de “Ulises”, “El proceso” o “En busca del tiempo perdido”?
Si se coloca tan alta la vara, es difícil que esta novela publicada hace más de cincuenta años en los Estados Unidos y sólo en el último tiempo revalorizada llegue a tales niveles, pero más allá de estos récords y calificaciones que siempre serán un tanto forzadas, lo cierto es que “Stoner” es un gran texto que deja mucho sedimento tras su lectura, que contiene páginas imborrables y su “todo” es de una solidez y de una riqueza de matices sin duda infrecuente.
En contratapa se reproducen palabras del actor Tom Hanks, quien de manera simple pero brillante sintetiza lo que es “Stoner”. O, para mejor decir, lo que también es “Stoner”: “Se trata simplemente de una novela sobre un tipo que va la universidad y se convierte en profesor. Pero es una de las cosas más fascinantes que haya encontrado jamás”.
Sí, Tom Hanks, que tanto ha acertado como actor en inolvidables películas, dice en pocas palabras una verdad que puede resultar aparente pero que en rigor termina siendo profunda. Se trata, en efecto, de la “historia de un tipo que va a la universidad”, pero la fascinación tiene que ver con la forma como Williams cuenta esa vida que se inicia en una granja de Misuri en 1891 y concluirá en 1965, en una casa cercana a la universidad de lugar, donde William Stoner estudió y dictó cátedra la mayor parte de su vida.
Literatura es lenguaje, es la manera de narrar, es la “temperatura” que alcanza el creador, el escritor, en su obra. Buscando un símil, podría decir que John Williams escribió esta historia con una mano atada o, si se quiere, al borde de su propio abismo expresivo. Una palabra de más o de menos, y el texto corría serio peligro de desbarrancar, sin embargo y por suerte logra el pequeño milagro de evitar caer en esos errores, mantiene entera y constante esta novela de la opacidad.
Porque opaco es el mundo de Stoner, desde que nace en una chacra, hijo único de estoicos campesinos con los que mantiene apenas diálogo, hasta que pasa a la universidad de Misuri, primero para estudiar una carrera técnica vinculada al campo y luego para seguir literatura, alcanzado en un momento dado por una suerte de saeta o dardo invisible que llega a él por la intensidad que pone en un viejo profesor cuando se refiere a la materia.

Sus principales relaciones. Se casa con la bella y distante Edith, a quien nunca entenderá, y tendrá una hija, Grace, con quien sólo se vinculará en su niñez y surgirá en su vida un amor tan carnal como imposible en la joven Katherine Driscoll.
El resto será la vida grisácea de la universidad, sólo alterada por las diferencias que mantiene con otro profesor, Lomax, su jefe directo, el diálogo que a lo largo de los años sostiene con el decano Gordon Finch, amigo desde la juventud, y su pasión por las antiguas literaturas que lo sumergen en un mundo otro que poco tiene que ver con el real y cotidiano, del que apenas si tiene vagas noticias.
Y sobre el nombre, Stoner (stone es piedra en inglés) con acierto Ivana Tosti advierte: “Hay claramente un juego semántico desde el inglés con el nombre Stoner y el sustantivo stone y con toda esa 'dureza' que va construyendo el libro, los terrones de piedra árida del inicio hasta los tumores (como piedras) que lo llevan a la muerte, la rigidez de su primera esposa, etc..., y ya en un nivel metafórico, los caracteres, las normas de la universidad que, entre otras cosas muchas, no le permiten justamente vivir ese amor con su alumna tan fuera de la lógica 'stoner'...”.
De manera que Williams propone varios niveles de lectura, desde lo lineal y cronológico, hasta lo simbólico, elaborando entonces una suerte de metáfora sobre una vida que ha girado en torno a la ética, a la intensidad del amor y la poesía y de cómo, por nunca animarse del todo, ese mismo todo una y otra vez se le escurre de las manos, como una constante de vida.
Y logra, además, escribir páginas imborrables, como son las que dedica al amor de Stoner por Katherine, otras en las que el personaje consigue aislarse y mixturarse con el paisaje y el entorno y otras más, por fin, que son las sentidas páginas de cierre, de alto nivel, de fuerte impacto emocional.
Rodrigo Fresán, escritor y crítico argentino, sostiene que “Stoner”· es “una obra maestra. Y punto”. Menos estridente, opto por decir que “Stoner” es una obra conmovedora. E inolvidable. 

“Stoner” fue publicada en 1965 y redescubierta a comienzos del presente siglo, en 2003 por la editorial Vintage y tres años más tarde por New York Review Books. Comenzó a ser reconocida como una narración excepcional por escritores de la talla de Ian McEwan o Enrique Vila-Matas. En 2010 el sello Baile del Sol, de España, la publicó por primera vez en nuestro idioma. Este año ha sido reeditada en Argentina por Fiordo Ediciones, con dos tiradas, la primera en marzo y la segunda en el presente mes.

