sábado, 31 de diciembre de 2016

FELIZ AÑO NUEVO

Deseo a los lectores del blog muchas felicidades en el nuevo año que, ojalá, no resulte tan aciago como distintas voces pronostican. Es el momento de agradecer visitas, lecturas, voces de aliento. El contador de Blogger, al que no tienen acceso los lectores del blog, me informa que se ha producido un inesperado salto cualitativo, en cuanto al número de páginas visitadas, durante diciembre, por lo que al número de 10 mil visitas registradas a comienzos de mes hay que añadirles otras cinco mil verificadas hasta el día de hoy. Una sorpresa sobre la que no puedo ofrecer explicaciones, porque Blogger no habilita vías de comunicación, lamentablemente.
En cuanto a lo leído y comentado en el blog durante el año que hoy concluye destaco dos libros, que fueron para mí otras tantas gratas sorpresas: ”Manual para mujeres de la limpieza”, de Lucía Berlín y ”Stoner”, de John Williams,  grandes libros, justicieros rescates de dos autores inmensos, que bien merecen todos los elogios.
El inolvidable Kurt
Mientras volvemos a lamentar la muerte del excepcional autor Andrés Rivera, fallecido este mes, y seguimos discutiendo si correspondía o no otorgar el Nobel de Literatura a un baladista como Bob Dylan, aguardamos las novedades que nos deparará el nuevo año que,
Auster, expectativas
en cuanto a libros, el que mayores conjeturas y expectativas nos despierta es ”4, 3, 2, 1”, la novela de Paul Auster que conoceremos en nuestro idioma en septiembre venidero. Ya veremos qué ocurre con el regreso de este significativo autor al género del que estuvo alejado siete años y al que contribuyó con tantos títulos meritorios.
En 2017 me propongo continuar con el blog. Espero y deseo reencontrarnos en él. Feliz año. 

jueves, 29 de diciembre de 2016

"Cuentos selectos", de Graham Greene. El regreso del maestro

“Cuentos selectos”, de Graham Greene.
Edhasa, Buenos Aires, 2016, 275 páginas.
Selección y prólogo de Guillermo Piro
En Argentina: 275 pesos.

Graham Greene, quién no lo sabe, fue un gran novelista. Pero también, pese a que él mismo no les prestaba demasiada importancia, escribió excelentes cuentos, aunque éstos “retrocedan” respecto de títulos tales como “El poder y la gloria”, “El americano impasible”, “El revés de la trama” o “El cónsul honorario”.
Ya hubo una edición de sus cuentos completos, pero ahora Guillermo Piro vuelve a ellos con una selección que he preparado y prologado, para que tengamos la oportunidad de encontrarnos con sus textos irónicos, su visión de la vida, a veces desencantada, a veces esperanzada, y sus sesgados diálogos con un Dios que muchas veces lo ha mostrado de una manera peculiar, como si él hubiera encontrado un camino muy personal para exponerlo. Y exponerse.
Admite el compilador que fue guiado por la arbitrariedad al seleccionar algunos relatos notables y otros no tanto. Esa elección personal lo llevó también a dejar de lado textos fundamentales (por ejemplo, “El ídolo caído”) actuando con la convicción de que un cuento de por sí contiene a todo Greene, con sus obsesiones, sus preferencias y su particular mirada sobre la vida y las cosas.
Se destacan las ficciones en la que los niños tienen preeminencia, tal como ocurre en “Los destructores”, “La sugerencia de una explicación”, “El inocente”, “Apreciado doctor Falkenheim” y, especialmente, “Debajo del jardín”.

