martes, 31 de enero de 2017

"Portáti", de David Foster Wallace. Para un retrato del artista. Comentario anterior: "El rey pálido"

Composición: Gerardo Morán
“Portátil”. Relatos, ensayos y materiales inéditos (basado en “The David Foster Wallace Reader”), de David Foster Wallace.
Literatura Random House, Barcelona, 2016, 668 páginas.
Traducciones de Javier Calvo.
En España, libro en papel: 24,90 euros. En Argentina se lo consigue en versión para ebook, a 209 pesos, aproximadamente.

David Foster Wallace se suicidó en 2008, a los 46 años, a causa de una depresión que lo acompañó durante la mayor parte de su vida (que fue intensa, compleja, y muchas veces inmersa en la confusión) y que en algún momento terminó destruyéndolo. Fue una gran pérdida, porque escribió libros únicos, textos de notable calidad, audaces, que reclamaban al lector una atención especial. En él todo resultaba desmedido, como lo fue su libro capital, “La broma infinita”, de 1.200 páginas, con doscientas de ellas ocupadas por notas, no pocas de ellas muy extensas.
Aunque la angustia fue una constante en su obra, incluyendo sus notables textos de no ficción, supo compensarlo con su forma de narrar, abigarrada pero al mismo tiempo muy atractiva, aderezada por un humor socarrón que en ningún momento soslayó la ironía, cuando no el sarcasmo. Pero con la salvedad que sabía mantener el interés permanente de sus lectores, a los que trató siempre con cordialidad.
A veinte años de su opera magna, que ha sido reeditada en España pero no en la Argentina (donde su obra no recibe la atención que merece; resulta arduo encontrar sus textos en librerías), también en el país peninsular se ha publicado “Portátil”, una antología en la que se han seleccionado partes de sus libros más representativos, pero que es apenas la mitad del volumen original de más de 1.200 páginas en el que, además de fragmentos de novelas, se publicaron diversos artículos de autores anglosajones. En la presente edición se han anulado dichos fragmentos y a los referidos artículos se los ha sustituido con comentarios, más bien breves, de escritoras y escritores españoles y latinoamericanos.
Wallace se acercó a la genialidad. A los 25 años presentó en simultáneo como sendas tesis una novela (“La escoba del sistema”) y un tratado sobre filosofía griega. De esa forma empezó una carrera que decidió fuera literaria y que incluyó relatos de alta calidad, como los incluidos en “La niña del pelo raro”, “Entrevistas breves con hombres repulsivos” y “Extinción”, las ya referidas novelas a las que hay que agregar la inconclusa “El rey pálido” (rehecha hasta donde se pudo y publicada póstumamente) y sus también excepcionales textos de no ficción, que le hacen decir en este volumen a la argentina Leila Guerreiro que alguna vez el autor será considerado como “uno de los más grandes, talentosos y originales periodistas contemporáneos”.
En "Portátil" se incluye su inacabado primer trabajo de ficción, “El planeta Trilafon y su ubicación respecto a lo Malo”, en el que un joven de veintiún años, neurótico, afectado de depresión, nos sumerge en un mundo alienado, un laberinto del que le resulta imposible salir. Este texto inconcluso, que había permanecido inédito, lleva a decir a Javier Calvo que estamos ante “un inicio que se sale de órbita, la crónica de un destierro, (una) literatura como des-concentración”. Los rasgos autobiográficos de DFW, marcado por los fármacos, las drogas y el alcohol –del que se alejó durante gran parte de su vida adulta- son inexcusables.