“Había llegado a esa edad en que se planteaba, con creciente intensidad, una pregunta de tan abrumadora simplicidad que no sabía cómo encararla. Se preguntaba si valía la pena vivir su vida, si alguna vez había valido la pena. Sospechaba que todos los hombres se hacían esa pregunta en algún momento, y se preguntaba si a todos los ocurría con esa misma fuerza impersonal con que se había instalado en él. La pregunta conllevaba una tristeza, pero era una tristeza general que (pensaba) tenía poco que ver con él mismo o con su destino individual; ni siquiera sabía si la pregunta surgía de las causas más obvias e inmediatas, de lo que había ocurrido con su vida. Venía, según pensaba, del paso de los años, de la acumulación de accidentes y circunstancias, y de lo que él había llegado a comprender sobre cada uno de ellos. Lo satisfacía, de una manera sombría e irónica, la posibilidad de que lo poco que había logrado aprender lo hubiera conducido a este conocimiento: que con el tiempo todas las cosas, incluso el aprendizaje que le permitía saber esto, eran fútiles y vacuas y que al fin se reducían a una nada que ellas no llegaban a alterar”.

Datos para una biografía.
John Edward Williams nació en Clarksville, Texas, en 1922. Trabajó en radios y periódicos del sudoeste de Estados Unidos, y en 1942 se alistó en el Ejército, donde prestó servicio como sargento durante dos años y medio. En 1948 publicó su primera novela, Nothing but the Night, y en 1949 su primer volumen de poemas, The Broken Landscape. Un año más tarde completó su maestría en la Universidad de Denver y poco después concurrió a la Universidad de Misuri, donde trabajó como profesor y se doctoró en 1954. En 1955 asumió la dirección del programa de escritura creativa de la Universidad de Denver, donde enseñó por más de treinta años. Con su cuarta novela, El hijo del César (Augustus), obtuvo el National Book Award, uno de los premios más prestigiosos de su país. En 1960 publicó otra novela, Butcher’s Crossin. Stoner, su tercera novela, es considerada como su obra maestra. Murió en Fayetteville, Arkansas, en 1994.

Algunos enlaces:

jueves, 22 de septiembre de 2016

"Botas de lluvia suecas", de Henning Mankell. Una agridulce despedida

“Botas de lluvia suecas” (“Svenska gummistövlar”), de Henning Mankell. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 399 páginas.
Traducción de Gemma Pecharromán Miguel. En España: 19,90 euros. En Argentina: 389 pesos.

Una década atrás, Henning Mankell quiso probarse a sí mismo y contar una historia que lo alejara del policial y del personaje que lo volviera mundialmente famoso, el policía Kurt Wallander. Fue así que escribió “Zapatos italianos”, historia de encuentros-desencuentros entre un viejo médico, Fredrik Welin, Harriet, un viejo amor que lo busca para pasar con él sus últimos tiempos de vida, y Louise, hija de ambos, treintañera, de la que el profesional retirado no tenía la menor noticia de su existencia.
En 2015, mientras combatía el cáncer que lamentablemente terminó con su vida, Mankell se dio tiempo para escribir una nueva historia de Welin, novela que ahora se conoce póstumamente y que encuentra al médico anciano ocho años más tarde, sin haberse movido de la vieja casona asentada en un archipiélago apartado en el que el verano es breve y el invierno extenso y riguroso.
La historia comienza cuando Fredrick se despierta una madrugada ahogado por el incendio declarado en su casa, que la consume en forma muy rápida y hasta lo último, y de la que a duras penas, y sólo con lo puesto, logra salir indemne.
A pesar de la hora recibe el auxilio de Ture Jansson, el viejo cartero de las islas, y de otros vecinos. Logra sobrevivir, pero las pérdidas que sufre son totales. Mientras decide su destino, el médico se refugia en una pequeña casa rodante que conserva al lado de la antigua casona que había sido levantada por sus abuelos, mientras debe soportar las sospechas de que él mismo ha sido el autor del siniestro.
Por causa del siniestro conoce a la periodista Lisa Modin, solitaria mujer a la que duplica en edad pero de la que igual se enamora y, poco más tarde, recibe la sorpresiva visita de su hija, ya cuarentona, quien le causará considerable aflicción pues tiene una personalidad difícil (en realidad es tan huraña como su progenitor) y cuya azarosa vida le generará sorpresas y disgustos, uno de los cuales le obligará a trasladarse a París.

Lo que Mankell quiso contar. Aunque el incendio y la culpabilidad o no de Fredrick subyace como una suerte de tema secundario a lo largo de la novela, Mankell ha querido -en lo sustancial- reflexionar sobre la vejez y la muerte en la persona del anciano médico retirado, que tiene conciencia de la pérdida de sus fuerzas, y hasta del propio sentido de la vida, mientras que la muerte se le presenta en forma reiterada debido al deceso de varias personas que, como él, viven solitarias en esos páramos últimos, casi olvidados, de la Suecia profunda.
El agreste paisaje, la cada vez más escasa presencia humana (que también destacaba Mankell en “Zapatos italianos”), concurren para acentuar la alegoría sobre la pérdida que nos traza este autor.
Como se dijo, aunque “Botas de lluvia suecas” se refiera al incendio, a la búsqueda del o los presuntos culpables, a las preguntas que suscita el solitario Fredrick, hombre infranqueable, el escritor no ha tenido el propósito de entregarnos un nuevo policial. Por el contrario, aunque se aproxima a sus atmósferas y las recrea en cuanto a ambientes, situaciones de sospechas, de leves misterios, no las vuelve hitos preponderantes.
Le interesa más, amén de la muerte y de la soledad, hablar de las relaciones humanas y de las dificultades para que éstas se concreten y consoliden. Fredrick es en ese sentido un “maestro” para decir o hacer lo incorrecto, para no conectar con el otro, alejado de todo tacto, incapaz de expresar sus sentimientos con claridad. Apela más bien a la represión de sus emociones y por lo tanto mucho le cuesta ser comprendido y, más aún, ser correspondido.
Las relaciones con Louise, con la periodista Lisa y con el cartero Ture Jansson, un personaje también huidizo en cuanto a su carácter, pero fundamental en la trama, son los ejes movilizadores de esta novela que nos lega, pese a todo, un hálito de esperanza en una niña recién nacida, pero que al mismo tiempo dejará un gusto agridulce en el lector, pues sabrá, al final del libro, que está ante la despedida, el mutis por el foro final de ese gran humanista que siempre fue el querido Mankell.