Una historia enrevesada. Este cuento fue publicado por primera vez en inglés en 1963, en una selección que luego, en ediciones posteriores, se fue ampliando. “Debajo del jardín” (que es el más extenso de la serie) empieza relatando una historia que nos remite a la enfermedad y a las reflexiones existenciales para, a poco andar, dar una vuelta de tuerca de tal naturaleza que nos sumerge en un ámbito muy diferente, que tiene que ver tanto con la fantasía más absoluta como con las reflexiones religiosas. Y quien nos lleva a ello es el personaje principal del relato, William Wilditch, el que recibe la información de que padece un cáncer difícil de extirpar, lo cual lo lleva a viajar a la propiedad donde vivió su infancia y que en la actualidad es propiedad de su hermano George.
Las diferencias entre hermanos surgen de inmediato, aunque la historia seguirá derivando a otras instancias muy distintas. El disparador es una composición escolar que rescata en la casona familiar que fuera aprobada en el colegio al cual asistía William y que fuera cuestionada por su madre. Pero esa composición, que buscaba recoger una experiencia capital vivida por el protagonista, no reflejaba lo que vivió –o soñó- cuando visitó una suerte de pequeña isla ubicada dentro de la finca.
Para reconstruir lo que le ocurrió, escribe su nueva propia versión de los hechos y entonces el extenso relato pasa a otra instancia, en la que prevalecen la aventura y la absoluta fantasía. La pequeña isla se transforma en un espacio infinito y por lo tanto es factible que el pequeño William encuentre un gran túnel subterráneo en el que “reinan” dos viejos terribles, que lo retienen durante un tiempo que no se puede medir en términos terrenales.
Y así la historia que comenzó hablando de enfermedad y muerte, se proyecta hacia la aventura, la imaginación infantil y las mismas noticias del Infierno (porque no es otro el lugar donde viven los terribles viejos). ·William no logra determinar si lo que recordaba fue vivido o soñado y no se decide por una u otra cosa. Porque es Greene el que no lo decide y deja la historia abierta a la libre interpretación del lector.

Los restantes relatos. En las dieciséis historias seleccionadas prevalece el humor, que cobra distintos tonos, algunos considerablemente oscuros, como ocurre con “Los destructores”, en el que un grupo de niños, hijos de la Segunda Guerra Mundial y de los bombardeos de Londres, se convierten en “termitas” de una determinada vivienda. Hay un humor más urbano y jocoso en el clásico “El hombre que robó la Torre Eiffel” (delante de todo el mundo y sin que ese mundo lo advierta) y una historia más trágica que cómica en “Apreciado doctor Falkenheim” con un presunto Papa Noel incluido.
Dos textos distintos se presentan en esta selección: “La película verde”, muestra a una pareja en su madurez visitando lugares prohibidos en un innominado país asiático. Ante la insistencia de la mujer asisten a la proyección de una película pornográfica, tan vieja como inesperada, que sumerge al hombre en su propio pasado y proyecta a ambos a un presente y, especialmente, a un futuro incierto debido a que los sentimientos y los deseos ocultos cobran inesperado papel protagónico.
El segundo, de final quizás previsible pero también terrible, es “Una oportunidad”, que sumerge a un inglés, Míster Lever, en pleno corazón de África, tratando de encontrar a un contratista que compre unas máquinas que necesita vender para recuperarse económicamente. En este cuento, Greene se luce y seduce, mostrando el choque cultural que se da entre los prejuicios del protagonista, que todo lo desconoce de África, y la vida primitiva –y también contaminada por la codicia que han despertado entre los nativos las pésimas costumbres occidentales. Hay mucha ironía en este relato en el que calor e ignorancia supina cobran papel protagónico, en un mundo abandonado, hambreado y ganado por las enfermedades y la soledad. Un gran texto.
Como también lo es “Al otro lado del puente”, la historia de un expatriado que desde México mira con nostalgia ese “otro lado” que son los Estados Unidos, cuyas tierras están tan próximas pero a las que no puede regresar.
“¿Puede prestarnos a su marido?”, que conserva la buena traducción del argentino Enrique Pezzoni, es una clásica comedia de Greene que lo muestra con su humor mordaz, hablando de sexo y homosexualidad en un tiempo (década de 1960) en que esos temas se mostraban de manera elusiva, aunque ya había “explotado” el fenómeno “Lolita” y Françoise Sagan era éxito de librerías, Es otro de los textos que Piro ha hecho muy bien en rescatar.
En síntesis, y como ocurre habitualmente en Greene, leer o releer sus historias es un excelente motivo para encontrarse con la buena literatura, con el placer de la ficción bien escrita. Recomendable compañía para estos días de verano.

