domingo, 14 de mayo de 2017

"Mandarina" (cuento inédito)

Ilustró: Gerardo Morán
-Hola.
-Ah, hola… buenas noches. No la… no te había visto.
-Acá está muy oscuro.
-Sí.
-¿Te estás escondiendo de alguien?
-No…
-¿No?
-Bueno, quizás sí…
-¿De una mujer?
-Ojalá… No, de unos pesados…
-…
-…Mandarina…
-¿Qué decís?
-¿No los escuchás?
-Escucho que gritan, pero no les entiendo.
-Dicen “mandarina”.
-¿Y por qué?
-Porque me buscan. Yo soy la “mandarina” que buscan.
-¿Mandarina?
-Así me dicen cuando están con ganas de cargar a alguien.
-Y a vos no te gusta.
-¿A vos te gustaría?
-Seguro que no… Ah, por eso estás acá, para sacártelos de encima.
-Para que no empezaran, para que se olvidaran un rato de mí.
-Pero se ve que se acuerdan, ¡jajá! Disculpame…
-Está bien. Me da lo mismo. Lo malo es que voy a tener que volver, allí.
-¿Allí, dónde?
-Ahí, ¿ves ese rincón del restaurante con tanta gente? Es la gente de la empresa.
-¿Pero tenés que volver?
-Debería… están todos…
-¿Notarían tu ausencia?
-Sí, ahora mismo me están llamando… Sí, a Mandarina cuando hay joda lo toman en cuenta…
-Lo decís como si te fueran a premiar.
-No, no espero ningún premio. Al contrario…
-¿Y por qué te dicen Mandarina?
-Cosas de los muchachos…
-¿Te da vergüenza, es algo jodido?
-No, jodido no… Es porque… me pongo colorado con facilidad… pero en vez de ponerme colorado me pongo amarillo, amarillo como mandarina… qué sé yo…
-¡Jajajá!, discúlpame, ¡jajajá!
-Te disculpo, yo también me reiría de no ser el que recibe los pelotazos.
-Tenés razón, estuve mal… Esta vez discúlpame en serio, no me reía de vos sino de la situación.
-Si fuera por mí…
-Te irías ahora mismo.
-Sí, pero no puedo, hasta el gerente me tiene controlado, ni siquiera estoy efectivo… Voy a tener que volver y que pase lo que pase… Da igual…
-Suerte…
-Chau… buenas noches…
-Buenas…
-…
-¡Esperá!
-… ¿Sí?
-¿Qué te parece…? No, olvídate…
-Hablá, no tengo problemas…
-Se me ocurrió una idea… Es medio loca… Bah, te la digo: a mí no me conocés, pero tampoco me conocen tus compañeros. ¿Qué te parece si vamos y me presentás como tu novia?
-¿Vos, mi novia? ¿Quién me lo va a creer?
-Una novia, una amiga, da igual. Decí que nos conocimos hace poco…
-No me lo van a creer…
-Esa parte me la dejás a mí, vos me presentás, en general, después te quedás callado y la que hablo soy yo. Lo sé hacer bien…
-Pero si ni sé tu nombre.
-Da lo mismo. ¿No entendés? Sí te ven conmigo no te van a cargar. O te van a ver de otra manera, te lo aseguro. Y vos poneme el nombre que quieras, Josefina, Lena, Gisela. Gisela, ahí está…
-¿Y de dónde sos, y cuándo nos conocimos?
-Soy de Rosario, estudio Letras, nos conocimos en el shopping… Cuanto menos digamos, menos nos vamos a confundir…
-No lo van a creer…
-Vas a ver que sí. Vos déjamelo a mí. Acordate que me llamo Gisela.

-¿Viste que salió todo bien? Hasta un premio nos sacamos.
-Vamos por acá, así los perdemos de vista.
-No nos van a seguir…
-Si pudieran, bien que lo harían…
-No te preocupés, ya no nos ven.
-¿Para dónde vas?
-A buscar mi auto.
-…
-¿Querés que te deje en alguna parte?
-¿Nos vamos a volver a ver?
-No lo creo. Yo vine para encontrarme con alguien que me dejó colgada. Por eso me encontraste donde estaba, fumando, haciendo tiempo. Ahora me vuelvo de verdad a Rosario.
-…. Ah, yo creí…
-Ni pienso volver por acá, no te preocupés…
-¿Y cuándo me pregunten por vos en el trabajo?
-Primero decís que viajé, después inventá que nos distanciamos. Después decí lo que quieras, total a mí no me ven más. Ah cierto, tomá…
-¿Qué me das?
-El premio, te lo ganaste.
-Te lo ganaste vos, sí no fuera que te largaste a bailar por tu cuenta. Yo soy y seré un patadura. Quedatelo, yo ya tengo uno.
-Bueno, gracias.
-…
-Acá está mi auto. ¿Te acerco a algún lado?
-No… te agradezco, vivo cerca, le meto acá derecho y llego en seguida.
-Bueno, chau…
-Esperate, ¿cómo te llamás?
-Para vos, soy Gisela.
-Gisela… ¿Nos  damos el beso de despedida?
-….
Un beso de apenas roce de labios. No le dijo su nombre. La saludó y luego enderezó para cualquier lado. Volvería a ser Mandarina mañana o pasado. Desconocía dónde se encontraba. Estaba perdido, en plena madrugada.