“(Con Lisa Modin)seguimos hablando del incendio. Me pidió que le describiera cómo era la casa, habitación por habitación. Le hablé de las gruesas vigas de roble que formaban parte de las paredes, que fueron cortadas en la zona norte del archipiélago y después arrastradas hasta aquí con caballos sobre el hielo. Mi abuelo se enteró de que uno de esos transportes con vigas de roble se había hundido al lado de una escollera, que por algún motivo se llamaba Kejsaren. Aunque la capa de hielo fuera gruesa, podían aparecer peligrosas grietas ocultas en las proximidades de una escollera o en las aguas poco profundas de las orillas. El caballo, que según mi abuelo se llamaba Rummel, había roto el hielo y se había hundido junto con el carretero, que tenía veinte años. No había nadie cerca, nadie oyó los gritos. Hasta bien entrada la tarde no salieron a buscarlo a la luz de las antorchas. Al día siguiente la grieta se había vuelto a cerrar. No encontraron ni al caballo ni al muchacho hasta que llegó la primavera y el hielo se derritió.
Era como si volviese a dar vueltas por la casa. La impronta dejada por la vida de varias generaciones se había esfumado en unas breves horas nocturnas. Huellas invisibles de movimientos, palabras, silencios, penas, dolores y risas habían desaparecido. Incluso lo invisible se puede convertir en cenizas”.

Datos para una biografía
Henning Mankell (Suecia, 1948-2015) en sus últimos años dividió su tiempo entre Suecia y Mozambique, donde dirigió el teatro nacional Avenida de Maputo, capital del país africano. Autor de numerosas obras de ficción y uno de los dramaturgos más populares de su país, es conocido en todo el mundo por su serie de diez novelas y varios relatos cortos protagonizados por el inspector Kurt Wallander, traducidos a treinta y siete idiomas, merecedores de numerosos galardones (como el II Premio Pepe Carvalho en España) y adaptados al cine y la televisión (una de esas series fue rodada en Suecia y otra en Inglaterra, con Kenneth Branagh como protagonista). Mankell ha publicado más de treinta títulos, varios de los cuales transcurren en África. Sus últimos libros fueron “Huesos en el jardín”, “Arenas movedizas” y “Botas de lluvia suecas”, estos dos últimos póstumos.

En el blog:
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viernes, 16 de septiembre de 2016

"Volar en círculos", de John Le Carré. El espía permanece en penumbras. Comentarios anteriores: "Una verdad delicada" y "Un traidor como los nuestros".

“Volar en círculos. Historias de mi vida” (”The Pidgeon Tunnel”), de John Le Carré.
Planeta, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 457 páginas.
Traducido por Claudia Conde.
En España: 21,90 euros. En Argentina: 389 pesos.

John Le Carré, el gran creador del agente George Smiley, ocultó muchas pistas sobre su vida a lo largo de los años, comprensible en quien a través de sus ficciones hablaba sobre el mundo de los poderes ocultos y los espías nada glamorosos que poblaban sus páginas. Y, más aún, lo hacía porque él también había juramentado no hacer referencia a su propio papel en el mundo del espionaje, cumplido cuando joven, antes de transformarse en un autor mundialmente famoso.
Ahora, con su primer libro de memorias, se tenía la convicción de que había decidido exponerse un poco más, contarnos con mayor claridad sobre los entresijos de su existencia, es decir cómo ha sido su vida personal, cuáles sus encuentros y desencuentros con los servicios secretos, cómo se desarrolló su parte afectiva, cuáles fueron las relaciones que mantuvo con las mujeres que marcaron su vida, cuáles con sus hijos, cómo creó a Smiley y su corte, qué ha pasado con La Carré desde que terminó la Guerra Fría, cayó el comunismo en Europa y comenzó a abordar otros temas, gestando historias que transcurren en diversos escenarios aunque siempre ligados a los acontecimientos históricos, políticos y económicos contemporáneos.
Sin embargo, no ocurre así con “Volar en círculos”, integrados por 38 capítulos que casi remedan a los artículos periodísticos (incluso varios de ellos previamente ya fueron publicados como tales en diarios y revistas), por lo que debe aceptarse que estamos ante una selección de anécdotas sobre personajes famosos, situaciones risueñas, episodios propios de un personaje del gran mundo como Le Carré viene siéndolo desde hace años, pero sin los añadidos que tanto hubiéramos querido conocer y que el autor decidió seguir guardándose para sí, como si definitivamente hubiese optado por permanecer en las sombras o, al menos, entre penumbras.

