domingo, 14 de mayo de 2017

"Mandarina" (cuento inédito)

Ilustró: Gerardo Morán
-Hola.
-Ah, hola… buenas noches. No la… no te había visto.
-Acá está muy oscuro.
-Sí.
-¿Te estás escondiendo de alguien?
-No…
-¿No?
-Bueno, quizás sí…
-¿De una mujer?
-Ojalá… No, de unos pesados…
-…
-…Mandarina…
-¿Qué decís?
-¿No los escuchás?
-Escucho que gritan, pero no les entiendo.
-Dicen “mandarina”.
-¿Y por qué?
-Porque me buscan. Yo soy la “mandarina” que buscan.
-¿Mandarina?
-Así me dicen cuando están con ganas de cargar a alguien.
-Y a vos no te gusta.
-¿A vos te gustaría?
-Seguro que no… Ah, por eso estás acá, para sacártelos de encima.
-Para que no empezaran, para que se olvidaran un rato de mí.
-Pero se ve que se acuerdan, ¡jajá! Disculpame…
-Está bien. Me da lo mismo. Lo malo es que voy a tener que volver, allí.
-¿Allí, dónde?
-Ahí, ¿ves ese rincón del restaurante con tanta gente? Es la gente de la empresa.
-¿Pero tenés que volver?
-Debería… están todos…
-¿Notarían tu ausencia?
-Sí, ahora mismo me están llamando… Sí, a Mandarina cuando hay joda lo toman en cuenta…
-Lo decís como si te fueran a premiar.
-No, no espero ningún premio. Al contrario…
-¿Y por qué te dicen Mandarina?
-Cosas de los muchachos…
-¿Te da vergüenza, es algo jodido?
-No, jodido no… Es porque… me pongo colorado con facilidad… pero en vez de ponerme colorado me pongo amarillo, amarillo como mandarina… qué sé yo…
-¡Jajajá!, discúlpame, ¡jajajá!
-Te disculpo, yo también me reiría de no ser el que recibe los pelotazos.
-Tenés razón, estuve mal… Esta vez discúlpame en serio, no me reía de vos sino de la situación.
-Si fuera por mí…
-Te irías ahora mismo.
-Sí, pero no puedo, hasta el gerente me tiene controlado, ni siquiera estoy efectivo… Voy a tener que volver y que pase lo que pase… Da igual…
-Suerte…
-Chau… buenas noches…
-Buenas…
-…
-¡Esperá!
-… ¿Sí?
-¿Qué te parece…? No, olvídate…
-Hablá, no tengo problemas…
-Se me ocurrió una idea… Es medio loca… Bah, te la digo: a mí no me conocés, pero tampoco me conocen tus compañeros. ¿Qué te parece si vamos y me presentás como tu novia?
-¿Vos, mi novia? ¿Quién me lo va a creer?
-Una novia, una amiga, da igual. Decí que nos conocimos hace poco…
-No me lo van a creer…
-Esa parte me la dejás a mí, vos me presentás, en general, después te quedás callado y la que hablo soy yo. Lo sé hacer bien…
-Pero si ni sé tu nombre.
-Da lo mismo. ¿No entendés? Sí te ven conmigo no te van a cargar. O te van a ver de otra manera, te lo aseguro. Y vos poneme el nombre que quieras, Josefina, Lena, Gisela. Gisela, ahí está…
-¿Y de dónde sos, y cuándo nos conocimos?
-Soy de Rosario, estudio Letras, nos conocimos en el shopping… Cuanto menos digamos, menos nos vamos a confundir…
-No lo van a creer…
-Vas a ver que sí. Vos déjamelo a mí. Acordate que me llamo Gisela.

