domingo, 31 de diciembre de 2017

Notas destacadas publicadas en el blog durante 2017






De argentinos hablo. Y de entre ellos destaco a Carlos Chernov por su distópica novela “El sistema de las estrellas” (Interzona), que transcurre en un mundo que se muestra abrumador, con los ricos dominando el orbe y el resto postrado a sus pies, poderosos que todo lo deciden y pobres que se han vuelto sus esclavos. Hay escenas de gran crueldad y una utopía reservada a los poderosos que consiste en dejar “vivos” sólo a sus cerebros que disfruten del placer por un tiempo casi indefinido. Una inquietante proyección de nuestro presunto futuro.
”La hija del criptografo” (Planeta), de Pablo de Santis, es otra de las novelas argentinas publicadas este año que se destaca del resto. Transcurre en los ’70 del año pasado y se caracteriza por la multiplicidad de situaciones (de encerrona) que se le van presentando a su protagonista, Miguel Dorey, un llevado-y-traído por diversos enigmas y la totalidad de la historia –que se sumerge en los hechos represivos de la época- termina siendo un laberinto de preguntas, propio del autor, que no da tregua al lector, resultando otra muestra de la habilidad de De Santis para avanzar en zonas de misterio y claves a resolver.


En el blog he procurado reducir al mínimo la información de tipo personal, pero en el año que finaliza me ocurrieron dos novedades significativas como escritor.

martes, 12 de diciembre de 2017

"La familia Moskat", de Isaac Bashevis Singer. El maestro del relato

“La familia Moskat” (“The Family Moskat”), de Isaac Bashevis Singer.
RBA, Barcelona, 2016 (distribuida en Argentina en 2017), 791 páginas.
Traducción de Juan José Guillén.
En España: 14 euros. En Argentina: 375 pesos.

El polaco-norteamericano Isaac Bashevis Singer fue un gran narrador de historias realistas, con protagonistas judíos en casi todos los casos, muchas de las cuales le permitieron reconstruir el pasado que viviera en Varsovia antes de exiliarse a mediados de la década del ’30 del siglo pasado. Sus historias posibilitaron recuperar un mundo de costumbres perdidas, primero por los cambios que trajo aparejado el siglo XX, especialmente luego de la Primera Guerra Mundial, y más tarde porque el nazismo arrasó con todo, ensañándose con los judíos sin dejar nada en pie.
A esta novela, reeditada en España y meses atrás distribuida en la Argentina, el autor fue publicándola por entregas, entre noviembre de 1945 y mayo de 1948, en lengua yidis o ídish. Se la tradujo al inglés en 1950 y se editaría (y reeditaría) en múltiples idiomas, porque es uno de sus trabajos más notables.
Singer no tomaba en cuenta a las vanguardias literarias, pero fue un sabio para narrar sobre ambientes, personajes, historias individuales y colectivas, para describir tanto la nerviosa vida citadina como la más tranquila del campo, para hablar de la paz y de la guerra y en todos los casos para calar hondo en sus siempre complejos y hasta contradictorios personajes.
Todo arranca en 1912, el año en que se hundió el Titanic (como se indica en titulares de los diarios), cuando el patriarca de la familia Moskat, Reb Melusham, regresa a Varsovia con su tercera mujer, la viuda Rosa Frumetl, a la que conoció en Galitzia, en el norte de Austria, quien llega con su hija Adele a un lugar desconocido y complejo al que tardará en acostumbrarse.
Melusham es tan rico como arbitrario pero así logra tener todo bajo su control, haciendo que hijos y nietos, y otros agregados, “giren” en torno a su persona. Es un momento, apenas, lo advertirá el lector, porque de a poco esa situación consolidada se irá deteriorando, deterioro que aumentará a medida que pase el tiempo, la “modernidad” avance sobre las viejas costumbres y la propia Historia irrumpirá en una ámbito conservador en el que cada persona ocupa un determinado espacio y cumple con un expreso rol.
Una figura tímida, controversial, ingresará a ese mundo. Se llama Asa Heshel Bannet, proviene de provincias. Nieto de rabinos, llega a Varsovia con una carta de recomendación para otro religioso. Viste mal y entre sus pocas pertenencias se destaca un libro de Spinoza traducido al hebreo. Este personaje, un estudioso de la religión judía que devendrá en escéptico y que “atravesará” toda la novela, será testigo de la decadencia y él mismo contribuirá de una manera sesgada, sin proponérselo, con sus indefiniciones y sus cambios de conducta, a acelerar la caída.
Múltiples personajes, entre ellos el contable Kobbel, asistente del patriarca de la familia, contradictorio, a veces brutal, poblarán las páginas de este enorme relato, marcado por el signo de la religión y también por el sino del dolor.