"Me embarqué en un crucero de siete noches"
Trabajos conocidos, aunque… Esta amplia selección, incluye trabajos ya publicados en libros que han circulado profusamente, tales como relatos de “La niña del pelo raro”, “Entrevistas breves con hombres repulsivos” y “Extinción”, así como crónicas extraídas de “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, “Hablemos de langostas” y “En cuerpo y en lo otro”. De todos ellos, la que a mi juicio más se destaca (sin desdeñar al resto), es la excelente crónica de “Algo supuestamente divertido”, de 1995, sobre la que vale la pena detenerse.
Se trata de un extensísimo reportaje que originalmente le fue encargado por la revista “Harper’s”, consistente en un viaje de una semana en un crucero de lujo (por no decir de superlujo) por islas del Caribe. El texto apareció “resumido” en unas cincuenta páginas en la revista, pero cuando pasó al libro se extendió a más de cien (y casi al doble, si se toman en cuenta sus casi 140 notas al pie). Guerreiro acierta cuando dice que en la crónica, cómica, amplísima, recargada de detalles, Wallace descubre lo que subyace tras la aparente perfección que confluyen en el barco, el nivel de limpieza, la calidad de los servicios, la atención permanente: un sistema rígido, casi esclavizante, que busca que sus pasajeros se sumerjan en una gran “nada” para “no pensar en la insoslayable máquina de aniquilación que es la vida empujando hacia la muerte”.
Crónica extensa, más que cómica tragicómica, contiene el “aderezo” de la sospecha del capitán, y por ende de toda la tripulación que, debido a sus preguntas incisivas, el autor era en realidad un espía, quizás de alguna otra compañía rival, quizás un periodista de investigación, de manera que cada una de sus preguntas despertaba sospechas y el todo resultó ser una especie de novela de suspenso y misterio. Con muchas carcajadas incluidas.

Una valiosa antología. “Portátil” tiene una gran virtud: como incluye excelentes trabajos del autor que son, al mismo tiempo, muy representativos de su obra, se transforma en un buen vehículo para adentrarse en la compleja obra de Wallace. Además de “Trifalon”, que resulta en sí mismo un valioso rescate, los cuentos y los textos de no ficción que componen el volumen están seleccionados con acierto. Mención especial entre ellos al tremendo cuento “La niña del pelo raro” y la nota dedicada a una exposición agrícola en Illinois.
También resultan muy válidos los comparativamente breves ensayos sobre Kafka y su humor y Borges, sobre quien el autor demuestra tener un conocimiento exhaustivo de vida y obra, tanto que se permite rebatir las diversas inexactitudes en que las que incurrió el biógrafo Edwin Williamson (“Borges. Una vida”).
Los trabajos cuentan, como se dijo, con breves aportes de diversos críticos, destacándose –como ya señalé- el de Guerreiro así como el del español Javier Calvo. Los restantes textos pertenecen a Luna Miguel, Antonio J. Rodríguez, Rodrigo Fresán, Alberto Fuguet e Inés Martín Rodrigo, Andrés Calamaro aporta dos de sus canciones, dedicadas a DFW, y, en el prólogo, el editor Claudio López de Lamadrid cuenta cómo, desde la década del ’90, trabajó, arriesgándose, para que los textos del norteamericano fueran conociéndose en nuestro idioma, aunque el mercado al comienzo se mostró reacio a aceptarlo. Bien por él.
Siempre acompaña la nostalgia y la sensación de pena y pérdida cuando se habla de este autor, un suicida al que desde muy joven acompañó el cuadro de aguda depresión. Cuando suspendió la ingesta de un determinado fármaco, por los efectos secundarios que le producían, aceleró su autodestrucción. Pudo haber dado mucho más, aunque es una suposición, porque su vida fue un conflicto permanente, un cuestionarse de manera constante, cuestionamientos que alcanzaron a sus trabajos y que mucho se advierte en los restos que dejó de “El rey pálido”.
Pero, dejando esa sensación, quedan por suerte sus sólidos trabajos, sus grandes cuentos, sus excelentes crónicas. Y sus novelas, que tanto piden al lector y que, pese a ello, terminan siendo satisfactorias. Digresión: en uno de los reportajes, Foster Wallace admite que mucho le debe a la lectura de Manuel Puig en el armado de “La escoba del sistema”, novela en la que prevalecen los diálogos y las descripciones se reducen a lo mínimo. Es un dato que llama la atención y que me interesa remarcar al lector. Quien, reitero, tiene en este “Portátil” el mejor retrato del inolvidable escritor.

La edición en inglés
“Tengo treinta y tres años y la impresión de que ha pasado mucho tiempo y que cada vez pasa más de prisa. Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno, importante o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las demás opciones que esas elecciones descartan. Y empiezo a entender cómo, a medida que el tiempo se acelera, mis opciones disminuyen y las descartadas se multiplican exponencialmente hasta que llego a un punto en la enorme complejidad de las ramificaciones de la vida en que me veo finalmente encerrado y atrapado en un camino y el tiempo me empuja a toda velocidad por fases de pasividad, atrofia y decadencia hasta que me hundo por tercera vez, sin que la lucha haya servido de nada ahogado por el tiempo. Es terrorífico. Pero como son mis propias decisiones las que me encierran, me parece inevitable: si quiero ser adulto, tengo que elegir, lamentar los descartes e intentar vivir con ello”.