Ronnie Cornwell
El padre, el padre. En lo que sí se explaya es en la figura de su padre, Ronnie, un estafador consuetudinario, bueno-para-nada, que a lo largo de los años amargó su existencia, cuando no la transformó en pesadillas, y también un poco en Olive, su madre que lo abandonó a los cinco años y volvió a ver dieciséis años más tarde, pero sin rastro alguno de afectos sino de resentimientos que han seguido vivos en el autor tanto tiempo después.
Sobre su madre admite que nunca llegó a comprenderla y que quizás haya sido en definitiva una mujer sin emociones profundas que por eso dejó a sus dos hijos pequeños en manos de un irresponsable como lo fue Ronnie y se mandó mudar, para constituir poco después una nueva familia. Aunque Le Carré admite que tampoco él puso mucho empeño para comprenderla.
Pero Ronnie era distinto, porque resultaba subyugante, personaje casi de novela o de película, era de esos tipos capaces de vender hielo en la Antártida o naranjas en el Paraguay, estafador sin par y (también) el que fracasaba a un paso de que sus grandes y mentirosas propuestas estuvieran a punto de prosperar.
Ronnie abusó de la fama de su hijo, lo “representó” sin su permiso cuantas veces pudo, vivió de los otros todo el tiempo que quiso, hasta que la modernidad con sus intercomunicaciones lo afincó en el fracaso permanente. El increíble corolario de su historia errática fue que Ronnie sostuvo durante décadas un litigio judicial por unas tierras, litigio que “ganó” después de su muerte y que lo hubiera transformado en lo que siempre quiso ser: un hombre rico, aunque lo hubiese sido sólo por minutos, puesto que el fisco enajenó todo ese dinero dadas las altísimas deudas que el padre de Le Carré había contraído a lo largo de su vida…

Famosos y algo más. Quien naciera en 1931 con el nombre de David Cornwell viajó por el mundo para que sus novelas no tuvieran escenarios que fueran apenas una especie de guía de turismo y de “vive tu propia aventura” y soportó por eso que le silbaran cerca las balas, o que conociera al histriónico Arafat en una Beirut que vivía en pleno conflicto bélico, o visitó a señores de la guerra en un Congo asfixiado por la guerra civil.
Debió tolerar en la Alemania pos-Hitler a nazis aceptados en los  servicios de inteligencia occidentales, y conoció a personajes tales como el viejo primer ministro inglés Harold McMillan o al nunca vencido Andrei Sájarov. O a una Margaret Thatcher reclamándole que no le transmitiera “noticias tristes”, porque era “injusto”, dado que de esa manera “no se puede gobernar”…
Asimismo, habla del máximo traidor que tuvo Gran Bretaña, el topo por excelencia, Kim Philby, quien durante años espió para los comunistas (y terminó sus días en Moscú) y, en otro plano, porque le interesa mucho el cine, con verdadero afecto, de Alec Guinness, quien hizo una serie en la que interpretó como nadie a George Smiley. También recuerda bien a Richard Burton, gran protagonista de “El espía que surgió del frío”, pero en ningún momento menciona a Gary Oldman, actor que hizo -a mi entender- una excepcional caracterización de Smiley en “El topo”. Omitir también es opinar…
Incluye un episodio singular: cómo ayudó a Vladimir Pucholt, joven, talentoso y famoso actor checo de los ’60 a dejar a la entonces Checoslovaquia de manera definitiva y radicarse, según sus particulares exigencias, en Occidente, donde decidió alejarse de la actuación y seguir la carrera de medicina, que concluyó y que en la actualidad ejerce en Toronto, Canadá. La participación activa y durante años de Le Carré resultó decisiva para que un cambio tan radical en la vida de Pucholt pudiera concretarse.
Le Carré rescata a otras personas, menos conocidas, tales como Nicholas Elliot, un integrante de los servicios que fue engañado como un niño por Philby, dado que hasta lo último creyó en su inocencia, o Mo, un veterano y quisquilloso periodista quien, abusando de su desconocimiento, lo condujo a un peligroso lugar en Beirut, en 1981, donde se libraban las más peligrosas batallas.
El libro lleva como título original “El túnel de las palomas” y refiere a palomas que, prisioneras en el casino de Mónaco, eran enviadas por túneles hacia una supuesta libertad, porque cuando lograban salir de esos largos laberintos eran aguardadas por tiradores que las exterminaban a balazo limpio. Lo malo era que las que sobrevivían volvían al lugar de donde habían partido. Metáfora de la que se apropia Le Carré para hacernos saber, ya muy avanzados sus ochenta años, cómo se ha sentido durante su larga vida.