Edición inglesa de los cuentos de Greene
“Sintió una gran alegría cuando el muchacho que marchaba en cabeza señaló una excavación rectangular practicada al borde mismo del camino. Míster Lever comprendió. Davidson había pasado por allí. Era como una breve fosa, pero de profundidad superior a la corriente. En su fondo podía verse un agua negruzca, y las estacas colocadas para impedir el desplome de los lados empezaban ya a pudrirse. El agujero debió ser abierto cuando terminó la estación de las lluvias. Aquello no parecía más que un detalle significante, poco en consonancia con los planes y proyectos que habían llevado hasta allá a míster Lever y su trituradora mecánica. Estaba acostumbrado a las grandes empresas industriales, la vista de pozos, el humo de las chimeneas, las hileras de casitas para obreros, el sillón de cuero de la oficina, el buen cigarro habano, los apretones de manos… y de nuevo volvió a considerar que había caído muy bajo. Era como si hubiese de realizar grandes negocios junto al agujero excavado por un niño, en un jardín abandonado y lleno de hierbajos·.

Datos para una biografía:
Graham Greene nació en 1894 en una población cercana a Londres y falleció en Vevey, Suiza, en 1991. Es reconocido como una de las principales figuras de la narrativa británica contemporánea. Escribió una treintena de novelas, entre las que se destacan “El Poder y la Gloria”, “El ministerio del miedo”, “El revés de la trama”, “El americano impasible”, “Nuestro hombre en La Habana”, “Viajes con mi tía” y “El cónsul honorario”. Escribió varias obras de teatro y guiones de cine, entre ellos el de “El tercer hombre”, famosa película dirigida por Carol Reed e interpretada por Orson Welles. Tomando como base ese guion, escribió luego la novela del mismo nombre. El cine, precisamente, le ha sido muy fiel, tanto que se han filmado, para la pantalla grande como para la televisión, más de 70 películas basadas en su obra, la última “Brighton Rock”, dirigida por Rowan Joffe (2010). Greene fue un heterodoxo católico en tierra protestante, aunque optó por residir en Francia los últimos años de su vida. Sin embargo, por haber denunciado hechos de corrupción en Niza terminó trasladándose a Suiza, donde murió. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para los servicios secretos británicos y aunque fue varias veces postulado al Nobel de Literatura nunca lo obtuvo, presuntamente por sus posiciones políticas de izquierda.

En internet:

domingo, 25 de diciembre de 2016

Triste Nochebuena para las letras argentinas

No ha sido una Nochebuena feliz para la literatura argentina con la muerte de Andrés Rivera, una de las voces más singulares que han dado las letras contemporáneas en estas tierras. Murió en Córdoba, a los 88 años. Hacía tiempo que había dejado de publicar, y aunque sus últimos libros resultaron un tanto reiterativos, sus mejores aportes siguen siendo insustituibles, especialmente “La revolución es un sueño eterno”, texto en el que supo conjugar la calidad de una escritura personal, sus obsesiones en torno a la historia, la justicia, la equidad y los sueños revolucionarios, tantas veces evanescentes. Comunista en sus años de juventud, escribió en términos de realismo socialista en sus primeras épocas, para después dar un salto cualitativo (después de “pasar por Borges”, como él mismo lo dijo) que al tiempo de alejarlo de ese partido lo situó en un “otro lado” en el que sin abjurar de su ideario de izquierda, se permitió adentrarse en mundo de la Historia, revisarla, volverla propia, traerla hasta nuestros días. Insustituible. 
Mención asimismo para Alberto Laiseca, el escritor de la heterodoxia, muerto este diciembre a los 75 años, quien dejó tras de sí una obra inefable y a veces incalificable. Escribió una extensísima novela, “Los Sorias”, que a juicio de Ricardo Piglia fue lo mejor que se conoció en la Argentina, en el género, después de los textos de Roberto Arlt.
Sí, no ha sido una buena manera de llegar a la Nochebuena. 
Pese a ello, les envío mis más cálidos saludos en este día de Navidad.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Un gran rescate: "Cronomoto", de Kurt Vonnegut. La búsqueda de la felicidad

“Cronomoto” (“Timequake”), de Kurt Vonnegut.
Malpaso, Barcelona, 2015, 225 páginas.
Traducción de Carlos Gardini.
En España: 19 euros. En Argentina: 380 pesos.

