martes, 31 de enero de 2017

"Portáti", de David Foster Wallace. Para un retrato del artista. Comentario anterior: "El rey pálido"

Composición: Gerardo Morán
“Portátil”. Relatos, ensayos y materiales inéditos (basado en “The David Foster Wallace Reader”), de David Foster Wallace.
Literatura Random House, Barcelona, 2016, 668 páginas.
Traducciones de Javier Calvo.
En España, libro en papel: 24,90 euros. En Argentina se lo consigue en versión para ebook, a 209 pesos, aproximadamente.

David Foster Wallace se suicidó en 2008, a los 46 años, a causa de una depresión que lo acompañó durante la mayor parte de su vida (que fue intensa, compleja, y muchas veces inmersa en la confusión) y que en algún momento terminó destruyéndolo. Fue una gran pérdida, porque escribió libros únicos, textos de notable calidad, audaces, que reclamaban al lector una atención especial. En él todo resultaba desmedido, como lo fue su libro capital, “La broma infinita”, de 1.200 páginas, con doscientas de ellas ocupadas por notas, no pocas de ellas muy extensas.
Aunque la angustia fue una constante en su obra, incluyendo sus notables textos de no ficción, supo compensarlo con su forma de narrar, abigarrada pero al mismo tiempo muy atractiva, aderezada por un humor socarrón que en ningún momento soslayó la ironía, cuando no el sarcasmo. Pero con la salvedad que sabía mantener el interés permanente de sus lectores, a los que trató siempre con cordialidad.
A veinte años de su opera magna, que ha sido reeditada en España pero no en la Argentina (donde su obra no recibe la atención que merece; resulta arduo encontrar sus textos en librerías), también en el país peninsular se ha publicado “Portátil”, una antología en la que se han seleccionado partes de sus libros más representativos, pero que es apenas la mitad del volumen original de más de 1.200 páginas en el que, además de fragmentos de novelas, se publicaron diversos artículos de autores anglosajones. En la presente edición se han anulado dichos fragmentos y a los referidos artículos se los ha sustituido con comentarios, más bien breves, de escritoras y escritores españoles y latinoamericanos.
Wallace se acercó a la genialidad. A los 25 años presentó en simultáneo como sendas tesis una novela (“La escoba del sistema”) y un tratado sobre filosofía griega. De esa forma empezó una carrera que decidió fuera literaria y que incluyó relatos de alta calidad, como los incluidos en “La niña del pelo raro”, “Entrevistas breves con hombres repulsivos” y “Extinción”, las ya referidas novelas a las que hay que agregar la inconclusa “El rey pálido” (rehecha hasta donde se pudo y publicada póstumamente) y sus también excepcionales textos de no ficción, que le hacen decir en este volumen a la argentina Leila Guerreiro que alguna vez el autor será considerado como “uno de los más grandes, talentosos y originales periodistas contemporáneos”.
En "Portátil" se incluye su inacabado primer trabajo de ficción, “El planeta Trilafon y su ubicación respecto a lo Malo”, en el que un joven de veintiún años, neurótico, afectado de depresión, nos sumerge en un mundo alienado, un laberinto del que le resulta imposible salir. Este texto inconcluso, que había permanecido inédito, lleva a decir a Javier Calvo que estamos ante “un inicio que se sale de órbita, la crónica de un destierro, (una) literatura como des-concentración”. Los rasgos autobiográficos de DFW, marcado por los fármacos, las drogas y el alcohol –del que se alejó durante gran parte de su vida adulta- son inexcusables.

"Me embarqué en un crucero de siete noches"
Trabajos conocidos, aunque… Esta amplia selección, incluye trabajos ya publicados en libros que han circulado profusamente, tales como relatos de “La niña del pelo raro”, “Entrevistas breves con hombres repulsivos” y “Extinción”, así como crónicas extraídas de “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, “Hablemos de langostas” y “En cuerpo y en lo otro”. De todos ellos, la que a mi juicio más se destaca (sin desdeñar al resto), es la excelente crónica de “Algo supuestamente divertido”, de 1995, sobre la que vale la pena detenerse.
Se trata de un extensísimo reportaje que originalmente le fue encargado por la revista “Harper’s”, consistente en un viaje de una semana en un crucero de lujo (por no decir de superlujo) por islas del Caribe. El texto apareció “resumido” en unas cincuenta páginas en la revista, pero cuando pasó al libro se extendió a más de cien (y casi al doble, si se toman en cuenta sus casi 140 notas al pie). Guerreiro acierta cuando dice que en la crónica, cómica, amplísima, recargada de detalles, Wallace descubre lo que subyace tras la aparente perfección que confluyen en el barco, el nivel de limpieza, la calidad de los servicios, la atención permanente: un sistema rígido, casi esclavizante, que busca que sus pasajeros se sumerjan en una gran “nada” para “no pensar en la insoslayable máquina de aniquilación que es la vida empujando hacia la muerte”.
Crónica extensa, más que cómica tragicómica, contiene el “aderezo” de la sospecha del capitán, y por ende de toda la tripulación que, debido a sus preguntas incisivas, el autor era en realidad un espía, quizás de alguna otra compañía rival, quizás un periodista de investigación, de manera que cada una de sus preguntas despertaba sospechas y el todo resultó ser una especie de novela de suspenso y misterio. Con muchas carcajadas incluidas.

