lunes, 29 de mayo de 2017

"Cuentos selectos", de Francis Scott Fitzgerald. Una excelente selección

Scott Fitzgerald y su pequeña Frances "Scottie". Composición: Gerardo Morán

“Cuentos selectos”, de Francis Scott Fitzgerald.
Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2017, 398 páginas.
Selección y prólogo de Carlos Gamerro.
Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc.
En Argentina: 425 pesos.

La era del jazz, los “años locos”, la frivolidad, el divertimento, el gasto excesivo, el alcohol y la locura, están ligados, a veces injustamente, a este gran escritor llamado Francis Scott Fitzgerald, maestro del cuento y autor de novelas de considerable valor, especialmente su obra maestra, la imperecedera “El gran Gatsby”. Los textos aquí seleccionados con rigor por Carlos Gamerro no hacen más que ratificar la maestría de alguien que al comienzo vivió una vida de éxito fácil y que luego hasta el final de su corta existencia debió batallar contra todos sus fantasmas.
Se registra una notable escisión en la vida y en la obra de Fitzgerald (Scott es su segundo nombre, pero en la mayoría de los casos se lo toma como apellido). Fue todo “manteca al techo” desde que tuvo un notable éxito con su primera novela, “A este lado del Paraíso” (1920), se casó con su amada Zelda y sus cuentos inundaron los semanarios que se publicaban en cantidades excepcionales en los Estados Unidos pagando muy bien a sus colaboradores.
Eran los años de la frivolidad, del gasto fácil y fastuoso, de los viajes a París, del éxito que parecía no tener fin.
Pero llegó el Crack de 1929 y, prácticamente en simultáneo, la enfermedad mental que afectó a su mujer, Zelda Sayre, por el resto de su vida. Y el alcoholismo de Francis que se acentuó y fue uno de los motivos que lo llevaron prematuramente a la muerte, a los 44 años (aunque su fallecimiento se produjo por un paro cardíaco).
La visión “simpática” del mundo se modificó en la obra de Fitzgerald, agriándose. Aunque siguió publicando cuentos “potables” para las revistas de moda, escribió una serie de relatos pesimistas que sólo este año han conocido la luz, con el título de “I’d Die For You” (“Muero por ti”) puesto que los editores de la época lo consideraban nada convenientes para sus potenciales lectores.

La reciente versión inglesa
de "Muero por ti"
Una selección rigurosa. Gamerro ha elegido con agudo sentido crítico la selección. Ella se abre con cuatro cuentos de la primera época, que tan bien representan al joven y popular Scott Fitzgerald: “Bernice se corta el cabello”, “El palacio de hielo”, “El curioso caso de Benjamín Button” y “Un diamante tan grande como el Ritz”.
En los dos primeros casos, otras tantas típicas damitas del Profundo Sur norteamericano, ricas, frívolas, son las indirectas protagonistas de los dramas que narra Scott con muchas ironías y fino sentido del humor. En principio, los dos textos parecen comedias, pero demostrarán su lado cruel, en el primer caso cuando la Berenice del título logra ejercer su venganza con una rubia típica que le hace la vida imposible mientras la visita y en el segundo logra contar, con recursos muy eficaces, el choque entre Sur y Norte cuando en aquellos años ’20 aún se percibían las profundas diferencias entre dos culturas que antagonizan y que una rubia sureña no puede soportar cuando se traslada a Nueva York para tratar de iniciar, sin suerte, una nueva vida.
“El curioso caso de Benjamín Button” ha sido hace poco tiempo “resucitado” por la película que narra la historia, protagonizada por Brad Pitt, y que es el fantástico relato del niño que nace viejo y vive “al revés” hasta morir como bebé, a los setenta años. Es un juego literario que Scott supo resolver con mucha solvencia, narrando desde el verismo una historia inverosímil a la que sin embargo logra contar con coherencia salvando todos los escollos.
Se decía que Fitzgerald envidiaba a los ricos y Hemingway se burla de él en un cuento de “Las nieves del Kilimanjaro” (como Gamerro se encarga de recordar en el prólogo). Sin embargo, en “Un diamante tan grande como el Ritz” muestra a los ricos como seres únicos pero monstruosos, a través de un relato de implicaciones fantásticas que remeda los cuentos de hadas, también muy bien resuelto.

