viernes, 6 de enero de 2017

"El bosque infinito", de Annie Proulx. La naturaleza invadida

“El bosque infinito” (“Barkskins”), de Annie Proulx
Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 840 páginas.
Traducción de Carlos Milla Soler.
En España: 23.90 euros. En Argentina: 489 pesos.

Al término de la copiosa lectura de la extensa “El bosque infinito”, se podría afirmar que la vida vale muy poco, pero que el ser humano ha logrado persistir no por milagro, sino por su increíble tozudez. Luchando todo el tiempo contra la adversidad, esforzándose por persistir y legando en sus descendientes defectos y sabiduría, experiencia y errores, es decir las luces y las sombras que son propias de la vida.
En la novela, Proulx recorre trescientos años de historia que centralmente transcurren en lo que hoy es Canadá y el norte de los Estados Unidos, aunque también hay lugar para las aventuras del mar, o para historias que transcurren en China, Europa, Australia y Nueva Zelanda, entre otros territorios. Son más de tres siglos que viven los descendientes de René Sel y Charles Duquet, dos dejados de la mano de Dios que arriban al bosque infinito donde ha comenzado su existencia lo que en principio se denominaría Nueva Francia y más tarde Canadá. Duquet huye de los dominios de Monsieur Trepagny y emprenderá una carrera de ávido y visionario empresario, que heredarán sus ricos y ambiciosos descendientes, quienes durante generaciones se dedicarán a vivir de la madera, explotar a las tribus originarias y depredar los bosques.
De Sel se tendrán pocas noticias y, aunque mestizos, sus herederos serán considerados indígenas de la tribu mi’kmaq, quienes deberán librar una constante lucha contra los blancos (primero contra los franceses, luego contra los ingleses, más tarde contra los descendientes de ambas poblaciones, ya afincados en territorio americano) quienes los utilizarán en forma constante, robarán y los terminarán exterminando. Como exterminan durante centurias los bosques milenarios sobre cuya historia se detiene en interminables detalles la narradora. 
Cuando Sel y Duquet arriban a ese nuevo mundo se encuentran con el bosque inabarcable, casi indescriptible, para nada semejante a los que conocieron en Europa: “Crecían allí árboles descomunales, de un tamaño no visto en la madre patria desde hacía siglos, coníferas más altas que catedrales, píceas y tsugas que traspasaban las nubes. Colosales árboles caducifolios se alzaban muy espaciados entre sí, pero en las copas las ramas colmadas de hojas se fundían en un falso cielo, oscuro y brutal”.
Brutal es la palabra apropiada para definir esta historia, en la que mientras unos (los blancos) buscan, y logran, el enriquecimiento a toda costa, a través fundamentalmente de la depredación, otros (los indígenas, los mestizos) tienen que retroceder sin solución de continuidad, adaptándose a los constantes cambios que operan en su contra de manera permanente.
A Proulx le preocupa la forma en la que el ser humano agrede a la naturaleza.
En diálogo con Pablo Ximénez de Sandoval, de “El País”, de Madrid, señala que su novela “es una historia sobre capitalismo; en vez de la palabra conquistar (el Nuevo Mundo) se podría utilizar destruir, arrancar”. Ella trata de entender a los habitantes europeos que llegaron por primera vez a América, llevados por su ambición de volverse ricos. “No les interesaba luchar contra la naturaleza”, sino extraer de ella cuanto pudiesen y en el menor tiempo posible, para volverse ricos, para ser poderosos.