-¿Viste que salió todo bien? Hasta un premio nos sacamos.
-Vamos por acá, así los perdemos de vista.
-No nos van a seguir…
-Si pudieran, bien que lo harían…
-No te preocupés, ya no nos ven.
-¿Para dónde vas?
-A buscar mi auto.
-…
-¿Querés que te deje en alguna parte?
-¿Nos vamos a volver a ver?
-No lo creo. Yo vine para encontrarme con alguien que me dejó colgada. Por eso me encontraste donde estaba, fumando, haciendo tiempo. Ahora me vuelvo de verdad a Rosario.
-…. Ah, yo creí…
-Ni pienso volver por acá, no te preocupés…
-¿Y cuándo me pregunten por vos en el trabajo?
-Primero decís que viajé, después inventá que nos distanciamos. Después decí lo que quieras, total a mí no me ven más. Ah cierto, tomá…
-¿Qué me das?
-El premio, te lo ganaste.
-Te lo ganaste vos, sí no fuera que te largaste a bailar por tu cuenta. Yo soy y seré un patadura. Quedatelo, yo ya tengo uno.
-Bueno, gracias.
-…
-Acá está mi auto. ¿Te acerco a algún lado?
-No… te agradezco, vivo cerca, le meto acá derecho y llego en seguida.
-Bueno, chau…
-Esperate, ¿cómo te llamás?
-Para vos, soy Gisela.
-Gisela… ¿Nos  damos el beso de despedida?
-….
Un beso de apenas roce de labios. No le dijo su nombre. La saludó y luego enderezó para cualquier lado. Volvería a ser Mandarina mañana o pasado. Desconocía dónde se encontraba. Estaba perdido, en plena madrugada.

sábado, 6 de mayo de 2017

"Esperando a Mister Bojangles", de Olivier Bourdeaut. Una historia agridulce

Composición: Gerardo Morán

“Esperando a Mister Bojangles” (“En attendant Bojangles”), de Olivier Bourdeaut.
Salamandra, Barcelona, 2017, 149 páginas.
Traducción de José Antonio Soriano Marco.
En España: 16 euros. En Argentina: 245 pesos.

El joven autor Olivier Bourdeaut sorprendió, en medio de la escéptica posmodernidad, en el mundo descreído del amor y (cada vez más) de la imaginación, con una historia que abreva en el romanticismo y que casi ninguna conexión admite con el mundo de hoy.
Es la historia de amor de sus padres vista con los ojos de un niño inocente, que cree en los relatos inconcebibles que le narra su madre, una mujer ajena a todo tipo de convención, y que son avalados por su padre, un hombre que escribe una novela interminable y que está dispuesto a seguir a su mujer adonde ella quiera ir. Allí, al reino de la danza permanente, del juego constante, de la risa, de la diversión. Allí, donde Nina Simone canta en un viejo disco que es reiteradamente vuelto a escuchar en el arcaico tocadiscos: la canción de Mr. Bojangles.
“Mi padre decía que ella tuteaba a las estrellas, lo que me parecía raro porque mi madre trataba de usted a todo el mundo, incluso a mí”, comenta, mirando a la distancia, quien fuera niño y relata hoy la historia. Para ésta, Bourdeaut se basa libremente en la relación de Francis Scott Fitzgerard y Zelda y admite que se copió de las “atmósferas” de “Desayuno en Tiffany” (o “Desayuno con diamantes”), de Truman Capote.
El clima que logra captar en sus páginas es precisamente ese: alegre y zumbón al comienzo y luego progresivamente melancólico, tristón.
Porque la alegría y el desenfado de la madre tienen una explicación que ella terminará revelándole al final y sobre el cual, en cambio, el padre se niega a hablar. Lo que sí está claro es que como ningún otro se encuentra dispuesto a seguir a su mujer a como dé lugar, a bailar “hasta que las velas no ardan” y tutearse no más con las estrellas. A vivir una vida que colisionará de manera constante con lo convencional.