Con la tardanza de un año respecto de su aparición en España, se ha distribuido finalmente en la Argentina “Cronomoto”, el último libro que quedaba sin traducir del norteamericano Kurt Vonnegut (1922-2007). A favor de esta edición se da el hecho de que la versión le fue confiada a Carlos Gardini, especialista en este escritor extemporáneo, quien logró diseccionar a los Estados Unidos a través de sus textos, cómicos, hasta caricaturescos, pero también vitriólicos.
“Cronomoto”, palabra que debe interpretarse como “terremoto del tiempo” (traducción que respeta el sentido del título original) suele ser situado entre las “novelas” del autor, porque así siempre la consideró el propio Vonnegut, aunque en realidad se trata de una serie de disquisiciones, ficciones entrecortadas, confesos fragmentos autobiográficos y “noticias” de Kilgore Trout, uno de los personajes centrales del narrador, supuesto autor de ciencia ficción a quien ha utilizado reiteradas veces como su alter ego.
Resulta por lo tanto difícil encontrar un hilo conductor a esta madeja de textos dispares (muchos resueltos con franco humor) que nunca termina de despejarse, quizás porque su autor se encontró ante laberintos temáticos que no logró desbrozar en su totalidad.
No obstante, Vonnegut plantea un relato central que refiere al “terremoto del tiempo” antes aludido, que refiere a una suerte de condena a lo Sísifo que vive de súbito la humanidad entera, porque debido a una “broma” del Universo mujeres y hombres (y animales, y vegetales, y…) registran un salto hacia atrás de una década y, una vez suprimido el libre albedrío, todos se verán obligados a revivir sus experiencias de esos diez años que deben recuperar, día a día, momento a momento, sin escapatorias ni escamoteos, teniendo que repetir lo que se ha hecho, sin poder eludir faltas o errores. A través de ese juego, Vonnegut nos dice que desconfía del propio libre albedrío, que es decir de la libertad humana.
La presente “antinovela” acusa notorios desniveles porque muestra a un Vonnegut como rodeado por sus fantasmas temáticos que al parecer le impidieron ir más allá de esa propuesta narrativa, puesto que en vez de enriquecer y/o complejizar su ficción, se inclina por derivar hacia otros planos y hablarnos de cuestiones personales, que llegan a incluir la enfermedad terminal de su hermano o anécdotas sobre sus antepasados.
Los biógrafos ubican la redacción del libro en una época -1997- en la que el autor estaba pasando por un proceso de divorcio de su segundo matrimonio que quedó sin efecto, aunque al respecto Rodrigo Fresán sostiene que la relación que mantuvo con la fotógrafa Jill Krementz, con quien se casó en 1979 y siguió con ella hasta su muerte, fue un constante “matrimonio en llamas”.

El pesimista. “Cronomoto” registra un trasfondo pesimista innegable. Su fragmentación interna, las reflexiones sobre la vida cotidiana (que incluyen hasta propuestas de reformas a la misma Constitución estadounidense) muestra a un creador que parece haber arribado a los límites de su fertilidad narrativa, tal como si exhibiera cómo los pozos de creatividad se habían secado. Lo que le quedaba entonces fue volver a sus reflexiones, retornar a Kilgore y a una serie de pequeños relatos, a acontecimientos inventados los unos, reales los otros, que se yuxtaponen y complementan, pero que en suma nos hacen sentir que Vonnegut comenzó entonces, avant-la-lettre, a despedirse de los lectores y de la propia vida.
En parte tuvo razón, porque aunque vivió diez años más después de publicado este trabajo, lo único que de él se conoció posteriormente fue “Un hombre sin patria”, libro integrado por una serie de artículos, de 2005. En forma póstuma aparecerían cuentos de su primera época y textos sueltos que no habían sido recopilados en libro.