La edición en inglés
Altos precios. Durante centurias la tarea consiste en abatir árboles, acumular sus troncos, hacerlos derivar por ríos caudalosos y luego subirlos a los buques para llevarlos a Europa, donde la madera acopiada tendrá múltiple destino. Más tarde llegarán los aserraderos, y en todos los casos la tarea será siempre peligrosa, por lo que enfermar, lastimarse o morir se tornará una constante moneda de cambio. La vida, como señalé al comienzo, vale muy poco en ese ambiente en el que no quedaba registro de casi nada, salvo la riqueza acumulada, muchas veces, la gran mayoría, al margen de cualquier ley.
Aunque intenta la equivalencia y no juzgar, es bastante evidente que Proulx se muestra más condescendiente y comprensiva con los descendientes de Sel que con los de Duquet, (que se llamarán a sí mismos Duke con el paso de algunas generaciones), pese a que le haya expresado a Laura Revuelta, de “ABC”, de Madrid: “Yo no doy la victoria a ninguna de las dos caras de estas características (‘creo en la extraordinaria ambivalencia de los seres humanos que son portadores de impulsos destructivos y creativos en un mismo cuerpo’) enfrentadas que forman parte integrante de nuestra especie”.
En extendidos capítulos alternativos, Proulx va contando las historias de los Sel y los Duke, mostrando a los primeros tratando de resistir la embestida permanente de los blancos, que va alejándolos de sus primigenias costumbres, en tanto los Duke buscan, como se dijo, el poder que da el dinero. O, lo mismo, el dinero que da el poder.
Estos depredarán, como también lo harán los miles de colonos que arribarán sin solución de continuidad al, para ellos, nuevo continente, arrasando con bosques milenarios para sus requerimientos agrícolas. En vez de preservar, los Duke buscarán nuevos bosques virginales y cuando no los encuentran en los nuevos Estados Unidos, en la flamante Canadá, buscarán seguir haciendo sus diferencias en lugares tan distantes como Nueva Zelanda o Brasil.
Aunque la novela cubre el extenso tiempo que va desde 1693 a 2013, habrá que esperar hasta que a mediados del siglo XIX arribe a América Dieter Breitsprecher, quien de manera tímida al principio, más decidida luego, introducirá las primeras nociones de preservación de los bosques con sus conocimientos de silvicultura.
El libro cerrará con la figura de Sapatisia Sel, especializada en cuestiones relacionadas con la preservación del medio ambiente. Ella reunirá a un número reducido de tenaces y poco comprendidos emprendedores que aceptan desarrollar una lucha desigual para recuperar los bosques perdidos, cuando ya ha comenzado el siglo actual y el calentamiento global se hace sentir con toda su intensidad, más allá de Donald Trump y similares.
Lo que Proulx se guarda en la manga es por qué Sapatisia recibe un cierto apoyo económico de la fundación que lleva el apellido de Breitsprecher (heredero, en parte, del imperio de los Duke) y si una enorme mesa que está en su poder es o no es un mueble anhelado durante generaciones por los descendientes de Charles Duquet y nunca conseguida. Con esas preguntas se cierra un libro didáctico, histórico, preñado de información y aventuras, con el que Proulx expresa su mundo y vuelve a sorprender.

Bosque de alerces
“En los años transcurridos desde que los Sel se fueron a trabajar al Gatineau, Maine se había independizado de Massachusetts, aunque eran muchos los que preveían una guerra declarada con el estado de la bahía; lo había augurado un meteoro que traspasó el cielo con sus chispas rojas como la sangre. Pero nada ocurrió, y Maine se pobló de hombres, no sólo toscos leñadores que se corrían jaranas de tres días, sino también contratistas y agentes inmobiliarios, y bostonianos deseosos de comprar parcelas de los menguados pinares, que hablaban también de píceas y alerces tamarack, cortezas de tsuga y madera de frondosas. Los pinares restantes eran escasos y remotos, pero existía un mercado creciente para otras maderas. La tendencia era desbocar y embolsarse el beneficio. En todas partes, el gran manto forestal había quedado dividido en pequeñas porciones, cientos de miles de hectáreas reducidas a tocones y residuos de madera. Las talas arrasaron riberas antes umbrías y dejaron los cauces de agua expuestos a la dura luz del sol. Las charcas cenagosas y los bancos de grava ahuyentaban a las truchas. En las poblaciones reinaba el bullicio de las cantinas, las casas de comida, los hoteles y los palacios del placer, y el retumbo de los troncos en primavera y verano. Los aserraderos trabajaban día y noche; las sierras debían repararse sin cesar; el peligro de incendio era omnipresente. Innumerables carromatos transportaban la madera trozada a los muelles. Bangor se jactaba de ser el mayor centro mundial del embarque maderero”.

Datos para una biografía:

Edna Annie Proulx (Norwich, Connecticut, 1935) estudió historia y se dedicó al periodismo durante casi dos décadas. Su irrupción en el mundo literario, ya en la cincuentena, fue tan tardía como deslumbrante. Su célebre novela Atando cabos, llevada al cine en 2001 por Lasse Hallström, mereció el Premio Pulitzer y el National Book Award, y cosechó un rotundo éxito entre la crítica y los lectores. Le siguieron un volumen de cuentos, Canciones del corazón y dos novelas: Los crímenes del acordeón y Un as en la manga. El relato Brokeback Mountain, convertido en película ganadora de tres Oscar, dirigida por Ang Lee, volvió a llevarla a la actualidad. Su trayectoria literaria ha merecido, además de los premios citados, el PEN/Faulkner Award, el John Dos Passos Prize, el The New Yorker Book Award y, en dos ocasiones, el O. Henry Prize de relatos. Considerada una voz ya clásica de la narrativa en lengua inglesa, se afirma que Proulx se halla entre «los más grandes escritores norteamericanos» (The Independent) y su prosa, además de «poseer un gran oído para el diálogo y un ritmo contagioso» (The Times), combina «brillantez con ternura» (Daily Telegraph) y «recrea como pocas la belleza de lo cotidiano» (Independent on Sunday). Con “El bosque infinito”, publicada el año pasado, Proulx volvió a la ficción luego de catorce años. Otros libros de la autora son Brokeback Mountain. En terreno vedado, Postales y Wyoming.

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