tapa de la edición francesa
Se podría decir que aunque ha vivido mil peripecias, mil tristezas, Mr. Bojangles no puede dejar de bailar, invitando a otros a que lo hagan, un acto celebratorio de la vida que toman en cuenta los padres del narrador como si fuera mandato divino.
Ella es vista como una maga, recargada de caprichos, de cambios de actitud, de decisiones inesperadas. Nunca conserva el mismo nombre y obliga a su marido también a cambiárselo, día tras día. Lo otro que llama la atención es que anda de aquí para allá con un animal, una grulla damisela (así llamada por ser más pequeña que las grullas comunes), bautizada Doña Superflua y que acompaña a la madre a todas partes (la calle incluida) con un collar de perlas a manera de correa.
Es un dislate la vida de esa gente, que no atiende el correo, vive tanto en Francia como una especie de castillo que el padre ha conseguido vaya a saberse cómo en España y que tienen como casi único amigo a un senador que proporciona los “víveres” para subsistir al progenitor del relator, un hombre que vive a su aire, lejos del sentido común. Y del pago de impuestos, que le traerá, oportunamente, dolores de cabeza.
Pero el dislate llegará a su fin en determinado momento y el alegre Bojangles que los ha acompañado, comenzará a desafinar, hasta que todo termina de una manera tan previsible como amarga, que Bourdeaut sabe narrar con la misma solvencia con la que comenzó su relato, aunque sean los tonos graves los que prevalezcan. Una novela llevadera, divertida y hasta estrafalaria en muchos de sus tramos, no puede sorprender su éxito. Vendió millones de ejemplares en Francia y en Argentina debieron lanzar en poco tiempo un segundo tiraje. Tiene méritos para que así haya ocurrido.

Datos para una biografía
Olivier Bourdeaut (Nantes, 1980) ha sido desde muy pequeño un lector voraz. En sus años más jóvenes llevó una vida itinerante en la que desempeñó una notable variedad de oficios, desde recoger escamas de sal hasta trabajar de plomero (fontanero) en un hospital. En 2016 irrumpe como un tifón en el panorama editorial con la publicación de su primera novela, Esperando a mister Bojangles. El libro causa un impacto inaudito, seduciendo a todo tipo de público y a la inmensa mayoría de la crítica. Así, además de escalar hasta el primer puesto de las listas, se ve reconocido con una retahíla de premios: el Grand Prix RTL-Lire, el Prix du Roman des étudiants France Culture-Télérama, el Roman France Télévisions, el Emmanuel-Roblès y el Prix de l’Académie littéraire de Bretagne. Asimismo, es seleccionado para el premio Goncourt a la primera obra.

Video: “Mr. Bojangles”, en la versión de Nina Simone (Youtube)

Mr. Bojangles
I knew a man Bojangles
And he'd dance for you
In worn out shoes
Silver hair, a ragged shirt
And baggy pants
The old soft shoe
He jumped so high
He jumped so high
Then he'd lightly touch down
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance
I met him in a
Cell in New Orleans
I was down and out
He looked to me to be
The eyes of age
He spoke right out
He talked of life, he talked of life
He laughed, slapped his leggings down
He said the name Bojangles
And he danced a bit
Across the cell
He grabbed his pants
For a better stance
Oh, he jumped so high
He clicked his heels
He let go a laugh, he let go a laugh
Shook back his clothes all around
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance
He danced for those at
Minstrel shows and county fairs
Throughout the south
He spoke with tears of fifteen years
How his dog and him traveled about
His dog up and died
Lord, he up and died
After twenty years, he still grieves
He said I dance now
At every chance in honky tonks
For drinks and tips
But most the time I spend
Behind these county bars
Cause I drink a bit
He shook his head
And as he shook his head
I heard someone ask please
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance

Una traducción aproximada:
Conocí al señor Bojangles
Bailó para mí
con unos zapatos gastados,
el pelo plateado, una camisa raída.
y unos pantalones holgados, viejos y suaves zapatos,
Saltaba tan alto, tan alto,
después tocó suavemente el suelo.
Lo conocí en una celda en Nueva Orleans.
yo estaba deprimido y fuera de circulación.
Me miró directamente con sus viejos ojos,
mientras me hablaba.
Habló de la vida, habló de la vida,
se echó a reír dándose una palmada en la pierna.
Dijo su nombre: Bojangles
y bailó unas notas dentro de la celda
adoptando una mejor postura.
Oh, dio un salto muy alto
luego dio un taconazo.
Soltó una risa, soltó una risa,
sacudiéndose la ropa.
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles,
Mr. Bojangles, ¡baila!
Bailó para aquéllos
en espectáculos y feria de pueblos
por todo el sur.
Habló con lágrimas de quince años
sobre como su perro y él viajaron.
Su perro murió. Sí, murió.
Tras veinte años, aún sigue llorándolo.
Me dijo que baila
siempre que puede,
para beber y recibir propinas
pero la mayoría de las veces
está tras las barras de los bares de este condado
porque bebe un poco.
Él meneó la cabeza
y mientras lo hacía
oí a alguien pedirle:
por favor, por favor,
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles,
Mr. Bojangles, ¡baila!

martes, 2 de mayo de 2017

Abelardo Castillo: adiós al gran escritor


Aunque escribió novelas, obras teatrales y ensayos de calidad, será sobre todo por sus cuentos que se recordará al argentino Abelardo Castillo, fallecido hoy a los 82 años de edad. Nacido en  Buenos Aires, de muy niño se afincó con su familia en San Pedro, provincia de Buenos Aires, pero de joven regresó a la Capital Federal argentina donde casi de inmediato recibió diversos reconocimientos, especialmente en su primera etapa de autor teatral. Activo, generoso, en los comienzos de la segunda mitad del siglo XX tuvo amplia participación en el debate cultural y literario de la época, especialmente a través de la revista “El escarabajo de oro”, que dio a conocer a muchas nuevas voces de la literatura nacional, especialmente de la ciudad de Buenos Aires.
Contribuyó al redescubrimiento de Leopoldo Marechal cuando éste vivía un verdadero ostracismo político y, en cuanto a su obra, se destacan “Las otras puertas”, “Crónica de un iniciado”, “Israfel”, ·”Cuentos crueles”, “La pantera y el templo”, “Las maquinarias de la noche”, “El que tiene sed” y “El Evangelio según van Hutten”, entre muchos otros títulos.
Director de exigentes talleres literarios, lector consecuente, amigo de los debates y las reflexiones, tuvo en la también escritora Sylvia Iparraguirre a una gran compañera, tanto en lo afectivo como en lo literario.
En años recientes, publicó sus cuadernos personales, así como una recopilación de sus mejores cuentos que preparó con participantes de los talleres que coordinaba y que se conoció con el título de “Del mundo que conocimos”.
Era admirador incondicional de Borges y de Poe, pero como también era lector infatigable nada de lo literario le resultaba ajeno. Instaba a los demás a leer, mucho y a no quedar conformes nunca con lo que habían escrito. Fue un escritor excelente, un autor impar. Su muerte significa otra gran pérdida para la literatura argentina. 

domingo, 30 de abril de 2017

Tensiones periodismo-literatura. Hacia afuera y hacia adentro

Gay Talese y Gabriel García Márquez
Extracto del texto leído y comentado por el autor en el marco del Café Literario Sade, filial Santa Fe realizado el pasado 19 de abril, en el que expuso junto a Estanislao Giménez Corte.