Un poeta. Singer fue sin duda un gran narrador y un verdadero poeta. Sutil, supo ir apuntando aquí y allá, con reiterados detalles, las luces y las sombras de las historias que constantemente se cruzan en esta narración vivaz, en el que muestra a sus connacionales –de manera central a la gente de su raza- con todas sus contradicciones expuestas a la luz. El escritor no salva ni condena a nadie, como si nos recordara a cada instante que habla de seres humanos, en los que la perfección no existe.
Cada tanto, el narrador sorprende con sus reflexiones religiosas o filosóficas, complejas: “Si el tiempo no era más que un modo de percepción, entonces la historia consistía solamente en pasar las páginas de un libro que se había terminado hacía mucho tiempo”. También con un decir poético particular, inquietante: “A lo lejos se oyó un grito distante, como de algún demonio que le hubiera jugado a alguien una mala pasada y luego hubiera desaparecido en la noche”.
Los judíos orientales (también los occidentales, aunque entiendo que en menor medida) comenzaron a experimentar tensiones diversas, simultáneas y problemáticas. Por un lado, sectores de la juventud levantaron la bandera del traslado a Palestina, a la tierra de sus ancestros dominada entonces por el Imperio Británico. Otros, en cambio, se hallaban atraídos por la revolución rusa, por lo que abjuraron del judaísmo y se volvieron fanáticos comunistas. Estaban sin embargo los que buscaban seguir arraigados en Europa, pero en esos años el fascismo y la intolerancia crecieron, de manera que se les hizo muy difícil mantenerse en sus lugares de origen. Tal el caso de varios integrantes de la familia Moskat, a los que les costaba cada día más permanecer en Varsovia.
Fantástico fresco de una época y de un estilo de vida que han desaparecido casi sin dejar rastros, esta novela impar se mantiene sólida a pesar de los años transcurridos, muestra sin duda de la mano de Singer, maestro del relato.

La edición en inglés
“Unas cuantas semanas después de volver Meshulam Moskat a Varsovia, otro viajero llegó a la estación de la parte norte de la capital. Descendió de un vagón de tercera clase llevando un cesto alargado con cobertura metálica y doble cerradura. Era un joven de unos diecinueve años. Se llamaba Asa Heshel Bannet. Por el lado de su madre era nieto de Reb Dan Katzenellenbogen, el rabino de Tereshpol Minor. Llevaba consigo una carta de recomendación para el ilustre doctor Shmaryahu Jacobi, secretario de la Gran Sinagoga de Varsovia. En el bolsillo se le veía un tomo gastado, La Ética de Spinoza, en traducción hebrea.
El joven era alto y delgado, de cara alargada y pálida, frente ancha y prematuramente arrugada, ojos vivos, azules, labios delgados y barbilla afilada cubierta de una incipiente barba. Llevaba el pelo, rubio descolorido, peinado por detrás de las orejas. Usaba gabardina y una gorra de terciopelo. Llevaba una bufanda alrededor del cuello.
-Varsovia –dijo en voz alta, extrañándose de su propia voz-. Varsovia por fin.”