Datos para una biografía
David Foster Wallace fue una de las voces más singulares de la actual narrativa de los Estados Unidos. Un editor le agregó el apellido materno Foster para diferenciarlo de otro autor, de nombre parecido. Nació en Nueva York en 1962 y se suicidó en California en 2008, a causa de una fuerte y duradera depresión. Como escritor publicó en 1987 su primera novela, “La escoba del sistema”, a la que siguieron los libros de cuentos “La niña del pelo raro” (1989), “Entrevistas breves con hombres repulsivos” (1999) y “Extinción” (2004). Publicó varios libros de crónicas, entre ellos “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” (1997), “Todo y más” (2003), “Hablemos de langostas” (2005) y “En cuerpo y lo otro” (2012, póstumo; un capítulo de ese libro fue publicado el año pasado en nuestro idioma con el título de “El tenis como experiencia religiosa”). “La broma infinita”, su novela experimental de 1996, de 1.200 páginas, lo puso en una senda de excepción, casi “heredero” de Thomas Pynchon (con quien no sentía afinidades) y Don DeLillo, y “Time” la consideró como una de las cien mejores novelas norteamericanas del Siglo XX. Estaba escribiendo “El rey pálido” cuando se suicidó, ahorcándose, el 12 de septiembre de 2008. La novela, inconclusa, fue publicada póstumamente. Recibió numerosas distinciones, dirigió talleres literarios y fue profesor universitario. John Krasinski dirigió en 2009 una versión fílmica de “Entrevistas breves” y a su vez James Ponsoldt en 2015 dirigió “El último viaje” o “El último tour”, dedicado a recrear en clave de ficción entrevistas al autor. En 2012 apareció “Conversaciones con David Foster Wallace”, libro editado por Stephen J. Burn y el mismo año se conoció en inglés “Todas las historias de amor son historias de fantasmas”, la primera biografía de DFW, escrita por D.T. Max, publicada al año siguiente en nuestro idioma. Ambos libros, editados en España, son muy difíciles de conseguir en Argentina.

Algunos enlaces:

Comentario anterior: ·”El rey pálido” (publicado en el blog cuando éste aparecía en La Comunidad de El País, sección hoy inhallable en Internet)

“El rey pálido” (“The Pale King”), de David Foster Wallace. Literatura Mondadori, Barcelona, 2011-Buenos Aires, 2012, 551 páginas. Traducción de Javier Calvo.

“Aquello era un aburrimiento más allá de cualquier aburrimiento que hubiera sentido nunca”, expresa uno de los personajes de “El rey pálido”, la novela que dejara inconclusa el norteamericano David Foster Wallace cuando se suicidó en 2008 y que sólo se conociera tres años después, luego de una ardua tarea de reordenamiento que cumpliera el editor Michael Pietsch.
 La voz de Wallace fue comparada con la de los más grandes narradores del siglo pasado de su país, tales como Thomas Pynchon (en primerísimo lugar) o Don DeLillo, luego que a los 32 años de edad diera a conocer su novela más ambiciosa y, según se considera, más lograda: “La broma infinita”, texto torrencial con el que pareció haber buscado ese imposible que es la novela total.
 Quizás lo haya intentado también con “El rey pálido”, ficción con apoyos autobiográficos (él mismo aparece con su nombre propio en diversos momentos del relato), en la que estuvo trabajando durante una década y que, como se señalara, nunca concluyó. Presumiblemente a causa de la fuerte depresión que lo llevó al suicidio o –también es posible- porque el tema lo desbordaba y no encontraba la manera de ponerle fin.
 ¿De qué trata “El rey pálido”? De ese aburrimiento de corte existencial, se podría decir metafísico, que Wallace pudo encontrar sintetizado en una Agencia Tributaria en la que trabajó cuando tenía veinte años, en los 80. Y es sobre esa Agencia que habla en la novela compuesta por 50 capítulos de variada extensión e intención. El capítulo capital, el más logrado e intenso, el 22 -un monólogo-  tiene casi cien páginas. A otros, este autor tan peculiar como arbitrario, los liquidó en apenas unas pocas líneas.
 Pero, no está de mal insistir, “El rey pálido” es un texto inconcluso. El editor aclara explícitamente en una nota prologal que lo que ha llegado al libro es una recopilación de un trabajo que no se encontraba para nada concluido, desperdigado en “discos duros, carpetas de archivador, carpetas de anillas, cuadernos de espiral y disquetes”. Un texto en proceso –work in progress- al que tenemos (debemos) considerar como tal.