La versión cinematográfica
de "Babilonia revisitada",
driigida por Richard Brooks
Lo que vino después. “Babilonia revisitada”, señala un corte casi transversal en las historias de Scott Fitzgerald. No por casualidad escrita en 1931 (y llevada al cine 23 años después) muestra al personaje Charles Wales regresando a París después de cierto tiempo, encontrándose con una suerte de campo minado porque no puede recuperar nada de lo que vivió –y despilfarró- años atrás. De la “Babilonia” de los tiempos alocados sólo encuentra restos desperdigados y sus intentos de llevarse con él a su hija, criada por una tía que recuerda todas sus faltas, terminan siendo vanos. El cuento no omite ninguna de las faltas de este Charlie que lo tuvo todo y también lo perdió, incluyendo a su mujer. El narrador no escatima los dolorosos recuerdos y expone las faltas de las cuales, pese a sus  intentos, Wales no puede redimirse.
También, saliéndose de la serie de relatos, Gamerro elige para la selección “El Crack-Up”, rescatada en 1945 por Edmund Wilson como parte de una serie de textos no narrativos, incluyendo correspondencia, que puede entenderse como “el derrumbe” o “la grieta” y que es como una suerte de sanción moral que el autor se aplica a sí mismo por lo no hecho, o por lo mal hecho, y que lo muestra tanto auto reflexivo como cínico ante la vida.
Quedan por fin tres historias que tienen al guionista Pat Hobby como protagonista (Esquire publicó un libro recopilando esos y otros relatos poco después de la muerte del autor) al que muestra decadente, rememorando su pasado de gloria, irrecuperable.
Gran autor, excelente selección. Un libro que merece toda atención y atentas lecturas.

“Bernice no veía nada, no oía nada. El único sentido que todavía le funcionaba le decía que el hombre de la bata blanca había tomado un peine de carey y luego otro; que sus dedos tropezaban con las horquillas que no le resultaban familiares; que estaba a punto de perder su pelo, su maravilloso cabello: no volvería a sentir su peso voluptuoso y lánguido cuando le caía por la espalda como un resplandor castaño oscuro. Estuvo a punto de arrepentirse, pero con precisión inmediata y mecánica una imagen se presentó ante sus ojos: la boca de Marjorie curvándose en una leve sonrisa irónica, como diciendo: “¡Ríndete y baja del sillón! Me jugaste sucio y descubrí tu estafa. Ya ves que no tienes nada que hacer”.
Y una última reserva animó a Bernice, que apretó los puños bajo la toalla blanca y entrecerró los ojos de una manera muy rara, de la que Marjorie le hablaría a alguien mucho tiempo después.
Veinte minutos más tarde, el peluquero giró el sillón ante el espejo y Bernice se estremeció al ver el desastre en todo su esplendor. Su pelo ya no era rizado; ahora caía en dos bloques lacios y sin vida a ambos lados de su cara, de repente pálida.
Era una cara fea como el pecado. Ella ya lo sabía de antemano, sabía que iba a quedar fea, más fea que el pecado. El mayor atractivo de su cara había sido una sencillez de Virgen María. Ahora que esa sencillez virginal había desaparecido, Bernice era una chica… bueno… terriblemente mediocre. Ni siquiera histriónica, sólo ridícula, como una intelectual de Greenwich Village que olvidó los anteojos en su casa”.