Jorge Conti dio una, para mí, sabia definición que establecía también una sabia distinción entre periodismo y literatura: “El periodismo –dijo- es hacia afuera, la literatura es hacia adentro”. Creo que esa barrera es insalvable, pero al mismo tiempo quiero decir que no desdeño el periodismo. Por el contrario, me siento muy cómodo, y satisfecho, tomando contacto con esos grandes reportajes que han dado en llamarse textos de no ficción que, como lector, y hasta como escritor, han despertado en mí verdadero entusiasmo.
Hablo, entre tantos otros, de “Relato de un náufrago”, de Gabriel García Márquez, de “¿Quién mató a Rosendo?”, de Rodolfo Walsh, de “A sangre fría”, de Truman Capote, de “Honrarás a tu padre”, de Gay Talese, de “Oswald, un misterio americano”, de Norman Mailer. Los cito a sabiendas de que dejo de lado a muchos de tanta o mayor validez que los nombrados.
La crónica periodística tiene un limitante: no se puede contar lo que no ocurre. Por ejemplo: no se pueden poner “pensamientos” no explicitados por un entrevistado. No se puede decir de más. En cambio, le está reservado al escritor de ficciones la invención, la creación de mundos alternativos, el poner en boca de personajes tomados de la realidad o de la imaginación aquello que pudo haber ocurrido o que nunca ocurrió, salvo en el mundo de la palabra. La literatura, podría decirse, es en sentido libre, imparable, desbordante. El escritor se vuelve hacedor de su propio mundo.


Tres casos. Reitero que el mundo de la no ficción no me resulta indiferente y para reforzar esa convicción me detengo en tres ejemplos que hablan mucho de la renovación que en el campo de la crónica ha traído el llamado nuevo periodismo. Hago referencia primero a un hecho primordial: el gran rescate que realizó Jacques Gilard quien en una voluminosa “Obra periodística”, compiló en de la década de 1980 la primera parte de la extensa obra periodística de Gabriel García Márquez. Textos de gran frescura, escritos con intrepidez y hasta cierta desfachatez, propias de un joven que hacía sus primeras armas en el periodismo. Hablé de gran rescate, y fue en  efecto así, porque de no ser por Gilard, que buscó y encontró en viejos periódicos las notas escritas por el entonces desconocido autor, no nos hubiésemos enterado de que la habilidad, intrepidez y desfachatez de Gabo tuvo su fruto, al toparse el  colombiano con la historia de Luis Alejandro Velasco que estuvo perdido diez días en el mar.  Fue así como nació, en 1955, la serie de notas que luego se llamaría “Relato un náufrago”, transformada en libro en 1970 y al que debemos considerar como un valioso antecedente del nuevo periodismo.
Paso ahora al norteamericano Gay Talese. Descendiente de italianos, de joven le interesó tanto la literatura como el periodismo. Pero luego de trabajar en The New York Times, deja de lado ese medio con el afán de narrar las crónicas de otra manera, intentando acercar al periodismo a esas formas narrativas reactivas que exhibían jóvenes plumas de entonces, como la de su admirada Carson McCullers. La revista Esquire lo contrata y lo primero que se le pide es un imposible: presentar un perfil de Frank Sinatra. El cantor tenía cincuenta años, era un ídolo intocable más que nunca (se negaba a dar notas) dado que andaba, se decía, con una Mia Farrow de 20 años. Entonces Talese aborda a Sinatra de otra manera, sesgada, diríamos, hablando no con él sino con todos los que de una u otra forma estaban cerca de su persona, y de esa forma, como quien arma un difícil rompecabezas, logra “diseñar”, es decir escribir el perfil de ese hombre tan famoso, en un texto que hoy sigue siendo icónico.. Con el añadido de que Talese descubre que por esos días el cantante estaba resfriado y por lo tanto no podía cumplir con sus compromisos artísticos. “Sinatra resfriado es Picasso sin pintura, Ferrari sin gasolina, pero peor”, escribe. Frank era un rey y encabezaba un reino de personas que trabajaban con él y para él que en esos momentos sentían que se les movía el piso. Todo eso lo cuenta Talese con precisión y agudeza: la pintura de ambiente, la personalidad ambivalente de Sinatra, quedan expuestas con sus luces y sus sombras. “Frank Sinatra está resfriado” sigue siendo la obra maestra de Talese, el verdadero nacimiento del nuevo periodismo en Estados Unidos.
Tercer ejemplo. Que puede traer inconvenientes porque se trata de una persona controversial por sus posiciones políticas. Me refiero a Rodolfo Walsh, quien al margen de sus actividades fue también un minucioso investigador periodístico (aparte de gran cuentista). Además de sus investigaciones de “El caso Satanowsky” y “Operación masacre”, logró deducir qué había ocurrido en la confitería “La Real”, de Avellaneda, en la que en mayo de 1966 fue asesinado el dirigente metalúrgico Rosendo García. Respecto de esto, había, al comienzo de su investigación, unos detenidos acusados por el crimen. La indagación sistemática, que semana a semana Walsh publica en el periódico de la entonces CGT de los Argentinos, va modificando lo que podríamos llamar la historia oficial. Semana a semana Walsh a través del periódico convoca a las personas que asistieron a ese episodio, llega a avizorar que el escenario del crimen había sido modificado y concluye que habría sido el dirigente Vandor el único que podía haber matado a Rosendo. Una historia sin igual, que hablaba por supuesto de las terribles tensiones de la época. Por eso se dice que Walsh fue el verdadero creador del texto de no ficción, no ya en Argentina sino en el mundo.