El encuentro con Kilgore. En un futuro venidero (venidero en relación a la publicación del libro; ese futuro es situado en 2001) el narrador encuentra a Kilgore Trout en la suite Ernest Hemingway de Xanadú, un lujoso lugar de retiro para escritores, donde supuestamente el gran creador de cuentos de ciencia ficción que pocos conocen presuntamente morirá.
Allí se concentran los mejores amigos de Vonnegut, sus más allegados y allí el narrador al fin le podrá hacer preguntas fundamentales a Kilgore, a las que éste contestará con vaguedades, aunque todas apuntarán al hecho de que la humanidad está enterrándose, agotándose, debido a la frivolidad intrínseca que entraña la televisión. Y a todo lo que llegó de arrastre con y a través de ella.
“Cronomoto” está resuelto en breves capítulos, que alguien quiso ver con remedos de guiones de cómics. El hilo conductor de la historia central aparece y se pierde y vuelve a reaparecer más tarde. En el medio Vonnegut introduce presuntos cuentos cortos de Kilgore, quien gran parte de su vida vivió como un vagabundo, así como la extraña relación que se establece entre éste y un guardia de seguridad negro, Dudley Prince, de la bastante esotérica Academia de Artes y Letras, quien interpreta que los cuentos de Trout (que recoge de la basura) son como mensajes divinos. O algo similar.
Collage, boutades, reflexiones cómicas, historias inconclusas, chistes a granel, pero también una suerte de constante desazón, terminan siendo el todo de “Cronomoto”, libro en el que Vonnegut vuelve a apelar a la conciencia humana, al Sermón de la Montaña, al “amaos los unos con los otros” y, pese a su pesimismo, casi contradictoriamente, a celebrar la felicidad allí donde se encuentre y por pequeña que fue: “Si esto no es agradable, ¿qué lo es?”, repetía un pariente de Vonnegut.
“El espectáculo debe continuar”, nos dice. Y en tanto nuestra misión es seguir buscando los espacios de felicidad donde los hubiera:

“En mis conferencias –escribe Vonnegut- suelo decir que una plausible misión del artista es lograr que la gente se sienta contenta de estar viva. Entonces me preguntan si sé de algún artista que lo haya conseguido:
-Los Beatles- respondo”.

Entradas sobre Vonnegut en el blog:

jueves, 8 de diciembre de 2016

"El intérprete del dolor", de Jhumpa Lahiri. La literatura que conecta a la gente. Comentario anterior: "La hondonada"

(Más de 10.000 páginas visitadas en el blog en su actual etapa. Muchas gracias)
“El intérprete del dolor” (“Interpreter of Maladies”), de Jhumpa Lahiri.
Salamandra, Barcelona, 2016, 221 páginas.
Traducción de Gemma Rovira Ortega.
En España; 18 euros. En Argentina: 295 pesos.