Una valiosa antología. “Portátil” tiene una gran virtud: como incluye excelentes trabajos del autor que son, al mismo tiempo, muy representativos de su obra, se transforma en un buen vehículo para adentrarse en la compleja obra de Wallace. Además de “Trifalon”, que resulta en sí mismo un valioso rescate, los cuentos y los textos de no ficción que componen el volumen están seleccionados con acierto. Mención especial entre ellos al tremendo cuento “La niña del pelo raro” y la nota dedicada a una exposición agrícola en Illinois.
También resultan muy válidos los comparativamente breves ensayos sobre Kafka y su humor y Borges, sobre quien el autor demuestra tener un conocimiento exhaustivo de vida y obra, tanto que se permite rebatir las diversas inexactitudes en que las que incurrió el biógrafo Edwin Williamson (“Borges. Una vida”).
Los trabajos cuentan, como se dijo, con breves aportes de diversos críticos, destacándose –como ya señalé- el de Guerreiro así como el del español Javier Calvo. Los restantes textos pertenecen a Luna Miguel, Antonio J. Rodríguez, Rodrigo Fresán, Alberto Fuguet e Inés Martín Rodrigo, Andrés Calamaro aporta dos de sus canciones, dedicadas a DFW, y, en el prólogo, el editor Claudio López de Lamadrid cuenta cómo, desde la década del ’90, trabajó, arriesgándose, para que los textos del norteamericano fueran conociéndose en nuestro idioma, aunque el mercado al comienzo se mostró reacio a aceptarlo. Bien por él.
Siempre acompaña la nostalgia y la sensación de pena y pérdida cuando se habla de este autor, un suicida al que desde muy joven acompañó el cuadro de aguda depresión. Cuando suspendió la ingesta de un determinado fármaco, por los efectos secundarios que le producían, aceleró su autodestrucción. Pudo haber dado mucho más, aunque es una suposición, porque su vida fue un conflicto permanente, un cuestionarse de manera constante, cuestionamientos que alcanzaron a sus trabajos y que mucho se advierte en los restos que dejó de “El rey pálido”.
Pero, dejando esa sensación, quedan por suerte sus sólidos trabajos, sus grandes cuentos, sus excelentes crónicas. Y sus novelas, que tanto piden al lector y que, pese a ello, terminan siendo satisfactorias. Digresión: en uno de los reportajes, Foster Wallace admite que mucho le debe a la lectura de Manuel Puig en el armado de “La escoba del sistema”, novela en la que prevalecen los diálogos y las descripciones se reducen a lo mínimo. Es un dato que llama la atención y que me interesa remarcar al lector. Quien, reitero, tiene en este “Portátil” el mejor retrato del inolvidable escritor.

La edición en inglés
“Tengo treinta y tres años y la impresión de que ha pasado mucho tiempo y que cada vez pasa más de prisa. Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno, importante o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las demás opciones que esas elecciones descartan. Y empiezo a entender cómo, a medida que el tiempo se acelera, mis opciones disminuyen y las descartadas se multiplican exponencialmente hasta que llego a un punto en la enorme complejidad de las ramificaciones de la vida en que me veo finalmente encerrado y atrapado en un camino y el tiempo me empuja a toda velocidad por fases de pasividad, atrofia y decadencia hasta que me hundo por tercera vez, sin que la lucha haya servido de nada ahogado por el tiempo. Es terrorífico. Pero como son mis propias decisiones las que me encierran, me parece inevitable: si quiero ser adulto, tengo que elegir, lamentar los descartes e intentar vivir con ello”.

Datos para una biografía
David Foster Wallace fue una de las voces más singulares de la actual narrativa de los Estados Unidos. Un editor le agregó el apellido materno Foster para diferenciarlo de otro autor, de nombre parecido. Nació en Nueva York en 1962 y se suicidó en California en 2008, a causa de una fuerte y duradera depresión. Como escritor publicó en 1987 su primera novela, “La escoba del sistema”, a la que siguieron los libros de cuentos “La niña del pelo raro” (1989), “Entrevistas breves con hombres repulsivos” (1999) y “Extinción” (2004). Publicó varios libros de crónicas, entre ellos “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” (1997), “Todo y más” (2003), “Hablemos de langostas” (2005) y “En cuerpo y lo otro” (2012, póstumo; un capítulo de ese libro fue publicado el año pasado en nuestro idioma con el título de “El tenis como experiencia religiosa”). “La broma infinita”, su novela experimental de 1996, de 1.200 páginas, lo puso en una senda de excepción, casi “heredero” de Thomas Pynchon (con quien no sentía afinidades) y Don DeLillo, y “Time” la consideró como una de las cien mejores novelas norteamericanas del Siglo XX. Estaba escribiendo “El rey pálido” cuando se suicidó, ahorcándose, el 12 de septiembre de 2008. La novela, inconclusa, fue publicada póstumamente. Recibió numerosas distinciones, dirigió talleres literarios y fue profesor universitario. John Krasinski dirigió en 2009 una versión fílmica de “Entrevistas breves” y a su vez James Ponsoldt en 2015 dirigió “El último viaje” o “El último tour”, dedicado a recrear en clave de ficción entrevistas al autor. En 2012 apareció “Conversaciones con David Foster Wallace”, libro editado por Stephen J. Burn y el mismo año se conoció en inglés “Todas las historias de amor son historias de fantasmas”, la primera biografía de DFW, escrita por D.T. Max, publicada al año siguiente en nuestro idioma. Ambos libros, editados en España, son muy difíciles de conseguir en Argentina.

Algunos enlaces:

Comentario anterior: ·”El rey pálido” (publicado en el blog cuando éste aparecía en La Comunidad de El País, sección hoy inhallable en Internet)

“El rey pálido” (“The Pale King”), de David Foster Wallace. Literatura Mondadori, Barcelona, 2011-Buenos Aires, 2012, 551 páginas. Traducción de Javier Calvo.

“Aquello era un aburrimiento más allá de cualquier aburrimiento que hubiera sentido nunca”, expresa uno de los personajes de “El rey pálido”, la novela que dejara inconclusa el norteamericano David Foster Wallace cuando se suicidó en 2008 y que sólo se conociera tres años después, luego de una ardua tarea de reordenamiento que cumpliera el editor Michael Pietsch.
 La voz de Wallace fue comparada con la de los más grandes narradores del siglo pasado de su país, tales como Thomas Pynchon (en primerísimo lugar) o Don DeLillo, luego que a los 32 años de edad diera a conocer su novela más ambiciosa y, según se considera, más lograda: “La broma infinita”, texto torrencial con el que pareció haber buscado ese imposible que es la novela total.
 Quizás lo haya intentado también con “El rey pálido”, ficción con apoyos autobiográficos (él mismo aparece con su nombre propio en diversos momentos del relato), en la que estuvo trabajando durante una década y que, como se señalara, nunca concluyó. Presumiblemente a causa de la fuerte depresión que lo llevó al suicidio o –también es posible- porque el tema lo desbordaba y no encontraba la manera de ponerle fin.
 ¿De qué trata “El rey pálido”? De ese aburrimiento de corte existencial, se podría decir metafísico, que Wallace pudo encontrar sintetizado en una Agencia Tributaria en la que trabajó cuando tenía veinte años, en los 80. Y es sobre esa Agencia que habla en la novela compuesta por 50 capítulos de variada extensión e intención. El capítulo capital, el más logrado e intenso, el 22 -un monólogo-  tiene casi cien páginas. A otros, este autor tan peculiar como arbitrario, los liquidó en apenas unas pocas líneas.
 Pero, no está de mal insistir, “El rey pálido” es un texto inconcluso. El editor aclara explícitamente en una nota prologal que lo que ha llegado al libro es una recopilación de un trabajo que no se encontraba para nada concluido, desperdigado en “discos duros, carpetas de archivador, carpetas de anillas, cuadernos de espiral y disquetes”. Un texto en proceso –work in progress- al que tenemos (debemos) considerar como tal.

En el mundo de Josep K. Sin embargo, conviene recordar que Wallace fue un escritor de excepción. Excesivo, “tumultuoso”, la contracara de Raymond Carver, atacaba varios frentes simultáneos en sus textos. Y en este caso “atacó” a la  Agencia Tributaria como una suerte de mal metafísico, esa Oficina que fuera descubierta y expuesta por Franz Kafka, al decir de Milan Kundera: “Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy día es una burocracia” (p.444).
 Se trata de un mundo, dice el autor, en el que para operar con eficiencia hay que saber superar el aburrimiento que “descarta todo lo que es vital y humano” y de esa manera poder “respirar, por así decirlo, sin aire”.
 Es casi ocioso indicar, hablando de este narrador, que también a “El rey pálido” lo marca su irónico, cuando no sarcástico, humor y que cada capítulo está abordado desde ópticas diferentes, con voces y estilos que buscan ser también distintos. Y con sus infaltables notas al pie.
 La intención de DFW ha sido la de trabajar en las historias de distintos personajes, hombres y mujeres, sobre los que habla en distintos capítulos y aborda en diversos momentos de su vida.
 Entre otras, “revisa” la vida de Leonard (también llamado Ned) Stecyck desde cuando era un niño enfermizamente obsequioso hacia los demás hasta el momento en que se lo ve actuando como subdirector de Personal en la Agencia. El capítulo que le dedica a ese niño abrumador es particularmente eficaz.

El proyecto inconcluso. “El rey pálido” es un enorme proyecto narrativo, tan ambicioso, tan abarcativo como lo fue "Moby Dick", o, más contemporáneamente, como “El arco iris de la gravedad”. Pero es eso, un proyecto, algo a lo que Wallace no le dio una puntada final. Estamos pues ante partes de lo que pudo ser, aunque no un trabajo acabado. Hablemos entonces de las ideas que tenía el autor y que pueden rastrearse en las notas que quedaron póstumas, guías internas para el desarrollo de la novela a la que veía, cuenta el editor, “como un tornado” o que producía la sensación de tal: “Lo cual sugería la idea de lanzar partes de la historia hacia el lector como un torbellino a alta velocidad”.
 Otra develación: comenta Pietsch que muchos de los capítulos “revelaban una narración central” que seguía una cronología lineal. De ese modo el autor de “Extinción” hizo que varios personajes concurran a un centro de examen de la Agencia (en Peoria, Illinois, Estados Unidos) en 1985, pasen por una clase de orientación, empiecen a trabajar allí y finalmente se sumerjan en ese mar de tedio sobre el que quería contarnos.
 Hay capítulos totalmente concluidos, como el monólogo de Chris Fogle del capítulo 22 antes aludido, que es casi un relato autónomo en el que se centra en la relación del joven con su padre (muerto en espantoso accidente) y que resulta también, tangencialmente, una crítica al propio sistema tributario norteamericano. No es ocioso señalar que DFW estudió contabilidad concienzudamente en algunos de los años de redacción de “El rey pálido”. También que en muchos momentos la novela se vuelve excesivamente árida debido a las recurrentes informaciones que aporta al autor sobre cuestiones contables.
 El título alude a un nom-de-guerre de uno de los jefes de la agencia (aunque no queda claro si conlleva algún otro tipo de alusión). Que la novela no estaba concluida lo revelan las notas finales del libro, que el editor ha agregado como una especie de guía. En esas notas todas son preguntas que Wallace se formula a sí mismo, sin darse respuestas. En una de ellas no descarta avanzar en una segunda parte de la historia que, claro está, nunca existió.
 Es muy probable que el narrador hubiese terminado entregando una historia así, “inacabada” pero, exigente consigo mismo como lo era, también perfeccionista al extremo, sin duda la hubiera elaborado más y no hubiese dejado el exceso de cabos sueltos que presenta el libro. Brillante en determinados tramos, complicado sin necesidad en los momentos en que explica en detalle las operaciones de la Agencia, nos habla de un autor inteligente pero también arbitrario. Recibamos entonces a esta novela como lo que pudo ser, es decir con sus sombras, pero también con sus notables destellos de luz. 

viernes, 20 de enero de 2017

"Historias de proezas y derrotas", de Ángel Balzarino. Las ambigüedades de la historia. Entrevista al autor

Composición: Gerardo Morán

“Historias de proezas y derrotas”, de Ángel Balzarino.
Ediciones al Margen, La Plata, 2016, 101 páginas.
En Argentina: 150 pesos.

En los “arrabales últimos”, como diría Borges, donde se disputaron batallas, escaramuzas, asaltos, asesinatos y –también- actos de verdadera entereza, surgieron personajes que la propia Historia fue destacando a lo largo de los años. Ya se debiese a su heroicidad o su cobardía, su entrega a la gesta y su traición a los suyos. En la Viña del Señor, donde suele haber de todo, hay lugar para los fracasos y los triunfos, para la lealtad o la maldad. Porque es de esa forma cómo los seres humanos han aportado a su propia historia. Y sobre proezas y derrotas nos habla largamente el argentino Ángel Balzarino en su más reciente libro de cuentos.

Acerca de la Historia misma, en contratapa se recuerdan palabras del siempre vigente Marco Denevi: “Si nosotros supiéramos del ser humano a través de lo que recoge la historia, e incluso las ciencias, sabríamos muy poco. La literatura colma el vacío porque se ubica en el plano individual, en el del hombre concreto de carne y hueso”.

Pero el libro tiene un segundo añadido en las palabras medulares de otro inolvidable autor, José Saramago: “Lo malo de las victorias es que no son definitivas. Lo bueno de las derrotas es que tampoco son definitivas”. Sobre ambos andariveles, es decir la historia que “verdaderamente” puede contarse a través y por medio de la literatura y las ambigüedades de los triunfos y las capitulaciones, se desarrollan los relatos de Balzarino.

Las ficciones (en la mayoría de los casos basadas en hechos reales) que nos cuenta el escritor rafaelino ubican a los distintos personajes en situaciones límites, luego de haber participado del fragor de la batalla, de haber gozado de los triunfos teñidos por la sangre y, ya en el momento último de sus existencias, cuando deben esperar las sentencias inapelables de la vida, las derrotas que suelen ser las verdaderas y concluyentes compañeras de sus triunfos.

Excepcionalmente, dos personajes históricos “se cuelan” entre los argentinos rescatados por Balzarino: Cristóbal Colón y Túpac Amaru, ambos viviendo sus horas más oscuras. Pero en la “galería” los hay más próximos a la realidad argentina: como el catamarqueño Felipe Varela, llamado “el quijote” por sus ideales que chocaban contra la hostil realidad, los caciques Calfucurá y Catriel,  Santos Pérez, quien encontrará la muerte por haber asesinado al caudillo Facundo Quiroga, los generales Rivas y Anacleto Medina, personajes secundarios en la historia nacional y, por fin, más acá en el tiempo, algunos episodios tomados de la Guerra de las Malvinas, un suceso bélico que dejó profundas huellas en la Argentina contemporánea, dado lo extemporáneo de su realización, las vilezas de la mayoría de los jefes militares y los notables actos de heroicidad de una guerra que me sigue pareciendo tan cruel y gratuita como inverosímil.

Sobre su libro, las intenciones de sus relatos y la propia historia, dialogamos con Balzarino:

Felipe Varela
-Usted ha incursionado con el cuento en distintas vertientes, incluyendo el humor. ¿Por qué motivo presenta ahora un libro íntegramente dedicado a narrar hechos históricos?

-El pasado mes de octubre me llamó Raúl Ordenavía, director de Ediciones Al Margen, de La Plata, para solicitarme material para editar un libro, el tercero por su parte, ya que anteriormente me había publicado El hombre acechado en 2009 y La sangre para  ellos son medallas, en 2011. Dado que deseaba presentar el nuevo libro antes de que terminara el año -2016-, debí revisar con bastante premura los cuentos que tenía disponibles. Advertí entonces que la mayoría eran textos históricos y, por lo tanto, guardaban la coherencia que siempre me propuse al armar un libro de cuentos. De manera que este  libro tiene similar unidad de recreación histórica que otros tres anteriores: La visita del general  (1981), La casa y el exilio (1994) y Hombres y hazañas (1996).          
  
-¿La Historia como tal, es un pretexto narrativo o se encuentra usted muy interesado en estudiarla y comunicarla? 
 
-Entre la lectura intensa y apasionada de novelas, cuentos, ensayos, biografías, ocuparon un destacado lugar los libros de historia. Creo que durante varios años lo hice simplemente por gusto e interés, hasta el momento en que me atrajo poderosamente un detalle relacionado con la visita que el general Juan Lavalle efectuó al campamento de Juan Manuel de Rosas en la Estancia El Pino con el fin de llegar a un acuerdo de paz. Como Rosas no se encontraba allí, Lavalle pidió una habitación para pasar la noche y esperarlo. Por la mañana, al enterarse de la presencia de Lavalle, Rosas envió a un soldado para que lo despertara con un mate. De inmediato este dato me pareció excelente como desenlace para un cuento. La idea me persiguió mucho tiempo, seis o siete años. Hasta que, de improviso, cuando la revista Bibliograma, de Buenos Aires, a la que estaba suscripto y recibía mensualmente, organizó en 1977 un concurso de cuentos destinado a temas argentinos, comprendí que había llegado el momento de escribirlo. Urgido por el tiempo, ya que en menos de dos meses vencía el plazo para presentar los trabajos, investigué sobre todo lo que había ocurrido antes de que Lavalle fuera despertado con un mate y escribí el cuento “La visita del general”. Fue premiado e integró el libro Cuentos del Concurso Gaspar L. Benavento. Alentado por tan buen resultado, desde entonces la vertiente de carácter histórico me ha nutrido de material para elaborar numerosos relatos.       

¿Puntos de partida?
 
-En los cuentos de su nuevo libro, aparecen personajes fácilmente identificables para el lector argentino, como por ejemplo Felipe Varela, pero hay otros que el tiempo ha desdibujado en la memoria colectiva, como ocurre con el general Anacleto Medina. ¿Considera que con los datos que aporta en estas ficciones el lector tiene elementos suficientes para interpretar los textos o los ofrece como puntos de partida para motivar a que se indague más sobre la misma Historia?

-No tengo el propósito de ofrecer datos fidedignos ni impulsar el interés por conocer más a fondo sobre hechos y personajes que tuvieron cierta relevancia en la Historia. La reacción dependerá de cada lector. Por mi parte, al experimentar un especial atractivo por algún episodio o personaje, trato de efectuar la recreación literaria a través de un cuento que tenga, por sí mismo, la intensidad, el efecto, la más perfecta estructura. Aspiro a crear una obra con entidad propia y, en la medida de lo posible, completamente personal. Al evocar vivencias de hombres y mujeres de otros tiempos, procuro indagar en el interior de cada uno de ellos para descifrar lo que pensaban y sentían ante los temas fundamentales de la vida: el amor, el miedo, la soledad, el odio, la muerte. Reflejar, sobre todo, los problemas derivados del corazón humano en conflicto consigo mismo que, según la óptica del escritor William Faulkner, “son los únicos de donde puede surgir una buena literatura, por ser de ellos de los únicos que vale la pena escribir, con todas las angustias y sudores que el abordarlos supone”.

Túpac Amaru
-¿Para elaborar sus cuentos debió investigar mucho? ¿De todos ellos, cuál fue el que le dio más trabajo y por qué?
 
-Todos los cuentos con una génesis histórica me obligan a una profunda investigación sobre el personaje o el episodio que voy a recrear para determinar el mejor modo de plasmarlo en un cuento. Siempre me ha preocupado lograr el punto de vista adecuado para desarrollar una historia. En este sentido creo que el último relato del libro, “De cuerpo presente”, fue el que me demandó más trabajo y esfuerzo por las diversas voces que intervienen para narrar el momento de la ejecución de Túpac Amaru -la del propio jefe incaico, la del visitador general de los conquistadores, la de un matrimonio que se encuentra entre las personas reunidas en la plaza para ver la ceremonia-, en un texto compacto, sin punto y aparte.     

-Los caudillos en la Argentina o gozan de mucha fama y adhesiones o son motivo de fuertes críticas. Como en uno de los cuentos llama “quijote” a Felipe Varela quería saber qué lo llevó a un calificativo de ese tipo, que resulta tan categórico. 

-Al recopilar datos sobre Felipe Varela me pareció que muchas características de su vida -cierto tinte aventurero en sus acciones, el permanente afán de luchar por sus ideales, el deseo de defender causas que consideraba justas, desinteresado de sus bienes personales en aras de ayudar a su pueblo-, lo asimilaban bastante a la conducta del Caballero de la triste figura. De manera que decidí utilizar ese calificativo para designar a Felipe Varela.

Las contradicciones de la historia

-En los relatos, hay una constante correlación entre triunfos y derrotas. El que ha triunfado a poco andar debe asistir a su caída y a la inversa, tal como si nos dijera que la vida presenta dos caras contradictorias, antagónicas, que están en constante movimiento. ¿Comparte esa interpretación? Y si es así, ¿sería ese el sentido último que guardan sus cuentos?

-Los momentos de triunfos y derrotas aparecen en casi todos los relatos. Esas caras antagónicas resultaban bastante comunes en los personajes evocados en el libro, debido a las constantes bregas en que se jugaban la vida. Pero creo que también se encuentran muy vigentes en cualquiera de nosotros cada vez que nos debatimos entre el anhelo de triunfar y el miedo de sufrir una cruel derrota cuando llevamos a cabo un trabajo, soñamos con concretar un proyecto o estamos pendientes de alguna importante noticia. Pese a quedar plasmados con mucha fuerza tales rasgos, no me propuse que fuera el sentido último de esos relatos. Ya se trate de textos de carácter histórico, surgidos de alguna vivencia personal o por impulso de una noticia periodística, siempre trabajo con el mayor ahínco y dedicación para realizar una obra lo más lograda posible, sin especular sobre las interpretaciones que pueda generar.  

Marco Denevi
-En la contratapa, se cita a Marco Denevi. A propósito de autores, ¿al elaborar estos cuentos históricos, se ha sentido "acompañado" por algún escritor, o algunos escritores, en particular?
 
-Considero muy adecuadas las palabras de Marco Denevi en cuanto a lo que pretendo cada vez que incursiono en la recreación de aconteceres históricos. Pero no podría citar sólo a un  escritor determinado como acompañante de esos momentos. Me parece más justo y correcto mencionar a varios escritores que siento muy cercanos, al elaborar esos relatos o cualquier otro, los cuales ya están consustanciados con mi vida y que, a través de las permanentes relecturas, siempre me enriquecen y revelan algo nuevo: Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, William Faulkner, Julio Cortázar.   

En el blog:

     

viernes, 6 de enero de 2017

La muerte de Ricardo Piglia

Ya la literatura argentina, y no sólo la de la ciudad de Buenos Aires, se había visto muy afectada con las muertes casi sucesivas de Alberto Laiseca y Andrés Rivera. A ello, como sobre llovido mojado, cabe lamentar el deceso de Ricardo Piglia, una de las voces señeras de la escritura en nuestro idioma, registrada en la tarde de hoy, a los 75 años.
Piglia estaba afectado por el ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), que iba minando su capacidad motriz, sin que por eso hubiera dejado de trabajar. Por el contrario, en el último tiempo incrementó su producción, por lo que mientras publicaba con gran éxito y en tres amplios tomos sus “Cuadernos de Emilio Renzi” (el último de los cuales aparecerá este año), se encontraba recopilando ensayos y preparando un nuevo libro de cuentos.
Con “Nombre falso·” generó un nuevo estilo de escribir relatos, mientras que “Respiración artificial”, dio a conocer lo  que se calificó como la gran novela del tiempo de la represión militar. En “La ciudad ausente” procuró ampliar la heterodoxia de Macedonio Fernández, y en otros libros de ficción así como en ensayos nos hizo propuestas literarias “jugadas”, siempre renovadoras. Por ejemplo, en “Plata quemada”, modelo de policial, uno de los géneros que más lo atraía.
Su obra, que lo volvió famoso en la Argentina en plena juventud, ya en su madurez resultó muy bien recibida en España, donde obtuvo el Premio Formentor.
Lector impecable e implacable, uno de sus últimos grandes aportes fueron las lecciones sobre Borges que dio en la televisión argentina y que es de esperar sean llevadas al libro. Vamos a extrañar al escritor, al polemista intransigente, a un autor que en la coincidencia o en la discrepancia tuvo la virtud de eludir la indiferencia.

"El bosque infinito", de Annie Proulx. La naturaleza invadida

“El bosque infinito” (“Barkskins”), de Annie Proulx
Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 840 páginas.
Traducción de Carlos Milla Soler.
En España: 23.90 euros. En Argentina: 489 pesos.

Al término de la copiosa lectura de la extensa “El bosque infinito”, se podría afirmar que la vida vale muy poco, pero que el ser humano ha logrado persistir no por milagro, sino por su increíble tozudez. Luchando todo el tiempo contra la adversidad, esforzándose por persistir y legando en sus descendientes defectos y sabiduría, experiencia y errores, es decir las luces y las sombras que son propias de la vida.
En la novela, Proulx recorre trescientos años de historia que centralmente transcurren en lo que hoy es Canadá y el norte de los Estados Unidos, aunque también hay lugar para las aventuras del mar, o para historias que transcurren en China, Europa, Australia y Nueva Zelanda, entre otros territorios. Son más de tres siglos que viven los descendientes de René Sel y Charles Duquet, dos dejados de la mano de Dios que arriban al bosque infinito donde ha comenzado su existencia lo que en principio se denominaría Nueva Francia y más tarde Canadá. Duquet huye de los dominios de Monsieur Trepagny y emprenderá una carrera de ávido y visionario empresario, que heredarán sus ricos y ambiciosos descendientes, quienes durante generaciones se dedicarán a vivir de la madera, explotar a las tribus originarias y depredar los bosques.
De Sel se tendrán pocas noticias y, aunque mestizos, sus herederos serán considerados indígenas de la tribu mi’kmaq, quienes deberán librar una constante lucha contra los blancos (primero contra los franceses, luego contra los ingleses, más tarde contra los descendientes de ambas poblaciones, ya afincados en territorio americano) quienes los utilizarán en forma constante, robarán y los terminarán exterminando. Como exterminan durante centurias los bosques milenarios sobre cuya historia se detiene en interminables detalles la narradora. 
Cuando Sel y Duquet arriban a ese nuevo mundo se encuentran con el bosque inabarcable, casi indescriptible, para nada semejante a los que conocieron en Europa: “Crecían allí árboles descomunales, de un tamaño no visto en la madre patria desde hacía siglos, coníferas más altas que catedrales, píceas y tsugas que traspasaban las nubes. Colosales árboles caducifolios se alzaban muy espaciados entre sí, pero en las copas las ramas colmadas de hojas se fundían en un falso cielo, oscuro y brutal”.
Brutal es la palabra apropiada para definir esta historia, en la que mientras unos (los blancos) buscan, y logran, el enriquecimiento a toda costa, a través fundamentalmente de la depredación, otros (los indígenas, los mestizos) tienen que retroceder sin solución de continuidad, adaptándose a los constantes cambios que operan en su contra de manera permanente.
A Proulx le preocupa la forma en la que el ser humano agrede a la naturaleza.
En diálogo con Pablo Ximénez de Sandoval, de “El País”, de Madrid, señala que su novela “es una historia sobre capitalismo; en vez de la palabra conquistar (el Nuevo Mundo) se podría utilizar destruir, arrancar”. Ella trata de entender a los habitantes europeos que llegaron por primera vez a América, llevados por su ambición de volverse ricos. “No les interesaba luchar contra la naturaleza”, sino extraer de ella cuanto pudiesen y en el menor tiempo posible, para volverse ricos, para ser poderosos.

La edición en inglés
Altos precios. Durante centurias la tarea consiste en abatir árboles, acumular sus troncos, hacerlos derivar por ríos caudalosos y luego subirlos a los buques para llevarlos a Europa, donde la madera acopiada tendrá múltiple destino. Más tarde llegarán los aserraderos, y en todos los casos la tarea será siempre peligrosa, por lo que enfermar, lastimarse o morir se tornará una constante moneda de cambio. La vida, como señalé al comienzo, vale muy poco en ese ambiente en el que no quedaba registro de casi nada, salvo la riqueza acumulada, muchas veces, la gran mayoría, al margen de cualquier ley.
Aunque intenta la equivalencia y no juzgar, es bastante evidente que Proulx se muestra más condescendiente y comprensiva con los descendientes de Sel que con los de Duquet, (que se llamarán a sí mismos Duke con el paso de algunas generaciones), pese a que le haya expresado a Laura Revuelta, de “ABC”, de Madrid: “Yo no doy la victoria a ninguna de las dos caras de estas características (‘creo en la extraordinaria ambivalencia de los seres humanos que son portadores de impulsos destructivos y creativos en un mismo cuerpo’) enfrentadas que forman parte integrante de nuestra especie”.
En extendidos capítulos alternativos, Proulx va contando las historias de los Sel y los Duke, mostrando a los primeros tratando de resistir la embestida permanente de los blancos, que va alejándolos de sus primigenias costumbres, en tanto los Duke buscan, como se dijo, el poder que da el dinero. O, lo mismo, el dinero que da el poder.
Estos depredarán, como también lo harán los miles de colonos que arribarán sin solución de continuidad al, para ellos, nuevo continente, arrasando con bosques milenarios para sus requerimientos agrícolas. En vez de preservar, los Duke buscarán nuevos bosques virginales y cuando no los encuentran en los nuevos Estados Unidos, en la flamante Canadá, buscarán seguir haciendo sus diferencias en lugares tan distantes como Nueva Zelanda o Brasil.
Aunque la novela cubre el extenso tiempo que va desde 1693 a 2013, habrá que esperar hasta que a mediados del siglo XIX arribe a América Dieter Breitsprecher, quien de manera tímida al principio, más decidida luego, introducirá las primeras nociones de preservación de los bosques con sus conocimientos de silvicultura.
El libro cerrará con la figura de Sapatisia Sel, especializada en cuestiones relacionadas con la preservación del medio ambiente. Ella reunirá a un número reducido de tenaces y poco comprendidos emprendedores que aceptan desarrollar una lucha desigual para recuperar los bosques perdidos, cuando ya ha comenzado el siglo actual y el calentamiento global se hace sentir con toda su intensidad, más allá de Donald Trump y similares.
Lo que Proulx se guarda en la manga es por qué Sapatisia recibe un cierto apoyo económico de la fundación que lleva el apellido de Breitsprecher (heredero, en parte, del imperio de los Duke) y si una enorme mesa que está en su poder es o no es un mueble anhelado durante generaciones por los descendientes de Charles Duquet y nunca conseguida. Con esas preguntas se cierra un libro didáctico, histórico, preñado de información y aventuras, con el que Proulx expresa su mundo y vuelve a sorprender.

Bosque de alerces
“En los años transcurridos desde que los Sel se fueron a trabajar al Gatineau, Maine se había independizado de Massachusetts, aunque eran muchos los que preveían una guerra declarada con el estado de la bahía; lo había augurado un meteoro que traspasó el cielo con sus chispas rojas como la sangre. Pero nada ocurrió, y Maine se pobló de hombres, no sólo toscos leñadores que se corrían jaranas de tres días, sino también contratistas y agentes inmobiliarios, y bostonianos deseosos de comprar parcelas de los menguados pinares, que hablaban también de píceas y alerces tamarack, cortezas de tsuga y madera de frondosas. Los pinares restantes eran escasos y remotos, pero existía un mercado creciente para otras maderas. La tendencia era desbocar y embolsarse el beneficio. En todas partes, el gran manto forestal había quedado dividido en pequeñas porciones, cientos de miles de hectáreas reducidas a tocones y residuos de madera. Las talas arrasaron riberas antes umbrías y dejaron los cauces de agua expuestos a la dura luz del sol. Las charcas cenagosas y los bancos de grava ahuyentaban a las truchas. En las poblaciones reinaba el bullicio de las cantinas, las casas de comida, los hoteles y los palacios del placer, y el retumbo de los troncos en primavera y verano. Los aserraderos trabajaban día y noche; las sierras debían repararse sin cesar; el peligro de incendio era omnipresente. Innumerables carromatos transportaban la madera trozada a los muelles. Bangor se jactaba de ser el mayor centro mundial del embarque maderero”.

Datos para una biografía:

Edna Annie Proulx (Norwich, Connecticut, 1935) estudió historia y se dedicó al periodismo durante casi dos décadas. Su irrupción en el mundo literario, ya en la cincuentena, fue tan tardía como deslumbrante. Su célebre novela Atando cabos, llevada al cine en 2001 por Lasse Hallström, mereció el Premio Pulitzer y el National Book Award, y cosechó un rotundo éxito entre la crítica y los lectores. Le siguieron un volumen de cuentos, Canciones del corazón y dos novelas: Los crímenes del acordeón y Un as en la manga. El relato Brokeback Mountain, convertido en película ganadora de tres Oscar, dirigida por Ang Lee, volvió a llevarla a la actualidad. Su trayectoria literaria ha merecido, además de los premios citados, el PEN/Faulkner Award, el John Dos Passos Prize, el The New Yorker Book Award y, en dos ocasiones, el O. Henry Prize de relatos. Considerada una voz ya clásica de la narrativa en lengua inglesa, se afirma que Proulx se halla entre «los más grandes escritores norteamericanos» (The Independent) y su prosa, además de «poseer un gran oído para el diálogo y un ritmo contagioso» (The Times), combina «brillantez con ternura» (Daily Telegraph) y «recrea como pocas la belleza de lo cotidiano» (Independent on Sunday). Con “El bosque infinito”, publicada el año pasado, Proulx volvió a la ficción luego de catorce años. Otros libros de la autora son Brokeback Mountain. En terreno vedado, Postales y Wyoming.