“-Lo pasado, pasado está –le dice Gorbachov a Sájarov, que vivía obligado en un exilio interno-. El Comité Central ha considerado su caso y ya puede regresar libremente a Moscú. Su antiguo apartamento lo está esperando. Será readmitido de inmediato en la Academia de Ciencias. Todo está listo para que ocupe un lugar que en toda justicia le corresponde como ciudadano responsable de la nueva Rusia de la perestroika.
Las palabras ‘ciudadano responsable’ sacan a Sájarov de sus casillas. Su idea de un ciudadano responsable –le informó a Gorbachov, supongo que con cierto acaloramiento, aunque cuando me lo contó estaba sonriendo, como siempre- era alguien que obedecía las leyes de su país. En esa ciudad cerrada en concreto (Gorki, hoy Nizhni Nóvgorod, en la que vivía exiliado) había internos que nunca pasaron por un tribunal y algunos no sabían siquiera por qué estaban allí.
-Le he escrito al respecto y no he recibido ni la más remota señal de una respuesta.
-Hemos recibido sus cartas –respondió Gorbachov en tono conciliador- El Comité Central las está considerando. Vuelva a Moscú. El pasado ha quedado atrás. Venga a ayudarnos con la reconstrucción.
Llegado ese punto, Sájarov va muy lanzado, porque le está recitando a Gorbachov la lista de omisiones y negligencias presentes y pasadas del Comité Central, que también ha intentado denunciar en una serie de cartas, sin ningún resultado. Pero, en medio de la diatriba –cuenta- captó la mirada de su mujer, Elena Bonner, y se dio cuenta de que si seguía mucho tiempo más en la misma vena, Gorbachov iba a decirle: ‘Bueno, camarada, si es eso lo que piensa, puede quedarse donde está’.
De modo que cortó el teléfono. Así, sin más. Sin un simple ‘Adiós, Mijaíl Serguéyevich’.
Entonces se dio cuenta; la sonrisa traviesa era más ancha que nunca e incluso Bonner tiene un brillo pícaro en los ojos:
-Entonces me di cuenta –repite divertido- de que, en mi primera conversación en seis años, me las había arreglado para colgarle el teléfono al secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética”.

Datos para una biografía
John le Carré es el seudónimo de David John Moore Cornwell, nacido en Poole, Inglaterra, el 19 de octubre de 1931. El novelista se ha especializado en relatos de espionaje y suspenso ambientados en la época de la Guerra Fría. Las atmósferas y los personajes creados en aquellos “años dorados” del novelista constituyen lo mejor de su producción y son paradigmáticas en el “género” de las novelas de espías. También es paradigmático su personaje George Smiley. La primera de esas novelas fue “Llamada para el muerto”, de 1962, a la que siguieron, entre otros títulos, “El espía que surgió del frío”, “El honorable colegial”, “El topo” y “La gente de Smiley”. Le Carré estudió en las universidades de Berna y Oxford y fue profesor en la de Eton entre 1956 y 1958. Perteneció al cuerpo diplomático británico entre 1960 y 1964 y también a sus servicios secretos. En los últimos años ha publicado novelas que refieren a la compleja realidad de nuestros días, ya se trate del terrorismo, el desmembramiento de la Unión Soviética, la política norteamericana o la acción clandestina de los laboratorios. Le Carré había incursionado en otros ámbitos con “La chica del tambor”, de 1983, pero cambió totalmente su perspectiva de narrador en los ’90, a partir de “El sastre de Panamá”, de 1996. Sus últimas novelas han sido “El jardinero fiel”, “Amigos absolutos”, “La canción de los misioneros”, “El hombre más buscado”, “Un traidor entre los nuestros” y “Una verdad delicada”, todas publicadas a partir del año 2000. Le Carré es autor de veintitrés novelas. A lo largo de los años, con suerte dispar, varias de sus ficciones han sido llevadas al cine y a la televisión. Hubo una serie, de la BBC, realizada en 1982, con el personaje de Smiley interpretada por Alec Guinness, de altísima calidad. Tres de sus últimas historias vertidas al cine con verdadera eficacia han sido “El jardinero fiel”, con Ralph Fiennes (Fernando Meirelles, 2005), “El topo”, con Gary Oldman en el papel de Smiley (Tomas Alfredson, 2011) y “El hombre más buscado”, con una excepcional actuación de Philip Seymour Hoffman (Anton Corbijin, 2014).

En Internet:


Dos comentarios anteriores: “Una verdad delicada” y “Un traidor como los nuestros”:

“Una verdad delicada” (“A Delicate Truth”), de John Le Carré. Plaza & Janés, Barcelona, 2013- Buenos Aires, 2014, 360 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler.

Si han leído al inglés John Le Carré (David Corwell, 1931) ya saben a qué atenerse: sus historias tienen que ver, directa o indirectamente, con el espionaje y en ellas, en medio de hechos miserables y de personajes que también lo son, se mueven seres que conservan un sentido ético de la vida. Y que, en malas condiciones, débiles y asustados, luchan para que esa actitud moral prevalezca. Aunque sus victorias, si lo son, muchas veces resulten pírricas.
Le Carré brilló con sus novelas que tuvieron como protagonista central a George Smiley (“Llamada para el muerto”, “El topo”, “La gente de Smiley”), durante la Guerra Fría, en la que los bandos estaban diferenciados y él se inclinaba decididamente por Occidente, aunque criticara con dureza sus aspectos más siniestros.
A pesar de la caída del Muro y de los cambios históricos que se han registrado en las últimas décadas, Le Carré no dejó de escribir y sus libros denunciaron con más dureza aún el estado de cosas que se han agravado a medida que se consolidó la globalización. Así entregó historias tales como “El jardinero fiel” (2001), en la que sus diatribas fueron dirigidas contra los grandes laboratorios o “El hombre más buscado” (2008), en la que habló sobre el drama de la inmigración ilegal.
En “Una verdad delicada”, novela publicada en inglés en 2013, es decir escrita a los 81 años, sus preocupaciones tienen que ver con el tráfico de influencias en el poder y cómo los intereses públicos se “confunden” con los privados. Y también, desde este plano, se preocupa por mostrar de qué forma los poderosos usufructúan los bienes estatales con pocos escrúpulos, mucho silencio y muchísima más complicidad.