Con este libro la británica-norteamericana, descendiente de bengalíes, Jhumpa Lahiri obtuvo el afamado Premio Pulitzer en 2000. La serie de brillantes nueve cuentos ya había sido conocida varios años atrás en nuestro idioma con el título de “El intérprete de las emociones”, pero sin embargo no tuvo la circulación y distribución que por su calidad hubiera merecido.
Porque estamos ante un libro de infrecuente nivel literario, integrado por relatos que hablan de una manera sutil, muy elaborada, del choque cultural que implica ser oriental en un mundo occidental. Jhumpa es, a cabalidad, una persona cosmopolita imbuida de “occidentalismo”, pero no deja de lado sus raíces y las prácticas ancestrales. Esos choques, ya que no simbiosis, quedan especialmente patentizados en el texto que da título al libro, muestra de la extrema habilidad de la autora para vincular a dos culturas y mostrar de qué manera antagonizan, presentando notables obstáculos para llegar a trazar un camino común.
En el cuento, el señor Kapasi es un guía de turismo de cuarenta y seis años, ya canoso, que realiza sus tareas los fines de semana trasladando a lugares emblemáticos de la India a visitantes extranjeros. En la historia se indica que su propósito es conducir a la norteamericana y joven familia Das al Templo del Sol de Konark (ubicado a unos 500 kilómetros de Calcuta, hoy Kolkata, en la región bengalí de la India).
Breve pero contundente historia, que se presenta cargada de peculiaridades. Una de ellas está dada por el hecho de que Kapasi trabaja como traductor para un médico que atiende a integrantes de una etnia cuya lengua el galeno no conoce, por lo que el guía debe “traducir” las dolencias que aquejan a sus pacientes y lo hace sin apelar a una terminología médica sino describiendo sensaciones, algunas de las cuales resultan un tanto extrañas. Así, le cuenta a los Das, un paciente se quejaba de sentir que tenía “grandes briznas de paja clavadas en la garganta”, mientras otra sentía “gotas de lluvia en la espalda”.
A Kapasi la tarea aludida le resulta menor, sin significación ninguna y de cierta manera humillante, porque llegó a ella luego de haberse ilusionado con una carrera distinta, superior, ligada a las lenguas del mundo, para lo cual, de joven, había estudiado idiomas, pero en el momento actual no recordaba más que palabras sueltas de ellas, salvo el inglés, con el que se defendía lo suficiente como para hablar con sus clientes. Pero la señora Das, que tiene un agudo problema existencial, personal, entiende –mal- que este “intérprete del dolor” (físico y ajeno) puede comprender otros dolores, menos terrenales, más ligados a la emoción y a los sentimientos.
Por eso, en un diálogo entrecortado, aprovechando la ausencia de su marido, la mujer le cuenta al intérprete un secreto que guarda desde hace ocho años y espera de él una suerte de develación, de iluminación, que confunde al chofer. Porque él a su vez se ha contado su propia historia (diríamos acá: se ha hecho su película) con la joven señora Das. Una historia menor, de intercambio de noticias y con un añadido de amor platónico que se diluye no bien comprende que ella lo ha confundido con quien no es. Y así, el cuento que empieza placentero, va disgregándose entre grandes equívocos y errores mutuos.

Los otros cuentos. Aunque he omitido datos sustanciales de la historia, me detuve un poco más de la cuenta en esta hermosa ficción porque es la que mejor define las intenciones de todo el libro y porque las ambigüedades, contradicciones y complejidades de dichas confrontaciones y equívocos quedan evidenciadas con una riqueza expositiva infrecuente.
Riqueza que también emerge en “Una anomalía temporal”, historia de una joven pareja bengalí que vive en los Estados Unidos y que se ve expuesta a sus íntimas verdades a causa de un inusitado corte de energía que se repite durante algunas horas y cinco días seguidos al atardecer, en la zona donde viven, cuando ambos terminan con sus tareas cotidianas y se ven obligados a una verdadera convivencia de cara a cara, enfrentándose a sus mutuas y conflictivas verdades.
“Cuando el señor Pizarda venía a cenar” se detiene en el conflicto armado entre Pakistán Occidental y Oriental (luego Bangladesh), e intervención de la India, episodio doloroso “visto” a la distancia por una familia india y un paquistaní, todos residiendo en los Estados Unidos, las sutiles diferencias que se plantean entre ellos y a su vez tamizados por la visión de una pequeña, que sólo puede entender de una manera confusa las tragedias de los adultos.
“Un durwan (portero) de verdad” intenta mostrar tanto la solidaridad como la desconfianza que el otro despierta, en este caso en un barrio muy poblado y pobre de la India. “Sexy” refiere al alto precio que debe pagarse en cuestiones de amor, especialmente cuando se es “la otra” en una relación inestable. “En casa de la señora Sen” habla otra vez de los choques culturales, en este caso el que se produce entre un niño norteamericano y una mujer india que extraña a su país y trata de mantener sus costumbres en un territorio, el de los Estados Unidos, que no termina de comprender.
“Esta bendita casa” pone en conflicto a otro matrimonio a causa de una gran cantidad de símbolos cristianos que encuentran escondidos en la nueva finca que habitan. En “El tratamiento de Bibi Haldar” la autora acude a la picaresca para referirse a un conflicto de origen sexual. “El tercer y último continente”, por fin, habla de las dificultades que debió vencer, a lo largo de las décadas, un bengalí que busca asentarse en los Estados Unidos y que, entre otros episodios, mantiene una complicada pero emocional relación con una anciana solitaria.
Tales los nueve cuentos que componen “El intérprete del dolor”, comienzo de una carrera literaria que se ha visto ampliada en los últimos años, en los que en parte residió en Italia, recibió premios y distinciones y ha tenido otras experiencias vitales que supo volcar en sus valiosas ficciones. “La literatura –ha dicho- es tan poderosa porque conecta a la gente en forma extraordinaria”. Atenta a esa premisa, construye sus historias.