Datos para una biografía
Francis Scott Fitrzgerald nació en 1896 Minnesota y murió en 1940 en California. De una familia tradicional de clase alta, católica, educado en los mejores institutos, es un autor fundamental de la literatura norteamericana del siglo XX. Su primera novela, A este lado del paraíso (1920), lo lanzó a la fama; con sus cuentos, muchos de ellos obras maestras, retrató la sociedad estadounidense y la vida en el París de entre guerras. Pero eso no es todo: escribió dos novelas inolvidables, El gran Gatsby (1925) y Suave es la noche (1934), y dejó inacabada El último magnate, un fresco preciso e intenso de Hollywood. Gran cantidad de sus libros y sus relatos fueron llevados al cine, entre ellas varias versiones de “El gran Gatsby”.. 

Video: “La otra aventura”, programa mexicano de Rafael Pérez Gay, emitido hace cinco años, con una síntesis sobre “El gran Gatsby” y la vida de Francis Scott Fitzgerald, en la primera parte de esta emisión.

domingo, 14 de mayo de 2017

"Mandarina" (cuento inédito)

Ilustró: Gerardo Morán
-Hola.
-Ah, hola… buenas noches. No la… no te había visto.
-Acá está muy oscuro.
-Sí.
-¿Te estás escondiendo de alguien?
-No…
-¿No?
-Bueno, quizás sí…
-¿De una mujer?
-Ojalá… No, de unos pesados…
-…
-…Mandarina…
-¿Qué decís?
-¿No los escuchás?
-Escucho que gritan, pero no les entiendo.
-Dicen “mandarina”.
-¿Y por qué?
-Porque me buscan. Yo soy la “mandarina” que buscan.
-¿Mandarina?
-Así me dicen cuando están con ganas de cargar a alguien.
-Y a vos no te gusta.
-¿A vos te gustaría?
-Seguro que no… Ah, por eso estás acá, para sacártelos de encima.
-Para que no empezaran, para que se olvidaran un rato de mí.
-Pero se ve que se acuerdan, ¡jajá! Disculpame…
-Está bien. Me da lo mismo. Lo malo es que voy a tener que volver, allí.
-¿Allí, dónde?
-Ahí, ¿ves ese rincón del restaurante con tanta gente? Es la gente de la empresa.
-¿Pero tenés que volver?
-Debería… están todos…
-¿Notarían tu ausencia?
-Sí, ahora mismo me están llamando… Sí, a Mandarina cuando hay joda lo toman en cuenta…
-Lo decís como si te fueran a premiar.
-No, no espero ningún premio. Al contrario…
-¿Y por qué te dicen Mandarina?
-Cosas de los muchachos…
-¿Te da vergüenza, es algo jodido?
-No, jodido no… Es porque… me pongo colorado con facilidad… pero en vez de ponerme colorado me pongo amarillo, amarillo como mandarina… qué sé yo…
-¡Jajajá!, discúlpame, ¡jajajá!
-Te disculpo, yo también me reiría de no ser el que recibe los pelotazos.
-Tenés razón, estuve mal… Esta vez discúlpame en serio, no me reía de vos sino de la situación.
-Si fuera por mí…
-Te irías ahora mismo.
-Sí, pero no puedo, hasta el gerente me tiene controlado, ni siquiera estoy efectivo… Voy a tener que volver y que pase lo que pase… Da igual…
-Suerte…
-Chau… buenas noches…
-Buenas…
-…
-¡Esperá!
-… ¿Sí?
-¿Qué te parece…? No, olvídate…
-Hablá, no tengo problemas…
-Se me ocurrió una idea… Es medio loca… Bah, te la digo: a mí no me conocés, pero tampoco me conocen tus compañeros. ¿Qué te parece si vamos y me presentás como tu novia?
-¿Vos, mi novia? ¿Quién me lo va a creer?
-Una novia, una amiga, da igual. Decí que nos conocimos hace poco…
-No me lo van a creer…
-Esa parte me la dejás a mí, vos me presentás, en general, después te quedás callado y la que hablo soy yo. Lo sé hacer bien…
-Pero si ni sé tu nombre.
-Da lo mismo. ¿No entendés? Sí te ven conmigo no te van a cargar. O te van a ver de otra manera, te lo aseguro. Y vos poneme el nombre que quieras, Josefina, Lena, Gisela. Gisela, ahí está…
-¿Y de dónde sos, y cuándo nos conocimos?
-Soy de Rosario, estudio Letras, nos conocimos en el shopping… Cuanto menos digamos, menos nos vamos a confundir…
-No lo van a creer…
-Vas a ver que sí. Vos déjamelo a mí. Acordate que me llamo Gisela.