En el mundo de Josep K. Sin embargo, conviene recordar que Wallace fue un escritor de excepción. Excesivo, “tumultuoso”, la contracara de Raymond Carver, atacaba varios frentes simultáneos en sus textos. Y en este caso “atacó” a la  Agencia Tributaria como una suerte de mal metafísico, esa Oficina que fuera descubierta y expuesta por Franz Kafka, al decir de Milan Kundera: “Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy día es una burocracia” (p.444).
 Se trata de un mundo, dice el autor, en el que para operar con eficiencia hay que saber superar el aburrimiento que “descarta todo lo que es vital y humano” y de esa manera poder “respirar, por así decirlo, sin aire”.
 Es casi ocioso indicar, hablando de este narrador, que también a “El rey pálido” lo marca su irónico, cuando no sarcástico, humor y que cada capítulo está abordado desde ópticas diferentes, con voces y estilos que buscan ser también distintos. Y con sus infaltables notas al pie.
 La intención de DFW ha sido la de trabajar en las historias de distintos personajes, hombres y mujeres, sobre los que habla en distintos capítulos y aborda en diversos momentos de su vida.
 Entre otras, “revisa” la vida de Leonard (también llamado Ned) Stecyck desde cuando era un niño enfermizamente obsequioso hacia los demás hasta el momento en que se lo ve actuando como subdirector de Personal en la Agencia. El capítulo que le dedica a ese niño abrumador es particularmente eficaz.

El proyecto inconcluso. “El rey pálido” es un enorme proyecto narrativo, tan ambicioso, tan abarcativo como lo fue "Moby Dick", o, más contemporáneamente, como “El arco iris de la gravedad”. Pero es eso, un proyecto, algo a lo que Wallace no le dio una puntada final. Estamos pues ante partes de lo que pudo ser, aunque no un trabajo acabado. Hablemos entonces de las ideas que tenía el autor y que pueden rastrearse en las notas que quedaron póstumas, guías internas para el desarrollo de la novela a la que veía, cuenta el editor, “como un tornado” o que producía la sensación de tal: “Lo cual sugería la idea de lanzar partes de la historia hacia el lector como un torbellino a alta velocidad”.
 Otra develación: comenta Pietsch que muchos de los capítulos “revelaban una narración central” que seguía una cronología lineal. De ese modo el autor de “Extinción” hizo que varios personajes concurran a un centro de examen de la Agencia (en Peoria, Illinois, Estados Unidos) en 1985, pasen por una clase de orientación, empiecen a trabajar allí y finalmente se sumerjan en ese mar de tedio sobre el que quería contarnos.
 Hay capítulos totalmente concluidos, como el monólogo de Chris Fogle del capítulo 22 antes aludido, que es casi un relato autónomo en el que se centra en la relación del joven con su padre (muerto en espantoso accidente) y que resulta también, tangencialmente, una crítica al propio sistema tributario norteamericano. No es ocioso señalar que DFW estudió contabilidad concienzudamente en algunos de los años de redacción de “El rey pálido”. También que en muchos momentos la novela se vuelve excesivamente árida debido a las recurrentes informaciones que aporta al autor sobre cuestiones contables.
 El título alude a un nom-de-guerre de uno de los jefes de la agencia (aunque no queda claro si conlleva algún otro tipo de alusión). Que la novela no estaba concluida lo revelan las notas finales del libro, que el editor ha agregado como una especie de guía. En esas notas todas son preguntas que Wallace se formula a sí mismo, sin darse respuestas. En una de ellas no descarta avanzar en una segunda parte de la historia que, claro está, nunca existió.
 Es muy probable que el narrador hubiese terminado entregando una historia así, “inacabada” pero, exigente consigo mismo como lo era, también perfeccionista al extremo, sin duda la hubiera elaborado más y no hubiese dejado el exceso de cabos sueltos que presenta el libro. Brillante en determinados tramos, complicado sin necesidad en los momentos en que explica en detalle las operaciones de la Agencia, nos habla de un autor inteligente pero también arbitrario. Recibamos entonces a esta novela como lo que pudo ser, es decir con sus sombras, pero también con sus notables destellos de luz. 

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