Todo comenzó en el Peñón. La novela se inicia con un episodio clandestino que se registra en 2008 el Peñón de Gibraltar y que tiene como protagonista a Christopher “Kit” Probyn, un diplomático veterano al que se le asigna el nombre de Paul y que debe ir transmitiendo a un alto funcionario británico (el subsecretario Fergus Quinn, del “Nuevo Laborismo” de Tony Blair), los hechos a medida que se vayan produciendo.
Paul está dispuesto a cumplir con la misión que se le ha encomendado, pero todo le resulta confuso, como si viera entre tinieblas. Porque no cuenta con la información necesaria y porque no termina de comprender qué es lo que debe hacer, cómo encarar su papel.
Adrede, Le Carré explica poco, confunde, porque quiere que el lector “vea” como mal “ve” Kit. Éste no termina de saber bien qué están haciendo esos hombres que, escondidos, van tras un objetivo, al parecer la caza de un terrorista muy buscado. Un militar británico, joven, terco, experto, de nombre Jeb, tampoco parece sentirse cómodo con la operación, reclama más precisiones que, desde la lejanía donde está situado el comando central, no terminan de entregarle.
Pese a todo, el propósito de la captura del peligroso sujeto finalmente se cumple, al menos es lo que le cuentan a Kit-Paul unos personajes salidos de la nada, como una tal Kirsty, que le asegura que todo ha terminado muy bien: “Ha sido un éxito”. Y Probyn debe aceptarlo, porque así se lo han asegurado esos personajes que, al segundo no más, ya no están a su lado.

Tres años más tarde. Ya retirado y viviendo en la paz de Cornualles, Probyn tiene un inesperado encuentro con Jeb, quien a su vez ha dejado el Ejército y se dedica a hacer trabajos con cueros. El ex soldado, que parece no estar totalmente en sus cabales, lo ha buscado para comunicarle que lo ocurrido en Gibraltar fue un montaje, con el penoso resultado de personas inocentes asesinadas.
Probyn intentará conocer la verdad, tarea en la que por su parte y riesgo –y sin tener noticias el uno del otro- emprenderá Toby Bell, quien fuera secretario privado del funcionario que había organizado la expedición a Gibraltar, y sobre la que no tuvo, en su momento, ninguna información.
Probyn, Jef, Toby (y más tarde la hija del primero), tropezarán con verdaderos muros de silencio, de información falsa, de mentiras que deben ser tomadas como verdades que conforman la historia oficial. Y la historia oficial seguirá insistiendo en que la operación denominada “Fauna” fue eficaz y que nada más se debe decir sobre ella.
Cada uno de los personajes insistirá en la búsqueda de la verdad (la verdad delicada del título), sobre la que sería mejor no insistir. Ni, menos, intentar hacer público lo que en realidad ocurrió. Por sus insistencias pagarán altos precios, pero persistirán, porque como los buenos personajes de Le Carré ellos también son Quijotes de nuestro tiempo, dispuestos a desfacer entuertos…
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“Un traidor como los nuestros” (“Our Kind of Traitor”), de John Le Carré. Editorial Plaza & Janés, Barcelona – Buenos Aires, 2010, 395 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler

Hay exceso de diálogos en esta novela de John Le Carré, una prosa excesivamente ligada a los clichés del género, un relato que alguna vez leímos antes, pero entonces mejor escrito. Ahora, también hay sabiduría para dibujar personajes y situaciones, para contarnos una nueva historia de espías, de arrepentidos, de “buenos” y de traidores. Y hay, además, el inesperado condimento del final, que en gran parte redime a su novela vigésima segunda, “Un traidor como los nuestros”.
Se sabe. Desde que cayó el Muro de Berlín –y desde un poco antes- Le Carré ha venido incursionando en nuevos escenarios, en nuevas historias. Han quedado atrás George Smiley y los espías grises de El Círculo, su lucha contra su par soviético, Karla, y en fin, ese mundo preinformático en la que emergían las pasiones humanas, a las que inútilmente se intentaba desterrar.
Cada vez más enojado, más enconado contra el mundo manejado por los financistas que todo lo atropellan, ya Le Carré había expresado en las diversas novelas que ha venido escribiendo en este último tiempo, su rabia por lo que ocurre, ya se tratara de las acciones terroríficas de los laboratorios (“El jardinero fiel”) o la actual situación de los inmigrantes en la cerrada Europa de nuestros días (“El hombre más buscado”) o la –para él- malsana guerra de Irak (“Amigos absolutos”), entre otros temas que atormentan nuestros días.
El dinero, le dijo el autor a Iker Seisdedos, de “El País”, de España, “hoy apesta a tráfico de drogas, de armas, asesinatos a sueldo, a opresión y a enorme corrupción”. Y cree que los bancos “son en gran parte responsables del blanqueo internacional del dinero”.
De eso justamente habla en “Un traidor como los nuestros”, de las intenciones de un sector “sano” de la inteligencia británica de recibir al ruso Dima, un hombre involucrado con la mafia de su país, porque está dispuesto a contar cuanto sabe a cambio de protección y una nueva vida para él y su familia en Inglaterra.