-¿Viste que salió todo bien? Hasta un premio nos sacamos.
-Vamos por acá, así los perdemos de vista.
-No nos van a seguir…
-Si pudieran, bien que lo harían…
-No te preocupés, ya no nos ven.
-¿Para dónde vas?
-A buscar mi auto.
-…
-¿Querés que te deje en alguna parte?
-¿Nos vamos a volver a ver?
-No lo creo. Yo vine para encontrarme con alguien que me dejó colgada. Por eso me encontraste donde estaba, fumando, haciendo tiempo. Ahora me vuelvo de verdad a Rosario.
-…. Ah, yo creí…
-Ni pienso volver por acá, no te preocupés…
-¿Y cuándo me pregunten por vos en el trabajo?
-Primero decís que viajé, después inventá que nos distanciamos. Después decí lo que quieras, total a mí no me ven más. Ah cierto, tomá…
-¿Qué me das?
-El premio, te lo ganaste.
-Te lo ganaste vos, sí no fuera que te largaste a bailar por tu cuenta. Yo soy y seré un patadura. Quedatelo, yo ya tengo uno.
-Bueno, gracias.
-…
-Acá está mi auto. ¿Te acerco a algún lado?
-No… te agradezco, vivo cerca, le meto acá derecho y llego en seguida.
-Bueno, chau…
-Esperate, ¿cómo te llamás?
-Para vos, soy Gisela.
-Gisela… ¿Nos  damos el beso de despedida?
-….
Un beso de apenas roce de labios. No le dijo su nombre. La saludó y luego enderezó para cualquier lado. Volvería a ser Mandarina mañana o pasado. Desconocía dónde se encontraba. Estaba perdido, en plena madrugada.

sábado, 6 de mayo de 2017

"Esperando a Mister Bojangles", de Olivier Bourdeaut. Una historia agridulce

Composición: Gerardo Morán

“Esperando a Mister Bojangles” (“En attendant Bojangles”), de Olivier Bourdeaut.
Salamandra, Barcelona, 2017, 149 páginas.
Traducción de José Antonio Soriano Marco.
En España: 16 euros. En Argentina: 245 pesos.

El joven autor Olivier Bourdeaut sorprendió, en medio de la escéptica posmodernidad, en el mundo descreído del amor y (cada vez más) de la imaginación, con una historia que abreva en el romanticismo y que casi ninguna conexión admite con el mundo de hoy.
Es la historia de amor de sus padres vista con los ojos de un niño inocente, que cree en los relatos inconcebibles que le narra su madre, una mujer ajena a todo tipo de convención, y que son avalados por su padre, un hombre que escribe una novela interminable y que está dispuesto a seguir a su mujer adonde ella quiera ir. Allí, al reino de la danza permanente, del juego constante, de la risa, de la diversión. Allí, donde Nina Simone canta en un viejo disco que es reiteradamente vuelto a escuchar en el arcaico tocadiscos: la canción de Mr. Bojangles.
“Mi padre decía que ella tuteaba a las estrellas, lo que me parecía raro porque mi madre trataba de usted a todo el mundo, incluso a mí”, comenta, mirando a la distancia, quien fuera niño y relata hoy la historia. Para ésta, Bourdeaut se basa libremente en la relación de Francis Scott Fitzgerard y Zelda y admite que se copió de las “atmósferas” de “Desayuno en Tiffany” (o “Desayuno con diamantes”), de Truman Capote.
El clima que logra captar en sus páginas es precisamente ese: alegre y zumbón al comienzo y luego progresivamente melancólico, tristón.
Porque la alegría y el desenfado de la madre tienen una explicación que ella terminará revelándole al final y sobre el cual, en cambio, el padre se niega a hablar. Lo que sí está claro es que como ningún otro se encuentra dispuesto a seguir a su mujer a como dé lugar, a bailar “hasta que las velas no ardan” y tutearse no más con las estrellas. A vivir una vida que colisionará de manera constante con lo convencional.