Tapa de la edición en inglés
“Algo sucedía cuando la casa se quedaba a oscuras. Volvían a ser capaces de hablar. La tercera noche, después de la cena, se sentaron los dos en el sofá y, cuando se apagaron las luces, él empezó a besarla, vacilante, en la frente y el rostro, y pese a estar a oscuras cerró los ojos y supo que ella había hecho lo mismo. La cuarta noche subieron juntos al dormitorio, con cuidado, tanteando el suelo con el pie para asegurarse de que habían llegado al rellano, e hicieron el amor con una desesperación que ya habían olvidado. Ella lloró sin hacer ruido y susurró su nombre, y le acarició las cejas con un dedo en la oscuridad. Mientras hacían el amor, él se preguntaba qué le confesaría la siguiente noche y qué le contaría ella, y pensar en ello lo excitaba. ‘Abrázame –dijo-, abrázame fuerte”. Para cuando volvieron a encenderse las luces en el piso de abajo, se habían quedado dormidos”.

Datos para una biografía
Jhumpa (Nilanjana Sudeshna) Lahiri nació en Londres en 1967 y  con su familia, procedente de Bengala, India, se trasladó dos años más tarde a los Estados Unidos, por lo que la escritora se considera ciudadana norteamericana. Vivió y estudió en Kingston, Rhode Island y, más tarde, obtuvo diversos títulos en la Universidad de Boston. Residió en Italia algunos años y en 2010 el presidente Barak Obama la designó integrante del comité de Artes y Humanidades que lo asesora. En la actualidad es profesora de Escritura en la Universidad de Prtincenton. Ha publicado cinco libros, cuatro de ellos traducidos a nuestro idioma: "El intérprete del dolor”,  (cuentos, edición original 1999), “El buen nombre” (novela, 2003), “Tierra desacostumbrada” (cuentos, 2008), “La hondonada” (novela, 2013) e “In altre parole”, (2015,en italiano, autobiografía sobre su vida en el país europeo). Por “El intérprete del dolor” recibió el Premio Pulitzer del año 2000, siendo la primera vez que el galardón recayó en un libro de cuentos. Por “La hondonada” resultó ganadora del Premio de Literatura del Sur de Asia en 2014 y fue finalista de los importantes premios Man Booker y National Award, ambos de Estados Unidoso. Está casada con el periodista guatemalteco Alberto Vourvoulias-Bush y tiene dos hijos. “El buen nombre” fue llevada al cine en 2006 por Mira Nair y en la película Lahiri interpreta el personaje de Jhumpa Mashi.

Algunos enlaces:
En castellano:
”El inglés es una madrastra con la que me llevo muy bien”, entrevista de Nuria Barrios, El País, 1/3/2014 (de esta entrevista tomamos el texto con el que abrimos el presente comentario).
En inglés:

Comentario anterior: ·”La hondonada” (publicado en el blog cuando integraba La Comunidad de El País, sección hoy inhallable en Internet)
“La hondonada” (“The Lowland”), de Jhuta Lampiri. Salamandra, Barcelona-Buenos Aires, 2014, 414 páginas. Traducción de Gemma Rovira Ortega.
….
La disyuntiva entre pertenecer y no pertenecer a una determinada sociedad, queda bien plasmadas en “La hondonada” a partir de la relación que mantienen los hermanos Subhash y Udayan, el primero ajeno a las luchas políticas que se libraban en la región de Bengala a fines de la década de 1960, mientras que su hermano menor vivía un visible y creciente proceso de radicalización ideológica.
Luego de que ambos se reciben en sus respectivas carreras universitarias, Subhash decide hacer un posgrado en una universidad estadounidense en tanto que su hermano, al tiempo de desempeñarse como profesor, desarrolla una intensa actividad en un grupo radicalizado, el movimiento Naxalbari, maoísta, que se volcó a la guerrilla urbana en esa época.
En tanto la India se veía sacudida por reiterados hechos de violencia, atentados, asesinatos y una brutal represión, Subhash pasa a vivir a un país que si bien presentaba sus propios conflictos y contradicciones, no le generaba grandes angustias ni sobresaltos: “Allí la vida ya no le ponía obstáculos ni lo agredía”.