sábado, 6 de mayo de 2017

"Esperando a Mister Bojangles", de Olivier Bourdeaut. Una historia agridulce

Composición: Gerardo Morán

“Esperando a Mister Bojangles” (“En attendant Bojangles”), de Olivier Bourdeaut.
Salamandra, Barcelona, 2017, 149 páginas.
Traducción de José Antonio Soriano Marco.
En España: 16 euros. En Argentina: 245 pesos.

El joven autor Olivier Bourdeaut sorprendió, en medio de la escéptica posmodernidad, en el mundo descreído del amor y (cada vez más) de la imaginación, con una historia que abreva en el romanticismo y que casi ninguna conexión admite con el mundo de hoy.
Es la historia de amor de sus padres vista con los ojos de un niño inocente, que cree en los relatos inconcebibles que le narra su madre, una mujer ajena a todo tipo de convención, y que son avalados por su padre, un hombre que escribe una novela interminable y que está dispuesto a seguir a su mujer adonde ella quiera ir. Allí, al reino de la danza permanente, del juego constante, de la risa, de la diversión. Allí, donde Nina Simone canta en un viejo disco que es reiteradamente vuelto a escuchar en el arcaico tocadiscos: la canción de Mr. Bojangles.
“Mi padre decía que ella tuteaba a las estrellas, lo que me parecía raro porque mi madre trataba de usted a todo el mundo, incluso a mí”, comenta, mirando a la distancia, quien fuera niño y relata hoy la historia. Para ésta, Bourdeaut se basa libremente en la relación de Francis Scott Fitzgerard y Zelda y admite que se copió de las “atmósferas” de “Desayuno en Tiffany” (o “Desayuno con diamantes”), de Truman Capote.
El clima que logra captar en sus páginas es precisamente ese: alegre y zumbón al comienzo y luego progresivamente melancólico, tristón.
Porque la alegría y el desenfado de la madre tienen una explicación que ella terminará revelándole al final y sobre el cual, en cambio, el padre se niega a hablar. Lo que sí está claro es que como ningún otro se encuentra dispuesto a seguir a su mujer a como dé lugar, a bailar “hasta que las velas no ardan” y tutearse no más con las estrellas. A vivir una vida que colisionará de manera constante con lo convencional.

tapa de la edición francesa
Se podría decir que aunque ha vivido mil peripecias, mil tristezas, Mr. Bojangles no puede dejar de bailar, invitando a otros a que lo hagan, un acto celebratorio de la vida que toman en cuenta los padres del narrador como si fuera mandato divino.
Ella es vista como una maga, recargada de caprichos, de cambios de actitud, de decisiones inesperadas. Nunca conserva el mismo nombre y obliga a su marido también a cambiárselo, día tras día. Lo otro que llama la atención es que anda de aquí para allá con un animal, una grulla damisela (así llamada por ser más pequeña que las grullas comunes), bautizada Doña Superflua y que acompaña a la madre a todas partes (la calle incluida) con un collar de perlas a manera de correa.
Es un dislate la vida de esa gente, que no atiende el correo, vive tanto en Francia como una especie de castillo que el padre ha conseguido vaya a saberse cómo en España y que tienen como casi único amigo a un senador que proporciona los “víveres” para subsistir al progenitor del relator, un hombre que vive a su aire, lejos del sentido común. Y del pago de impuestos, que le traerá, oportunamente, dolores de cabeza.
Pero el dislate llegará a su fin en determinado momento y el alegre Bojangles que los ha acompañado, comenzará a desafinar, hasta que todo termina de una manera tan previsible como amarga, que Bourdeaut sabe narrar con la misma solvencia con la que comenzó su relato, aunque sean los tonos graves los que prevalezcan. Una novela llevadera, divertida y hasta estrafalaria en muchos de sus tramos, no puede sorprender su éxito. Vendió millones de ejemplares en Francia y en Argentina debieron lanzar en poco tiempo un segundo tiraje. Tiene méritos para que así haya ocurrido.

Datos para una biografía
Olivier Bourdeaut (Nantes, 1980) ha sido desde muy pequeño un lector voraz. En sus años más jóvenes llevó una vida itinerante en la que desempeñó una notable variedad de oficios, desde recoger escamas de sal hasta trabajar de plomero (fontanero) en un hospital. En 2016 irrumpe como un tifón en el panorama editorial con la publicación de su primera novela, Esperando a mister Bojangles. El libro causa un impacto inaudito, seduciendo a todo tipo de público y a la inmensa mayoría de la crítica. Así, además de escalar hasta el primer puesto de las listas, se ve reconocido con una retahíla de premios: el Grand Prix RTL-Lire, el Prix du Roman des étudiants France Culture-Télérama, el Roman France Télévisions, el Emmanuel-Roblès y el Prix de l’Académie littéraire de Bretagne. Asimismo, es seleccionado para el premio Goncourt a la primera obra.