Aventuras del lenguaje. Los textos periodísticos que cité, son de verdad fascinantes, ¿pero son también otra rama de la literatura, como entre tantos proclama la española Rosa Montero? La crónica tendrá siempre la limitante del hecho que se quiere contar. Si se le hace una nota a una determinada persona, salvo que ella misma lo relate, no se le pueden agregar pensamientos, intenciones ocultas. El cronista puede especular, claro, pero hasta cierto punto, porque si estira mucho ese hilo la crónica se desvanecería para volverse texto de ficción. En ambos casos se trata de una aventura del lenguaje, pero no pueden seguir en paralelo un camino infinito.
La ficción, la poesía, se adentran en los mundos propios que fije el autor, que son en sí mismos ilimitados, hasta se podría decir inconmensurables. Está también la participación del lector co-creando, completando los silencios del autor, escuchando su música. “Me ilumino de infinito”, dice Ungaretti. O Borges: “No nos une el amor sino el espanto”, “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”. O Dante, ante el Inferno: “Dejad atrás toda esperanza, vosotros que entráis”. O el final inefable, infinito, de “Los muertos”, de Joyce, que empieza con la dolorosa confesión de Gabriel mirando dormir a Gretta, su mujer. “La miró, -expresa Joyce- mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer”.
Literatura es fábula, es la vida que construimos al lado de la vida, es lo inefable, muchas veces lo que casi no se puede decir, aquello que no está pero que debería encontrarse. Los momentos epifánicos del propio Joyce, la pesadilla kafkiana de “El proceso”, el Mal o la Totalidad que encarna “Moby Dick”, el Dictador por excelencia pintado por Roa Bastos en “Yo, el Supremo”, Emilio Gauna anticipando y viviendo su muerte en “El sueño de los héroes”, según Bioy Casares, Sabato y sus ciegos, los locos de los canudos inventándose la guerra del fin del mundo que nos contó Vargas Llosa, las galerías que conectaban los mundos de Cortázar, Borges descubriéndonos el Aleph, Orwell mostrándonos al Gran Hermano en 1948 o Kundera sosteniéndonos que la vida está en otra parte…
El periodismo nos habla, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor inteligencia, de la coyuntura. La literatura nos invitó, nos invita, nos invitará, a crearnos alternativas a la vida, a soñar nuestros sueños más complejos, más interminables. Más inevitables.

viernes, 28 de abril de 2017

"Dios lo bendiga, señor Rosewater", de Kurt Vonnegut. Brillante, eterna ironía

Composición: Gerardo Morán
“Dios lo bendiga, señor Rosewater o Margaritas a los cerdos” (“God Bless You, Mister Rosewater, o Pearls Before Swine”), de Kurt Vonnegut.
La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2017, 198 páginas.
Traducción de Carlos Gardini.
En Argentina: 270 pesos.