tapa de la edición francesa
Se podría decir que aunque ha vivido mil peripecias, mil tristezas, Mr. Bojangles no puede dejar de bailar, invitando a otros a que lo hagan, un acto celebratorio de la vida que toman en cuenta los padres del narrador como si fuera mandato divino.
Ella es vista como una maga, recargada de caprichos, de cambios de actitud, de decisiones inesperadas. Nunca conserva el mismo nombre y obliga a su marido también a cambiárselo, día tras día. Lo otro que llama la atención es que anda de aquí para allá con un animal, una grulla damisela (así llamada por ser más pequeña que las grullas comunes), bautizada Doña Superflua y que acompaña a la madre a todas partes (la calle incluida) con un collar de perlas a manera de correa.
Es un dislate la vida de esa gente, que no atiende el correo, vive tanto en Francia como una especie de castillo que el padre ha conseguido vaya a saberse cómo en España y que tienen como casi único amigo a un senador que proporciona los “víveres” para subsistir al progenitor del relator, un hombre que vive a su aire, lejos del sentido común. Y del pago de impuestos, que le traerá, oportunamente, dolores de cabeza.
Pero el dislate llegará a su fin en determinado momento y el alegre Bojangles que los ha acompañado, comenzará a desafinar, hasta que todo termina de una manera tan previsible como amarga, que Bourdeaut sabe narrar con la misma solvencia con la que comenzó su relato, aunque sean los tonos graves los que prevalezcan. Una novela llevadera, divertida y hasta estrafalaria en muchos de sus tramos, no puede sorprender su éxito. Vendió millones de ejemplares en Francia y en Argentina debieron lanzar en poco tiempo un segundo tiraje. Tiene méritos para que así haya ocurrido.

Datos para una biografía
Olivier Bourdeaut (Nantes, 1980) ha sido desde muy pequeño un lector voraz. En sus años más jóvenes llevó una vida itinerante en la que desempeñó una notable variedad de oficios, desde recoger escamas de sal hasta trabajar de plomero (fontanero) en un hospital. En 2016 irrumpe como un tifón en el panorama editorial con la publicación de su primera novela, Esperando a mister Bojangles. El libro causa un impacto inaudito, seduciendo a todo tipo de público y a la inmensa mayoría de la crítica. Así, además de escalar hasta el primer puesto de las listas, se ve reconocido con una retahíla de premios: el Grand Prix RTL-Lire, el Prix du Roman des étudiants France Culture-Télérama, el Roman France Télévisions, el Emmanuel-Roblès y el Prix de l’Académie littéraire de Bretagne. Asimismo, es seleccionado para el premio Goncourt a la primera obra.

Video: “Mr. Bojangles”, en la versión de Nina Simone (Youtube)

Mr. Bojangles
I knew a man Bojangles
And he'd dance for you
In worn out shoes
Silver hair, a ragged shirt
And baggy pants
The old soft shoe
He jumped so high
He jumped so high
Then he'd lightly touch down
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance
I met him in a
Cell in New Orleans
I was down and out
He looked to me to be
The eyes of age
He spoke right out
He talked of life, he talked of life
He laughed, slapped his leggings down
He said the name Bojangles
And he danced a bit
Across the cell
He grabbed his pants
For a better stance
Oh, he jumped so high
He clicked his heels
He let go a laugh, he let go a laugh
Shook back his clothes all around
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance
He danced for those at
Minstrel shows and county fairs
Throughout the south
He spoke with tears of fifteen years
How his dog and him traveled about
His dog up and died
Lord, he up and died
After twenty years, he still grieves
He said I dance now
At every chance in honky tonks
For drinks and tips
But most the time I spend
Behind these county bars
Cause I drink a bit
He shook his head
And as he shook his head
I heard someone ask please
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance

Una traducción aproximada:
Conocí al señor Bojangles
Bailó para mí
con unos zapatos gastados,
el pelo plateado, una camisa raída.
y unos pantalones holgados, viejos y suaves zapatos,
Saltaba tan alto, tan alto,
después tocó suavemente el suelo.
Lo conocí en una celda en Nueva Orleans.
yo estaba deprimido y fuera de circulación.
Me miró directamente con sus viejos ojos,
mientras me hablaba.
Habló de la vida, habló de la vida,
se echó a reír dándose una palmada en la pierna.
Dijo su nombre: Bojangles
y bailó unas notas dentro de la celda
adoptando una mejor postura.
Oh, dio un salto muy alto
luego dio un taconazo.
Soltó una risa, soltó una risa,
sacudiéndose la ropa.
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles,
Mr. Bojangles, ¡baila!
Bailó para aquéllos
en espectáculos y feria de pueblos
por todo el sur.
Habló con lágrimas de quince años
sobre como su perro y él viajaron.
Su perro murió. Sí, murió.
Tras veinte años, aún sigue llorándolo.
Me dijo que baila
siempre que puede,
para beber y recibir propinas
pero la mayoría de las veces
está tras las barras de los bares de este condado
porque bebe un poco.
Él meneó la cabeza
y mientras lo hacía
oí a alguien pedirle:
por favor, por favor,
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles,
Mr. Bojangles, ¡baila!

martes, 2 de mayo de 2017

Abelardo Castillo: adiós al gran escritor


Aunque escribió novelas, obras teatrales y ensayos de calidad, será sobre todo por sus cuentos que se recordará al argentino Abelardo Castillo, fallecido hoy a los 82 años de edad. Nacido en  Buenos Aires, de muy niño se afincó con su familia en San Pedro, provincia de Buenos Aires, pero de joven regresó a la Capital Federal argentina donde casi de inmediato recibió diversos reconocimientos, especialmente en su primera etapa de autor teatral. Activo, generoso, en los comienzos de la segunda mitad del siglo XX tuvo amplia participación en el debate cultural y literario de la época, especialmente a través de la revista “El escarabajo de oro”, que dio a conocer a muchas nuevas voces de la literatura nacional, especialmente de la ciudad de Buenos Aires.
Contribuyó al redescubrimiento de Leopoldo Marechal cuando éste vivía un verdadero ostracismo político y, en cuanto a su obra, se destacan “Las otras puertas”, “Crónica de un iniciado”, “Israfel”, ·”Cuentos crueles”, “La pantera y el templo”, “Las maquinarias de la noche”, “El que tiene sed” y “El Evangelio según van Hutten”, entre muchos otros títulos.
Director de exigentes talleres literarios, lector consecuente, amigo de los debates y las reflexiones, tuvo en la también escritora Sylvia Iparraguirre a una gran compañera, tanto en lo afectivo como en lo literario.
En años recientes, publicó sus cuadernos personales, así como una recopilación de sus mejores cuentos que preparó con participantes de los talleres que coordinaba y que se conoció con el título de “Del mundo que conocimos”.
Era admirador incondicional de Borges y de Poe, pero como también era lector infatigable nada de lo literario le resultaba ajeno. Instaba a los demás a leer, mucho y a no quedar conformes nunca con lo que habían escrito. Fue un escritor excelente, un autor impar. Su muerte significa otra gran pérdida para la literatura argentina.