Un camino forzado. Para ese fin, Le Carré toma un camino sinuoso, arriesgado si se quiere desde el punto de vista de la verosimilitud, puesto que Dima para conseguir su objetivo toma como mensajeros al profesor Peregrine (Perry) Makepiece y a su pareja, la abogada Gail Perkins, a quienes conoce en la caribeña y paradisíaca isla de Antigua. Lo particular, y forzado, es que Perry y Gail son por completo ajenos al mundo del espionaje.
El hecho es que –pese a ese “detalle”- logran la conexión requerida y así ingresan a sus vidas, y a la novela, dos gastados integrantes de los servicios secretos, Hector (sin acento) y Luke, quienes intentarán por todos sus medios ayudar a Dima, y a sus familiares, entre los que sobresale su joven hija Natasha, bella, equivocada, embarazada por accidente, que se volverá problema personal para Gail.
Este involucrarse de Perry y Gail en situaciones desconocidas –porque Dima sólo confía en ellos y no pueden limitarse por consiguiente a ser simples correos- debería haber desembocado en situaciones confusas, en errores, en los equívocos que habitualmente provoca la inexperiencia pero –extraño- Le Carré deja de lado esa alternativa y los muestra decididos, jugados, como personajes propios de una mala película. O de una mediocre novela.
Más entusiasmado en denunciar que en trabajar en lo que ha sido tan propio de él, es decir la sutileza, la ambigüedad, las zonas de “irresolución”, Le Carré hace que “Un traidor entre nosotros” se desarrolle casi a los tropezones, basándose en diálogos excesivos, en aclaraciones innecesarias y reiterativas y (eso es muy evidente) en retratos que terminan siendo caricaturescos, especialmente el de Dima, un ruso “malo” tan estereotipado que parece remedar al Telly Savalas de “Kojak”, calva incluida.
Con todo, Le Carré ha tomado a Dima de la vida real, más concretamente es su versión de un mafioso ruso que conoció en 1991 y que lo introdujo en el mundo de los criminales “a gran escala”. Y que, de paso, le hizo certificar algo que –sostiene- ya sabía: “La conexión entre las mafias y los servicios secretos es siempre estrecha”.

Tan contemporáneo… Hasta tal punto el autor de “El honorable colegial” quiere narrarnos el hoy, que el mismísimo Roger Federer se hace presente en esta novela, manteniendo su duelo contra el sueco Robert Soderling en el final del Roland Garros. Lo que sitúa a la novela en junio del 2009, dado que ese partido se disputó el domingo 7 de junio del año referido. Que es lo que le lleva a informar que los Campos Elíseos se encontraban cerrados porque “Michelle Obama y sus hijos están en la ciudad”.
Todo eso indica que Le Carré sentía entonces la responsabilidad de escribir de la manera que lo hizo, casi como testigo, casi como periodista. ”Es mi obligación, muchacho”, le expresa al periodista de “El País”. Ocurre que así planteadas las cosas la novela se ve teñida de crónica. Y no siempre salen bien paradas esas experiencias de escritura…
No obstante nuestros reparos, estamos de nuevo sumergidos en el universo de Le Carré. Sabemos que algo va a pasar, y que no será de nuestro gusto. Aquí y allá, como marcas de identidad, habrá desfallecimientos emocionales, nadie será totalmente como hubiéramos querido. Y la melancolía también teñirá estas páginas, así como el sino trágico que nos espera a la vuelta de cualquier página. Es un nuevo tómelo o déjelo de Le Carré. Claro está, hubiéramos querido al escritor de otros tiempos. Pero, como tantas otras cosas, eso parece irrepetible.

domingo, 11 de septiembre de 2016

"Relatos tempranos", de Truman Capote. Los comienzos

“Relatos tempranos” (“The Early Stories of Truman Capote”), de Truman Capote.
Anagrama, Barcelona, 2016, 180 páginas.
Prólogo de Hilton Als. Epílogo de Anuschka Roshani.
Traducción de Jesús Zulaika.
En España: 16.90 euros.

En 2014, buceando entre los papeles que Truman Capote donara a la Biblioteca Pública de Nueva York, especialistas en su obra dieron con una caja que contenía sus primeros intentos con la escritura registrados hasta 1943, es decir hasta los 19 años de edad del escritor, quien poco más tarde sorprendería con su precocidad al publicarse primero su cuento “Miriam” (de 1945) y mucho más con su primera novela, “Otras voces, otros ámbitos”, de 1948, cuando Capote aún no había cumplido los 24 años.
La sorpresa fue que de esa caja se recuperaron catorce cuentos que el autor escribió precozmente, quizás a partir de los once o doce años. Él vivía en el Profundo Sur, racista y machista, con una madre que no lo quería y era alcohólica. Y con un padrastro de origen cubano quien si bien le dio su apellido jamás lo amó y, menos, lo entendió.
Se refugió entonces en la escritura, en una sociedad donde nadie escribía y casi nadie leía. Sin maestros, ni guías, sintiéndose un “raro” que no terminaba de comprenderse, tuvo conciencia desde pequeño lo que eran la soledad y la miseria del alma humana. Fue así que comenzó a imaginar historias que, aunque inventadas, se encontraban sólidamente asentadas en una realidad en la que no había lugar para los débiles, como él siempre lo fue.
Los “Relatos tempranos” reunidos en libro se conocieron en nuestro idioma a principios de este año (en España, aunque no han sido distribuidos hasta el presente en la Argentina) y muestran a un Capote “tanteando en la oscuridad”, buscando temas, describiendo el ambiente opresivo en el que vivía (en el que se sentía doblemente prisionero, por la soledad a la que era sometido por sus padres, por la confusión que le provocaba su incipiente homosexualidad).
Un niño que fue encerrado a los dos años en una habitación durante horas para que su madre pudiera salir a bailar y divertirse, y que resultó abandonado por esa misma madre, quien lo dejó con unas tías ancianas con las que tuvo que convivir varios años, no puede llamar la atención que contara historias crueles, en las que los débiles no están en condiciones de hacer pie para enfrentar a un mundo siempre hostil.