Estamos ante el sexto rescate que La Bestia Equilátera hace de novelas del mejor tiempo, como escritor, del norteamericano Kurt Vonnegut. “Dios lo bendiga, señor Rosewater”, tal el rescate al que aludo, es también el último trabajo que entregó el gran escritor y traductor argentino Carlos Gardini antes de su fallecimiento. Leyendo el texto, otra vez podemos comprobar su especial talento en estos menesteres.
A “Dios lo bendiga, señor Rosewater”, se la califica como “una sátira magistral sobre los placeres y catástrofes que el dinero puede causar tanto en una familia como en una nación” y asimismo de qué forma la bondad puede llevarnos por caminos insondables, resultar ineficiente, provocar desastres.
Eliot Goldwater ha recibido una fortuna que cree inmerecida. La reparte entre los menos favorecidos de la vida y la naturaleza, también lo hace con los bomberos voluntarios y pierde el sentido de las cosas, además del sentido común, debido a su afición a la bebida. Su padre se desespera e intenta recuperarlo, sin suerte, mientras Eliot, separado de su mujer, vive su vida solitaria en el condado que lleva su nombre, en el Estado de Indiana. Para él, conectado a una estación de bomberos voluntarios, es su Nirvana. Allí se ha instalado, allí existe la Fundación Rosewater atendida por su dueño, por así decir, para dar aliento a los desahuciados.
Nada es límpido y transparente en la acumulación de dinero y poder que hicieron los antepasados de Eliot y él, de alguna manera, intenta compensar el estropicio, pero no alienta a los ganadores y vencedores del “American Dream”, sino a los perdedores, a los que nada esperan de la vida. Los insta a seguir, a creer, a tener una cierta fe en la condición humana.
Cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial, el heredero era un verdadero héroe de la contienda y por eso se le cedió dinero y Fundación, confiando todos en que seguiría los pasos de sus mayores, es decir, acumulando aún más fortuna y poder y evitando, fundación mediante, que ni el menor centavo cayera en manos del Tesoro norteamericano.
Su padre, un senador casi vitalicio, se desespera porque no puede “enderezar” al hijo, mientras que la mujer de Eliot, Silvia, intenta guardar distancia porque vive con él una relación ambigua, que le provoca adhesión y rechazo de manera simultánea.