Video: “Mr. Bojangles”, en la versión de Nina Simone (Youtube)

Mr. Bojangles
I knew a man Bojangles
And he'd dance for you
In worn out shoes
Silver hair, a ragged shirt
And baggy pants
The old soft shoe
He jumped so high
He jumped so high
Then he'd lightly touch down
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance
I met him in a
Cell in New Orleans
I was down and out
He looked to me to be
The eyes of age
He spoke right out
He talked of life, he talked of life
He laughed, slapped his leggings down
He said the name Bojangles
And he danced a bit
Across the cell
He grabbed his pants
For a better stance
Oh, he jumped so high
He clicked his heels
He let go a laugh, he let go a laugh
Shook back his clothes all around
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance
He danced for those at
Minstrel shows and county fairs
Throughout the south
He spoke with tears of fifteen years
How his dog and him traveled about
His dog up and died
Lord, he up and died
After twenty years, he still grieves
He said I dance now
At every chance in honky tonks
For drinks and tips
But most the time I spend
Behind these county bars
Cause I drink a bit
He shook his head
And as he shook his head
I heard someone ask please
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles
Mr. Bojangles, dance

Una traducción aproximada:
Conocí al señor Bojangles
Bailó para mí
con unos zapatos gastados,
el pelo plateado, una camisa raída.
y unos pantalones holgados, viejos y suaves zapatos,
Saltaba tan alto, tan alto,
después tocó suavemente el suelo.
Lo conocí en una celda en Nueva Orleans.
yo estaba deprimido y fuera de circulación.
Me miró directamente con sus viejos ojos,
mientras me hablaba.
Habló de la vida, habló de la vida,
se echó a reír dándose una palmada en la pierna.
Dijo su nombre: Bojangles
y bailó unas notas dentro de la celda
adoptando una mejor postura.
Oh, dio un salto muy alto
luego dio un taconazo.
Soltó una risa, soltó una risa,
sacudiéndose la ropa.
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles,
Mr. Bojangles, ¡baila!
Bailó para aquéllos
en espectáculos y feria de pueblos
por todo el sur.
Habló con lágrimas de quince años
sobre como su perro y él viajaron.
Su perro murió. Sí, murió.
Tras veinte años, aún sigue llorándolo.
Me dijo que baila
siempre que puede,
para beber y recibir propinas
pero la mayoría de las veces
está tras las barras de los bares de este condado
porque bebe un poco.
Él meneó la cabeza
y mientras lo hacía
oí a alguien pedirle:
por favor, por favor,
Mr. Bojangles, Mr. Bojangles,
Mr. Bojangles, ¡baila!

martes, 2 de mayo de 2017

Abelardo Castillo: adiós al gran escritor


Aunque escribió novelas, obras teatrales y ensayos de calidad, será sobre todo por sus cuentos que se recordará al argentino Abelardo Castillo, fallecido hoy a los 82 años de edad. Nacido en  Buenos Aires, de muy niño se afincó con su familia en San Pedro, provincia de Buenos Aires, pero de joven regresó a la Capital Federal argentina donde casi de inmediato recibió diversos reconocimientos, especialmente en su primera etapa de autor teatral. Activo, generoso, en los comienzos de la segunda mitad del siglo XX tuvo amplia participación en el debate cultural y literario de la época, especialmente a través de la revista “El escarabajo de oro”, que dio a conocer a muchas nuevas voces de la literatura nacional, especialmente de la ciudad de Buenos Aires.
Contribuyó al redescubrimiento de Leopoldo Marechal cuando éste vivía un verdadero ostracismo político y, en cuanto a su obra, se destacan “Las otras puertas”, “Crónica de un iniciado”, “Israfel”, ·”Cuentos crueles”, “La pantera y el templo”, “Las maquinarias de la noche”, “El que tiene sed” y “El Evangelio según van Hutten”, entre muchos otros títulos.
Director de exigentes talleres literarios, lector consecuente, amigo de los debates y las reflexiones, tuvo en la también escritora Sylvia Iparraguirre a una gran compañera, tanto en lo afectivo como en lo literario.
En años recientes, publicó sus cuadernos personales, así como una recopilación de sus mejores cuentos que preparó con participantes de los talleres que coordinaba y que se conoció con el título de “Del mundo que conocimos”.
Era admirador incondicional de Borges y de Poe, pero como también era lector infatigable nada de lo literario le resultaba ajeno. Instaba a los demás a leer, mucho y a no quedar conformes nunca con lo que habían escrito. Fue un escritor excelente, un autor impar. Su muerte significa otra gran pérdida para la literatura argentina.