Datos para una biografía
Isaac Bashevis Singer nació en la ciudad polaca de Radzymin, cercana a Varsovia, en 1902 y murió en Florida, Estados Unidos, en 1991. Hijo y nieto de rabinos fue profesor de hebreo y luego trabajó en revistas literarias de la época, colaborando con su hermano Israel Yehoshua, también escritor. Tradujo a varios autores, se casó con Runia Shapira, con quien tuvo un hijo. De ambos se separó al dejar Polonia a causa de la persecución nazi. Luego de difíciles peripecias llegó a la nación norteamericana en 1943. Posteriormente adquirió la ciudadanía estadounidense y fijó residencia en Nueva York. Colaborador habitual del Jewish Daily Forward, firmaba con su nombre cuando publicaba ficción y con el seudónimo de Isaac Warshosky (Isaac el varsoviano) cuando eran artículos periodísticos. Se casó en segundas nupcias con la emigrada alemana Alma Haimann, quien tenía dos hijos y con la que vivió hasta su muerte. Escritor en lengua yidis o ídish, hablada entre los judíos askenazíes de Europa oriental, empezó a publicar en medios que publicaban en ese idioma, en los Estados Unidos, pero a partir de 1950 sus trabajos comenzaron a ser traducidos en inglés. Varias de sus novelas, entre ellas “La familia Moskat”, aparecieron primero por entregas en las publicaciones aludidas. Autor de cerca de veinte novelas, cuentos y textos infantiles, varias de sus historias han sido llevadas al cine, entre ellas “Yentl” y “El mago de Lublin”. En 1978 recibió el Premio Nobel de Literatura.


Video: Semblanza de Isaac Bashevis Singer en “La otra aventura”, programa de televisión mexicano a cargo del escritor y periodista Rafael Pérez Gay, programa del 20.10.15, duración 13,18 minutos

viernes, 1 de diciembre de 2017

Premio Labor Literaria Asde 2017

En un acto cargado de emociones, la Asociación de Escritores de Santa Fe (ASDE), me entregó el Premio a la Labor Literaria 2017. Mi emoción fue mayor aún porque el acto fue cerrado por mi hijo Gerardo, cantautor, quien presentó algunas de las canciones que integran su reciente disco “En un cielo abierto”.
El evento se desarrolló en el Centro Cultural Municipal de Santa Fe, al que asistieron miembros de la Asde así como familiares y amigos que me acompañaron en la ocasión, muy importante para mí. Esa noche se confirieron otras distinciones, entre ellos la Faja de Honor al libro de relatos “Adoquines sueltos”, del rosarino Billy Boldt, al tiempo que se presentaron los últimos números de la revista de la entidad. Ofició como maestro de ceremonias el secretario de Cultura de la Asde, el escritor Miguel Ángel Gavilán.
En lo que refiere al premio que me fue otorgado, mi colega y amiga, la presidenta de Asde, Trudy Pocoví, hizo repaso a mi doble carrera, si así la puedo llamar, de periodista y escritor y luego me entregó un diploma y de una estatuilla diseñada por el artista local Roberto Favaretto Forner. Sobre la estatuilla, la escritora y coreuta hizo saber que la obra de arte había sido objeto de un determinado tratamiento que llevó adelante su esposo, el fotógrafo y también amigo Leonardo Rosenfeld, quien me envió un sentido mensaje de felicitaciones. Con Leonardo hemos trabajado en un diario hoy desaparecido, él en su calidad de fotógrafo y yo, claro está, como periodista.