Entre Calcuta… En el comienzo de la novela, la hondonada del título es un terreno seco próximo a la casa donde viven los hermanos y que, en temporada de lluvia, se transforma en un amplio espejo de agua en el que Subhash y Udayan se bañan, nadan, juegan, son felices en definitiva. Y se sienten más unidos que nunca.
Pero la hondonada se vuelve el lugar simbólico –el de la niñez, el de la fraternidad- al que no retornarán cuando ya adultos los hermanos emprendan caminos muy diferenciados: el reflexivo del hermano mayor que lo lleva a perfeccionarse en cuestiones ambientales en la lejana y considerablemente despolitizada nación norteamericana y el impetuoso y “maximalista” que toma Udayan, cruel, y de trágicas consecuencias. También, en este caso, la hondonada adquirirá una significación primordial.
Lahiri remarcará los contrastes entre la vida en la India, más concretamente en la multitudinaria Calcuta o Kolkata, siempre tumultuosa y de alta conflictividad, con la de la región estadounidense de Rhode Island, un sitio comparativamente despoblado, muy pequeño y casi provinciano, en el que vivir aislado parece ser la norma.
Vestimentas, costumbres, hasta comidas, le servirán a la autora para remarcar esas diferencias, que se acentuarán al máximo cuando se trata de la relación familiar, casi tribal en la India, prácticamente atomizada en los Estados Unidos:
Y aunque Subhash permanecerá la mayor parte de su vida de adulto en los Estados Unidos, quedará para siempre ligado a Calcuta, tanto por la fuerte “presencia” de su hermano y sus padres, como por el hecho de que se verá ligado –de compleja manera- con Gauri, la mujer de Urayan.

… y Rhode Island. No se puede contar demasiado sobre “La hondonada”, sin entrar en detalles que hacen al “secreto” de la novela, aunque sí cabe señalar que a Lahiri le ha interesado desarrollar y narrar una compleja historia familiar a lo largo de más de cuatro décadas, en ambas regiones del mundo, y en la que los hermanos y Gauri tienen papeles decisivos.
Pesan mucho la familia y las costumbres que dejó atrás Subhash cuando decidió trasladarse a Rhode Island. Pesan tanto porque no logra olvidarse del hermano, a pesar de que en su niñez, adolescencia y juventud hizo cuanto pudo para marcar diferencias y distancias. El tema del doble, lo especular (el uno reflejándose en el otro) emerge también en este libro de manera explícita y premeditada: ”Relaciones así  aparecen en la Biblia, pero también en la mitología hindú, en la griega, en la romana: Cástor y Pólux, Rómulo y Remo… Las religiones y los mitos comparten historias parecidas”.
Tanto Gauri como su hija, Bela, jugarán un papel importante en la historia y la primera, a su vez, guardará un secreto que en su caso será una culpa que arrastrará de por vida y que Lahiri demorará en revelar. Gauri es fundamental en la novela, por las decisiones que va tomando tanto respecto de la familia como en relación a su persona, pero le falta una cierta “flexibilidad” interna, mayores matices que la enriquezcan.
La novela es extensa y quizás necesitada de un más intenso ritmo interior. Pero esa es por supuesto una afirmación subjetiva. Importa, en todo caso, que Lahiri haya podido entregar una nueva ficción en la que logró reiterar sus temas obsesivos (el desarraigo, el choque cultural, la pertenencia) sin repetirse, contándonos una vasta y creíble historia.