pequeño pueblo de USA
Un abogado llamado Mushari. La fortuna en manos de Eliot tienta a cualquiera. Son millones de dólares –de la década de 1960, es decir cifras mucho más contundentes en cuanto a su poder adquisitivo que las actuales- y entre los tentados se encuentra el abogado Norman Mushari, de ascendencia libanesa, quien luego de recibirse como letrado logra ingresar a uno de los poderosos estudios jurídicos que cuidan que la fortuna de los Rosewater se acreciente sin solución de continuidad (la Fundación, como ejemplo, atesora más de 80 millones de dólares de la época). Mushari tiene la intención, nada santa (¿pero qué o quién, aparte de Eliot, es santo en esta historia?), pase a sus manos.
Tiene en sus manos la información fidedigna del que muy tímido e infeliz de Fred Rosewater, un poco afortunado vendedor de seguros, es primo segundo de Eliot y por consiguiente presunto heredero de la fortuna de la familia, siempre y cuando pueda demostrar que su pariente está loco.
Fred ignora parentesco y potenciales probabilidades. Por el contrario, se limita a languidecer en el pequeño y perdido pueblo de Piscontuit. Pero no lo ignora Mushari, quien está dispuesto a todo con tal de probar dicha locura y así poder apoderarse de toda, o  gran parte, de la fortuna de los Rosewater.
El abogado tiene su propia lógica, expresada de la siguiente manera: “En toda gran transacción hay un momento mágico en  que un hombre ha entregado un tesoro, y durante el cual el hombre que debe recibirlo aún no lo ha recibido. Un abogado alerta debe aprovechar ese momento, adueñarse del tesoro por un mágico microsegundo, embolsar una parte y dejar que siga su curso. Si el hombre que está por recibir el tesoro no está habituado a la riqueza, y tiene un complejo de inferioridad y difusos sentimientos de culpa, como ocurre con la mayor parte de la gente, el abogado puede llevarse hasta la mitad del botín, y aún así contar con el balbuceante agradecimiento del receptor”.
Lo que sigue… es lo que sigue. Y eso tendrá que descubrirlo el lector que lea o relea este libro que tiene más de cincuenta años pero que conserva toda su frescura.
El humor, el absurdo de Vonnegut, marcas indelegables de este gran autor, “salpican” las páginas de “Dios lo bendiga”, del principio al fin. También la otra “marca de fábrica” del norteamericana fueron sus pinceladas surrealistas, porque nada de lo que cuenta puede inscribirse en el territorio de lo “real”, aunque todo –como ocurre con el resto de su amplia obra- es una gran boutade sobre el estado de las cosas en sus no siempre fragantes United States of America.
Una obra que en su amplitud de casi veinte títulos resultó una prolongada reflexión sobre un sistema que tantas veces se muestra oprobioso, cruel,  pocas veces compasivo. Precisamente, por serlo, Eliot es un incomprendido, como también lo es su primo, una suerte de débil réplica del pariente rico quien sin embargo siembra el bien asegurando a los pobres quienes también, llegado el caso, le dicen “dios lo bendiga, señor Rosewater”.
Juegos de ingenio, miradas piadosas sobre los seres humanos, ironías, humor punzante, textos satíricos de primer orden que se copiaban de una aparente escritura “primitivista” o naíf que desesperaba a los académicos pero que lograba establecer un difícil equilibrio entre la alta literatura y la popular. Heredero directo, máximo y quizás único de Mark Twain, hay que celebrar siempre esta clase de rescate, esta “resurrección” tan apropiada de Vonnegut.
Al margen: ¿imaginan lo que hoy diría de Donald Trump?

Edición inglesa
de la novela
“-Supongo que debería decir adiós –dijo Silvia culposamente. Le corrían lágrimas por las mejillas.
-Eso debe decidirlo tu médico.
-Saluda… saluda a todos de tu parte.
-Lo haré, lo haré.
-Diles que sueño con ellos todo el tiempo.
-Eso los enorgullecerá.
-Felicita a Mary Moody por los mellizos.
-Lo haré. Los bautizaré mañana.
-¿Bautizarlos? –Esto era algo nuevo.
Mushari revolvió los ojos.
-No… no sabía que…  que hacías esas cosas –dijo Silvia con cautela. Mushari se alegró al reparar en su ansiedad. Para él significaba que la locura de Eliot no estaba estabilizada, sino que estaba por dar el gran salto hacia la religión.
-No pude liberarme del compromiso –dijo Eliot-. Ella insistió, y nadie más quería hacerlo.
-Ah –dijo Silvia con alivio.
Mushari no se sintió decepcionado. En un tribunal el bautismo probaría que Eliot se consideraba un mesías.
-Le dije que yo no era una persona religiosa ni mucho menos –dijo Eliot, y la porfiada mente de Mushari se negó a aceptar esta prueba-. Le dije que nada de lo que yo hiciera tendría valor en el cielo, pero ella igual insistió.
-¿Qué dirás? ¿Qué harás?
-Oh… no sé.- La pena y el agotamiento de Eliot se disiparon por un instante y se quedó fascinado por el problema. Una sonrisa aleteó sobre sus labios-. Supongo que iré a su choza. Rociaré a los bebés con agua y diré: ‘Hola, bebés. Bienvenidos a la Tierra. Es calurosa en verano y fría en invierno. Es redonda y húmeda y está superpoblada. A lo sumo, bebés, vivirán cien años aquí. Bebés, hay una sola regla que conozco… Qué diablos, tienen que ser bondadosos’.”

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