Luego me tocó hablar. Improvisé palabras haciendo referencia a lo que significaba escribir fuera de los circuitos comerciales, en una ciudad como la de Santa Fe en la que es arduo realizar tareas artísticas, ya se tratase de literatura como de cualquier otra disciplina. Se lucha contra la indiferencia y todo implica un esfuerzo permanente.
En cuanto al escribir, recordé los “consejos” que daba el joven Chéjov en una revista humorística de su época, señalando que los padres debían tomar a los recién nacidos y mientras se los castigaba había que decirles “no debes ser escritor”, varias veces. Si esa y otras “lecciones” semejantes no prendían en la criatura, agregaba el que sería luego un gran autor, el padre de turno debía resignarse y aceptar que ese niño, o esa niña, sería irrenunciablemente una persona ligada a las letras de por vida.
También recordé palabras de Onetti, imaginando que como escritor tuviese que declarar ante el tribunal de Praga que juzgó a Joseph K. Puesto ante el inflexible juez que supuestamente me preguntara sobre por qué escribo, dejando de lado cualquier motivo o pretexto “social”, obligado a ir a lo esencial, diría como el inolvidable escritor uruguayo: “Se escribe porque no hay más remedio”.
Manifesté que aunque muchas veces nos vemos compelidos a expresar que tenemos una determinada profesión, ajena a la literatura, lo cierto es que antes que nada nos sabemos escritores. Personas que con estéticas disímiles, con criterios distintos, con búsquedas expresivas diferentes, luchan con la palabra para extraer de ella lo que se quiere o se intenta decir.
Expresé, por fin, que más allá de las búsquedas y los logros, las escritoras y los escritores no dejamos de ser cronistas de la época que nos toca vivir. Y, que dejando de lado las adhesiones mayores o menores que recibamos en nuestras vidas, en cuanto santafesinos, lo queramos o no, somos también la propia voz escrita de Santa Fe, sostenida a lo largo de generaciones.
Diego Oxley
Rendí mi homenaje a tres autores de la región, Diego Oxley, Edgardo Pesante y Arturo Lomello, pidiendo disculpas por omitir a otras personas que se destacaron en los sesenta años de vida de Asde, pero los citados tuvieron significativas incidencias en mi vida y tanto con Oxley como con Arturo compartí el trabajo periodístico. Fueron, además de escritores, excelentes personas.
Antes de que cantara Gerardo, quise destacar el gran acompañamiento que a lo largo de los años he tenido de mi familia, es decir mi esposa Zulema y mis dos hijos, Pablo y el propio Gerardo que, lo dije allí y aquí lo reitero, han sido verdaderos puntales en mi existencia y gran compañía en mi vida de escritor.
Gerardo, tanto o más emocionado que yo, pudo superar el momento y ofrecer un breve recital que fue muy recibido por el público asistente. El acto se cerró con un brindis.
Además de Trudy y Miguel Ángel, integran en la actualidad la comisión directiva de Asde María del Carmen Villaverde de Nessier (vicepresidenta), Zunilda Estela Gaite (secretaria general), Jorge Romeo Spais (secretario de hacienda), Juan Pablo Muchiut (secretario de actas), Julio Luis Gómez, Elda Teresita Sotti, Norma Lidia Cáceres, María Luisa Ferraris y Hugo Luis Bonomo (vocales). A todos ellos mi agradecimiento. 
Recibo el afectuoso saludo de Trudy, luego de la entrega del premio

Con Gerardo, luego de la ceremonia

sábado, 25 de noviembre de 2017

"El sistema de las estrellas", por Carlos Chernov. Un mundo sin esperanzas

“El sistema de las estrellas”, de Carlos Chernov.
Interzona, Buenos Aires, 2017, 296 páginas.
En Argentina: 345 pesos.

“¿Para qué sirve ser millonario si uno no puede gobernar los acontecimientos más importantes de su vida: la reproducción y la muerte?”. Unos doscientos años más tarde de La Gran Catástrofe el mundo busca normalizarse. Es un mundo en el que las cosas se han “aclarado” de manera definitiva: los millonarios ganaron la partida y hacen lo que les place desde sus fortalezas amuralladas. Todo está a su servicio y ellos buscan de manera permanente diversas formas diversas de placer. La estructura de la sociedad, que aún está en proceso de reconstrucción, se ha puesto a su servicio. Sólo cabe agachar la cabeza y asistirlos.
Especialmente si se es pobre. En esa reconstruida sociedad los proletarios son marginales/marginados por definición. Los hombres deben trabajar en empleos infames, que les corroen y acortan sus vidas, y a las mujeres les corresponde quedar embarazadas la mayor parte del tiempo para, más tarde, vender a sus hijos a los ricos.
Los millonarios, a su vez, cuando no practican la caza de semejantes (pobres) buscan “descuerparse”, esto es separar sus cerebros del resto del cuerpo, corruptible por definición. Una vez que eso ocurre, los cerebros son colocados en máquinas especiales. Se los mantiene vivos y se les proyectan constantes “películas de la vida”, que protagonizan actrices y actores especializados cuyas historias, que incluyen sexualidad y aventuras sin término, son captadas por esas masas encefálicas estimuladas. Tal, al menos, lo que afirman los expertos.
Estamos ante el escenario elegido por el argentino Carlos Chernov para su más reciente novela, “El sistema de las estrellas”. En anteriores historias, el también psicoanalista apelaba a un humor corrosivo pero persistente. En cambio en su más reciente ficción lo descarta y en cambio nos muestra el presunto futuro, en el que está desterrada toda hipocresía. Y en simultáneo cualquier clase de esperanza.
El protagonista de la historia es Goma, un adolescente al comienzo de la novela, que vive en el lado “malo” de la sociedad, es decir entre el proletariado.  Habría que decir sobrevive, porque en un vasto territorio se amontonan miles de seres a los que espera no sólo una existencia breve sino muchísimos sufrimientos. Como ocurre con el padre del muchacho, quien trabaja con el sílice que le ha minado el cuerpo y el que comprende que le resta escaso tiempo. Su esposa se ha dedicado a embarazarse de manera periódica y luego de parirlos, vende a sus hijos recién nacidos a las capas altas de la sociedad.
Goma, para salir de la encerrona en la que se encuentran tanto él como su familia se promete (y promete a su padre) transformarse en actor. A su vez, su padre, para evitar un determinado hecho, comete un crimen y entonces recibe una condena que lo separa de manera definitiva de su familia.
Goma y su madre saldrán, cada uno a su modo, del mundo asfixiante de los proletarios e irán acercándose al orbe de los millonarios. El muchacho deberá ir vendiéndose, de una u otra forma, para lograr el objetivo de convertirse en actor e ingresar, al cabo, al sistema de las estrellas.

Algo que no cierra. En este mundo distópico, en el que aparentemente las cosas son claras y definitivas (y en el que no hay lugar alguno para la menor rebelión ni para el menor cambio), hay muchas cosas que no cierran. Los proletarios aceptan con exceso de sumisión la miseria congénita de sus existencias. No parece haber lugar para las capas medias, pero sí para bandas siniestras que pululan en las ciudades pobres así como para aventureros que buscan apropiarse de nuevas tierras (y de otras vidas) en terra incognita.
Los ricos, aquí denominados millonarios, tienen en tanto el poder en sus manos y de verdad hacen lo que quieren. Satisfacen sus deseos, esclavizan a los desclasados, matan por matar a los desahuciados, viven sin sobresaltos. Y además saben que, cuando se cansen del mundo, serán descuerpados, y en consecuencia les tocará a sus cerebros, convenientemente atendidos por especialistas, seguir disfrutando de las mieles del placer, alejados de cualquier sufrimiento, por un tiempo indefinido, casi infinito…
¿Pero es cierto lo que se cuenta? ¿No habrá en todo esto una estafa profunda, sustancial? ¿Nunca se rebelarán los proletarios y siempre triunfarán brutalmente los ricos de toda riqueza? ¿No ocurrirá algo que perturbe a ese orden? ¿Y qué seguridades tienen respecto de lo que les cuentan sus servidores, fundamentalmente el presunto gozo perenne de sus cerebros? Varias son las preguntas que el lector puede hacerse ante la inteligente y negra nueva novela de Chernov. Aunque quizás la fundamental refiere a ese así llamado descuerpe, que es presentado como una suerte de non plus ultra pero que suena a una enorme superchería, una mentira máxima en un orbe descompuesto por definición, en el que todo puede sucumbir de un momento a otro.
Irónico y, más que eso, sarcástico, Chernov nos describe un posible futuro en su novela  de ritmo lento y verdaderamente ahogante. ¿O levanta un espejo deformante para que nos miremos en él, en nuestro presente?

“El padre recogió agua del barril en el cuenco de las manos y se lavó la sangre que le cubría la cara, pero no se cambió la camisa, especuló con que a pesar de la oscuridad su aspecto atemorizaría a cualquiera que quisiera detenerlo, en particular al guardia comunal. Acodado sobre la baranda del balcón, contempló nuevamente el cielo nublado; la luz grisácea le recordó un caluroso amanecer de verano de su juventud –un resplandor rojizo hería las sombras del pozo de aire y sol y alumbraba la ropa colgada y las plantas salvajes que brotaban de la rajadura del material-. En esa época pensaba mucho en su futuro; a pesar de que su vida había sido programada por su familia, siempre había tenido la sensación de que su futuro era incierto. Sintió deseos de llorar, nunca pensó que se convertiría en un asesino.
Empezó a llover; las lluvias lavaban las paredes del pozo y chorreaba desde la terraza hacia la tierra. Al padre le encantaba escuchar el tamborileo mate de la lluvia sobre las placas solares, era la única satisfacción que compensaba la molestia de la oscuridad de los días de tormenta.
De pronto, se oyeron aullidos y gritos escalofriantes provenientes de algún lugar más abajo. El padre despertó de sus recuerdos y volvió a la realidad estremecido de miedo.”

Datos para una biografía
Carlos Chernov (Buenos Aires, 1953) es médico psiquiatra y psicoanalista. Autor de cuentos y novelas, ha publicado los libros de relatos “Amores brutales” (1992; reeditado en 2005; Premio Quinto Centenario del Honorable Concejo Deliberante de Buenos Aires) y ”Amor propio” (2007); y las novelas “Anatomía humana” (1993, reeditado en 2005; Premio Planeta Argentina),  “La conspiración china” (1997), “La pasión de María” (2005), “El amante imperfecto” (2008; Premio La Otra Orilla), “El desalmado” (2011; Premio Único de Novela Inédita de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires) y “El sistema de las estrellas” (2017). Ha recibido la beca de la Civitella Ranieri Foundation en 2010. Sus textos han sido traducidos al inglés, italiano y francés. Reparte su tiempo entre el ejercicio de la literatura y el psicoanálisis y en la actualidad reside alternativamente en México y la Argentina.


Video: “El encanto de contar historias”. El autor en “Digo”, televisión hecha para televidentes, Buenos Aires, 2/10/14. Duración 2,52 minutos:

martes, 14 de noviembre de 2017

"Lagartija", de Banana Yoshimoto. Relatos sobre la soledad y los misterios

“Lagartija” (“Tokage”) de Banana Yoshimoto.
Tusquets Editores, Barcelona-Buenos Aires, 2017, 158 páginas.
Traducción de Gabriel Álvarez Martínez.
En España: 17 euros. En Argentina: 289 pesos.

Ocurre algo particular con la obra de Banana (Maoko es su verdadero nombre) Yoshimoto, una gran voz de la actual literatura japonesa. En efecto, en nuestro idioma sus trabajos se difunden con significativa demora, a pesar de la buena recepción que han tenido desde que se conoció su primera ficción, “Kitchen”, que reveló en 1988, cuando tenía 24 años, a una joven y renovadora voz que hablaba de tristeza y soledad en una Tokio a la que percibía ajena y hostil.
Vuelve a ocurrir con este libro que fue uno de los primeros que escribió, luego de su muy publicitado debut literario. En efecto, “Lagartija” es un volumen de seis relatos que se conociera en Japón en 1993. Aclaro que los textos en nada se encuentran lesionados por el paso del tiempo y, mucho menos, que resultan desdeñables. Banana siempre fue una escritora singular y volvió a demostrarlo en estos largos cuentos dominados por la extrañeza, la ausencia de certezas que viven sus personajes, aquejados en la mayoría de los casos por la tristeza y una evidente desilusión.
En la primera de las historias, “Recién casados”, un joven que regresa a su casa en tren no se baja en la estación correspondiente sin saber bien por qué lo hace, pese a que lo aguarda su joven y reciente esposa. Entonces, se le aparece un determinado compañero de viaje que, aunque desconocido, lo interroga por su actitud. Y que por ese interrogatorio lo obliga a examinarse en profundidad.
No sorprende que en los relatos de Yoshimoto surjan figuras fantasmales. Tampoco que no se encuentre una respuesta inmediata y “lógica” a lo que le ocurre a sus criaturas literarias, como es lo que acontece con el recién casado, sometido a un verdadero examen de conciencia. “No hace falta que vuelvas a bajarte nunca más en la estación donde vive. Depende de ti”, le aclara la persona desconocida. Es obvio que el personaje central de esta historia es puesto ante un espejo que lo desnuda y le demanda tomar decisiones contundentes, que se ha demorado en adoptar.
“Lagartija”, el cuento que da título al volumen, tiene también un protagonista masculino que narra la historia. En ella habla de su relación con la mujer a la que llama como al pequeño animal por su contextura física y, de manera especial, por su rostro: “Sus ojos son negros y redondos. Son ojos de reptil, ojos inanimados. Físicamente es menuda; todos los recovecos de su cuerpo son fríos”.
Ambos curan a sus pacientes, él como médico que aplica la medicina tradicional, en tanto que Lagartija se dedica a prácticas esotéricas pero que a ella le dan resultados porque alcanza a ver las causas que motivan las enfermedades de sus pacientes. Otra vez Yoshimoto transita por caminos vinculados con lo fantástico, sin dar demasiadas explicaciones ni justificaciones. Y otra vez, la soledad, omnipresente, en una Tokio que aparece como árida y ajena. A ambos les une eso, también una cierta desorientación existencial y, por sobre todo (lo descubrirán con relativa tardanza) secretos que perturbaron profundamente sus respectivas infancias. Y que los persiguen en la actualidad del relato.
  
El misterio. La palabra que también subyace en los textos de la autora japonesa es misterio. Nunca se termina de saber qué ocurre de verdad en lo profundo de sus seres de ficción. Están perturbados, “algo” los sacude por dentro, se encuentran muy solos, suelen extrañar a sus progenitores que viven lejos, les cuesta “conectar” con sus semejantes. No pocos viven una suerte de entresueño, como si nunca estuvieran despiertos del todo.
Esa sutileza, esa ambigüedad, enriquece su producción. Y, claro está, la vincula con otro autor de su país, que es más famoso y que transita por los mismos espacios: obviamente, me estoy refiriendo a Haruki Murakami, aunque la obra de éste me resulta más despareja, menos poética.
Respecto de “Lagartija”, acoto que algo también muy extraño ocurre en el tercero de los relatos, “La espiral”. Una nueva pareja que se encuentra en un lugar infrecuente, un bar cerrado al que ella accede porque, por un motivo que tampoco se explica, el dueño le ha dado la llave del local (al parecer, sin conocerla). Es entonces que ella le cuenta que se propone dar un “salto” en su vida, porque asistirá a lo que llama “un cursillo radical” que podría provocarle la pérdida absoluta de los recuerdos. Ella promete que, pase lo que pase, no se olvidará de él. Pero el personaje se carga de confusiones y malos presagios. Y así los deja Yoshimoto, como suspendidos en el aire.
“Soñando con kimchi” (kimchi es una comida de origen coreano), habla de lo que fue primero una relación extramatrimonial y que luego se ha vuelto un vínculo más sólido, pero está el pasado y las dificultades de liberarse de él. “He llegado hasta aquí soportando el peso fofo de distintos bultos”, admite ella aunque cree que el mañana será distinto, brillante quizás. Pero el futuro también se les presenta como lo que es por definición; una total incógnita.
En “Sangre y agua” habla una mujer joven que ha dejado a sus padres en un pueblo donde se practica una férrea religión esotérica y en Tokio vive con Akira, un hombre joven que fabrica objetos que operan como talismanes en quienes los poseen, mientras extraña a sus progenitores y, también, de cierta manera, la vida casi monjil que debió llevar tanto cuando fue niña como en su etapa adolescente. Trata de hacer pie en su nueva existencia, mientras un hálito de tristeza la sacude y admite estar muy preocupada por el paso del tiempo, “inexorable como las ramas de un sauce, ahora expuestas al sol y al instante sacudidas por un vendaval”.
Estamos ante otro cuento extraño, que se inclina hacia lo indefinible, como si quisiera transmitir “noticias” de un más allá tan cierto como inasible. Tales los personajes de Yashimoto, tales sus vidas, tales sus experiencias que parecen no terminar de hacer pie en la tierra, en la existencia común de los seres humanos. Acontece así con “Una curiosa historia a orillas de un gran río”, contada por una mujer que luego de haber tenido una vida sexual muy desordenada, termina apoyándose en un hombre joven, grisáceo, que desdeña la fortuna que podría heredar de su padre: “Creo que soy un inepto, pero qué le voy a hacer”. Ella, mientras, se propone sencillamente vivir, resistir. “Sobreviviré”, afirma, mientras se aferra a una débil esperanza…
“Escribí estos cuentos en un par de años –cuenta Yoshimoto en el colofón del libro-. Todos tratan del tiempo y de las posibilidades de curación, de la fatalidad y del destino”. De asumirse en medio de vendavales complejos, íntimos y de difícil resolución. Escritos con líneas y conceptos imprecisos, con un decir premeditadamente poético, a la autora le importa contar “la forma como las terribles experiencias marcan las vidas de las personas”. De ello también hablan estos cuentos elusivos. De ello habla toda su obra.

Tapa de la edición
en japonés
“En ese instante resucitó y se expandió como una fragancia una emoción perdida hacía tiempo, algo parecido al alborozo que se experimenta en una noche de primavera cuando se tiene una cita con una mujer a la que uno todavía no conoce demasiado bien, pero por la que siente algo, y se sube con ella al tren pensando adónde ir a comer o tomar una copa; como si el corazón se hubiera vuelto más bello al observar el comportamiento comedido de la otra persona, el estampado del fular que se ha puesto para ti, el dobladillo de su abrigo o su sonrisa, igual que si miraras un hermoso paisaje en lontananza, sin pensar para nada en si esta noche te acostarás con ella.
Cuando me disponía a marcharme, de pronto oí un quejido. Me di la vuelta y vi que dentro de la sala de aeróbic una mujer se agarraba el pie. Pensé que sería un calambre y, al momento, Lagartija se acercó a ella y le tocó el pie. En medio de la penumbra de la sala, con la música continuaba sonando, Lagartija frotó serenamente el pie de la mujer, como una médica. El intervalo durante el cual estuve observando se me hizo eterno. Sentada y con los brazos extendidos, Lagartija parecía una bella escultura resplandeciendo en medio de la oscuridad.
Poco después la mujer esbozó una sonrisa y Lagartija le devolvió otra con sus labios rojos.
Desde donde estaba, al otro lado del cristal, Apenas me llegaban las voces y los sonidos, lo cual hacía la escena todavía más extraña. Cuando ella se incorporó y al estirar las piernas, me fijé en la pequeña lagartija tatuada en la ingle derecha, se consumó el flechazo. Ese fue el inicio de mi curioso amor por Lagartija”.

Datos para una biografía
Banana Yoshimoto nació en Tokio, Japón, en 1964. Su verdadero nombre de pila es Mahoko. Estudió literatura en la Universidad de Nihon. Con “Kitchen”, su primera novela, ganó el Newcomer Writers Prize en 1987 cuando todavía era una estudiante universitaria y un año después se le concedía por la misma obra el premio literario Izumi Kyoka. Entre otros galardones ha recibido en Italia el Premio Scanno. Yoshimoto es autora de una dilatada obra compuesta de ensayos, novelas y relatos. En castellano, además de “Kitchen”, se conocen sus novelas “N.P.”, “Amrita”, “Tsugumi” y “El lago”, así como los relatos reunidos en “Sueño profundo” y “Recuerdos de un callejón sin salida”. También el ensayo “Un viaje llamado vida”. En 2013 publicó una serie que apareció en una revista femenina japonesa, con un cantante coreano como protagonista y cuyo título aproximado sería “¿Deberíamos amar?”. Es hija de Takaaki Yoshimoto, un radicalizado e influyente filósofo japonés en los ’60 del siglo pasado, y hermana de la dibujante de manga Haruno Yoiko, muy famosa en Japón. Está casada con el médico Hiroyoshi Tahata y tuvo un hijo en 2003. Seis de sus novelas han sido llevadas al cine por otros tantos directores de su país natal, entre ellas “Kitchen” y “Tsugumi”.

Video: Entrevista a la autora en el XXII Salón de Manga, Barcelona, 2016. Duración once minutos.