Tanteos, pero algo más. En su etapa de escritor reconocido, Capote buscó la limpieza narrativa con un “decir” poético que fuese expresivo aunque nada barroco. Se nota ya en estos cuentos que en algunos casos admiten que son tanteos, como se dijo, de temas, de formas de relatar. Hay cuentos menores, aunque no frustrados, como ocurre con “Almas gemelas”, un diálogo de dos señoras que hablan “socialmente” sobre la forma de matar maridos, o con “Donde el mundo comienza”, en el que la pequeña Sally escapa de la sordidez de la escuela imaginando historias de fama y esplendor que la tienen de protagonista, un tanto a la manera del Walter Mitty de James Thurber (aunque era el propio Capote el que quería huir de la encerrona de la escuela, de su vida cotidiana).
Más complejos, y conseguidos, resultan “La señorita Belle Rankin”, sobre una mujer anciana y negra que sólo encontraba paz y sentido a la vida contemplando sus membrillos florecidos y, especialmente, “Hilda”, la historia de una estudiante que sólo sabe humillarse a través de la autodestrucción. Cuento que, dicho sea de paso, guarda un final admirable.
Un chico que se equivoca perdiéndose en la espesura del bosque mientras busca a un prófugo de la justicia (“Terror en el pantano”), otra que se complica con una segunda prófuga, huida de un loquero (“La polilla en la llama”), cuatro historias contadas con ritmo cinematográfico y que convergen, para mal, en un autobús (“Tráfico Oeste”), una mujer que arriesga su vida para salvar a una pequeña desconocida picada por una víbora (como Capote lo fue cuando chico), en  “La tienda del molino”; un niño vagabundo que planea volver a su casa para hacerle creer a su madre que vive de otra manera (“Los caminos se separan”), otro chico que encuentra en un parque, en una desconocida y su perro, el amor que no halla en su hogar (“Esto es para Jamie”), otro menor que sólo lograr conectar con la sirvienta Lucy, negra y amante de la música, en la desolación afectiva de su hogar en Nueva York (donde el autor fue llevado a vivir en su adolescencia), en “Lucy”. Historias mínimas, a veces casi semblanzas, pero en todos los casos relatos válidos sobre la extrema dificultad para vincularse con el otro a través de los afectos, de las emociones.
Si bueno resultó el rescate de “Crucero de verano”, su primera novela, publicada diez años atrás, también corresponde darle la bienvenida a estos “Relatos tempranos” con los cuales Capote trataba de comprender un poco sobre una vida que siempre le exigiría más que al resto, que siempre le resultaría complicada.

“Sí, sabía que iba a volver a casa. Así que cuando me dijo que se iba no me sorprendió. Abrí y cerré los ojos y sentí las lágrimas en los ojos y la sensación de vacío en el estómago.
Se fue en mayo. Era una noche cálida y el cielo, sobre la ciudad, estaba rojo. Le regalé una caja de bombones –cerezas cubiertas de chocolate, lo que más le gustaba- y un montón de revistas.
Mi padre y mi madre la llevaron a la estación de autobuses. Cuando se fueron del apartamento corrí a la ventana, me apoyé en el alféizar y esperé, y los vi salir y subir al coche, que se deslizó despacio, airosamente, hasta perderse de vista.
Pero oí que decía:
-Oooh, mamá, Nueva York es maravillosa, toda esa gente… Y he visto estrellas de cine en persona, oh, mamá…”.

Datos para una biografía
Truman Capote nació en Nueva Orleans en 1924. Es considerado como uno de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX. Su obra está compuesta por las novelas Crucero de verano, Otras voces, otros ámbitos, El harpa de hierba y Plegarias atendidas (póstuma e inconclusa), los libros de relatos Relatos tempranos, Un árbol de noche, Desayuno en Tiffany’s y Tres cuentos, su famoso libro de investigación periodística-policial A sangre fría y los textos de no ficción reunidos en Música para camaleones, Retratos y Los perros ladran. Ganó dos voces el premio O. Henry Memorial por sus cuentos, durante unos años residió en Europa. La fama y fortuna que le dio A sangre fría le significó también un verdadero camino de autodestrucción, ganado por el alcohol y las drogas. Falleció en 1984 en Los Ángeles poco antes de cumplir 60 años. Escribió guiones de cine y diversas ficciones de su autoría (cuentos y novelas) han sido llevadas al cine y a la televisión.

Capote en Wikipedia: